No seguir tus estereotipos de feminidad no me hace menos mujer

por Alondra Grande

“Una mujer debe de ser delicada” “Calladita te ves más bonita” “¿Jugar futbol? La gente va a creer que eres machorra” “Ponte ropa más femenina” “Pareces un hombre muy femenino o una mujer muy masculina ¿qué eres?” “Eres demasiado lista para tener novio, a los hombres no les gustan las mujeres que son más listas que ellos”. 

Y entonces surge la pregunta ¿Quién soy? ¿Qué soy?, nací con vagina entonces debo de ser niña, pero me gustan los deportes rudos ¿eso me hace niño? ¡No, no pudo ser niño! Lloré viendo Titanic y los hombres no lloran… ¿qué soy? 

No tengo problema en usar vestidos, pero prefiero andar en pantalones holgados y playeras con logos de mis películas favoritas ¿eso me hace masculino? ¡IMPOSIBLE! Porque también me gusta el maquillaje, y a los hombres no les puede gustar eso ¿no?. Entonces ¿qué soy?

Me interesan temas de política, economía y derecho pero cuando los hombres hablan de eso en la mesa no me dejan opinar, roban mi derecho a expresar mis ideas ¿eso me hace mujer? 

En las fiestas familiares cocino y al final me quedó con mis tías y madre a limpiar mientras los varones se van a dormir ¿eso me hace mujer? 

He sido acosada en el transporte público, en la calle a plena luz del día, en lugares concurridos, en la familia… ¿eso me hace mujer? 

Y así, con más preguntas que respuestas comenzamos a crecer aprendiendo a ocultar aquello que nos hace felices pero no complace a los demás. Nos enseñan a crecer en una ambivalencia donde Femenino y Masculino dejan de ser simples palabras y se convierten en imposiciones, dogmas en donde no puedes pertenecer a uno y sentirte identificada con gustos del contrario.

Se crean brechas, brechas enormes de diferencias donde no te puede gustar maquillarte y leer cómics, de seguro finges para encajar en alguna de las dos actividades, de seguro lo haces para gustarle a alguien. Hacerlo porque te gusta a ti nunca es la respuesta.

Parpadeas y descubres que ya estás casi pisando la vida adulta y todavía la pregunta ¿qué me hace mujer? acecha la mente. 

Prendes la tele, ves una serie, buscas distraerte y sólo encuentras un bombardeo de figuras femeninas altas (pero no tanto, porque entonces no lucen los tacones), con el cabello largo (si mi cabello es corto ¿eso me hace menos mujer?), labios rosados, sin una pizca de vello corporal (¿tener vello me hace menos mujer?), son graciosas, son delicadas, caminan como si usar tacones fuera un arte natural (¿no saber andar en tacones me hace menos mujer?), con el cabello siempre arreglado a la espera de ser salvadas porque pocas son las que salvan, las que quedan sin pareja porque sus ambiciones todavía no incluían un compañero de vida (¿si busco compañera soy menos mujer?). 

¿Dónde radica la feminidad? Es seguro no está en los estereotipos, y puedo casi afirmar que la biología no tiene una respuesta que abarque toda la complejidad de la pregunta. 

La feminidad, el ser mujer, radica ahí donde tu pongas el pie. Va contigo, siempre contigo. Cuando decidiste no escuchar a los demás y entrenar ese deporte que es “para hombres”, entrar a esa carrera que “es para hombre”, hacerte ese corte “de hombre”, usar esa ropa de “hombre”, cuando despiertas la feminidad despierta contigo, porque eres tú. No importa tu órgano sexual, en el momento en que te paraste de frente y te proclamaste como mujer tú feminidad nació, y no se irá sin importar cuanto la insulten, le escupan o intenten hacerla desistir. 

Feminidad eres tú, no es la ropa, el maquillaje o peinado, no es tu tipo de cuerpo y mucho menos las actividades que realizas. Eres tú y, sin importar donde estés, brillará incluso si intentan apagarla.




Alondra Grande

«Mi nombre es Alondra Margarita Grande Franco, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 20 años de edad y soy estudiante de Psicología, activista feminista y escritora ocasional. Escribir para mí siempre había sido un acto de rebeldía individual, una
revolución que no iba más allá de las palabras atrapadas en un papel a la espera de no ser vistas por alguien. Sin embargo, ahora creo que los pensamientos merecen ser compartidos y
enriquecidos con otras ideas, es esto lo que me impulsa a compartir lo que mis ojos ven y mis dedos teclean.»

El amor romántico, el arma perfecta del patriarcado

por Yaribel Vera

Desde nuestra temprana edad, junto con el constructo social de cómo debe ser, verse y actuar una mujer, nos enseñan el opio de nuestra existencia: el amor romántico.  Desde pequeñas todo cuanto nos rodea nos muestra que la mujer debe ser capaz de soportar dolor, incertidumbre y desasosiego si se trata del amor de un hombre. Los medios de comunicación vendiendo la idea de que por amor hay que ser comprensivas, sumisas, adecuadas para el hombre amado, que sin un hombre a nuestro lado, nuestra realización como personas está trunca, que se necesita un felices para siempre y hay que asegurarlo a toda costa. Que incluso cuando hemos perdido a nuestro príncipe azul, hay que desgarrarse y llorar y perdernos a nosotras mismas por él, porque el amor propio y la realización de nuestros sueños y metas no forman en absoluto parte del plan perfecto del patriarcado. 

Más del 49.5% de la población mundial, son mujeres. Si ese 49.5% de personas estuvieran enfocadas en que, el único máximo proyecto y meta a la que deben aspirar son ellas mismas, el potencial de cada mujer sería asombroso. Mujeres trabajando para sí mismas, si encuentran el amor bien, sino, no son desdichadas y por supuesto no se ven a sí mismas como inválidas o incompletas. 

Por amor hacemos muchísimas cosas insanas e insensatas: perdonamos a los hombres si son infieles, mentirosos, mediocres, emocionalmente inestables. Buscamos cómo puedan amarnos más, ser correctas para ellos: cambiar nuestra apariencia física para que seamos atractivas a sus ojos y nos puedan amar, más delgadas, más sensuales, más como ellos quieren que seamos para su consumo. Pasamos horas y horas en pláticas al teléfono con nuestras amigas cuestionando todo lo que hacen, lo que dicen, pidiendo consejos para saber cómo amarles mejor. Invertimos dinero, tiempo y esfuerzo a causas perdidas desde el principio, sólo porque para ellos somos una necesidad y cuando ésta deja de ser funcional, somos reemplazables. Todo es a su conveniencia, no a la de nosotras. 

 Qué increíble sería cuestionarnos si de verdad necesitamos a un hombre a nuestro lado, si no es por el contrario una imposición social que debemos obedecer para sentirnos plenas y completas como mujeres. 

Como mujeres, debemos asumirnos a nosotras mismas como el máximo proyecto de nuestra vida, cuestionarnos incesantemente todas las normas e imposiciones que se nos han hecho desde pequeñas, y como si queremos mantener lazos afectivos con hombres, pueden ser relaciones de iguales y sin trampas engañosas del amor romántico. La única y más grande arma para que esto sea posible es el amor propio, amarnos y procurarnos tanto como lo hacemos con los hombres, redireccionar esa pasión, ese entusiasmo y esfuerzo a nosotras mismas para aprender cuándo hay que establecer límites sanos y alejarnos de vínculos que nos hacen infelices, incompletas y desdichadas.

Cambiar todo nuestro tiempo, energía y ganas para salvar una relación o a un hombre que no tiene completos sus procesos de madurez y compromiso emocional para usarlo para nosotras, siempre con ánimos de vernos crecer. Desprendernos de relaciones malsanas con los hombres nos garantiza marcar el camino a otras mujeres y enseñarles que además de que existen maneras sanas de relacionarte sin que signifique sacrificio, dolor o codependencia, también existe la vida sin ellos y que es más satisfactoria que sufrir por amor. 

Aunque algunas mujeres aun no tienen la consciencia para detectar que estos constructos sociales del patriarcado están acabando con nosotras, y nos mantienen “drogadas” y distraídas de nosotras mismas, es posible también invitarlas al cuestionamiento constante y a acompañarnos siempre que sea necesario, porque si sana una, sanamos todas. 




Yaribel Vera

Yaribel Vera es licenciada en economía.

Labores propias de su sexo

por Delfina Martínez García

Bueno, ahora que lo pienso, no tengo una razón en especial o verdadera para no haberme atrevido a escribir. Tal vez más exacto sería decir que la vida se me presentó así nada más, como a tantas personas; distrajo mi atención y me apartó de esa inquietud que tuve a muy temprana edad. 

Retomando la reflexión que compartía, pienso y repienso que tengo la respuesta a esa pregunta; no me atreví o no pude escribir por falta de tiempo. Para dejarlo claro, regreso entonces al título del ensayo: “Labores propias de su sexo”. Esta frase engloba las razones por las cuales no lo hice. La primera vez que la escuché, fue el día en que mi mamá me inscribió en primero de primaria. Me acuerdo que a llegar su turno, mamá entregó mis papeles y le hicieron algunas preguntas de las que no me acuerdo; bueno de una sí, la que me marcó. El director le dijo, “¿su ocupación, señora?”, a lo que mi mamá contestó, “al cuidado de los niños y de la casa”. Entonces, él, hablando con voz baja y llenando la solicitud o qué sé yo, un papel, parafraseó, “ah, labores propias de su sexo”. Yo, al oírlo, como no entendí, lo volteé a ver y luego vi a mi mamá. No sabía qué quería decir “labores” y mucho menos “sexo”, y no pregunté. 

Creo que es a partir de ese mandato, por decirlo de forma amable, que nos sentencian a las mujeres a llevar una vida limitada a un ámbito doméstico, más en tiempos pasados que en la actualidad. Pero no es sólo eso, ya que si por alguna razón se distrae uno un segundo de tan “menuda tarea”, y algo no sale bien; por ejemplo, cuando la enfermedad de un hijo o malas calificaciones, todo nos apunta, haciéndonos blanco de culpabilidad por tal desatención que ha provocado un mal resultado. Claro que de esto yo no me daba cuenta en el momento que sucedía, era lo normal.

También llegaron a mí recuerdos de diferentes épocas en las que, dispuesta a escribir, no sé, cualquier cosa, para por fin estrenar ese cuaderno y ese lápiz, que esperaban por mí y, recíprocamente, yo, que esperaba por ellos, era interrumpida. Cuando oía un grito que pasó de un “mija, por favor, pon la mesa”, al de “mami, ¿dónde estás?”, siempre, sin pensarlo, cerraba el cuaderno poniendo el lápiz entre sus hojas, lo metía a un cajón y lo guardaba para una mejor ocasión en la que tuviera “el tiempo”. Y así pasó la vida dejando a un lado eso que tanto me gustaba. 

Otra cosa que observé es que soy una persona comprometida con sus tareas: estudié cuando tenía que estudiar, cociné cuando tenía que hacerlo, cuidé hijos cuando lo necesitaron y en estos días cuido a mi mamá. Lo anterior no lo menciono para dar la idea de que me pesó haberlo hecho o que me pesa seguir haciéndolo, sino que es ahí donde encuentro el motivo por el cual no me he dedicado a escribir de una manera más formal.

Tal vez las razones que enumero tienen un sesgo de los diferentes roles de género que aún existen y, para ser sincera, no fue con esa intención, pero me es imposible superar las vivencias y el lugar desde donde abordo el tema.

Concluyo entonces que, para escribir de una manera seria, más que atreverme a hacerlo, tengo que echar mano de ese compromiso conmigo misma. A decir verdad, no creo que me cueste, ya que lo disfruto, no sé si con el fin de que alguien me lea o por el simple hecho de que me gusta mucho y que me hace sentir plena.

Decidida estoy a que, a partir de hoy, me dedicaré a “otras labores posibles de mi sexo”.


Delfina Martínez García

Originaria de Xalapa, estudió una carrera por la cual ejerció antes de convertirse en madre. Después de décadas y una vez que sus hijos salieron de casa, decide retomar su gusto por la literatura y empezar a escribir. 

Egresada del Diplomado en Creación literaria, de la Escuela de Escritores y Cinematografía de Veracruz Sergio Galindo, de la SOGEM, sigue su formación como escritora, tomando cursos como “Taller de autobiografía”, con Olga Cuéllar, “Fanzine creativo“ y “Escritoras de noviembre“, con Ana Valderrama. Escribe reflexionando sobre los roles de género desde su experiencia como esposa, madre, ama de casa y mujer.

Reseña «La hija única» (2020) Guadalupe Nettel

por Tania Rivera

Como ves, no hay felicidad comparable a la de ser madre, Lupita. Aunque te cueste, como en muchos casos, la vida. Y siempre, la juventud y la belleza. Ah, pero ser madre… ser madre… -Rosario Castellanos 

Rosario Castellanos sintetiza en el Eterno femenino (1975) el arquetipo de la mujer mexicana como “sufrida, abnegada, devota” (p.52) y esta definición bien podría servir para describir la situación femenina a lo largo de la historia universal. No obstante, durante el siglo XX –y gracias al feminismo– surge la necesidad de cuestionar este modelo arcaico, especialmente con lo referente al elemento intrínseco de la feminidad: la maternidad. Y aunque, tanto las posturas teóricas como la literatura han mostrado interés por lo anterior, inevitablemente en el imaginario colectivo continuamos con mayor cercanía a la melcocha que nos venden en los festivales del día de las madres. Es en este contexto que se circunscribe la más reciente novela de Guadalupe Nettel.

La hija única (2020) es una novela con olor y sabor a testimonio que presenta la historia de Laura, una mujer que ha decidido no ser madre; Doris, quien junto a su hijo padece las consecuencias de una relación abusiva y Alina, la cual tiene que enfrentarse con la noticia de que su hija morirá justo después de nacer. Es decir, esta novela indaga en la vida de estos personajes femeninos y las entrelaza a través de las aristas poco conocidas de la maternidad, el dolor que implica la dupla vida/muerte y la pérdida. 

A pesar de lo anterior, La hija única no es una novela que pretende enlistar todas las situaciones amargas que conlleva la condición femenina, de hacerlo así, sería igual que las canciones sentimentales que nos recuerdan que las madres llevan a sus hijos en el vientre con dolor y cansancio. En cambio, Nettel propone un espacio de dialogo, la posibilidad de “hablar con otras mujeres del miedo, la rabia y la impotencia” (p.46), porque en el fondo, más que una reflexión sobre el ser madre es un tratado minucioso del universo femenino, pero también es un examen de lo que nos hace humanos y ante todo, de la incertidumbre que encierra la vida: un “recordatorio de que nada de lo que construimos dura para siempre” (p. 64).

Nettel decide presentar lo efímero de la existencia y su fragilidad de forma poco convencional. No nos enfrentamos a la muerte como un hecho natural después de una vida larga, sino que en Inés descubrimos un tema del que pocas veces somos conscientes:

Existe una palabra para designar a aquel que pierde a su cónyuge, y también una palabra para los hijos que se quedan sin padres. Sin embargo no existe una palabra para los padres que pierden a sus hijos. A diferencia de otros siglos en que la mortandad infantil era muy alta, lo natural en nuestra época es que eso no suceda. Es algo tan temido, tan inaceptable, que hemos decidido no nombrarlo (p. 42). 

La mención de la mortandad infantil no es una herramienta para reforzar la idea del sacrificio maternal, más bien permite recordar que la maternidad no es ese lugar idílico, el destino deseable de todas las mujeres, también puede ser un páramo lleno de hartazgo, cansancio, tristeza, preocupación y soledad; sentimientos humanos que permiten comprender hasta cierto punto la situación de una madre sin la necesidad de serlo, por lo que esta novela no tiene que ser objeto de interés únicamente para el público femenino. 

Nettel consigue envolvernos en este tipo de cuestionamientos y observamos cada vez con más nitidez el deseo materno, esa tentación constante de la que intenta alejarse Laura y que se materializaría si no fuera porque también nos enfrentamos a la otra cara de la maternidad. Si anteriormente nombré a la muerte, en Doris se manifiesta el carácter fantasmagórico de la violencia y su trascendencia a otras relaciones. Especialmente surgen dudas respecto a los hijos ¿qué debe hacerse si un hijo es una “carga”? y no me refiero a esa hermosa carga que consiste en cuidarlo. ¿Y si nuestros hijos nos hieren y aborrecen? Cómo simplemente resignarse a que “todas las madres nos damos cuenta de esto: tenemos los hijos que tenemos, no a los que imaginábamos o a los que nos hubiera gustado tener, y es con ellos con quienes nos toca lidiar” (p. 62). 

Probablemente, describir esta novela como una obra “feminista” no sea la mejor idea, considerando que desde hace mucho tiempo es una palabra que incomoda en la mesa cuando aparece y hasta ganas dan de persignarse; no obstante tomaré ese riesgo ya que hay que destacar la importancia de este movimiento dentro de esta historia aparentemente sencilla gracias a su prosa transparente; no se trata de un panfleto proselitista sino que es un punto de inflexión, una presencia que parece orbitar alrededor de la vida de la protagonistas, pero que sin saberlo algunos de sus preceptos –aún sin ser nombrados explícitamente—se convierten en las bases de la relación entre Laura, Alina y Doris, tales como el autoconocimiento del cuerpo femenino, la sororidad y el maternar en colectivo. 

Por si existen dudas, esta novela no es sólo feminista por lo anterior, sino porque igualmente denuncia las convenciones sociales que — ¡aún en pleno siglo XXI!—rondan a  las mujeres y que no son diferentes a las palabras de Castellanos referidas al inicio. Como los constantes recordatorios sobre el reloj biológico; la despersonalización de la madre en pro del feto, el cual al momento del anuncio de su existencia pasa a convertirse en el centro de la actividad de los que rodean a la progenitora; la exigencia de la abnegación;  la espera de adoptar una actitud maternal con todos y el asumir la desgracia en silencio mientras se va a llorar a un rincón. En síntesis, quizá las mujeres seamos menos sumisas, abnegadas y devotas, pero se sigue esperando que lo seamos y la presión social nos empuja a regresar a ese lugar de recogimiento femenino y es por ello que con los tiempos que corren es significativo toparse con novelas como La hija única que someta a crítica este tipo de situaciones y además nos recuerde que en ni en la maternidad ni en la vida está nada escrito, por lo que “pasará lo que tenga que pasar” (p.85). 

Referencias

Castellanos, R. (1975). El eterno femenino: Farsa. México: Fondo de Cultura Económica.Nettel, G. (2020). La hija única. España: Anagrama




Tania Rivera

 Tania Viridiana Hernández Rivera (Xalapa, Veracruz 1997). Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Cuentos suyos han aparecido en revistas como La Sirena Varada, Tintero Blanco y Metáforas al aire. Ha obtenido menciones honoríficas en el 7° Concurso de cuento  infantil y juvenil de la Editora del Gobierno del Estado de Veracruz (2017) y en el Premio Nacional al Estudiante Universitario en la categoría relato Luis Arturo Ramos (2020). Actualmente es columnista en la revista Espora de la UDLAP y dirige la revista digital Pérgola de humo.     

El arte de vivir sobreviviendo

por Karla Castillo

Duele.
No sé cuando comenzó pero siempre ha sido así, a veces como un eco resonando constantemente, un sonido familiar que soy capaz de ignorar hasta cierto punto, después de todo, ¿qué tanto puedes ignorar algo sabiendo que sigue ahí?, en un rincón, esperando el momento para atacar. Otras presente, incesante, se levanta grande y poderoso reduciéndome, cambiamos de lugar, soy eco no presencia. Duele, existir me duele.

A veces, cuando el dolor es tan intenso dejamos de sentirlo, nos entumece. Dolía tanto que eventualmente dejo de doler. No, nunca dejo de doler, simplemente deje de sentir.
Entumida, helada, petrificada, todas mejores opciones. 

No le temo al dolor, es familiar y constante, una presencia a la que me acostumbre, no le temo pero al mismo tiempo prefiero mantenerlo alejado, no funciono con la mente empañada, los ojos ardientes y la garganta cerrada. Así que existo, existo porque vivir es doloroso. 

Existo porque vivir se trata de sentir, emocionarse, llorar, sonreír, enojarse, gritar y maldecir la tierra y el cielo, vivir se trata de colores y yo existo en grises, tonos y volúmenes estáticos, estables y constantes que me mantienen cuerda. ¿Es difícil? Claro que lo es. Trata de mantener una liga estirada por demasiado tiempo y eventualmente se romperá. Ahora, ¿qué pasa cuando la liga se rompe? El elástico nos golpea repentinamente, una ráfaga dolorosa. 

Y es así como el círculo vicioso comienza de nuevo, siento, el dolor me invade, y con su llegada aparecen los lobos que atormentan mi mente y se dan un festín con mi alma dejando piezas roídas que debo conectar nuevamente, tratar de encajarlas y hacerme funcionar. A veces logro hacerlo, suficientes piezas para construir una máscara sonriente, sin embargo, cuando soy incapaz de hacerlo termino perdida en un camino sin rumbo, planes o provisiones. Me pierdo cuando se supone que lo único que tengo que hacer es poner un pie frente al otro, los caminos rectos parecen no tener final, no existe una meta, solo un punto de partida. Me pierdo en el dolor, en las voces que no se detienen, en los aullidos de los lobos, en un camino pavimentado con las piezas desgarradas de mi ser. 

Los días en los que estoy perdida siento que no puedo caminar, mis zapatos se bañan en sangre, si me atrevo a dar un paso los lobos muerden mis tobillos, estoy perdida y nadie puede encontrarme, estoy perdida, dispersa, entumida, quisiera estar dormida, ayuda, necesito ayuda, no puedo pedirla, estoy sola, no me dejen sola, sola en mi cabeza, en el vacío resonante, en la cacofonía de m ser, no quiero, no quiero.

Pero puedo y lo hago. 

Lo hago porque incluso sino estoy viviendo, al menos tengo que sobrevivir. Mi madre no crio a una desertora, y si la vida es un campo de batalla voy a seguir de pie hasta el último maldito momento, hasta que los lobos finalmente devoren mi corazón. Tengo que hacerlo, sobrevivir cuando estoy cansada de la vida misma, de la gente, de respirar, de ver como el mundo avanza y va a seguir avanzando sin mí, siempre sin mí, tengo que hacerlo incluso cuando no quiero, incluso cuando mi existencia parece no pertenecerme. ¿Realmente soy dueña de mi cuerpo, de mis expectativas o sueños cuando las opiniones de otros cambian mi perspectiva sobre mi misma? No lo sé, no estoy segura de muchas cosas, estoy mas vacía que llena, pero si sé algo. 

El arte de sobrevivir viviendo es exactamente eso, sobrevivir y resistir.
Levantarse cada día con los lobos al acecho, con dolor en el pecho y esperanza de que algún día seremos lo suficientemente fuertes como para vencerlos, para dejar de estar entumidos, paralizados o en constante dolor, sobrevivir hasta que podemos sentir todos los colores, sobrevivir, resistir y luchar porque el suicidio nunca ha sido una opción. 

Sobrevivir porque quiero hacerlo, quiero estar, lograr algo. Quizá la vida es una lucha constante contra nosotros mismos, quizá yo soy el lobo, quizá necesito pelear conmigo misma antes de pelear con el mundo, quizá tengo que pelear con mis sueños antes de hacerlo con mis pesadillas, el arte es complejo y subjetivo, quizá sobrevivir es otra forma de vivir, y para averiguarlo tengo que seguir aquí, nadando en un mar de dolor cuando nadie me enseño a nadar, tengo que aprender a nadar y dejar de flotar.




Karla Castillo Sánchez

«Soy estudiante de séptimo semestre de Literatura Latinoamericana en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY. Para mi escribir es pensar, algo que hago porque lo necesito,
me interesan las historias con personajes cuestionables y mundos complicados, disfruto
hablar de literatura y dar talleres a niños. He sido publicada dos veces en la revista Letrina del colectivo Letrantes, con los cuentos
Sólo uno más y No… Sí, igualmente he impartido los talleres Cuéntame el libro. El libro
salvaje de Juan Villoro: Resumen didáctico y ¿Qué es un monstruo? Redefiniendo a los
personajes literarios
.

Internum Mare

por Margarita Dager-Uscocovich

Es difícil volver a donde los recuerdos amargos te causaron heridas. Sin embargo, estoy aquí, parada frente al mar con su inmenso azul turquesa y sus crestas apagadas que terminan en espuma blanca y tibia sobre mis pies. Los albatros y las gaviotas se deslizan sobre una bóveda gris por la garua que el invierno trae a las playas de Canoa. Los años pasan, pasan lentos, o viajan rápido dependiendo del ánimo de nuestro espíritu. Mi espíritu parece que se ha quedado entre dos velocidades, atascado en el limbo. No quería volver, pero tenía que hacerlo. 

Observo una estrella de mar desfallecida, su color rosa se va diluyendo, es perfecta de esta manera, tiene sus tentáculos completos, descoloridos sí, pero singularmente delineados por la mano de la naturaleza que nos propone hermosas y a la vez crueles jugarretas. Una ola se despierta enojada de pronto, su sonido me recuerda al que escuché antes, cuándo digo antes, es hace cuatro años. Me da angustia aquel sonido que sale de las entrañas del océano para apoderarse de sus propias superficies e inundarlo todo. Sostengo la estrella de mar contra mi pecho y escucho el rugir del mar. Imágenes indistintas se apoderan de mí; primero escucho su bramido, este empezó despacio, recorrió el vientre de la plataforma marina y se posó en mis oídos y en mis ojos, vi cómo se levantaba veleidoso en forma de tormenta hipnótica, peligrosa. Una gaviota vuela a pocos metros, luego la siguen dos más, el cuerpo de una niña de doce años más o menos con sus cabellos de líneas doradas me hace olvidar por un momento los sentimientos que se despiertan en mi cuerpo.  Demasiado incómodo está siendo el retorno. 

Se que estoy temblando, se que recordar me da miedo. Pero el mismo miedo me había traído hasta aquí otra vez.  Juré no regresar, me prometí cientos de veces no pararme en estas playas de verdes palmeras, de riscos altos donde la nueva era de surfistas disfruta de una cerveza o de aguas de coco con el cielo brumoso o con sol candente. Hoy el cielo esta ataviado de rocío, no hay nubes blancas sino lánguidas y perezosas. El viento sopla anunciando que se desata una pesada manga de agua. Poso mis ojos en la niña que sigue sentada jugando con las paviotas chillonas a pesar del temporal que se acerca. Yo también sigo aquí, sigo abrazando a la valentía y a la estrella marina casi rosa contra mi pecho mientras pienso en que debo despojarme de todo mal augurio.

 Recuerdo que una sudoración profusa se albergaba en mi piel cada vez que se mencionaba el océano, me hacía entrar en estado de shock, tanto así que mi piel mutó de color al no recibir los rayos de aquel sol intrépido de la civilización nativa que vivió hace más de 20 siglos en mi tierra de arenas doradas.  Escuchaba la palabra “mar u océano o playa” y me veía a mí misma, a mis ojos reteniendo el líquido paradisiaco que se apoderaba de sus orbitas de manera ruda, salvaje. Las aguas del mar, del paraíso esmeralda y turquesa que me cautivó desde siempre se adentraba en ellas y poseían mis ojos castaños hasta quererlos hacer explotar. También el agua salitre entraba por mi boca en remolinos poderosos la llenaba de algas.  Caracolas y conchillas, se atascaban en mi nariz hurgando la vía rápida a mi cerebro. Mi cuerpo se vislumbraba subiendo y bajando a su ritmo desenfrenado una y otra y otra vez, golpeándose con las rocas hasta que mis huesos se resquebrajaron. El miedo se apoderaba por secuencias, marcaba sus notas, mis ojos continuaban abiertos y mi cuerpo subiendo y bajando, ahí fue la primera vez que conocí el miedo.En esa experiencia con el mar subí y bajé cientos de veces, mi cabello se despegaba por partes, sentí que se desprendía de sus raíces, escuchaba a sus raíces sonar plin, plin, plin con sonidos amplificados. De pronto, el rugido del mar cesó, su ira se sosegó después de arrasar con embarcaciones, árboles, de jalonear sus propios monstruos marinos, para luego vomitar arrecifes dejándome en la superficie herida de muerte. “No sé cuánto tiempo transcurrí en sus armadas náuticas, no lo recuerdo”. Cuando esto sucedió, mis cabellos me cubrían parte el rostro, sangre salía del costado de mi pierna izquierda, la piel de mis senos ardía, sentía líquidos pegajosos erupcionar de mis manos y de mis pies. No podía casi moverme, pero la posición de mi cabeza con relación a mi cuerpo me permitía observarme toda, porque había quedado de espaldas apoyada en un tronco. Medio viva estaba, aporreada por completo estaba, no tenía una clara idea de si era bueno o era malo, pero dentro de toda esa crueldad por la que había pasado, todavía gracias a Dios seguía respirando. Por eso sabía que algo ocurría conmigo. Quise en ese tiempo acomodar mis recuerdos, darle una razón simple a las preguntas que se amontonaban en mi cabeza que todavía guardaba agua dentro de los ductos de los oídos. Me movía despacio para no sentir la cantimplora que tenía como sesera y que iba a estallar al caer la noche. La noche que podía divisar entre las cortinas de pelo. Sudaba profuso, me sudaban las entrepiernas, la rabadilla, las axilas, los antebrazos, las canillas… el sudor era pesado, eran lagrimas que no salían por las orbitas de los ojos sino por los poros de la piel mallugada. Sangre y efluvios traslúcidos chorreaban por doquier, eran salados…podía sentir su sabor caer hasta la comisura de mis labios y mezclarse con la saliva pastosa de mi boca. Ya no se escuchaba la furia marina, el mar estaba mudo, completamente mundo, tan mudo que todo a mi alrededor era un desierto silencioso. Recordé que el mar se extendía hasta la <Tierra de los muertos>, eso lo había leído en las historias griegas, o creo, que en los cuentos que narraban los judíos sefardíes en Turquía cuando paseaban por el Bósforo en la novela <Las Lunas de Estambul>…No estoy segura, o más bien, fue en el Discovery Chanel, sí, creo que ahí fue. Eso, eso creo que es más factible. Inmensidad, Infinidad, quietud, muerte, el mar. El mar es demasiado inmenso y esa, su misma inmensidad se debatía entre lo bello de su feminidad y de la crueldad constante del hombre. Por eso yo estaba en esa tormenta de cuestionamientos. El mar se hartó e hizo que yo estuviera aquí en esa ocasión patas arriba por decirlo de una manera jocosa. Tenía los ojos cerrados, el cabello se había dividido en hebras pesadas, todas caían desordenadas en el rostro. Sal, arena, conchillas, caracolas, espuma bravía de cresta de ola sobre él, lo convirtieron en un techo para mi rostro rasmillado. La muerte llegaba con la noche, la luna llegaba con las dos, luna y oscuridad clara. Tenía sed, la sangre se secaba y pájaros empezaban a acercarse a picotearme. No podía mover mis piernas, pero movía mis brazos, mis brazos eran las hélices de la pequeña avioneta en la que había llegado a tierra montubia, a esa pequeña plaza en el mar para surfear como cuando lo hacía de niña. Hélices grandes que espantaban a las aves de rapiña eran mis brazos cansados. 

Desperté al escuchar: ¡vamos una vez más!, ¡una vez más! Mis cabellos ya no eran el techo de mi rostro, una tela blanca me abrazaba en forma de hamaca, al final de ellas manos grandes, tostadas por el sol sostenían sus puntas. Se había ido el silencio, mi piel estaba limpia del color bermellón de la sangre, mi boca se sentía pastosa pero no había rastro de sabores salinos. Sobre mi pecho yacía una estrella de mar, una estrella de tentáculos delineados de manera singular por la mano de Dios.

El viento se envolvió en mis cabellos, volví de mis recuerdos amargos al escuchar la voz de mi marido que suavemente me decía: ¡vamos, una vez más!, anda querida, una vez más sumerge tu cuerpo en las aguas marinas. Entonces, me di cuenta de que lo que yo pensaba que era una tormenta, pesada, fiera y terrorífica, era solo la recreación que el miedo le hacía a mi memoria.  




Margarita Dager-Uscocovich

Autora de la novela corta NO ES TIEMPO DE MORIR que ha sido acreedora en su primer año de vida a dos premios en Estados Unidos como mejor novela de ficción en español por los premios NTBF2019, Texas y FISS2019, Savannah, mención honorifica por los ILBA 2019, Los Ángeles como mejor novela de aventura y drama. Sus poemas, relatos cortos y micro relatos forman parte de antologías publicadas en España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos de América y Berlín, Alemania. La nostalgia hacia su cultura y el valor de sus tradiciones, se dibujan en varios de sus relatos cuyo eje principal es la mujer. Ha colaborado con Editoriales y artículos de opinión en varios diarios de habla hispana y revistas literarias en Estados Unidos como en Ecuador. Para esta escritora, el escribir en español es un acto sagrado, sin embargo, en la actualidad ella considera que hacerlo es más bien un acto de valentía.

Phuket 2017

por María Elena Lorenzin

 Has vuelto a Phuket donde se cuenta que todavía rondan figuras fantasmales que dejó el tsunami en 2004, pero  esta vez te recibe la  vista  perfecta de un   infinitypool que se desborda en el mar acerado. Hilas posibles comienzos del cuento que intentas escribir mientras remoloneas en un daybed acompañada  de otro  gin-tonic  que no tarda en llegar. Tu cabeza da vueltas hasta que una encantadora chica se interpone en tu ángulo de observación y consigue inmovilizarte. A su incipiente juventud se le suma una tremenda insensatez. De pronto la ves parapetada  sobre el borde de la piscina  y te entran ganas de arrancarla de un tirón; ella, en cambio,  persiste en tomarse selfies. Su vestido blanco con parches de estrellas y colgantes dorados le dan un aire de princesa escapada de algún cuento infantil. La ves probándose  sombreros y lentes para las innumerables poses. Ignoras  todo sobre la intrusa a la que ya le has encontrado un lugar en tu historia. La miras con ánimo de llamar su atención, pero en menos de un segundo la imagen se desvanece y se pierde en el mar. Nadie, excepto tú, parece haberlo notado. 

No haces nada por socorrerla. 




María Elena Lorenzin

(Jáchal, San Juan, Argentina). Licenciada en Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza y doctorada en la Universidad de Flinders, Australia. Ha publicado Microsueños (2008) y Parricidio y otras calamidades (2018). Sus microrrelatos han sido recogidos en antologías de los Estados Unidos, Canadá, Europa y Latinoamérica.

 Es miembro fundadora de REM, Red de Escritoras Microficcionistas.

Textos híbridos

por Paula Fernández

Y volver, volver, volver…

Me prometí escribir cuando volvieras, sangre mía, y después de casi medio año llegaste cerca del mediodía.

Volviste sin declarar la guerra, volviste y abrazaste mi cuerpo desde dentro. No puedo ni volveré a sentirme sola así, y nos quiero, nos queremos mucho. Sé que estabas, pero quizá la niebla y los cuervos te asustaron, había flores que no conocías y quizá te sonrojaste tanto que no quisiste que te conocieran, te rehusaste a salir.

No estás desde que vi el mundo por primera vez ni estarás cuando me toque marchar, pero me alegro de volver a ser compañeras. Bienvenida de vuelta.

Aquí estamos, han pasado ya doce años desde que nos conocimos y aunque al principio hubo disgustos ahora hay amor, mucho amor. Rosas en la cama, rosas en la ropa como García Lorca solía decir, rosas en el corazón, rosas en esta declaración. Nos ha costado también sudor y lágrimas, pero después de todo este tiempo sigues tu curso. Bienvenida, rosa de mis entrañas, rosa de mi vida.


Llámame Bruja

El insomnio en diferentes fases de la luna, mi sangre casi siempre en luna nueva, la intuición adelantándose a besos y a despedidas.

Leer a los demás casi siempre es trabajo fácil, a veces depende de una mirada, su léxico o lo que defienden hasta tener el corazón en carne viva y en la tráquea. Leer la mano, en la geografía personal, aunque acorta distancias intensifica la vulnerabilidad: ¿cómo es que las historias que a veces guardamos en lo más profundo de nuestra alma se reflejan en unas líneas? Leer las cartas enfrenta paranoias con responsabilidades, pero voltear a verme sin ser la más indulgente o mi peor verdugo, en un punto intermedio, nunca ha sido un trabajo fácil.

Pero si me miro al espejo, hay un brillo en los ojos que nunca se va. Una fuerza invisible que me empuja hacia adelante, sueños tan vívidos que nunca lo parecieron. Alguna vez me dijeron que soy sabia, aunque a veces me siento limitada. Amo hacer mezclas con el propósito de aliviar los dolores corporales y emocionales.  Me llamo Bruja.

Desde que encontré las chispas en los besos y abrazos procuro reproducirlo, procuro que la otra persona también las sienta y quede con una sonrisa de satisfacción. Si escudriño entre mis recuerdos, todo es un jardín de numerosas coincidencias y me niego rotundamente a poner los ojos en blanco y decir que sólo son eso. Mi intuición se ha adelantado a mi raciocinio con cuatro años de distancia, a mi corazón por meses o semanas. Dos sortilegios cumplidos y medio…  Tú llámame Bruja.


Flujo de conciencia invernal

Haz de tu corazón roto un hogar para los pájaros. De tu corazón roto goteará la primera vez que te cantaron en tu cumpleaños.

Alguien cantó feliz al verte en el mar de luces de la ciudad neurótica, tu luz y tu sombra hinchan un corazón feliz, aún no te toca partir.

El mar te abraza

te promete

te devuelve. Y tu corazón volverá a abrazarte desde dentro por los siglos

de los siglos

de los siglos.


Es el verano más frío de mi vida

Es el verano más frío de mi vida porque nunca había pasado tanto tiempo en casa. Las dos semanas que pasé encerrada, a principios del invierno hace nueve años, se han visto superadas con creces. Sólo que en esta ocasión no me acompañan mis abuelos físicamente, el cuerpo me ha cambiado un poco, el pelo me ha crecido mucho y hay ocho patitas que se escuchan por el pasillo. 

Nos enfrentamos con una pandemia, y a pesar de que la humanidad ha vivido muchos sucesos nunca está preparado para vivir nada por primera vez, aunque los cielos azul eléctrico no dejan de sorprenderme. En México, el país donde empecé a echar mis segundas raíces, se muere de Covid-19 , Diabetes tipo 1 o 2 o bien por feminicidio. Estoy sentada en mi cama mientras contemplo las razones que ponen un alto a la existencia de mis semejantes. Son tiempos extraños para vivir, para soñar y planear. Todo cambió, aunque no puedo asegurar con cuántos grados. Hay personas que siento cerca gracias al teléfono y su cámara, otras por sus palabras. El ser humano se las ingenia para querer.

Los pensamientos obsesivos no visitan tan seguido, pero cuando lo hacen recurro a esencias, a falta de flores y plantas en mi habitación propia: Melisa, lavanda, manzanilla, menta, jengibre. Recurro a libros: novela y poesía. A veces, los remedios salen tan bien que me encierro en mí misma. Percibo lo externo sin interiorizar, pero vuelvo a escuchar mis latidos. Los únicos que se permanecen constantes, porque ahora hasta la respiración ha cambiado. Suspiro más porque añoro salir, y me recuerdo que es un privilegio no tener que hacerlo. No sé cuánta gente se quede tras su puerta, tras sus ventanas pero han salido más rosas; llueve con mayor intensidad y más de dos pájaros se han detenido en mi ventana.


Tengo el corazón en la tráquea

Tengo el corazón en la tráquea, no me deja respirar, la boca me sabe a sangre. Sube hasta los ojos y lloro las veces que me he quedado callada. Danzo de izquierda a derecha, del blanco al negro… Y puedo sacar lo que me ahoga o dejo que el peso me lleve al abismo.

¿Por qué callas, niña? ¿Por qué ahora sólo lloras y lloras y te conviertes en lluvia?

Madame Butterfly extiende sus alas de mariposa y me seca el llanto. Aún estoy a tiempo de hablar pero tengo mucho miedo.

¿Por qué callas, niña? ¿Por qué ahora sólo lloras y lloras y te conviertes en lluvia?

 Necesito que mi sangre se torne en mar para limpiarme, para limpiar mis ofensas, mis errores y lo deleznable que puedo ser cuando me siento sola o demasiado acompañada. Los rayos comienzan a electrificar mis huesos y pienso en mi condición de mortal, quien por lo tanto herra pero no se justifica.

Sé que de callar me hundiré esta vez para siempre, y siento lentamente cómo el corazón se posiciona directamente sobre la tráquea.




Paula Fernández Villanueva

Nacida en 1996 y egresada de la carrera en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, Paula ha publicado en la revistas Bricolage. Revista de Estudiantes de Antropología Social y Geografía Humana (UAM-I) y Evohé: Revista Cultural (USC). Ha participado dos veces en el Coloquio Nacional Efraín Huerta.

 Le gusta escribir cartas a destinatarios fantasma, prosa y escritos híbridos más que otra cosa. Admiradora ferviente de Federico García Lorca, se considera a sí misma lorquiana aunque también guarda especial cariño a autores como Rosario Castellanos, Safo, Sor Juana, Omar Khayyam y José Emilio Pacheco.

Tetera conoce a Cafetera.

Por Arizbell Morel Díaz.

La tetera de Doña Matilde está celosa, porque hoy han comprado una cafetera reluciente. Ella no puede creerlo, ¿para qué necesita su familia otro enser como ella? Toda la vida se han dedicado a beber té, siempre caliente y en el almuerzo. Personas de tradiciones y hábitos fijos, ni siquiera tenían una lata de café soluble para las visitas. La tetera sabía que detestaban ese líquido oscuro y amargo. Es más, hace poco escuchó decir al marido que el café era peor que una droga, pero más barato y fácil de conseguir. Ellos solamente beben té, ellos sólo la necesitan a ella para satisfacer su antojo de sed. Comprar una cafetera es una locura, más que eso, es una compra completamente inútil.

Desde su anaquel, la tetera echa humaradas llenando la cocina de su confusión, mientras mira a la cafetera en su caja de cartón recién abierta. Todos los trastes tosen, pero en el fondo están satisfechos de ver que la tetera por fin ha sido destronada. Antes de esta mañana, la tetera solía pasearse en la alacena con aires de superioridad, rodeada de sus hijitas luciendo la misma expresión arrogante de la mamá. A la primera oportunidad, la tetera no paraba de repetir su cantaleta: “Cuando se desvela la familia me buscan a mí. Cuando hay visitas, la hora del té no ha podido faltar ¿Quién es la que más importa en la cocina? Yo, con mi barriga y mis niñas.” Acto seguido, las tacitas se mecían al ritmo de la canción de su mamá, mango a la izquierda, mango a la derecha. Después, Doña Tetera pasaba a enlistar las distintas mezclas que han habitado su vientre hueco en todos estos años de servicio: hojitas de menta, romero, canela y hasta cémpasuchitl con bugambilias cuando les da por la excentricidad. Su curvatura siempre ha sido hogar de los deseos de la familia de Doña Matilde y pensar que ya no iba a ser así la aterraba. ¿Qué estarían planeando? ¿La iban a tirar? ¿Qué iba a pasar con las tacitas?

Lo único que la tranquilizaba era ver que junto a su rival, estaba una bolsita llena de jengibre fresco. Debido a que el té favorito de la familia es el jengibre, sabía que por ahora, por esta semana, su destino estaba asegurado. Así que decidió dejar de humearse y pensar en un plan para seguir siendo la reina de la cocina.

Justo en ese momento entró Doña Matilde y destapó a la cafetera con desgano. En sus ojos se veía el cansancio de días y la sequedad que sólo puede dar el estrés desmesurado. Antes de la llegada de la cafetera, la tetera ya había notado otro cambio en la vida de la familia: Apenas y salían a hacer las compras. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, ahora, hasta el marido, entraba a la cocina de vez en vez. Y los niños, que en rara ocasión se preocupaban por llevar un plato, se pasaban horas probando recetas extrañas mientras veían un aparato. Tal vez han enloquecido, dijo la tetera para sí misma, por eso les ha dado por el café.

Delirios o no, la tetera tenía que resolver este problema antes de que fuera demasiado tarde. Pero por más que lo intentaba, no hallaba una solución rápida. Así que hizo lo que sabía que le funcionaba a Doña Matilde en estos casos: consultar a una amiga. Ya habíamos dicho que no tenía muchas amigas la tetera, pero de todos los trastes había una que nunca la dejaba sola por más pleitos que tuvieran: la azucarera. Si bien la tetera presumía de ser la reina, ella reconocía que su amiga no podía faltar a la hora de la sobremesa. Ella la entendería, le daría un buen consejo, estaba más que segura. Después de pensar esto un rato, la tetera comenzó a moverse poco a poco hacia otro anaquel dónde vivía su cómplice. Sus saltitos resonaban en toda la cocina y su tapa por poco cae un par de veces, pero lo logró, llegó a dónde se guardaba el azúcar.

Cuál sorpresa se llevaría la tetera al ver que su única aliada la rechazaba. Al principio, trató de convencerla con el argumento de que ambas se necesitaban, eran un equipo. Pero la azucarera tan sólo frunció el ceño y le dijo a la tetera: El café también lleva azúcar. Se dio media vuelta y dejó a la tetera hablando sola y con algo roto por dentro de su barriga, ahí dónde debía estar su corazón en medio de sus entrañas vacías.

Sola, estaba sola y siempre lo había estado. Por primera vez fue consciente de que hasta sus hijas servían para otra bebida que no fuera el té. Solamente ella, ya no tenía un propósito en esta casa. Desganada regresó a su cajón y se sentó a observar lo inevitable: había sido reemplazada.

En las siguientes semanas, el jengibre fresco se echó a perder y ella se llenó de polvo. Para aumentar su tristeza, la cafetera no se usaba una, sino hasta tres veces al día y sus hijas antes siempre blancas y limpias, ahora lucían amarillentas y desgastadas al borde, como una manzana que se ha dejado al sol por unas horas. Sola ella, seguía blanca por dentro, aunque por fuera, lucía de color gris. 

Lo único que la inquietaba era el estado de sus niñas. Ya sabía que ella no iba a ser desechada, debido a que no importaba lo suficiente como para que la tiraran siquiera a la basura. Pero sus hijas no corrían la misma suerte, ellas llevaban la misma vida ajetreada de su tan detestada rival, si no es que una existencia peor. Con horror, la tetera veía como sus tacitas iban y venían por la casa, por las escaleras, arriba y abajo, siempre en riesgo de caerse de las manos que descuidadas las sujetaban por sus mangos desgastados.  

Como sus temores anteriores, el destino de sus hijas también se cumplió. Una de ellas, la más chiquita, la más consentida que cargaba abejas y flores en su exterior, fue la elegida por la sombra oscura que inició el día en que la tetera echó humo sin tener nada en la barriga. Por suerte, sólo fue un pequeño rasguño, en el borde de la taza. Ver esto por fin sacó a la tetera de su estupor, como la madre que siempre fue, encontró una solución: le llevaría engrudo a su hija para repararse antes de que la familia notará que ya no era la de antes.

Pero existía un problema, sus hijas ahora vivían en el mismo estante que la fastidiosa cafetera. Para poder salvarla, tendría que hablar con su rival boquilla a boquilla, después de meses de odio distanciado. Grisácea y olvidada como estaba, la tetera seguía orgullosa de ser quién era: una pieza de colección al estilo Nueva York. 

Sin embargo, la vida en los cajones oscuros la habían cambiado, aunque solo fuera un poco. Vivir en las penumbras, como los platos de Navidad el resto del año, le había mostrado que no todo en la vida es como la vitrina de vidrio llena de carpetas bordadas con rositas. Y si esa era la vida dentro de la casa, no se imaginaba lo que sería vivir entre la basura para su hija. Así que tomó valor y resoplando hollín comenzó a subir por la alacena hasta llegar con su rival. 

Cuando llegó, encontró que la reluciente cafetera estaba muy desaliñada y llena de rasguños. Ella tampoco se parecía en nada a cuando recién había salido de su caja hace unas semanas. Mientras la tetera curaba a su niña, la cafetera ni se movía, sólo observaba con tristeza a la tetera que lucía descansada, si bien deprimida.

Acabada su labor, la tetera se dispuso a volver a su cajón de noche pero un pitido de la cafetera la hizo detenerse. Espera, le dijo con una voz queda, ¿por qué no te quedas? La tetera sorprendida por la solicitud se quedó muda. La cafetera continuó diciendo: Ya estoy harta de tanto trasnochar. Si hubiera sabido que me querían de esclava, me hubiera aventado del primer anaquel que encontrará antes de llegar a esta casa. Sorprendida la tetera, sólo alcanzó a preguntar qué quería de ella. Jamás pensó que la cafetera no quisiera su nueva vida. Es odioso, día y noche me solicitan. No pueden dejarme descansar por unas horas, ¡para todo yo! ¡Y ni siquiera les gusta el café! ¡Sólo me necesitan para seguir pegados a sus pantallas! refunfuñó la cafetera con voz queda. 

Ahí, se le ocurrió un plan a la tetera, uno que no podía fallar. Con ayuda del engrudo, se transformaría en su antigua rival para que ella pudiera descansar. Por supuesto, la cafetera aceptó emocionada ya que por primera vez en meses sentía esperanza. ¡Hasta la habían separado de sus propias hijas! Para no gastar, el marido de Doña Matilde no había querido comprarla con sus tacitas para expreso. Nadie sabía cuál había sido su suerte en el supermercado.

Ayudada por la cafetera y las tacitas de té, la tetera quedó como nueva, algo parecida a su nueva amiga. La cafetera corrió al cajón vacío y oscuro, mientras la tetera se sentó a esperar la llegada de Doña Matilde como cada mañana antes de que toda esta pesadilla del cambio de café comenzara.


Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Teatrera, investigadora y escritora en formación. Su trabajo escénico está enfocado a las jóvenes audiencias mexicanas en la Compañía La Crisálida. Recientemente, uno de sus ensayos ganó el concurso “La necesidad de una pausa” convocado por la Cátedra Bergman. Otra de sus historias se titula: “Bitácora de una planta en resistencia”, también disponible en esta revista electrónica.

El dragón huyó por la ventana

Por Camila Lucía Gómez Maldonado

Mariela con escopeta en mano, yacía parada en la puerta de su casa. Mirando a la luna, cantándole al cielo, que ella no permitiría que la sangre se derramara en su cuadra. Hace un mes que su pequeña Adela no volvió a casa y la escuela se lavó las manos, las enjuagó con la falta de empatía y las secó con la toalla de la indiferencia. Fue desde esa fecha, que el arma fría se volvió de Mariela, compañía.

En la farmacia de la esquina, un hombre, cigarrillo en mano y cabello cano. En medio del frío sin darse cuenta que ya una mujer de negra piel, con su compañera ya esperaba. Eran dos ya las desaparecidas que por sus manos ya pasaron, dos niñas de escuela y de colegio, respectivamente, pero la muerte a veces se toma su descanso junto a la alcantarilla y esta noche habría trabajo largo para ella. 

Mariela con el valor de la mirada, recordando las lágrimas de su cuñada, ahora sale de su casa y va a la tienda por un pan y un poco de mortadela, mientras los estudiantes del nocturno empiezan a salir de clases. Adolescentes caminando a casa, en este barrio peligroso, en este mundo monstruoso, pisando los cascabeles de las serpientes. 

Varios autos empiezan a ir a prisa, mientras en una farmacia, ya se va dibujando una sádica sonrisa. Se cierra la farmacia a las nueve y los chicos salen a las ocho y cuarenta, veinte minutos para que una jovencita sueñe con ir a casa. Mientras Mariela mete la mano a su bolsillo, sintiendo a la fría compañera, susurrando que solo para la justicia será usada. 

Cuando ya está a punto de cerrar las ventanas Mariela, algo en su pecho le avisa de cuidado. Ve a una joven pasar casi volando, la mira triste y de pronto en medio de la niebla desaparece. Es momento de que ella actúe y sale con el frío en los huesos, con la mano firme y mira cerrada la farmacia, pero un grito de ahí escapa. 

Los golpes son dados con furia, ella sabe que no hay policía que la ayude, que no hay santo al que pueda rezarle y que todo en sus manos cae. Al no recibir respuesta, los tiros al aire vuelan y un ladrillo impacta contra el cristal donde un cuadro de Cristo adorna. 

Pronto se halla ante los gritos desaforados, en la misma sala donde su hija hace años fue acabada. Siente las sombras abrazarla, es momento de que su mano haga justicia ante el daño, entonces mira un bolso. Una mochila rosa en el sillón, con unicornios y una hoja con el nombre: Citlalli. Su mente inmediatamente coordinó, la comadre lavandera, la mujer que con ocho hijos a cuestas se encargaba que nada faltara. 

Escuchó un: “¡Cállate!” en la otra habitación y la sangre le hirvió. Fue suficiente aquella voz, para que ahora con sus ojos completamente abiertos, dirigiera su arma a la cabeza del hombre. Lo vio sobre la niña y solo escuchó el disparar de su fría compañera. Luego el quejido y los ojos llorosos, mientras caía de rodillas. 

Alguien entonces secó sus lágrimas y puso la pistola en sus manos, era la niña salvada, aquella que besó su rizado cabello y luego tomando sus manos soltó un pequeño susurro en su oído: “el dragón que lo mató, huyó por la ventana, no vi su rostro”. 


Me llamo Camila Lucía Gómez Maldonado, nací en Ecuador, en la provincia de Loja. Soy egresada de la carrera de comunicación social, tengo 23 años y desde pequeña he tenido el gusto por la lectura y la escritura. Actualmente me dedico a subir textos literarios en diferentes redes sociales.