Me busco

por Melissa Robles

  Hace tiempo que me encuentro buscándome. Hubo un tiempo muy oscuro en el 

Que no me encontraba, pasaba horas deambulando en mi cabeza. Simplemente yo no estaba ahí, no me encontraba por ninguna parte; más sin embargo ahí estaba, existiendo. Un cuerpo físico sin alma aparentemente.

En ocasiones tenía avistamientos de lo que soy, momentos de eureka en las que podía ver mi fuego interior; pero, así como aparecían de pronto, así de rápido desaparecen. Nunca comprendí porque no me podía encontrar por completo y la verdad es que, a veces encontrar fragmentos de mi era peor. Pues los encontraba y por un momento era feliz, para luego al perderlos, me sumergía aún más en mi vacío.

Un día toda mi impotencia de no encontrarme se convirtió en ira y comencé a golpearme con todo lo que podía: con la pared, con mis manos, con mis uñas, me arrojaba al piso con tal de sentir algo, con tal de sentir que ahí estaba, que no hacia falta encontrarme. Solo terminaba más perdida. 

Conocí personas que me decían quien era; a veces podía coincidir con lo que me decían, pero otras veces me sentía ajena a la idea que tenían de mí. Puede inclusive que me perdiera aún más, tratando de buscarme entre las ideas de los demás. Desistí a buscarme entre ellos, entre lo que decían que podía ser yo.

Pero un día, no se ni como ni cuando, decidí escucharme; escuchar el latido de mi corazón, mi respiración, el parpadeo de mis ojos. Deje de pensar tanto, deje de tratar de encontrar algo en los recovecos de mis pensamientos, dejé de buscar tanto y me encontré.  Frente a mí, estaba yo, libre sin ataduras. Me liberé de mis pensamientos de mis lazos afectivos innecesarios que me enfermaban. Ahora que me encontré, me di cuenta que estoy completa y aunque todavía existan algunos ajustes que se deben realizar y que puede que me vuelva a perder un poco en el camino. Me buscaré y sabré encontrarme.


Melissa Robles Luna. 23 años originaria de Cuauhtémoc, Chihuahua. Estudiante de artes
visuales. Entusiasta de la lectura y escritura. Me gusta poder expresarme y sacar lo que
siento, por medio del arte. Tanto de manera visual, así como en la literatura.

Por mis caminos, Thumol y La comandanta

por Mónica Sánchez Vergara 

Por mis caminos

Técnica: óleo

Dimensión:  20 x 25

Año 2020 

Thumol

Técnica: óleo 

Dimensión: 21 x 28 

Año 2020 

La comandanta 

Técnica: popotillo 

Dimensión: 15.5×18.5 

Año 2020 


Mi nombre es Mónica Sánchez Vergara soy de la ciudad de México tengo 52 años y 32 años de docente cuento con 8 exposiciones individuales y  90 colectivas, realizo arte correo, libros arte objeto y pintura al oleo acrílico.

El turno de la ofendida

por Raquel Vargas Solís

Sí, mamá, tan solo he sido una hija de las hojas
dejándome llevar por el viento
manoseada por las ramas secas

en buses, avenidas,

buscando siempre flotar en el agua,
toda una aparición del pleistoceno,
una Ixchel del desierto intricado
escribiendo el breviario del descontento a cuestas
inclinada sobre el flujo de mi vientre rogándole al río un sustento
en medio de tanto desalojo, de tanto desahucio.
Abortando el desconsuelo a punta de misoprostol,
tan mía,
hurgándole la risa a la montaña,
tan hija del río tirándole el anzuelo a la nada
urgida de palabras que no hacen más que dejarme a solas.
Voy con tanta resistencia como me quepa en la mirada,
en desacato como las raíces,
astutamente insumisa como la abuela Kueka
volviendo del exilio parisino al tepuy,
mamá, lo sé, no puedo cansarme de pertenecerme.
Quiero engordar mi desvelo maullando,

contándole a los zorros pelones mi historia en medio de la noche
desnuda, saboreándome el caos, el rito, el mito
la tristeza austera que me habita incapaz de desahuciarme la alegría
este tentempié cotidianamente abrupto ya ves cómo me tiene
hastiada, astillada,

irreverente hasta en la sombra.

Este siempre será el turno de la ofendida
y la ofendida siempre seré yo de haber venido a este mundo
sin que me pidieran el consentimiento
todo este descontento, mamá,
no me cabe en las manos
ni en las hojas blancas
me envuelve como el olor del orégano
como el ajo en trocitos en medio de los dientes apretados
en medio de todo este poderío inapagable
que enciende visiones de ternura entre la muerte.
Ahora es la hora de mi turno
el turno del ofendido por años silencioso
a pesar de los gritos.
Callad
Callad
Oíd.*

*Fragmento final del primer poema del libro del salvadoreño Roque Dalton titulado El
turno del ofendido.


(Costa Rica, 1991)

Escritora itinerante, autora de la novela corta “Catatonia”. Estudiante de Filología, Lingüística y Literatura en la Universidad de Costa Rica. Su poema Taky Unquy puede encontrarse en la primera edición de la revista centroamericana Ek Chapat, así como su poema Errabunda es parte de la antología del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet 2019. Editora del colectivo Voces Vagamundas, su obra también puede encontrarse en la página web www.vocesvagamundas.com.

Poema

por

Que no asome a nuestra alcoba
el resabio de la monotonía
Huyamos siempre de las tardes de domingo
los idílicos cuentos
de caballeros andantes
y princesas dormidas

con eternos finales
y el felices por siempre
amemos no
las cadenas que nos unen

sino los abismos que nos separan

hallémonos siempre
en ese punto exacto
de caída y ascenso
entre tu pecho

y mis labios

donde nace tu nombre

para dormir en mis manos

Vine del más allá

Por Claudia García

VINE

Vine desde el mar,

Vine desde las estrellas, 

Vine a recordar, 

Vine con la memoria de mis ancestrxs

¡Vine a recordar!, recordar quién soy, por medio de mi cuerpo, por medio de mis sensaciones, por medio de mis percepciones.

Vine a caminar, recorriendo la espiral que me lleva de regreso, pasando por la tierra, sintiendo el viento y alimentándome del agua, viviendo con el viento que me recuerda mis elementos.

Vine a recordar que soy individualidad en relación con la comunidad y aunque estemos separados hay un hilo que teje nuestro ser. Ese hilo nos une comunicando nuestros caminos, haciéndonos uno al trascender mi individualidad.

Vine a reconciliar,

Vine a sentir, las diferentes experiencias que el mundo me ofrece para recordar el movimiento. El movimiento eterno que anima al ser.

Vine a integrar, integrar los trozos de los que nos componemos y que están dispersos en esta materialidad. 

Vine a manifestar,

Vine a compartir, a compartirme con los otros en sentimiento, en pensamiento, en acción. 

Vine a resignificar, dentro de todas las posibilidades de creación 

Vine a crear un lugar diferente con más posibilidades en el cual todos podamos manifestar. 

Vine, vine del más allá y volveré a ese lugar.

Nuestra magia femenina

por Ilse Candelaria

Título:Nuestra Magia Femenina 

Autora: Ilse Candelaria

Técnica: Encapsulado en resina 

Formato: 48cm x 48cm

«Se dice que nuestro ciclo menstrual se sincroniza con la luna, generalmente representando la luna nueva como inicio de la menstruación. Si analizáramos el ciclo menstrual, nos daríamos cuenta que simbólicamente tiene mucha relación con las fases lunares. La menstruación es algo nuestro, solo nosotras podemos hacerlo, es completamente cíclico, llega una vez al mes, cada 28 días en un ciclo regular. Es algo natural, mágico, ancestral y completamente ritual, normalicemos nuestra sangre de vida y sintámonos orgullosas de ser mujeres.»

Mi abuela y su muerte

por Vanessa Arvizu

Un día a mi abuela le dio un infarto y fui a verla al hospital. Estaba tendida en la cama con los antebrazos pinchados por agujas, con el semblante pálido y el cabello enmarañado. En su pecho tenía una luz apenas pequeñita, como los foquitos de un árbol de navidad; era su muerte que le colgaba justo frente al corazón. Me apretó el brazo como de costumbre, haciendo conchita con sus manos de arrugas blandas, y sonrió con esa risilla como de quien no sabe que lleva la muerte prendida al pecho.

Desde entonces, mi abuela dejó de dormir en su cuarto donde guardaba los velos que le daban en el Santuario de Jesús de Nazareno Atotonilco, donde tenía doblados sus fondos satinados que mi hermana y yo usamos cuando niñas para simular que éramos hadas, princesas, viajeras o magas; donde tenía su alcohol de hierbas que nos ponía cuando nos dolían los huesos por el crecimiento.

Mi abuela se mudó a uno de los cuartos de abajo, al fondo de su patio. Y ahí, en una cajonera de plástico, guardó su muerte. La muerte se quedó en ese cajón un buen tiempo, jugando con los aretes y los cristos de madera, pasando entre las cerdas de los cepillos y los cabellos plateados, y acurrucada en la cajita de los hilos y botones. 

Esa muerte siempre me cayó mal. Era mustia. Por las noches, salía a escondidas entre las rendijas del cajón y le saltaba encima a mi abuela. No la dejaba dormir, le oprimía el pecho hasta que le faltaba el aire, le provocaba dolores de cabeza y dientes. 

Esa muerte siempre me cayó mal, pero mi abuela, con su corazón noble, le tenía mucha paciencia. Cuando le prestaba sus sueños, la muerte los convertía en aflicciones. Cuando mi abuela apenas y tenía un hilo de energía, la muerte se la gastaba toda. Y cuando le confesaba sus miedos más profundos, su muerte la aterrorizaba ¿Por qué le tocó una muerte tan poco empática? ¿Por qué tuvo que soportar una muerte tan testaruda?

Mi abuela guardó su muerte por unos años, luego, el mundo se enfermó y nos encerramos todos durante meses. Dejamos de vernos. Dejé de verla a ella y a sus ojos llenos de bondad, a sus labios pronunciando palabras dulces que siempre les dicen las abuelas a sus nietas, dejé de escuchar sus pasos despacitos con sus zapatos desgastados, perdí el olor de su mandil que impregnaba todos los sabores que nutren el alma. Dejé de verla a ella porque su muerte la había hecho vulnerable. Hasta que un día, el mundo de mi abuela ya no era más su mundo. El nuevo mundo estaba lleno de cosas que mi abuela no entendía. Mi abuela habló con su muerte y la muerte la escuchó por primera vez, y mi abuela dejó de existir. 

El día que murió mi abuela llegué a su casa y corrí a ese cuarto del primer piso, el que no era el cuarto de los velos del Santuario, ni de los fondos satinados, ni del alcohol con hierbas; y vi el cajón de plástico abierto y busqué a su muerte. La hallé fuera de la habitación, en las manos temblorosas de mi abuelo, en los pasos angustiados de mi padre, en las gargantas de mis tías, secas por el llanto, y en los lamentos que me brotaron a borbotones en forma de una luz crecida que se esparció por todo el patio y que rodeaba la caja fúnebre donde estaba el cuerpo sin vida de mi abuela.

Su muerte me acompañó desde entonces. Me oprime el pecho, tal como lo hizo con mi abuela. Su muerte ha turbado mis sueños más hermosos, su muerte ha silenciado mis palabras de desahogo. 

Un día encontraré mi propia muerte, un día la sumergiré en un cajón de plástico y la liberaré cuando este mundo ya no sea el mío, y alguien arrojará lamentos como borbotones de luz que llegarán hasta mi cuerpo sin vida.




Vanessa Arvizu

(Ciudad de México, 1985) Socióloga, comunicóloga, feminista y madre. Egresada de la licenciatura en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Maestra en Sociología con especialidad en Sociología de la Educación Superior por la Universidad Autónoma Metropolitana, institución en la que actualmente cursa el doctorado en Sociología. Ganadora del premio de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) por la mejor tesis de maestría en 2016. Obtuvo mención honorífica en la categoría ensayo del Premio Dolores Castro 2019.