por Grecia Gutiérrez
Conservar lo que entendemos por esperanza, se vuelve imposible cuando te arrebatan la humanidad que buscamos prevalecer en nosotros. Experimentando en carne propia, es como se da razón estrictamente de la otra cara que tiene el hombre. Y ésta, es mi razón por la cual, soy ferviente al creer en: “maldito el hombre que confía en otro hombre».
Recién cumplidos los 15 años, me atreví a contarle a mi madre de los abusos que mi propio padre cometió en mi contra hacía cinco años atrás. Yo ya había llorado lo suficiente por años, por eso en mi confesión, no sentí deseos de soltar ni una lágrima. En cambio, ella, adelgazó hasta 5kg en dos semanas por su pronta depresión. Ese hombre que dejó de ser mi papá desde el momento en que me tocó por primera vez, nos abandonó hace 5 años por una prostituta de poca monta.
Terminé la preparatoria antes de los 18 con honores. Siempre amé el estudio; por lo que, continuaría con mis sueños. Nunca nada fue fácil para mí, todos mis logros eran el vivo reflejo de un sacrificio inconmesurable, sobre todo al ingresar al Ejército. Quería hacer carrera en ese medio, comenzando desde abajo para adquirir el ritmo de vida. Mucho de lo que hago, va en contra de mi ideología, pero entendí desde muy joven el precio de la vida en un mundo opresor. Mi plan era experimentar la mayoría de actividades militares para que, una vez ingresando a la universidad de dicho medio, nada me asustara ni tampoco nadie me quisiera ver la cara. Al año de cumplir mi condición como soldado, realicé mis trámites para la escuela. Durante cuatro meses, estudié muy duro y por fortuna fui aceptada. Me pareció en cierta medida un milagro debido a mi avanzada miopía, sin embargo, extrañamente no le dieron mucha importancia.
Dejaría de ser un soldado asalariado para pasar a ser un cadete del Colegio, por lo que debía ahorrar más para sobrevivir mi primer año y dejar a mi madre con más dinero asegurado. Mientras tanto, mi servicio como tropa debía continuar hasta agosto. Me tocó por sexta ocasión operar en las calles durante una semana, viviendo en el camellón de una carretera en mi tienda de campaña. Siempre demostré ser un excelente elemento, sobre todo en el orden cerrado, pero esta vez, mis habilidades fueron entorpecidas porque me tomaron por sorpresa…
En dicha operación, éramos 20 elementos que brindábamos seguridad a una comunidad. Dos elementos femeninos y el resto, una bola de machistas ignorantes con un grado muy inferior de educación. Cuando íbamos de regreso a nuestra base, la caprichuda soldado solicitó hacer una parada en un mini súper para saciar la sed que no era capaz de contener. Me obligaron a bajar junto con ella y entrar ambas a la tienda amarillo con rojo, mientras, otros cuatro compañeros daban seguridad a unos 15 metros a la redonda. Yo no tenía planeado comprar nada, pero aproveché para pagar un suero de coco y guardarlo en mi coreana, que es una mochila con metales a la espalda para mayor fijación y rigidez. Observé que mi antigüedad perdía el tiempo viendo revistas mientras cargaba su pequeña despensa. Con frecuencia, me parecía una mujer vulgar y sin valores. La llegué a escuchar contando con imprudencia y descuido que su ex novio ya era sicario. Escuché que alguien entraba por la puerta y a través del cristal, no vi a ningún soldado. Tenía bien empuñado mi fusil y bien puesta mi mochila, cuando veo que un sujeto golpea directo en la nuca a mi compañera. Apunto con mi arma al tipo, pero siento cómo una fuerte corriente eléctrica invade mi cuerpo y quema mi cintura. Me despierta el movimiento que sentía, y al abrir los ojos, solo hay oscuridad. Entro en pánico por percatarme de que es un secuestro a dos mujeres militares, por lo menos hasta donde sé.
Con palabras obscenas y groserías, me decía lo mucho que valíamos en cautiverio para la delincuencia. Alimentaban su miserable existencia amenazando con lo que me harían, era un hecho que mi vida había llegado hasta aquí. Con una patada bien recibida en la espalda, descendí de la camioneta. Apenas y pude meter las manos por la venda en mis ojos y el peso de mi mochila. Escuchaba cómo mi compañera lloraba y suplicaba que la dejaran tranquila, que no quería más golpes, que podía darles lo que quisieran de ella a cambio y su silencio para siempre. Me golpeaban las piernas con mi propio fusil hasta que me sentaron en el suelo y ataron mis manos a un tubo frío. El suelo estaba mojado y olía a podrido. Me dieron un puñetazo en el rostro para avisarme que iban a quitarme la venda y meterla a mi boca. Ya con la nariz rota y la venda casi ahogándome, me di cuenta que la voz de mi secuestrador, no era la misma de quien tenía frente a mí. Lo supe de inmediato porque la reconocí; un pasamontañas cubría toda su cara, pero no hacía falta que se lo quitara, pues era mi padre. Ni por un segundo me reconoció, es entendible porque dejó de verme a los 13 y ahora tengo casi 19. La otra soldado se escuchaba en el muro de atrás mío, por lo que no había tenido contacto con mi padre.
Si las personas supieran lo poco o nada humanos que son estos tipos, seres sin alma ni sentimientos; no les importa tu descendencia originaria ni lo que pierdas como persona, solo buscan causar terror y arrebatar vidas cuales psicópatas. Lo peor es que lo logran, y más con inocentes. Me propinaron dos tipos más, la paliza de mi vida hasta dejarme casi inconsciente. Mis ahogados gritos en la venda imploraban que se detuvieran. Yo solo pensaba en mi madre y me calmaba el hecho de saber que la pensionarían. Después de 5 largos minutos, cesaron la tortura y llamaron al “Volado”. Desde el suelo y apenas con un ojo abierto, veo que entra un sujeto muy robusto y enorme con mi compañera en ropa interior y herida de gravedad. Comienzan a desvestirme también a mí, quitándome antes las esposas. Me dejan en ropa interior cuando veo que le hablan a Charly para la prueba final. Supongo que quien resista el degenere a punto de cometerse, ganará. ¿Cómo llamarle triunfo a una aberración? Mientras el hombre robusto abusaba a la otra, el tal Charly era mi padre, quien se quita el pasamontañas para susurrarme suciedades al oído, como cuando robó mi inocencia. Seguía siendo el mismo en todo aspecto. Encienden una lámpara de aceite y noto lo espeso que he sentido todo ese tiempo el suelo: eran la sangre y mugre de otras presas como yo.
Solo con mi ropa íntima puesta, grito para decirle a ese acosador sexual que soy su hija Frida, pero la venda seguía en mi boca. Él conoció mi cuerpo a la perfección desde niña, y aunque de principio no supo quién era yo, recordó mi lunar en mi pubis y mi cicatriz en una ingle de aquella vez que me encaje un metal al saltar en el sofá. De inmediato, vio mi único ojo abierto suplicante por reconocerme, y lo supe al instante. Con su dedo en sus labios señalándome silencio, me quitó la venda de la boca y comenzaron a brotarle lágrimas. El hombre robusto no notó nuestra situación. Charly solo simuló haber terminado mientras se acomodaba el pantalón. El Volado estuvo presente en la habitación pero sin prestar atención. Debe ser la costumbre. Se acercó para ponerme de pie junto con la otra mujer que sufría conmigo. Y cuando ella nota la presencia de Charly, le dice que cómo es posible que le estuviera haciendo eso a ella que fue su amada por años. La segunda sorpresa para ambos, fue que por quien nos abandonó, resultó ser más tarde mi propia antigüedad y ninguno de los tres lo sabía; todo este tiempo conviví con la prostituta que mi padre prefirió en lugar de mi madre. Y la golpeaban mientras él golpeó a su propia hija. No supo qué decir y se limitó a ignorar. Entonces se acerca quien nos estaba esperando y dice que quien pierda el volado, morirá a manos de su hombre experto en compactar. Me dieron a elegir por haber guardado silencio sin vendas en la boca. Siempre he preferido el águila, y aún sin esperanza, elegí esa cara de la moneda. La dejó volar en el aire hasta caer. Gané. Ella me dio algo que llevaba entre sus manos antes de que se la llevaran. Era su portanombre: Fonseca.
Dijeron que requería de energía, por lo que me dieron agua y pan. Pude dormir un par de horas y de un jalón, me levantaron. Me entregaron mi mochila que ahora estaba cerrada con candado. Tuve que vestir mi sucio uniforme y ponerme mi mochila sin poder abrirla hasta que llegara a mi base. Supe que mi presentimiento no se equivocaba con mi equipaje. Me treparon a la camioneta de nuevo sin poder ver, y a los 20 minutos me tiraron. Me quité la venda y reconocí el camino. Caminé media hora hasta llegar a la guardia.
—¡Identifícate!
—Soy la Soldado Policía Militar Frida Bolaños Martínez
—¿Una de las que fueron raptadas el día de ayer?
—Así es, la soldado Fonseca me acompaña. Viene en mi mochila…
Grecia Gutiérrez
Su pasión por las letras la obliga a transcribir en papel lo que su imaginación le dicta mientras espera en las largas listas durante el día o cuando la fatiga de las actividades la llevan casi a su límite. Egresada de la Universidad de Guadalajara, Grecia Gutiérrez de 23 años, mezcla sus estudios de filosofía con su empleo en la milicia para promover las humanidades en el Ejército Mexicano. Sabe de antemano, que las probabilidades de que dicho proyecto de vida son casi nulas, pero nunca es tarde para aferrarse (como siempre) a los buenos caprichos que requieren de cumplirse. Por lo pronto, pretende hacer del género trágico literario su especialidad para recordarse libre en el cuartel.










