por Karina Sánchez
Habían quedado de verse en el lugar de siempre.
Él le prometió sorprenderla esa noche especial, la cita era debajo del pórtico del cine popular donde no solo ellos sino muchos, aguardan encontrarse con alguien por primera vez.
Ella aceptó haciendo espacio en su ocupada agenda de ese día, bajo la promesa de que todo ese tiempo valdría la pena. La hora de la cita estaba a punto de marcarse en el reloj de su muñeca, cuando el giro en la esquina y la contempló puntual a su encuentro.
No lo identifico, sino hasta que la estrechó entre sus brazos sorprendiéndola, ella casi lo golpea al no reconocerlo, lucía muy diferente y su loción delataba el esmero que había puesto en su arreglo, la chaqueta que cargaba en su mano delató que la sorpresa se prolongaría hasta tarde.
Admiró por unos minutos su nuevo aspecto sin su habitual fachada gris, pasó sus dedos por su cabellera suelta que no conocía sin la gorra, jaloneo su corbata para acomodarla a su antojo, coqueteándole de frente mientras lo hacía. Al terminar se enganchó a su brazo y decidieron partir.
La dirigía con cuidado como a una copa de cristal llena, mientras ella se aferraba de su brazo como a una barandilla, a paso lento, pasos de bebé por culpa de sus tacones.
Se acercaron a un edificio con una fila enorme, sólo a unas cuadras de su encuentro y el gorila de la entrada solo le permitía el acceso a quienes le llegaran al precio. Habiendo ahorrado para la ocasión se portó espléndido y la oración de una Sor Juana se hizo presente, permitiéndoles pasar.
Se dirigieron a la primera mesa disponible, colocaron su bolsa y chaqueta sobre el respaldo y se sentaron frente a frente para poder contemplarse como casi nunca lo hacían, unidos solamente por la luz artificial de la vela plástica del centro de mesa.
Se atrevió a llevarla a ese lugar a pesar de no saber bailar, espero que fuera de su agrado, recordó la primera vez que la vio danzar a través del cristal de la ducha, mientras la contemplaba con fascinación.
Animado por el alcohol y la atmósfera en movimiento, se levantó del banquillo y le tendió su mano para invitarla a bailar, exploraron juntos la pista improvisando con cada estilo musical que sonaba, la energía de los asistentes y las bebidas calurosas comenzaron a surtir efecto, sincronizando sus cuerpos tan cercanamente que necesitaron algo más y decidieron salir del lugar.
Zigzaguearon por las banquetas vacías hasta regresar al pórtico, el edificio se encontraba lleno de devotos que conmemoraban el día con plegarias de habitación. Tuvieron que esperar a que alguien saliera, para poder entrar al tercer piso al lugar que se les había asignado. El elevador fuera de servicio, solo prolongó la llegada por las escaleras, donde se apretujaban contra las paredes desfajando sus ropas, hasta llegar a la habitación sesenta y nueve con la firme decisión de deshacer la cama recién hecha.
Envidiados por los vecinos de piso y sin cabida para los besos, solo se escuchaba el arrebato del deseo y el eco de las fantasías cumplidas.
Después de un descanso y antes de terminar la noche se desamarro de sus brazos, arrastrándose fuera de las mantas revueltas, recolectó sus prendas regadas por la habitación y halló sobre la cómoda el sobre de la sorpresa
Continúo vistiéndose de puntitas y guardó el sobre en su bolsillo, cuando termino apago la luz, para no interrumpir a quien continuaba durmiendo.
Al salir del edificio, tomó un taxi para dirigirse a casa. En el trayecto decidió inspeccionar el sobre, rompió el sello y sacó la tarjeta, estaba serigrafiada con dos ositos sosteniendo un globo, con la leyenda en letras rojas que decía “El uno para el otro”, y al abrir la tarjeta, con letra de puño se podía leer:
“Quiero poder ver el amanecer junto a ti sin que hayas partido, que tu corazón me pertenezca, y ser todo para ti, y para que veas que mi propuesta es seria, soy capaz de divorciarme para que podamos vivir juntos.
Ansío la próxima quincena, para poder volver a verte y conocer tu respuesta.
Feliz día del amor.
Aquí está lo prometido.”
Cuando terminó de leer los últimos renglones que le arrancaron una sonrisa, contó el dinero del sobre con sus honorarios, guardó los billetes en su cartera, rompió la carta a la mitad y guardó los pedacitos junto a los restos de otras recibidas ese mismo día.
Karina Sánchez
(1984) Entrometida, perseguidora del arte, gozosa de la vida urbana mexicana. Formó su educación bajo los devotos de la arquitectura, conduciéndose por el camino a descubrir su personalidad creativa. Curiosa y fanática de múltiples disciplinas, se permitió conocer la versatilidad de las herramientas, arquitecta por educación, histrión por devoción, escultora y escritora por fascinación. Madre, hermana, amiga y amante, no se limita por los títulos de una sociedad sedienta, con quien comparte su búsqueda de identidad.