por Dalila R. Tienda (fotografía de Nidi M. Sosa)
Llegué a pensar que el calor que se sentía en la casa era la carne que le habían arrancado a la Güera. No es normal el frío en primavera, pensé, pero la casa estaba caliente. Afuera no se escuchaban aires fuertes ni se veían las neblinas pesadas, sólo estaba frío, helado. Por esos días en los que el frío número 51 nos llegó, tratábamos de no pensar tanto en la Güerita, que se nos fue muy pronto, Dios la tenga en su santa gloria; nos enfocábamos, mejor, en la quemazón que sentíamos en la tripa por la pinche impunidad en que se iba a quedar el caso de nuestra amiguita tan querida.
El asunto estuvo más o menos así: a la Güera, estilista cotizada de la calle Juárez, la encontraron muerta en un tramo pelón de la carretera Monterrey-Saltillo. Esta es la parte que sale en los periódicos y la que nosotros contamos también, nos saltamos los detalles de su cadáver, al que fotografiaron por todos lados, igual de peloncito que el tramo geográfico, porque sí nos duele bastante imaginarnos que su carita de expresión dura fue arrancada, que le rebanaron todita su piel y que a lo mejor le entraron muchas infecciones a su cuerpo por la exposición de su herida de 1.73 metros a tanto germen que hay en el ambiente. No sabemos quién de su familia fue a reconocer el cuerpo de la Güera, no se comunicaron con nosotras, sus vecinas de changarro, para decirnos cómo estuvo la cosa, lo supimos después por una noticia que salió en Facebook; a la Güerita le quitaron la piel ya muerta, pero, mientras estaba viva, le arrancaron tres dedos del pie, le picaron tres veces el estómago, una vez en la vena del cuello y la dejaron ahí por 45 minutos, en lo que se le vaciaba toda la sangre. Ya al final dejaron su cuerpo sin piel.
¿Qué habrá hecho la mujer para merecer tanto dolor? [Rita Segato (2003) dice: (…) se «escribe» en el cuerpo de las mujeres victimizadas por la conflictividad informal al hacer de sus cuerpos el bastidor en el que la estructura de la guerra se manifiesta.] Qué íbamos nosotras a saber de esas cosas: violencias, feminicidio, sangre, mucha sangre, impunidad, hartísima impunidad. Antes, cuando la Güerita vivía, nomás nos preocupábamos por lo de la venta, la casa, los hijos y el marido; alguna que otra vez nos apurábamos por traernos chismes sabrosos para platicar con la familia, pero nada más. Pero ya nada es igual, sentimos que el mundo es un lugar que nunca hemos conocido y nos faltan las palabras para ponerle nombre a todo lo que vemos. Ahorita lo que nos trae locas es el eco de los gritos que ha de haber soltado ella cuando le estaban haciendo tantas barbaridades y el coraje que nos quema los intestinos, porque nadie hace nada.
Todas sospechábamos del cabrón de Ignacio, un barrendero que tenía buenos tratos con policías federales y le tiraba los perros a la Güera, ella no le hacía caso pero este viejo la celaba como si ya tuvieran queveres. Él mismo anduvo diciendo que se había chingado a la Güera, que la había matado, pues; según decía, que porque andaba de puta. Eso les fuimos a decir a los de la Procuraduría. Nomás dijeron que iban a investigar, pero quedó en pura palabras, Su hermana nos habló para que volviéramos a ir, que fuéramos una, dos, tres, hasta quince veces anduvimos ahí.
La última ya nos dio miedo porque un policía nos dijo que éramos unas pinches viejas arguenderas, que las que iban a entambar era a nosotras por andar de mentirosas y encajosas, y cuando las tengamos encerraditas, ahí sí agárrense, porque van a saber lo que es pedirle a Dios de rodillas. Entonces supimos que los amigos de Ignacio habían metido mano. No eran importantes esos pelados, todos igual de muertos de hambre que el Ignacio,esos sólo conocían a alguien que conocía a alguien que conocía… pero no importa, más adelante nos dimos cuenta [Marcela Lagarde (2007), antropóloga docente de la UNAM, sostiene que mediante complicidades los hombres manipulan las normas y se tapan unos a otros.] Nos dio harto miedo, porque ahora sabíamos que los hombres se entienden entre ellos, aunque no se conozcan. Es un pacto ya inscrito que crea un ambiente cómodo para que la violencia se reproduzca y escale a niveles inimaginados.
Yo quiero decirles a los señores esos que no les estamos asegurando nada, nomás queremos que se investigue bien, porque mi Güerita se lo merece, porque todas nos lo merecemos. Pero da miedo, porque tanta gente en Facebook también dice que estamos locas, que a lo mejor la Güerita sí era una puta y el Ignacio sus razones debió de tener. Fíjate nomás, ante esta bola de gente tan deshumanizada, las locas somos nosotras.
¿Por qué no nos creen?, ¿por qué chingados no nos creen?
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Niveles inimaginados: Una mujer desollada por un hombre que dice amarla. En el caso de la Güera, y de todas las mujeres, no hay que potencializar los verbos: una mujer desollada por un hombre al que le gusta. Es vital no recurrir a las hipérboles o exageraciones, pues eso nos exige la sociedad; entonces vamos a decirlo tal y como fue: una mujer desollada por un hombre que la desea. Marina Azahua (2020) escribe: “Decir que nos están matando es articular una profecía. (…) Casi siempre está destinado a ser leído como una exageración… hasta que se cumple. Una, y otra, y otra, y otra vez, se cumple.”
Aquí otra cosa que es necesaria mencionar, sin exagerar: a diario, entre 10 y 11 mujeres son asesinadas con brutalidad por hombres que decían amarlas, por hambres a los que les gustaban, por hombres que las deseaban.
¿Por qué no nos creen?, ¿por qué chingados no nos creen?
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A nosotras se nos encogía el alma cada vez que llegábamos a la calle de Juárez a abrir nuestros negocios. Andaba el pinche Ignacio como sin nada, con su bocina colgada del chaleco, barriendo de un lado para otro; como si no le pesara en la conciencia el cuerpo despellejado de la Güera. Le notaba yo los pies más ligeros, se movía con más soltura y nos miraba con unos ojos de pantera y la sonrisa de hombre sucio, como diciéndonos atrévanse a abrir el hocico otra vez y ya verán cómo las dejo; como diciendo ya les quité a su amiga y les robé la alegría de su venta diaria.
En el frente frío número 51 iba yo de extremo a extremo, por el ambiente, hasta me daba miedo que se me fuera a voltear la jeta de tan helado y caliente. Salía a vender bien temprano por la mañana y regresaba a las 3:00 pm, bien puntual; después no aguantaba lo caliente de la casa y salía a helarme el cuerpo un poquito. Necesitaba enfriar el cuerpo porque, a diferencia de Ignacio, me sentía muy pesada. Dentro de mi casa había una calidez extraña, que no era propia de los tiempos de frentes fríos, traje siempre en la conciencia la piel aperlada de la Güera y me acordaba que así de calientitos eran sus abrazos. Recordaba también que ella siempre fue de ambientes abrasadores y que le hubiera dado mucho coraje saber cómo terminó: sin piel, una madrugada fría, y sin una cobija que la tapara de la brisa mañanera.
A nuestra Güerita nos la mataron hace once frentes fríos, una madrugada del 4 de marzo; hace 48 días. La encontraron a las 12:00 pm y nosotras nos vinimos a enterar hasta la noche, porque no checamos el celular hasta muy tarde. Nos veías a todas por el grupo de WhatsApp buscando una explicación racional a esto que nos parecía tan de locos; al día siguiente, cuando nos vimos, lloramos a grito abierto y pensamos que el luto se iba a cerrar ahí, que iba a ser como cuando se te muere un familiar; pero la Güerita no se nos murió como los familiares, a ella la mató un cabrón sin alma. Este duelo iba a ser diferente: pasamos de la confusión al dolor, del dolor a un miedo que nos tuvo como intrincadas en el shock[Cristina Rivera Garza (2011) escribe “Maleable, el miedo alerta ante el peligro, en efecto, pero sentido por mucho tiempo, también adormece. Paraliza.”]; de ahí a la rabia, el ardor de tripa que sentimos ahorita.
No sabemos cómo sacar este coraje que sentimos al ver a Ignacio con su sonrisa o escuchar las carcajadas de sus amigos policías. Dicen que el caso sigue abierto, que no hay pruebas ni línea de investigación clara, ¿cómo chingados no? Sentimos que se nos vienen todos los jugos gástricos y nos irritan el esófago, ya no podemos ni comer a gusto porque nos da mucho asco todo: este mundo tan jodido lleno de impunidad que pudrió la carne de la Güera.
Nos quedamos sin nuestra amiga, sin la alegría de nuestra venta diaria, con mucho miedo y un dolor en la boca del estómago. Les decía yo a las muchachas que a nosotras también nos habían despellejado. Nos dejaron expuestas y ellos nomás hacen que hacen por la Güera, pero en realidad, todo lo que hacen, lo hace por ellos [El pacto no escrito].
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Dejo una pregunta al aire: ¿hasta qué punto el lenguaje limita nuestra percepción individual de una realidad colectiva?
Nombrar se ha convertido en un ejercicio necesario para romper una cadena de injusticias silenciosas. Ante el silencio, el grito colectivo: no fue un crimen pasional, fue un macho patriarcal, en la protesta y denuncia pública y feminicidio en el área legal. Pero, ¿qué significa esto término institucional?
Marcela Lgarde (2008) define violencia feminicida como:
[…] la forma extrema de violencia de género contra las mujeres, producto de la violación de sus derechos humanos en los ámbitos público y privado, está conformada por el conjunto de conductas misóginas -maltrato y violencia física, psicológica, sexual, educativa, laboral, económica, patrimonial, familiar, comunitaria, institucional- que conllevan impunidad social y del Estado y, al colocar a las mujeres en riesgo de indefensión, pueden culminar en el homicidio o su tentativa, es decir en feminicidio, y en otras formas de muerte violenta de las niñas y las mujeres: por accidentes, suicidios y muertes evitables derivadas de, la inseguridad, la desatención y la exclusión del desarrollo y la democracia. (Lagarde, 2008)
Lucía Melgar incluye, dentro de la tipificación, a los asesinatos perpetrados hacia las mujeres por el solo hecho de ser mujeres, precedidos de tortura, mutilación y que conllevan posvictimización. Esta posvictimización se materializa en la exposición del cuerpo violentado en medios de comunicación, en el escrutinio público y el cuestionamiento que se ejerce en un intento desesperado y frustrante por encontrarle una explicación racional a un acto tan atroz. Resultado de la exhaustiva investigación en la vida personal de la mujer, terminamos revictimizándola y el feminicida termina con una serie de excusas.
¿Hasta qué punto el lenguaje limita nuestra percepción individual de una realidad colectiva? Lo que le pasó a la Güera, y lo que le pasa a 10 u 11 mujeres cada 24 horas en México, debe ser tipificado como feminicidio, esto no es una hipérbole de la violencia ejercida en el asesinato. Pero, ¿cómo les explicamos a quienes nos tachan de exageradas que el feminicidio sí existe? Una mujer [insertar cualquier adverbio de modo para describir un crimen tan violento] asesinada por un hombre que dice amarla/desearla/quererla es una realidad tan palpable como visible, la violencia ejercida sobre su cuerpo durante y después del asesinato, es, claramente, una hipérbole de la sociedad deshumanizada e indiferente¿cómo chingados no?. Tipificar a estos crímenes como feminicidios, en una sociedad que exige a la rabia un respaldo institucional, es una respuesta justa para combatir esta guerra.
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A nosotras nadie nos enseñó a gritar, se nos aprieta el pescuezo nomás de acordarnos de la mugrosa Güerita. Antes de todo esto, hace 55 días, cuando estaba viva, la calle parecía más grande y los días no eran estas uñas de gato que se nos entierran en los brazos y piernas. Claro que seguimos teniendo miedo, pero también estamos encabronadas con todos: con el pinche Ignacio, que anda tan liviano sin importar toda la piel que le arrancó a nuestra Güera; con los cabrones de la Procuraduría, porque no nos hacen caso y ellos son de los primeros eslabones de esta cadena tan oxidada que es el sistema; con el mundo gangrenado en el que murió mi Güera querida que nos hizo creer que todas estas muertes eran normales, que no importa lo que pase, una se muere y no la matan.
Dios te tenga en su santa gloria, Güerita, y me la imagino a ella con su piel calientita, recubriendo su cuerpo alto y medio robusto, su rostro entero y duro. Quiero arrancarme el cuero viejo que es mi piel y ponérselo a ella, para que se cobije los músculos. Dios te guarde en un riconcito en el que nadie te vaya a volver a ser daño, Güera
[La Güerita pudo haber existido, con su piel aperlada, su cara de expresión áspera y piel aterciopelada. El frente frío número 51 llegó y Güera ya no lo habría podido sentir. Si todo fuera cierto, y el Ignacio en verdad asesinó a la mujer con una violencia impresionante, estamos seguras de que sigue barriendo las calles con sus pies y alma bien livianos. Las cifras no mienten: según Animal Político, en nuestro país sólo tres de cada cien asesinatos de mujeres son esclarecidos y sólo el 3.2% se recibe condena por feminicidio. Faltan aún tres frentes fríos, o tal vez menos, no importa, la Güera y otras miles de mujeres ya no los van a sentir. Por mientras hay que dejar que las amigas de la Güera, si es que existió, la lloren a gusto: con su ardor de tripa bien vivo, con su digna rabia erizándonos la piel].
Dalila R. Tienda
(1999) Estudiante de la Licenciatura en Letras Españolas. Piensa a la escritura como un ejercicio de rebeldía y a la literatura como una protesta más en contra de la realidad y las narrativas impuestas. Existe por las mujeres que la preceden y, al escuchar sus historias, va construyendo su cuerpo colectivo.