Existimos porque resistimos

por Aislin Gutiérrez

Para llegar aquí no existe transporte público ni colectivo, solo comunitario, cuando bajan a hacer sus mandados puedes subir con ellos atrás de una camioneta cargada de despensa y arena adquirida en la terracería que llaman carretera.

Una vez que llegas te das cuenta de la dimensión del problema, no hay alumbrado público, una sola escuela para todas las edades y un cascarón para aparentar que hay médico que cubre sus necesidades.

Pasa un río que cada vez se seca más pero en la creciente se lleva hasta las gallinas y no sabes dónde van a parar, aunque el agua está ya contaminada por la minera que allá arriba está siendo explotada.

Las casas están separadas unas de otras, solo hay una tienda y ruega al cielo que tenga lo que necesites, aunque los terrenos están siendo utilizados, ya sea para sembrar o medio pastar al ganado.

Dentro de cada mujer, hombre, niña, niño, hay un conocimiento arraigado de siglos, son muy observadores y escuchan con atención el aire, la tierra, y todo lo que pasa a su alrededor, tienen una conexión con sus cosechas y se nota que todo lo que hacen es con amor, cansadas, pues no hay tiempo para acostarse, siempre hay algo qué hacer, pero saben que en ese quehacer va el sudor y la comida que llevarán a la mesa para autosostener a una familia numerosa, todos los días hasta que el sol se ponga.

Lo que no puede faltar es una capillita, su Iglesia para adorar a sus creencias, que casi no está abierta solo en asambleas o cuando el sacerdote desea venir para asistir una misa en cualquier ocasión o con motivo de una celebración.

Cuando llega el padrecito como le dicen, sale toda la comunidad a recibirlo, él no viaja en la parte de atrás de una camioneta, él viaja en su auto recién lustrado que compró con su despensa.

Se sienta con su pose de altanero y saluda a cada persona de mano, muy risueño, se pone a hablar de problemas agrarios y comunales ¿Qué relación tiene la tierra y el reino de Dios? Pero todas y todos escuchan con atención.

La misa comienza cuando el último llega, en la segunda lectura mencionan que la vida castiga con problemas, las lágrimas de las señoras comienzan a aparecer, es más que obvio, el sacerdote no sabe lo que no es tener cuando quieres comer, cuando en el desayuno solo hay café y frijoles, salir al campo a trabajar y no solo van los señores, no hay sexo ni edad, aquí es parejo cuando se trata de andar, ir al terreno, coger el heno, darle pastura a los animales, llevarlos al río, cortar parales de sol a sol, con carreta o caminando, no importa el día ni el calor.

Los niños usan su imaginación para jugar viendo motos, carros donde solo hay basura, pensar en comprar un juguete es una locura.

Le piden a Dios que alivie sus males, sus rodillas cansadas, sus manos agotadas, que salga la siembra pa’ poder venderla y sacar un poquito, y así, el ciclo comienza.

Si en verdad existe ese Dios debe tener tratos con el mismísimo Diablo, estará emparejado con los del máximo mando que deberían brindarle a mi agente una mínima ayuda, no con sus becas, sus transnacionales que solo anulan cualquier indicio de autonomía exterminando la misma vida.

Al final de la misa se menciona sobre el respeto a la mujer, todos parecen comprender pero los hombres relegan el papel de la cocina, la crianza de las hijas y los hijos a las señoras amas de casa, como así les llaman.

Es un problema muy fuerte, ya no las golpean pero sus comentarios y acciones todavía las hieren, se sientan en la mesa como si fueran reyes, esperando a que les sirvan y levanten sus platos, que laven, preparen, no hay gracias y si las hay pues es a Dios, porque el provee, y dentro de todo esto me preguntó ¿Para qué sirve la Iglesia y sus sermones en conjunto? 

Y entre éstos y muchos problemas más, desde lo personal hasta lo comunitario, aquí seguimos trabajando, o al menos intentando, creando proyectos que se ajusten a nuestras necesidades, sé que es difícil, pero tocamos puertas, abrimos brechas y venga lo que venga, al final vamos y lo enfrentamos con digna rabia, con amor a nuestra tierra.

Sé que quedaron muchas cosas sin mencionar, problemas que aún existen, existenciales en esta realidad, solo les planteo lo que veo por donde camino, por esos senderos que hacemos entre pueblos y cerros, en esta vida que fluye como el agua, por eso seguimos sin estancarnos, aunque el lodo nos cubra el lomo, nuestro andar es pausado, pero, esto, es lo que somos.




Aislin Gutiérrez

Agrónoma, tallerista, gestora cultural, gestora de proyectos comunitarios, fundadora del Colectivo Cultural “Jalapa está en el mapa”. Pertenece a la Colectiva Mokaya y la Asamblea Oaxaqueña de la Diversidad Sexual. Mujer comprometida con el trabajo de base comunitaria, la lucha por la visibilización de problemáticas en pueblos originarios, así como la reivindicación de las mujeres desde sus realidades y contextos. Resignifica, resiste y toma resiliencia día a día. Realiza su trabajo con enfoque de educación popular, a través de talleres y conversatorios a mujeres, niñas y niños. Además escribe poesía con la cual colabora con la revista Vertientes, en el blog Expresando Feminismo y Radio Altepee. Participó en el Primer Encuentro Nacional de Cultura Comunitaria de la Ciudad de México, titulado “LEVADURA” en julio de 2019.

Gloria Bendito

por Yadira López

Para Sonia e Isabel Gloria Bendito, donde quiera que esté

Me asomo por la ventana a mirar la lluvia, Nani me sorprende con una taza de té de manzanilla, me toma de la mano, y me lleva a recostarme en su petate

–Anda mijita, bébelo–

Tomo un sorbo de té, y Nani me comienza a untar un ungüento en la sien, masajea suavemente, después sus manos van directo a mi nuca y de pronto, todo se aligera, cierro los ojos

–Ve y trae una respuesta mi xhunca, pero vuelve, siempre vuelve –

Al abrir los ojos, observo una vía de tren, parece interminable, de pronto, veo a una mujer que llora, está gritando, se han llevado a su hija, desesperada dice que sólo fue un momento, corre, muchas personas la miran pero nadie hace nada, comienzo a caminar, recorro la vía y más adelante, está una mujer, alta, delgada, su semblante es de paz, me sonríe, se acerca a mí, me invita agua, carga consigo una canasta de pan, finalmente me habla: 

–Yo estoy bien, viví mi vida lo mejor que pude, hubo cosas que no comprendí, ahora sé que porque me faltó mi mamá, mí raíz, mis mujeres, intenté hacer el bien, reí cuando pude y lloré cuando hizo falta, ya a las mías las he visitado en sueños, nos encontraremos, toma dáselo a ella, que sepa quién soy, y ya vete, porque éste no es tu lugar, y va a llover –

La vi irse a prisa, con una falda azul y blusa blanca, en mi mano había colocado un papel: Isabel Gloria Bendito…

– Ya, ven Yadira, ven xhunca –

Nani me recibe con una flor blanca cerquita de mi nariz

–Entrega la razón que has traído mi xhunca, dale un poco de paz a tu Sonia, y que no olvide nunca ese nombre, ni ponerle un altar con poquita agua, pero sobretodo que no olvide su raíz echada fuera de Puebla– 

Al menos en sueños, Gloria, se ha acercado a Sonia, al menos en sueños, se han vuelto a encontrar, agradezco ser yo la portadora de tan buena noticia. 




Yadira López Velasco

Nació en Oaxaca de Juárez. Es zapoteca, lesbiana y socióloga por UAM Azcapotzalco. Escribió “Hierbas contra la tristeza” y “Manual de vaporizaciones vaginales”, escribe poesía sobre el erotismo entre mujeres, sobre su ser indígena y sobre su ser mujer. Activista contra la gordafobia, imparte talleres sobre cartografía corporal, medicina tradicional y utiliza la escritura como proceso de sanación.

La vitalidad del bosque

por Karen Espinosa

La vitalidad del mundo



Diana Karen Espinosa Dimas, «Kikinka»

Cafeinómana de tiempo completo, psicóloga autotitulada social de la UNAM en los ratos libres; actualmente sumergida en la redirección de su carrera a comunicación, vía maestría. Estudia de manera “seria” el humor gráfico y espera
que con un poco de suerte pueda dedicarse a escribir de tiempo completo sus contemplaciones de la vida cotidiana.

Visitas

por Yolanda López

Mi papá dice que mi mamá murió cuando yo era más pequeño y que se tuvo que encargar de mí. Vivíamos con mi abuela. Me dormía con ella porque papá trabajaba mucho y a veces regresaba borracho. Mi abuela se fue y no regresó, papá dijo que estaba en otra casa porque era una vieja. Estuvimos solos mucho tiempo, mi papá no me daba abrazos como mi abuela.

Un día de lluvia, mi papá regresó ebrio a la casa, Claudia venía con él.

— Hijo, ella es Claudia. Va a vivir aquí.

— Hola pequeño. Eres muy lindo —dijo mientras me pellizcaba los cachetes— ¿Cómo te llamas?

— Alex, tengo seis años.

Claudia vivió con nosotros tres meses. Preparaba las comidas, hacia el quehacer, atendía a papá por las noches y me ayudaba con las tareas. Me llevaba a la escuela por las mañanas y me plantaba un beso rojo en la mejilla. Era muy buena conmigo y yo la quería.

Después Claudia se fue. Dijo que tenía que visitar a su mamá, pero volvería a la casa durante las vacaciones de junio. Mi papá no estuvo feliz con la partida de Claudia.

Los trastes se empezaron a acumular, volvía a comer sopas instantáneas y garnachas que vendían en la esquina de la casa. Nadie atendía a papá por las noches, eso lo ponía muy agresivo. A veces me pegaba sin razón por eso trataba de estar muy quieto y no molestarlo.

La maestra estaba muy preocupaba porque no llevaba mis tareas y trabajos, no comía en el recreo y no jugaba como antes con los demás niños. Varias veces me dio citatorios para que papá fuera a hablar con ella a la escuela, pero papá siempre los rompía y tenía que faltar el resto de la semana para que ya no le mandaran nada.

Así pasaron los días hasta que salimos de vacaciones. Claudia regresó, estaba feliz y con mucho ánimo, mi papá también se alegró mucho de tenerla de vuelta.

Todo en la casa funcionaba perfectamente. Al ser vacaciones, Claudia le pidió a mi papá que nos llevará a pasear a algún pueblo cerca de la ciudad o a nadar. Él aceptó y me dijo que empacará ropa en una mochila porque iríamos al bosque.

Una semana después mi papá nos llevo cerca del Ajusco. Era muy temprano, me quedé dormido cuando íbamos de camino. Por un momento abrí los ojos, mi papá conducía mientras Claudia iba en el otro asiento, estaban discutiendo, ella sacudía un trapo y le preguntaba a mi papá que de quién era. Volví a cerrar los ojos era la primera vez que los veía discutir.

Un ruido fuerte me despertó, como un cohete. Claudia y mi papá no estaban, las puertas delanteras estaban abiertas. Me quité el cinturón y bajé a investigar, caminé algunos pasos, empecé a gritar llamando a papá. Luego escuché otro estallido a unos pasos de la camioneta, me asusté y regresé. Me quedé acostado en el asiento de la camioneta hasta que se hizo de noche.

Desperté en otro auto, había muchas luces y personas caminado por todas partes. La puerta de auto se abrió.

— Hola, pequeño.

— ¡Claudia! ¿Y mi papá?

— Duerme. Todo estará bien.

Me abrazó y nos quedamos así un largo rato.

No sé cuánto tiempo pasó, sentí un rayo de luz en mi cara, abrí los ojos y el carro estaba en movimiento. Claudia estaba conduciendo, detuvo el carro frente a un edificio muy grande, lleno de ventanas y una reja muy alta.

— Ya llegamos —dijo Claudia.

— Pensé que iríamos al bosque.

— Eso será en otra ocasión. Toma tus cosas y sígueme.

Cargué la mochila y caminé detrás de ella para entrar por la gran reja. En el jardín había muchas flores de todos colores, una cancha de futbol y una de basquetbol. Cuando entramos al edificio, un policía estaba sentado detrás de un mostrador mirando unos monitores. Tenía una taza de café y unas donas como en las caricaturas.

— Buenos días, Doctora Ramírez —le dijo el policía a Claudia

— Buenos días, Augusto. ¿Alguna novedad?

— No, ninguna, —dijo el policía mientras me miraba— ¿A quién tenemos aquí?

— Él es Alex y vino a visitarnos.

— Oh, bueno. Haremos que su estancia sea una maravilla.

— Alex, saluda al oficial.

Moví mi mano para decir “hola”. Tomé de la mano a Claudia y le pregunté:

— ¿Dónde está mi papá?

— No te preocupes, Alex. Ven te mostraré tu habitación.

El policía nos abrió la puerta, entramos y él me tocó la cabeza. Claudia me llevó por un pasillo muy largo y estrecho. Había muchas puertas y estaban decoradas con arcoíris, osos, robots y unicornios. Llegamos a una puerta que tenía muchas flores. 

— Aquí es: habitación 162. Dormirás aquí —dijo Claudia mientras abría la puerta.

— Claudia, ¿Dónde está mi papá?

— Alex, ya lo habíamos discutido, mi nombre es Renata. Soy tu doctora.

— Esta bien, si quieres te puedo llamar Renata pero me gusta más Claudia.

— Ponte cómodo, Alex. —dijo Renata mientras caminaba a la puerta. —Mañana te espera un largo día.

— Espera —le dije— ¿Me das un beso como cuando me dejabas en la escuela?

— Descansa, Alex.

Renata cerró la puerta. En la habitación había una pequeña cama, un escritorio, una silla y una ventana. Dejé mi mochila en la cama, me subí en la silla, para ver por la ventana. Pasé muchos días en ese lugar, jugaba muy poco con los demás niños, tomaba clases como en la escuela. Muchas veces vi a Claudia en la puerta del salón y a mi papá lo veía jugando en la cancha de futbol. Cuando le contaba eso a Renata me decía que era normal que los viera pero pronto se irían, yo le decía que no quería que se fueran porque los extrañaba mucho.

Una noche, escuché como golpeaban mi ventana con pequeñas piedras, me asomé y mi papá estaba parado debajo de la ventana, me saludo. Claudia estaba a su lado, me mando un beso con la mano. Los dos se fueron caminados por el sendero hasta desaparecer. Pude ver el agujero en la cabeza de mi papá y la herida de Claudia en el pecho. Me gusta más cuando vienen a visitarme sin la sangre.




Yolanda López Martínez

(Ciudad de México) A una temprana edad se percató que las historias servían para entretener, conocer nuevas cosas y, sobretodo, para asustar. Consumidora de libros y películas del género de terror, se dedicaría durante sus años escolares a perfeccionar su forma de escribir para crear nuevas maneras de asustar y tener su propio mundo infestado de seres sobrenaturales. Al salir del bachillerato, decidió estudiar la licenciatura de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) para seguir aprendiendo a mejorar su técnica. Al terminar la licenciatura trabajaría durante un tiempo como profesora en un programa social del gobierno fomentando en sus alumnos el gusto por la escritura y la lectura.

Estelar

por Mónica Soto

Cae un brazo lentamente

se doblega como una bailarina

el otro brazo se extiende 

como la ráfaga del viento,

es un ritmo profundo en el cerebro,

el movimiento armónico

izquierda y derecha,

la bailarina se doblega un poco más

pero sus piernas están tensas

abiertas como un abanico oriental,

se abren, se abren, solo los brazos bailan,

el ángel de los caídos sonríe en el pavimento,

ella sueña una y otra vez que se despeina,

y el viento hace su trabajo,

los rostros asustados miran por la ventana,

es tan hermosa la bailarina, tris, tras,

escuchó la música por última vez,

el último show es al aire,

termina pero nada es limpio,

el sueño es profundo y rojo,

rojo y profundo,

sus labios palidecen como la luna,

y ella mira la luna fijamente.




Mónica Castro Soto

«Mi nombre es Mónica Castro Soto, tengo 27 años, nací en la ciudad de Hermosillo, Sonora. Estudié la licenciatura en Literaturas Hispánicas  en la Universidad de Sonora, actualmente trabajo como profesora de asignatura, literatura. La lectura y la escritura creativa son para mí la mayor expresión de experiencias de vida, así como también un medio para comprendernos entre escritores y lectores.»

Gizmo

por Vanessa Arvizu

Cuando adoptaron al schnauzer, fue la niña quien se encargó de ponerle el nombre. Había visto la película ochentera de los Gremlins y decidió nombrarlo como la criatura principal, “Gizmo”. En pocos días, Gizmo se había convertido en la alegría del hogar. Le enseñaron a cagar y mear afuera de la casa, a dar la pata y traer la pelota. Al perro le encantaba reventar globos, así que, una que otra vez, jugaban en familia a torearlo con un globo hasta que el perro lograba quitárselos, lo tronaba y recibía un premio por ello. Pero lo que más les gustaba era sacarlo a pasear. 

En la calle, Gizmo se comportaba extraordinariamente, no molestaba a la gente y nunca atacaba a otros de su especie. A su dueña le causaba mucha gracia la manera en que Gizmo se acercaba a otros perros, no iba directamente al trasero como todos los demás, sino que restregaba el hocico en las orejas de los caninos. Una vez, le pareció que Gizmo se acercó a un labrador susurrando “Únete a la revolución”, desde entonces ella empezó a tomar un medicamento para controlar su ansiedad.  

La vida era maravillosa al lado del perro, por eso les partió el corazón cuando, luego de abrir la puerta del garaje, el schnauzer salió disparado fuera de casa y gastaron días buscándolo sin descanso. Hasta entonces no sospecharon nada, pegaron carteles por toda la colonia y revisaron hasta el último rincón sin tener éxito. Tampoco sospecharon cuando en las noticias alertaron de la desaparición masiva de perros, o cuando en redes sociales la gente compartió fotos y videos de hordas de caninos corriendo en libertad. Lo supieron hasta que lo vieron en la televisión, ahí estaba Gizmo, altivo, liderando a un grupo de canes. Pero les quedó más claro la ocasión en que, en pleno caos ocasionado por la rebelión de perros, llegó hasta su puerta una jauría que les escoltó hasta un lugar recóndito. Ahora viven en completa felicidad rodeados de perros y, una que otra vez, cuando Gizmo deja de lado sus asuntos importantes, juegan en familia a torearlo con un globo hasta que él, con su característica destreza, lo revienta.




Vanessa Arvizu

(Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016.  Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.

Ojalá hubiera

por Vane Aguilar

Ojalá hubiera logrado transmitirte la espiral de emociones que erizaron mi pelaje la primera vez que me tomaste entre tus brazos. ¿Notaste el brillo en mis ojos y cómo mis orejas se irguieron al tiempo que mi rabo abanicaba el breve espacio que nos separaba? 

Ojalá hubiera podido comunicarte que el clímax llegó cuando nuestros ojos hicieron contacto. Que se trató de un amor a primera vista porque nuestros latidos se acompasaron. A partir de entonces comenzaste a pronunciar una palabra: Bombón. La repetías cada vez que me mirabas o deseabas decirme algo. <Bombón, ven. Bombón, no muerdas eso. Bombón, aquí no. Bombón, esto. Bombón, aquello>. ¡Qué habilidad para hacerme entender que ese era el nombre que me habías dado! La misma que mostraste cuando colocabas en el piso varias hojas de periódico que después yo mordisqueaba o mojaba por mera travesura, entonces sustituías la primera hoja por otra; lo hiciste muchas veces, las suficientes hasta que logré comprender que ese era el rincón destinado para mi orina. Por eso te seguía a todas partes, porque a tu lado me sentía a salvo, así que me esforzaba por no perderte de vista. 

Ojalá hubiera expresado de otro modo cual duro resultó acostumbrarme a tu ausencia matutina; cuando salías y la puerta se cerraba detrás de ti pasaba horas echada en el sofá con la cabeza recargada en la ventana y los ojos fijos en la nada. Esperaba y esperaba hasta que tu aroma se colaba por mi nariz, entonces de un salto llegaba hasta la puerta y olisqueaba por la hendidura hasta que esta se abría y ahí estabas de nuevo tú. ¡Cuánto adoraba la melodía que componías cuando agitabas mi plato después llenarlo con un montón de bolitas coloridas y deliciosas que previamente remojabas para evitar que me atragantara! Y cuanto lamento los rasguños de emoción que quedaban tatuados en tus piernas y brazos. En un par de días llegaste a conocer lo suficiente a esa bolita inquieta de pelo azabache, encías desnudas y ojos grandes que se tambaleaba al emprender una carrera cuando intentaba llegar a tu lado. ¿Recuerdas nuestra primera noche juntas? Llevaste una mano hacia tu rostro y frotaste tus ojos aun adormilada, mi afán de llamar tu atención hacía qué, sin querer, frustrara tu descanso. La falta de costumbre hizo que un principio me ignoraras, pero no desistí y continuó mi ulular. Cuando al fin me escuchaste y tus párpados se despegaron te incorporaste y fijaste tu atención en la frazada que habías acomodado con sumo cuidado sobre el piso, lo suficientemente cerca de tu cama para mantenerme vigilada. Me buscaste, después arqueaste una ceja al notar que la cobija se arremolinaba en el marco de la puerta de tu habitación. Te levantaste, la acomodaste en el mismo sitio de un principio, me tomaste en brazos y me acomodaste de nuevo sobre esta. <Es hora de dormir>, susurraste antes de posar tus labios en mi cabeza. 

Ojalá hubiera esquivado el miedo que me embargó la primera vez que me llevaste con un desconocido que usaba una bata con estampado, ese que me acariciaba con brusquedad y me hablaba con tono mimoso. El sitio olía al desinfectante que usabas para limpiar el piso de nuestra casa; ese día me pincharon en el lomo y en la patita, según tú para protegerme de enfermedades mortales. Silenciaste mi alarido con caricias y palabras lindas al tiempo que me acunabas en tu regazo. Estar tan cerca de tu pecho me calmó de inmediato porque escuchaba el latir de tu corazón, sobre todo, porque tu olor se intensificaba justo en esa zona. Cuanto me apasionaba cuando sonreías y festejabas cada uno de mis logros con la misma intensidad con la que me reprendiste cuando destrocé las pantuflas que acababas de comprarte o cuando arranqué las flores de los macetones y dejé esparcida la tierra por toda la casa. Entonces decidiste llevarme al parque dos veces por semana, según tú eso ayudaría a gastar la energía que se acumulaba en mi pequeño cuerpo. Quizás era la razón de mi inquietud. <Me lo ha recomendado un amigo>, confesaste con las mejillas encendidas mientras caminaba a tu lado y sujetabas con fuerza la correa que se anclaba al collar de cuero que habías colocado alrededor de mi cuello. 

Ojalá hubiera conseguido retribuirte cuando en nuestro primer viaje juntas tuviste que detenerte un par de veces en la carretera, la falta de costumbre había provocado que ensuciara tu auto con una sustancia viscosa y agría que, sin querer, brotó de mi garganta. O el momento en que me ofreciste un poco de agua y bajamos para dar una caminata solo para relajarme. Y cuando llegamos a esa linda casa y de inmediato desabrochaste el collar de la cadena para permitirme inspeccionar y olfatear cada centímetro del enorme jardín para después marcar con mi esencia cada una de las plantas que custodiaban la entrada. No me detuve hasta que descubrí la imagen que reflejaba el agua cristalina de la piscina: tu rostro.

Ojalá hubiera rogado por que el desapego te sedujera al paso del tiempo y de ese modo restaras atención a ese instante en que mi energía comenzó a menguar. Un bicho extraño se había adherido a mi piel y de a poco fue mermando mi salud.  Intenté camuflar las señales de alarma, pero tú eras tan observadora que no pasaste por alto ese olor tan peculiar que despedía mi cuerpo ni la rapidez con la que mi pelaje empezó a desprenderse hasta dejar mi piel desnuda. Entonces las visitas a ese sitio que olía a desinfectante se volvieron una rutina y, por un largo periodo, todos los días me obligaste a tragar una pastilla de un sabor tan amargo que asqueaba. Porque de ese modo evitaría la mortificación que te provocaba mi fragilidad, la misma que podía reconocer por el tono de tu voz, incluso tu aroma se alteraba porque mi cuerpo continuaba marchitándose y nada podía evitar lo que se avecinaba. Hubo días en que solo me levanté para aligerar la sed que me amagaba, la comida especial que preparabas se atoraba en mi garganta y la poca que lograba tragar en minutos salía despedida debido a los espasmos de mi estómago. Eso te aniquilaba. <Bombón, tienes que comer algo>, musitabas con voz apagada mientras te sentabas en el piso, muy cerca de mi rincón favorito, para confortarme. 

Ojalá hubiera podido hacerte comprender que con ese gesto ahuyentabas el dolor. Y cuanto lamento el desconsuelo que te aprisionó en ese instante en que escupí pequeñas partes de mí interior. Agradezco qué no te conformaras, que buscaras alternativas y a pesar de la pesadumbre que te poseyó, te aferraras a ayudarme. «Perdóname por lo que voy a hacer, no tolero verte sufrir». Dijiste con un tono de voz ajeno mientras un manantial brotaba de tus ojos. «Te amo y voy a extrañarte, pero estoy convencida de que volveremos a vernos, aunque no pronto, amiga.»,agregaste, antes de que la aguja penetrara mi piel lastimada y una corriente helada recorriera mi cuerpo.

Ojalá hubiera encontrado una estrategia para detener el tiempo y continuar contigo. Una que te permitiera entender mi lenguaje y te hiciera entender cuánto te quiero.




Vane Aguilar

«Soy autora de cuentos, microrrelatos, relatos y novelas de diversos géneros. He participado en varias convocatorias donde algunos de mis cuentos y microrrelatos han sido seleccionados para publicar en revistas como Diversidad Literaria, en el II Concurso de Microrrelatos sobre la Mujer. Participé en la revista Penumbria, en su antología 42, con un cuento titulado «Mi fantasma», así como en la revista Fantastique con tres cuentos: «Cristi», «Mi ángel» y «El viejo ropero». En la revista La Calaca Cultural fui parte de un proyecto llamado A los Muertos, donde mi relato «Eréndira» resultó uno de los ganadores.También soy autora de varias novelas.

La muchacha que no podía olvidar

por Eliana Soza

Los malos recuerdos la atormentaban, ni siquiera los buenos lograban contrarrestarlos. Desde sus miedos a la oscuridad cuando era una niña de tres años, cada rincón del cuarto en el que dormía con su hermano. El color celeste de las paredes, carcomido por la humedad, los cinco nidos de arañas y las trece pieles de esos arácnidos colgando en el cielo raso. Los aullidos de los perros en la calle, las lucecillas extrañas que se colaban por su ventana y los gruñidos bajo su cama, unos guturales que no parecían de ningún animal conocido y que empezaban suavecito, para luego subir y ser insoportables, lo peor era que nadie más no los escuchaba. 

Otras memorias insoportables eran: el día que su padre los abandonó, las maletas cafés de cuerina con unas hebillas oxidadas, su pantalón sin planchar, la camisa blanca sin dos botones y el cuello percudido debajo de un saco de paño gastado. Los ojos vidriosos del viejo, pero sin derramar ni una sola lágrima; el vestido amarillo de mamá, manchado con la gelatina del postre, las gruesas gotas que mancharon su rostro destiñendo su rímel, las tres veces que ella le dijo “hijo de puta”, y el silencio absoluto de él. 

O el día en el que se quedó sola con el tío Juan, el olor de su ropa a tabaco. Los bigotes pintados de amarillo por los cigarros que fumaba, la nariz y las orejas llenas de pelos y el peinado grasiento. La camisa verde manchada de sudor en sus axilas y la mancha de kétchup al lado izquierdo del pecho. Las manos ásperas y torpes tocándole sus partes íntimas. Después, la vergüenza, las ganas de llorar hasta quedar sin respiración.

Tener estos recuerdos intactos, le quitaban el sueño, la torturaban en el lugar menos pensado: la clase de ciencias o en medio de una película en el cine. Trataba de concentrarse en los buenos, como la sonrisa de su madre cuando aprendió a hablar, sus comisuras formando pliegues en su piel tostada por el sol de verano. La sombra beige en sus párpados, con un delineador café oscuro agrandando sus ojos brillantes y los labios rosados. Ese vestido celeste con una flor roja bordada en el pecho que usaba los miércoles y la hacía verse hermosa. 

Cuando su papá le enseñó a manejar bicicleta, su pantalón café combinado con una camisa crema, una de las diez que tenía; la calle vacía, los tres autos estacionados cerca a su casa: un Toyota Corolla rojo y dos blancos uno Hyundai y otro Nissan. La suavidad de los pedales negros, las ruedas limpias, el color azul lustroso de la bici. Las instrucciones de sentarse firme, empezar pedaleando con el pie derecho, mover el manubrio, mirar al frente, levantarse y volver a intentarlo si caía. Al finalizar el día ninguno funcionaba.

Las imágenes negativas daban vueltas una y otra vez en su mente, se tragaban a las buenas. Dominaba cinco idiomas que solo servían para pensar en sus penurias a través de nuevas palabras. Leyó miles de libros que conseguía recitar frase por frase, pero no podía olvidar las figuras vivas que la ahogaban, estrujaban su pecho y llenaban de ira su cerebro. Hasta que entre todas la mataron a sus trece años. El médico forense escribiría en su informe: asfixia por ahorcamiento.




Eliana Soza Martínez

(Potosí , Bolivia). En 2017 participa en la Antología Iberoamericana de Microcuento, compilada por Homero Carvalho. En junio 2018 publica su primer libro de cuentos Seres sin Sombra. En julio, junto a la Editorial Soy libre publica antología de cuentos de terror Macabro Festín. En 2019 junto a Ramiro Jordán publica el libro de microficción y poesía Encuentros/Desencuentros.  Uno de sus cuentos es parte de la Antología Cuentos Fuera de Serie de los compiladores: Adolfo Cáceres Romero y Homero Carvalho Oliva. El mismo año es parte de la Antología Escritoras bolivianas contemporáneas, compilada por Rossemarie Caballero Vega, Amalia Decker y Marcia Batista Ramos. También de Nocturnalia, antología de cuentos iberoamericanos, compilada por Walter Saravia y Herejes, cuentos de terror navideño editado por Historias Pulp, España. Participa del Encuentro Internacional de Microficción de la Feria del Libro en Santa Cruz (por dos años consecutivos) y en agosto a la de La Paz.  Colaboradora de la Revista Literaria “Letras Itinerantes” de Colombia. Sus cuentos fueron publicados en España, México, Argentina, Chile, Perú, Colombia y Costa Rica. En 2019 gana el tercer lugar del concurso de cuentos “Empoderando a Orange” de la Embajada Norteamericana en Bolivia.

Promesa guardada

por Fernanda Xochiquetzal.

Hacía tanto tiempo que sabía que la rendija por donde miraba no era lo suficientemente pequeña para ocultarme, sin embargo, prefería fingir que lo era, que él desconocía mi paradero y no podría encontrarme, aunque me hubiese escondido aquí cada vez que huía. 

Esperaba con ansias, con la ansiedad característica de un anhelo imposible; soñaba con su aparición como si me corrompiera un deseo enfermizo por terminar mi agonía y espera violenta. Pensaba en las posibles formas en que me arrastraría a nuestra casa, me preguntaba de qué forma reclamaría su legítimo derecho, aquél que le había otorgado una bendición y mis promesas vacías. 

Había jurado en vano, todas las mujeres casaderas lo hacíamos. Prometíamos amar a un hombre y otorgarle un respeto que no se había ganado, era cotidiano por supuesto hacerlo en nombre de Dios como si él avalara nuestra mentira. Hasta que la muerte nos separase de nuestros desconocidos esposos estábamos destinadas a amar, respetar y adorar a un hombre que también había mentido en el altar. Sí, pecábamos, mentíamos, odiábamos. 

Y en el pecado mismo nos nombraban. Elena Montero era un nombre vacío e insignificante que debía completarse en el altar, una metamorfosis necesaria, doliente y obligatoria. “Elena Montero de Márquez” me convertía en una mujer completa, automáticamente respetada y profundamente infeliz. Era de él. 

Su nombre era el emblema de mi desgracia, deseaba desasirme de su presencia, de su existencia como una sombra, como un yugo que me recordaba su crueldad y su brutalidad. Un odio mortal me carcomía el alma, pertenecerle eternamente me condenaba a la desesperación de no poder huir de él.

Escuché el carruaje acercarse, escuché los caballos que galopaban lentamente hacia mi hogar. Recordaba sus palabras: “No volverás a burlarte de mí ¿me has entendido? Eres mía, mi esposa ante Dios hasta que la muerte nos separe” dijo con dificultad mientras tocaba su pelo blanco con la mano izquierda. 

Supe entonces que ya había ganado incluso antes de tenerme enfrente, antes de poder llevarme con él de regreso. 

Presté atención al carruaje que se detuvo frente a mi casa, mi verdadera casa. Bajó de él y presumió una sonrisa siniestra al verme esperarlo, al haberme encontrado. 

Pensé nuevamente en el juramento que había pronunciado en el altar, en las promesas vacías que Dios había avalado, en las promesas que no había podido cumplir y que se convirtieron en una tortura constante… Pensé que después de todo aquello, sólo quedaba cumplir una de ellas.

—Señora —interrumpió Rosario, la sirvienta—, acaba de llegar un mozo de la casa de su marido para informarle que el señor…

—Lo sé, Rosario —dije. 

Bajé la mirada, me concentré en los guantes de encaje blanco enrojecidos y el abrecartas que yacía a mis pies. Sonreí y regresé la mirada al carruaje.

No había jurado en vano.




Fernanda Abigail Sánchez Callejo

Oriunda del estado de México, desde muy pequeña ha tenido un gran interés en la literatura. Actualmente estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa, donde ha podido generar nuevos intereses alrededor de la literatura femenina y la novela histórica.

Selección poética

por Pilar Sanjurjo

deshielo

un cubito de hielo

                     se desliza 

por mi hombro 

                             y cae

como en un tobogán 

por mi clavícula

deja huellas en el esternón

y se deshace en el ombligo

deja una laguna melancólica

que salpica mi dedo índice    

                                               -quiero más-

quiero más de ese frío erizando

cada pelito que raspa

                                      áspero, 

juega con la tensión 

de la insoportable necesidad

de querer más 

no es cruel, es su esencia

acuosa y vacía, que se derrite

cuando roza el sol, 

                               no entiende

y se desintegra con el tacto

que le entrega la sangre

no le niego mi piel

me entretengo con su limitado

tiempo de furia 

                            lo dejo 

lo dejo esconderse en mi boca

para que sueñe con vapor 

y besos de otra especie

*

reloj de arena 

me persigue un reloj

llueve arena de su vientre

cae lenta, 

        suavemente,

               se amontona y acumula en la costa

contemplo

que se me pasa la hora,

que ya estoy en hora

de sumergirme 

la playa se inunda 

me dejo llevar por la

marea que, como engranajes rotos

me devuelve a la orilla

rechaza mi ritmo

             la ausencia también es un tiempo

no hay fuga posible. estoy como

sonámbula, la correntada 

me revuelve el

estómago/pelo/la ropa se rasga 

            ¿cómo se escapa del zig-zag?

             me vuelvo sal y

     me adhiero como parásito a los 

             caracoles/algas/corales

             los golpes están puliendo mis hábitats 

en un momento no voy a ser

             más que marcas  pero eso ya no interesa

             no es una épica despedida 

no soy

             mártir de la carencia 

*

[I] viaje 

pensé en hacer poema

la vez que volvía de Almagro 

con una persona 

que había conocido 

esa tarde-madrugada 

[disculpa si desvarío, es

que el tiempo juega conmigo]

hablábamos para mantenernos

alertas, quizás una de otra

el sol se fortalecía como

en una lupa, con la ventana

del tren y nos cegaba de a poco

anestesiaban el sueño

solo nuestras voces

banfield, domingo 11 am

alguien decide morir 

el día de la semana

que nadie parece soporta

y se cruzan en el camino 

su muerte y mis pasos:

solo buscamos desmayarnos


él entre vías, yo en mi colchón

*

días corren acelerados

no los alcanzo, los dejo escapar 

mis movimientos tan destiempo

retroceden en el 

                              tic – tac 

de los relojes 

los días se diluyen en la canaleta de mis párpados

elaboro teorías, una máquina del caos

estalló en Pakistán

y como un tsunami, sus ondas 

impactan acá 

me lo dijo alguien en una pregunta

de esas que ponen en evidencia

el detrás del mundo

¿escuchaste al gallo cantar esta noche?

y entre el cableado eléctrico y mis pupilas 

su cacareo entonó

“pasan cosas raras en Pakistán”

y lo supe, vio al tiempo huyendo de la vida

encadenado a la medianera

como quién se para en los bordes de un puente

imaginando cómo sería saltar




Pilar Sanjurjo Murujosa

 ( Burzaco, Bs. As., Argentina, 1997) estudiante de sociología, trabajadora de la educación y poeta de la urbanidad.