Selección poética

por Norma Hernández

A la mar le pido que nunca se me olviden todas mis batallas
Que el espejo no deje de gritar quien soy yo
A mis ancestros les pido la fuerza
A mis hermanas su cariño y el son
Para recordarnos bailando fuertes y vivas
A mis lágrimas les pido caer sobre todo mi cuerpo
Y hacer con él una limpieza profunda
Y a ti mi amor
A ti te pido ser el testigo de una semilla que se ha convertido en flor


Si alguien me pregunta si te ame
Les diré que fuiste un torbellino
Que pasó sobre de mí
Arrasando mi vida con toda la furia que se puede tener
Les diré que me borraste
Que quedé sepultada por muchos años sobre los escombros de tu casa
Si alguien me pregunta si te amé
Les diré que salí con todos los huesos rotos de ese derrumbe
Y que soñé…
Que te amé tanto para permitirte romperme
Para aguantar tanto dolor
Solo que las heridas eran profundas
Que mi propio llanto me despertó
Si alguien me pregunta si te amé
Les diré que no
Que nunca
Porque eso no fue amor.



Norma Miriam Hernández Rosas

Ha publicado sus poemas en Poesía de morras y en Yo, Lolita.

Reporte del delito

por Paula Busseniers

como vagina que soy

María Auxiliadora Álvarez

En la séptima luna, la niebla adormece 

el lento fluir de las aguas por el orificio. 

Las voces asustan la noche, alcanzan el día que aplaza la anunciación del destierro. 

La manada de bestias sedientas aguarda el recio frío de la tarde para el ataque.

Rondan alegres el cuerpo del delito, husmean, luego ladran y embisten,

huyen y reagrupan. 

Aúllan feroces imitando al macho alfa que dirige la pelea, 

que está dispuesto a matar y vencer, 

no morir acorralado en la jaula,

embiste    embiste    embiste.

Entra al conducto.

Nada es lo que tenía que ser.

La orden fue dada.

Hombres verdes pasan la pelvis a la camilla,

corren alegres pisos abajo

inconscientes de la respiración de huracán

el tsunami de temblores

la furia de hembra luchando por su crío

su cordón umbilical unido a todas las hembras de antes y de ahora.

Respirar    respirar    respirar

aguantar el embiste

salir de la ola, entrar de nuevo,

llegar a la cámara de hielo.

Hombres verdes pasan la pelvis a la plancha.

Entra la aguja con la droga

nadie pregunta si quiere

todo se acelera

alcanza la voz soez del carnicero mayor.

Reducida a vagina.

La droga la salva.

La herida no cerrará nunca.




Paula Busseniers

Originaria de la región flamenca de Bélgica y xalapeña desde hace mucho. En labloga.blogspot.com y en Revista Literaria Monolito aparecieron algunos de sus poemas en notas de y entrevista por Xanath Caraza. También traduce poesía y es  co-traductora de Huesos de Jilguero, antología poética de Janet Frame, UV, 2015. Escribe cuento, ha sido publicada en la Revista Literaria Tintero Blanco.

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Condena

por Andrea Wence

Te sientas a la orilla del diván, y repasas en tu mente la borrosa y difusa imagen de su rostro antes de partir. Los gritos sordos de la última pelea retumban en tu cabeza, y tu cuerpo se defiende con una lluvia de llanto imparable y estruendosa. El cansancio incontrolable se apodera de tu ser, y de pronto, te calmas. Te vas a la cama al cuarto para las diez de la noche, y tu mente divaga en pensamientos errados hasta las cinco menos seis de la mañana. Tu enajenado cuerpo se levanta por inercia, sin sentido ni dirección, y tu volátil mente solo se concentra en las últimas y definitivas palabras, el último y poco elocuente “te odio” que le expresaste, y te preguntas si realmente le odiabas o le amabas. 

De la nada, tu existencia se pausa un sinfín de segundos y tu pensar se somete a una serie de hubieras sin sentido, que se convierten en soluciones intangibles para un final irremediable. Tu entendimiento se cierra a las únicas posibilidades iracundas que se rigen por sí solas, y tu papel de juez circunstancial dentro de aquel espiral de angustiosas emociones, se pone en marcha cuando caes en cuenta de tu funesta realidad. Respiras y sigues con la vida. 

La cotidianidad de la mañana se siente inhabitual, pues el vacío de su ausencia te devora, te asfixia y te rompe. El tiempo se consume tan rápido como la última exhalación de una risa incontrolable, y los días se reducen a la brevedad de un beso de despedida. La ineptitud de seguir adelante te corrompe y la vida se convierte en una serie de actos insípidos, de hechos incoherentes que te llevan a la nada dentro un vacío inmensurable. Y te rindes. Asumes la dolorosa e inevitable condena que conlleva enamorarse.




Andrea Jaqueline Wence Centeno

«Tengo 20 años y resido en el Estado de México, soy estudiante de la licenciatura en Ciencias Humanas en el Centro Universitario de Integración Humanística y de la licenciatura en Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. Cuento con 10 años de experiencia en las artes escénicas, participé en la puesta en escena Una rosa con otro nombre de escritor Emilio Carballido y en diversas obras musicales.»

Un mal día

por Damaris Disner

Tomó a la niña de la mano izquierda y al niño de la derecha. La hora pico camuflaba su paso decidido. Como cada mañana su padre le reprochó el tiradero de sus hijos en la sala y que no llevara comida a la casa. Le fastidiaba escuchar a las vecinas decirle que su ex marido se mudó cerca con su nueva y joven mujer; sí, por quien la dejó. Los segundos de espera se hicieron minutos, estaciones atrás una mujer se aventó a las vías. El metro detuvo actividades mientras levantaban los restos humanos. Por su culpa llegaré tarde al cine, tan bonita que estaba la mañana, voy a perder el examen, eran los comentarios a su alrededor. Cuando la pequeña le dijo “mamá me lastimas”, se percató que a cada frase escuchada, le apretaba con más fuerza la mano infantil, clavándole las uñas. Regresó a casa mientras se repetía: No tengo derecho. Definitivo, no era un buen día para suicidarse.




Damaris Disner

Originaria de Tonalá, Chiapas. Escritora y periodista cultural independiente. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Chiapas, además de cursar diversos diplomados nacionales convocados por el INBA y otras instituciones. Obtuvo la beca del Pecda 2006 en Dramaturgia, y su obra literaria ha sido publicada en periódicos, además de revistas estatales y nacionales. Participó en la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA 2019) en un conversatorio sobre dramaturgia. Ha publicado minificciones en la Revista Nocturnario, revista de creación literaria (2019) y en Letras, idea y voz, revista de fomento a la lectura, cada domingo. Desde hace seis años es directora de la Galería Rodolfo Disner, espacio multidisciplinario independiente. Imparte el taller de escritura terapia «Entonces, escribo», además de compartir talleres literarios para la niñez. Coordina también la Sala de Lectura para la Niñez «Cáscara de Mar», la cual lleva este nombre por ser homónimo de su memorama de poesía (haikús).  También es Reikista y terapeuta floral.

Degradación al descubierto

por Jatzibe Rivera

Primero fueron las cosquillas. Las sintió pasando por cada poro de su piel, erizándole los vellos como algo que ascendía, que caminaba. Le provocaron rascarse las piernas y al hacerlo, una mancha marrón cayó al suelo corriendo desorientada por la acera. Ella gritó, aplastándola con su alto tacón oyéndose el crujido bajo su merced, rompiéndose.
Unas cuantas patas se movían con desespero, en un intento por reincorporarse. Se negaba a morir. La miró con profundo asco y horror, así como se mira a los seres inmundos; iba a darle un segundo pisotón o huir de ahí pero pronto dejó de luchar.

En el camino de regreso a casa, procuró no levantar la vista por si lo sabían, quizá sospechaban. Intentando apartar el recuerdo, volvió a sentir esas imprudentes y vomitivas cosquillas. Incómoda, se bajó la falda, el horror al descubierto.

Sus piernas machacadas llenas de agujeros le aterrorizaron. Eran la prueba de su suciedad, de su putrefacción que ya comenzaba a apestar. Las cucarachas salieron de rincones escondidos y oscuros; de las alcantarillas se enfilaron y llegaron a ella, subieron por sus pies, a sus muslos, a más arriba. Cubriendo con su asqueroso cuerpo, la despedazaron a mordidas mortales. Corrió lejos, muy lejos, sacudiéndose; pero ellas no se iban, no; sabía que no se irían nunca a partir de ahora.

Fue inútil: ya se la estaban comiendo.




Bianca Jatzibe Rivera Domínguez

Es autora de varios relatos y microcuentos de variedad temática, narrados desde la sencillez y delicadeza. Influenciada por la prosa de Wilde, su objetivo es hacer denuncia social y mostrar el lado más cruel del ser humano. Ha ganado concursos y reconocimientos tanto académicos como virtuales. Actualmente se encuentra escribiendo una antología sobre la condición de las mujeres desde una perspectiva feminista.

Cuando nadie te ve

por Griselda Zavala Márquez

Cuando se anunció mi muerte inició la mejor parte de mi vida. Los seres humanos se creen muy listos; corren de ahí para allá y de allá para acá… ¿en busca de qué? Ni ellos mismos saben. De hecho, yo tampoco lo sabía hasta que dejé de existir y todo gracias a un papel. Ahora mi pasado es libre, mi futuro ilimitado. Lo único que te comparto es mi nombre: Dmytro. Eso no dejé que se lo llevara el pasado.

Me pregunto si me notará en las sombras, en el ondear de sus sábanas antes de dormir o en los utensilios que se mueven cada vez que cocina lasaña. Hace tanto que alguien muerto en vida no residía aquí. Es enternecedor los recuerdos que despierta en mí, aquellos que pensaba que se volverían ceniza junto conmigo.

A nadie le importa que me llame Dmytro. Hay más personas en el mundo que comparten esta misma palabra a la que le digo nombre. Qué importa mi singularidad. A nadie le incumbe ni le afecta. Es lo bonito de estar muerto mientras se espera la muerte.

Quisiera tener presente mi nombre, pero ese se esfumó y ni siquiera estuve consciente cuando pasó. Sólo tengo un cúmulo de recuerdos que alguna vez se llamaron vida, otras veces presente y algunas pasado.

¿Será importante que cada historia tenga su título?




Griselda Zavala Márquez

Nació el 2 de octubre de 1997 en Monterrey, Nuevo León, México. Estudia Letras Hispánicas en el ITESM. Sus mejores lecturas con normalidad forman parte de la Literatura Infantil y Juvenil, también los textos escritos por mujeres son de sus preferidos. Además de la lectura, disfruta de salir a reír con sus seres queridos y de ver series repletas de una gran variedad de emociones.

La imagen puede contener: Gris Zavala Marquez, sonriendo, de pie, exterior y agua

Día del amor

por Karina Sánchez

Habían quedado de verse en el lugar de siempre.

Él le prometió sorprenderla esa noche especial, la cita era debajo del pórtico del cine popular donde no solo ellos sino muchos, aguardan encontrarse con alguien por primera vez.

Ella aceptó haciendo espacio en su ocupada agenda de ese día, bajo la promesa de que todo ese tiempo valdría la pena. La hora de la cita estaba a punto de marcarse en el reloj de su muñeca, cuando el giro en la esquina y la contempló puntual a su encuentro.

No lo identifico, sino hasta que la estrechó entre sus brazos sorprendiéndola, ella casi lo golpea al no reconocerlo, lucía muy diferente y su loción delataba el esmero que había puesto en su arreglo, la chaqueta que cargaba en su mano delató que la sorpresa se prolongaría hasta tarde.

Admiró por unos minutos su nuevo aspecto sin su habitual fachada gris, pasó sus dedos por su cabellera suelta que no conocía sin la gorra, jaloneo su corbata para acomodarla a su antojo, coqueteándole de frente mientras lo hacía. Al terminar se enganchó a su brazo y decidieron partir.

La dirigía con cuidado como a una copa de cristal llena, mientras ella se aferraba de su brazo como a una barandilla, a paso lento, pasos de bebé por culpa de sus tacones.

Se acercaron a un edificio con una fila enorme, sólo a unas cuadras de su encuentro y el gorila de la entrada solo le permitía el acceso a quienes le llegaran al precio. Habiendo ahorrado para la ocasión se portó espléndido y la oración de una Sor Juana se hizo presente, permitiéndoles pasar. 

Se dirigieron a la primera mesa disponible, colocaron su bolsa y chaqueta sobre el respaldo y se sentaron frente a frente para poder contemplarse como casi nunca lo hacían, unidos solamente por la luz artificial de la vela plástica del centro de mesa.

Se atrevió a llevarla a ese lugar a pesar de no saber bailar, espero que fuera de su agrado, recordó la primera vez que la vio danzar a través del cristal de la ducha, mientras la contemplaba con fascinación.

Animado por el alcohol y la atmósfera en movimiento, se levantó del banquillo y le tendió su mano para invitarla a bailar, exploraron juntos la pista improvisando con cada estilo musical que sonaba, la energía de los asistentes y las bebidas calurosas comenzaron a surtir efecto, sincronizando sus cuerpos tan cercanamente que necesitaron algo más y decidieron salir del lugar.

Zigzaguearon por las banquetas vacías hasta regresar al pórtico, el edificio se encontraba lleno de devotos que conmemoraban el día con plegarias de habitación. Tuvieron que esperar a que alguien saliera, para poder entrar al tercer piso al lugar que se les había asignado. El elevador fuera de servicio, solo prolongó la llegada por las escaleras, donde se apretujaban contra las paredes desfajando sus ropas, hasta llegar a la habitación sesenta y nueve con la firme decisión de deshacer la cama recién hecha.

Envidiados por los vecinos de piso y sin cabida para los besos, solo se escuchaba el arrebato del deseo y el eco de las fantasías cumplidas.

Después de un descanso y antes de terminar la noche se desamarro de sus brazos, arrastrándose fuera de las mantas revueltas, recolectó sus prendas regadas por la habitación y halló sobre la cómoda el sobre de la sorpresa

Continúo vistiéndose de puntitas y guardó el sobre en su bolsillo, cuando termino apago la luz, para no interrumpir a quien continuaba durmiendo.

Al salir del edificio, tomó un taxi para dirigirse a casa. En el trayecto decidió inspeccionar el sobre, rompió el sello y sacó la tarjeta, estaba serigrafiada con dos ositos sosteniendo un globo, con la leyenda en letras rojas que decía “El uno para el otro”, y al abrir la tarjeta, con letra de puño se podía leer:

“Quiero poder ver el amanecer junto a ti sin que hayas partido, que tu corazón me pertenezca, y ser todo para ti, y para que veas que mi propuesta es seria, soy capaz de divorciarme para que podamos vivir juntos.

Ansío la próxima quincena, para poder volver a verte y conocer tu respuesta.

Feliz día del amor.

Aquí está lo prometido.”

Cuando terminó de leer los últimos renglones que le arrancaron una sonrisa, contó el dinero del sobre con sus honorarios, guardó los billetes en su cartera, rompió la carta a la mitad y guardó los pedacitos junto a los restos de otras recibidas ese mismo día.




Karina Sánchez

(1984) Entrometida, perseguidora del arte, gozosa de la vida urbana mexicana. Formó su educación bajo los devotos de la arquitectura, conduciéndose por el camino a descubrir su personalidad creativa. Curiosa y fanática de múltiples disciplinas, se permitió conocer la versatilidad de las herramientas, arquitecta por educación, histrión por devoción, escultora y escritora por fascinación. Madre, hermana, amiga y amante, no se limita por los títulos de una sociedad sedienta, con quien comparte su búsqueda de identidad.

Ucronía

por Ana Gabriela Morales

6:00hrs. La alarma del celular rompe el silencio de la oscura habitación.  Con los ojos aún cerrados, Antonio elimina el invasivo sonido y extiende los brazos en un intento por abandonar la idea recurrente de cinco minutos más en la cama.  Su cuerpo reacciona mecánicamente mientras el agua tibia de la regadera le devuelve poco a poco la conciencia. 

Mira el reloj.  Como granos de arena, los segundos sepultan rápidamente el momento que tenía para desayunar.  Perdió valioso tiempo en ver qué ropa usar para la entrevista de trabajo. Lo recomendable en estos casos (leyó en una revista…), sería no elegir algo demasiado provocador, no enseñar mucho y fabricar una imagen atractiva pero seria y profesional. Antonio elige un traje sastre negro “muy favorecedor que oculta el par de kilitos de más y le da un aspecto elegante y sobrio” (…revista especializada en lo que los hombres necesitan).

Como es costumbre el metro está saturado y empieza a sentir la incomodidad cotidiana, las miradas de algunas mujeres que sin disimulo se posan sobre su cuerpo, un par de sonrisitas de esas que le fastidian, en fin… se apresura al área destinada para hombres, aunque ya sabe que, si no hay policías que les indiquen lo contrario, algunas se pasan las restricciones por el arco del triunfo y con actitud desafiante ingresan a los tres primeros vagones. Antonio se encoge en una esquina, le urge llegar.  Apenas han pasado veinte minutos desde que salió de casa y ya quiere estar de nuevo ahí, resguardado en la seguridad de su espacio. ¿Por qué ellas creen que es un “privilegio” estar confinados en sólo tres vagones para reducir la probabilidad de ser acosados?

13:00hrs.  La entrevista no ha sido muy buena.  Tuvo que esperar su turno casi dos horas y la persona que entró antes que él le comentó que al parecer preferían una mujer para el puesto, ya que los hombres tienen fama de descuidar su trabajo por los hijos o la familia.  Él respiró aliviado, aún no tiene hijos y podría omitir el hecho de que le toca ir a cuidar a su madre enferma cuatro o cinco días por semana.  Mostró su currículum, la jefa de Capital Humano se sorprendió de su experiencia al entrevistarlo, pero escupió aquel fétido comentario —¿Tan guapo y tan inteligente? ¡Es raro encontrar un hombre con ambas cualidades! Tal vez podamos cenar juntos para tratar tus con-di-cio-nes de trabajo.  Antonio se sintió apenado, molesto y se preguntó si la elección de su ropa fue inadecuada.

Decide dejar de especular y se apresura en el mercado. Su madre lo espera, tiene que preparar la comida para los dos días siguientes. Suficiente tiene su hermano Manuel que se ha quedado solo con sus dos hijos, como para también hacerse cargo de las necesidades de su madre.  La esposa los abandonó, una noche salió por cigarros como dicen por ahí y no regresó.  De vez en cuando habla por teléfono para amedrentar a Manuel, lo tilda de facilón y lo asusta diciéndole que si llega a verlo con otra lo mata, a él y a los niños. La ha denunciado un par de veces, pero en la delegación lo primero que le preguntan es qué hace él para causar el enojo de su esposa, así que ha dejado de ser una opción.  Manuel ha sido educado para ser lo que todos describen como un buen padre (como es de esperarse en todo hombre), ese que cuida, mantiene, educa, protege y sacrifica todo por sus hijos, hasta la vida si es necesario.

21:00hrs. Antonio tiene que salir casi corriendo de la casa de su madre, se le ha ido el santo al cielo platicando con su hermano.  Se va satisfecho, dejó todo muy limpiecito, hizo la comida y ayudó un poco a sus sobrinos con la tarea.  La familia siempre le ha dicho que él está para ayudar y cuidar a los parientes que lo necesiten, al fin y al cabo él ni se ha casado ni tiene hijos… bueno, ni tuvo hijos, porque pasa de los treinta y cinco años y como que ya no tiene edad para andar pensando en ser papá, además de lo que las lenguas más recalcitrantes que ni siquiera le conocen murmuran en su presencia y a sus espaldas: —¡mmhh!… Quedado, sin hijos, ni es un hombre de su casa, ¡qué vida tan desperdiciada! ¿dónde dejó su instinto paterno? Seguramente por andar de golfo blah, no se da a respetar blah blah, ¡si yo lo he visto! cambia de pareja como de calzones el muy blah blah blah…

Los pensamientos de Antonio se ven interrumpidos por el eco de unos pasos que por la calle solitaria se le aproximan. Voltea hacia atrás… nadie.  Camina más deprisa.  Siente el miedo en el pecho, la boca seca, los latidos en las sienes y las gotas de sudor en la frente que delatan su angustia.  Por estar divagando no estuvo atento al camino, ¿y si una mujer lo siguió desde el metro y le quiere hacer daño? Violados, asesinados, desaparecidos… tantos casos diarios y Antonio sólo cuenta con las llaves de su casa para defenderse.  Una pequeña cuadra más… ¡Por favor!… media cuadra… con temblorosas manos busca la resbaladiza llave y abre la puerta.   Cierra tras de sí con alivio, ha llegado —¡Tonto dramático, bien dicen que siempre exageramos! — piensa, buscando tranquilizarse —ya deberías estar acostumbrado.

6:00hrs. Suena la alarma. Abre los ojos algo confundida y sonríe… —¡Sueño loco! ¡Loca Antonia! — se dice aún adormilada.  Recuerda la hora y se levanta rápidamente de la cama. Manuela, su hermana, le ha mandado ya un mensaje al celular: la espera antes de la hora de comer en casa de mamá.  El sueño de Antonia se diluye bajo el agua de la regadera como lo hace la necesidad latente de que un otro se coloque en sus zapatos, de cuestionar su papel adoptado, heredado… ¡qué va! no tiene tiempo, debe salir a ganarse la vida… su reflejo en el espejo le confirma una vez más que es ella, Antonia, la que debe llegar a una entrevista de trabajo sin demora.

23:00hrs. La estridente sirena anuncia la llegada de la ambulancia, Antonia yace en el húmedo callejón donde las bolsas de basura se amontonan. El traje negro hecho girones apenas cubre su maltrecho cuerpo. Un conocido, vecino del lugar, llamó a la policía y mientras lo interrogan comenta lacerante: —¿a qué mujer se le ocurre andar sola en la calle a estas horas? No debió exponerse… ahora ¿quién va a cuidar a su madre? 




Ana Gabriela Morales Ríos

Originaria de Chihuahua, Chih., actualmente reside en la Cd. de México.  Psicóloga. Ha trabajado en grupos enfocados al tratamiento de adicciones y codependencia, principalmente con mujeres familiares de pacientes adictos. Escribe para compartir aquello que considera necesario que no permanezca oculto, algunos de sus escritos se han publicado en revistas digitales e impresas y participó con un cuento en el libro ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género, editado por la UAM.

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Amargo

por Montserrat F. Ramírez

“Mais vivre sans tendresse, le temps vous paraît long”

-Marie Laforêt, La tendresse

No importa cuánta azúcar pongas en tu café,

te seguirá sabiendo a lágrimas amargas,

como las palabras que te hubiera gustado decir.

No importa que cambies de bebida

si la bolsa de té seguirá rompiéndose,

si seguirás tomando tu café en soledad

y al final lo abandonarás frío sobre la mesa.

No es culpa del mesero

que la taza se te caiga de las manos

y la espera te parezca infinita,

que el café te escalde la lengua,

que te sepa a todo o que no te sepa a nada.

No es culpa del café

tu falta de ternura,

no es su culpa

que el tiempo te parezca tan largo.




Montserrat F. Ramírez

 (Ciudad de México, 2003). Ha sido publicada en la revista Prosopopeya. Ha leído sus textos en los eventos Voces en penumbra del CCH Vallejo-UNAM, y Palabras en rebeldía, en la casa del poeta Ramón López Velarde.

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Las notas

por Fernanda Ragazzo

Las notas retumban en mis oídos, mi corazón galopa a su ritmo. Me toma, me sostiene firmemente; sabe que, en cuanto me suelte, me desvaneceré. Caeré por siempre, el inframundo es tan solo otro más; me hundiré en mis entrañas, y éstas se derretirán a través de la tierra, del aire, de todo; hasta que todo deje de existir. Se derretirán a través de la nada.

Sólo él ha estado conmigo cuando más lo necesito, y desde que lo necesité. Cuando en la noche sólo brillaba el reflejo de la luna en el agua salada de mi rostro, cuando la arena acariciaba entre el viento mi piel y el estruendo de las olas y la marea espumosa parecían mudos y dóciles ante la tempestad de mi alma.

La melodía ensordece mientras nuestros pasos se intensifican. El espejo retrata nuestra alianza, la cadencia y el compás dignos de dos almas gemelas al jugar con el viento que nos separa. 

Me mira y en sus agudas pupilas reconozco las punzadas de un amanecer vacío, seco, frío; a la vez, tan húmedo, cálido pero carente de calor, sin sol ni arreboles, ni atardeceres ni voz; tan nuboso, tangible, acendradamente blanco. Percibo su esencia: sal, agua, sangre, nada. No puedo respirar. Mis manos recorren su pecho para llegar a su rostro; las suyas recorren mi espalda, sujetan mi cuello.

El piano se ha vuelto tan fragoroso que no da lugar a otro sonido en la habitación, los dorados marcos dan vueltas hasta deformarse; el espejo apenas nos regresa la mirada. Su rostro, gélido, liso como porcelana, inconmovible, firme como la plata de mis cuchillas impregnadas; su piel que penetra como fuego glacial, quema con hielo cada nervio, deja la sangre arder. Abraza y asfixia; acaricia y desgarra; besa con estacas; canta y aprisiona. Hemos pasado por tanto. Jamás lo he visto, mas lo conozco tan bien; él a mí aun mejor.

Mi pecho se agrieta tras cada golpe, nuestros pies no descansan. Las nubes nos sostienen y los faroles nos guarecen. Un giro tras otro, y otros más. Creamos un pequeño vórtice que acaricia y emana discretos gemidos de simpatía, la risa disimulada de dos amantes; todo alrededor parece desaparecer. Lanzo una sonrisa al espejo, que no responde con el mismo gesto. Inevitablemente, todo sigue girando. Mi vestido está manchado y un hilo rolo pende de mis muñecas. Gira. Una daga yace con mis iniciales en la alfombra. Sigue girando. Veo mi rostro en el espejo y mi cuerpo danzar. Nadie me sostiene.

Siguen las estrellas fijas a través del ventanal, las que iluminan con su rosa radiante; y las perlas que yacen en lo profundo del mar, iridiscentes, regresando el aliento cuando el agua salada llena los pulmones. Con ellas regreso al partir mi par, el que regresa siempre que la tormenta se avecina.

¿Escuchas? No estoy desvaneciéndome.




María Fernanda Ocharán Ragazzo

Nativa de Coatzacoalcos, Veracruz. Estudiante de Letras Alemanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Reconocida por obtener el campeonato a nivel regional y estatal en los años 2017 y 2018 en los eventos de competición en el área de Taller de Lectura y Redacción realizados por el Cobaev, así como colaboración como asesora de la misma área en años posteriores.