La luna y sus letras: Amparo Dávila

por Cynthia Elizabeth Morales

Hay días que descubres que no estás sola. Hay algo que te acompaña, te acecha. Viene por ti. Lo presientes. Una angustia que sube las escaleras, que te acaricia el cabello y susurra tu nombre. Así es la obra de Amparo Dávila. 

Una mezcla entre lo real y lo temido; una frontera diluida y transparente que permite al lector migrar entre el sueño y la profecía. Dueña de un imaginario particular, con características oscuras e inquietantes; Amparo Dávila escribe para explicarse el mundo: Hay textos técnicamente bien escritos, pero que nacen muertos: no quedan en la memoria de quien los lee. No creo en la literatura hecha solo a base de la inteligencia o la pura imaginación. Creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, y hace que perdure en la memoria y en el sentimiento, y constituye su fuerza interior y su más exacta belleza”.

Amparo Dávila (1928-2020) Nace en Pinos, Zacatecas. Su infancia estuvo marcada por la muerte de sus hermanos y por los cortejos fúnebres que observaba desde su ventana. Creció en un pueblo minero, alejado de todo y de todos; aprendió desde muy niña a convivir con fantasmas, Dávila mencionó en alguna ocasión que, en su casa habitaba el espíritu del antiguo dueño de la hacienda donde vivía de niña.

Escribió poesía y cuentos. Sus cuentos han sido etiquetados como extraños, difiero. La originalidad en la construcción del relato y sus personajes provocan una angustia latente y alucinante en el lector. Sus cuentos se caracterizan por presencias, espectros, seres que no podemos definir, pero nos erizan la piel. El miedo no tiene nombre, pero nos alcanza.   Las historias de Dávila parecen tesoros encapsulados en ámbar.  Sus cuentos son atemporales como la fantasía y el embrujo que los acompaña. Sus historias nos sobreviven; podrían escribirse en cualquier ciudad, en cualquier momento.  No son cuentos extraños, son cuentos dotados de un imaginario nutrido por las visiones de Dante, la soledad infantil y el talento de una mujer rebelada a su tiempo, que no dejo nunca que la censura, los estereotipos y el silencio alcanzará a sus historias.

En la mayoría de sus relatos los protagonistas son mujeres. Mujeres comunes que viven y exploran sucesos más allá de la lógica y la sin razón. Protagonistas que exploran la barrera entre lo insólito y lo anodino. Mundos interiores que se fusionan entre la costumbre y la lluvia. Personajes con miedos y contradicciones que, viven atrapados en jaulas invisibles donde la llave la posee lo desconocido.

Dávila afirma que la crítica literaria la ubica erróneamente en el terreno de lo fantástico, cuando ella lo que intenta es manejar las dos caras de la realidad, la cara externa, la cotidiana y la interna, la cual suele ser más oscura y misteriosa. 

Sus primeros trabajos se recogen en Tiempo Destrozado (1959) y Música Concreta (1964). Es hasta 1977 con la llegada de Árboles petrificados que recibe el premio Xavier Villaurrutia.  Actualmente existe el premio Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila.

La obra de Dávila ha sido celebrada en el extranjero y sometida a años de silencio en el panorama mexicano. Inició una amistad por correspondencia con Julio Cortázar a quién le dedicó un par de cuentos. 

Leer a Amparo Dávila es encontrar microcosmos de secretos y excitación en una habitación, contemplar la muerte como quien observa volar a los pájaros, temer la noche y sus pasos…

Para leer los cuentos de Amparo Dávila te recomendamos:

  • El huésped
  • Árboles petrificados
  • La señorita Julia
  • Muerte en el bosque
  • Alta cocina

Descarga libre de material de lectura de Amparo Dávila: http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/176-081-amparo-davila

Y de su poesía, te dejamos una muestra: 

El cuerpo y la noche (1965-2007)

El cuerpo es una estrella fugaz

una llama encendida

que se apaga

La noche es un ala negra

que se extiende

y que envuelve en su negrura

La noche hunde

su prestigio de tigre

muerde al sueño

y al cuerpo

al tigre de la noche

en el agua


Cynthia Elizabeth Morales García

Maestra en Humanidades por la Universidad de Monterrey. Diplomado en Creación Literaria por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura 2018. Mediador de Lectura por IBBY Leer México. Tallerista de Escritura Creativa para niños, jóvenes y adultos para el Centro Cultural Loyola de Monterrey. 

Es una apasionada del arte y la literatura. Adora la naturaleza y los niños. Cuando no lee. Escribe. 

Actualmente desarrolla programas y contenidos educativos para niñas, niños y adolescentes para empoderarlos desde la igualdad, equidad y el conocimiento de sus derechos.

Mr.Green

por Itzayana Guillén Texcahua

Te besé en Estambul y desperté en Marruecos

 cerré mis sentidos y se abrió la marea 

no soy ni de aquí de allá

ni de mis noches largas,

soy como un perro sin rabia.

TIC              TAC                TOC

la serenata rodó, alojándose en mis pecosas clavículas

Y el vino se enfrió en mis estornudos fugaces. 

Te veo en mis sueños húmedos

te sostengo el cabello y te digo venga no pares,

quítame esta maldita angustia que me sabe a polilla

no quiero despertar, porque no te quiero olvidar

pero no quiero vivir porque mis sentidos se han suicidado

maldito vacío, vacío maldito, tres puntos suspendidos nos han separado

Mañana, pasado o el ayer

 la tierra del reloj se ha congelado

me pierdo, me visto, y te cepillo el ombligo.

¿Alguna vez me quisiste?

Mr. Green.

alguna vez te provoque el asco, como alfalfa a darla.

Una nebulosa más sola

¿Acaso pronunciaste mi nombre?

debo estar delirando los marcos, no hablan, no besan, no aman.

Vodka, ron y tequila se mezclan con mi ADN

 creando una orgia de cuerpos vacíos, inertes, con mentes color cocaína

Follan follan y follan

Se visten se desvisten. ¿pero quién los ama?

Todos tenemos atorados a un Mr. Green en el alma.


Itzayana Guillén

«Soy Itzayana Guillén, nací en la ciudad de Mexico y radico en Chiapas, soy licenciada en pedagogía de la Universidad Autónoma de Chiapas, he sido maestra de preescolar y secundaria, la escritura ha sido mi confidente, le ha dado voz a mis pensamientos, he participado en la página de poetripiados, y en el festival Mesoamericano de poesía con mis poemas de corte vanguardista, me gusta crear y mezclar cosas sin sentido, con mis letras entraras a un mundo totalmente extraño.  En la narrativa dejo que cada personaje cuente su propia historia».

Con ternura, para ti: Resiste, árbol de Huizache.

por María Daniela Ortiz Soriano

Cuando mi amiga Xime me invitó al pueblo de su infancia, yo estaba acurrucada debajo de mis cobijas. “Paso por ti mañana tempranito, serían 6 horas de camino, hace mucho calor y regresaríamos al otro día”, decía su mensaje. Una pequeña voz en mi cabeza me decía que lo hiciera, así que al otro día desperté, recibí la bendición de mi mamá y al salir por la puerta de la casa familiar, ahí estaba mi amiga esperándome. El auto emprendió su viaje. 

Llegamos a la natal tierra caliente de mi amiga: Michoacán. La temperatura subió de golpe y mi cuerpo comenzó a sentir los cambios de presión. Pero lo que en verdad quiero relatarles de ese viaje (mi primer viaje sin familia o chaperón familiar) es sobre el paisaje que nos rodeó en la carretera.

Para Xime todo el camino era algo hasta cotidiano, puesto que iba seguido al pueblo que la vio crecer, pero para mí, fue como adentrarme en las tierras perdidas de algún relato de Juan Rulfo. “Parece que me trajiste a Comala” le dije entre risas. “Te dije que hacía mucho calor” me dijo mi amiga. Estábamos a casi 43 grados y la fauna de la carretera lo reafirmaba: todo estaba árido, la tierra rojiza levantaba árboles secos con ramas quebradizas, los cerros que nos rodeaban eran grises, todo el monte estaba tan muerto que, al contacto constante con los rayos de sol, los pastizales desérticos se incendiaban casi espontáneamente. 

Ahora estaba en tierra caliente. “Te dije que hacía mucho calor” me dijo Xime, “Pero es la primera vez que veo todo tan seco y muerto”. Ambas nos miramos y comprendimos que muchas cosas dentro de nosotras comenzaban a secarse como la fauna a nuestro alrededor y corrían el riesgo de incendiarse al más mínimo pensamiento caluroso que insistiera sobre nuestra árida esperanza. 

El año pasado nos golpeó como la onda de calor que cae sobre tierra caliente y nos dejó igual de desiertas. Tuvimos miedo, porque todo en lo que creíamos y sostenía nuestra frágil estabilidad emocional, fue derrumbado y parecía que nos quedamos sin apoyo ni esperanza. Incluso nuestras lágrimas se secaron. Ninguna de las dos sentía que algo creciera dentro de nosotras después del abrupto 2020, áridas como el monte de tierra caliente, solo esperábamos el momento en que iniciara nuestro incendio, y sabíamos que no éramos las únicas en pasar esa desertificación, en ser cenizas. 

Mientras más avanzaba el auto por la carretera, tenía miedo de que este viaje con mi amiga, en vez de ser un Road Trip de película donde reiríamos y cantaríamos a todo pulmón, se volviera en otro desestabilizador emocional. La natal tierra caliente de mi amiga parecía aplastarme… pero no lo hizo. Ante mis ojos apareció como una aparición, un manchón de color verde en medio del monte: era un árbol verde y vivaz, cada rama tenía una hoja colorada del verde vida, ofrecía una sombra a sus pies donde pequeñas hierbas igual de verdes crecían. Lo más sorprendente era que ese árbol estaba ahí, de pie, orgulloso y vivo en medio de la desertificación, incluso cerca de un incendio producido por los 43 grados bajo el sol. Era un árbol vivo, que resistía, y la sombra que producía permitía la vida a su alrededor. 

“Se llama árbol de Huizache, creo” me dijo mi querida amiga al ver mi asombro. Era un árbol de Huizache que resistía a las condiciones límite que lo rodeaban y aún así enverdecía orgulloso, digno de vida. 

El árbol de huizache es común en la flora de esa zona, según me contaron, los agricultores suelen tener problemas con ese árbol: resiste a todo tipo de extracción, porque no importa cuánto lo cortes, vuelve a crecer y enverdecer, sus semillas viajan en el viento y si no logra crecer en el mismo punto, crece en otra tierra. También a su alrededor por la sombra que proporciona, permite crecer más hierbas u otro tipo de árboles, e incluso tiene usos como el medicinal contra el dolor de cabeza. 

El huizache es un árbol verde con espinas y pequeñas flores amarillas, se levanta orgulloso en tierra caliente, resiste a las condiciones de sequía e incendios que el monte posee y crece en toda tierra donde el viento lleve su semilla. 

Durante el resto del camino, justo en medio de toda la sequía, ahí estaba el árbol de huizache de pie y orgulloso de su verdor, de sus flores, sus espinas y la sombra que otorgaba, y cuando yo miraba dentro del auto, sentada a mi lado, veía a mi amiga igual de verde que el huizache. Ahora las dos éramos árboles de huizache, con espinas, con flores, orgullosas que resistían. 

Mi pequeño viaje a tierra caliente me enseñó que muchas veces no somos pastizales secos como creemos sentirnos, que somos en realidad árboles de huizache que florecen y son medicina, resistimos a la desertificación y volvemos a enverdecer orgullosas, ofrecemos sombra para que crezcan con nosotras y damos vida frente a la muerte.  A ti, querida lectora o lector, puede que ahora tu panorama sea desierto a punto de quemarse, pero recuerda que puedes resistir como el árbol de huizache lo hace en la carretera de tierra caliente. 

Al regresar de ese viaje, mi amiga y yo nos abrazamos muy fuerte y sabíamos que hacer ahora: resistir, enverdecer y florecer. 

Resistamos, árboles de huizache.

Con ternura, para ti.


María Daniela Ortiz Soriano 

Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.  

Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas. 

La miscelánea: De Nada, Cadena de favores y la idea cambiar el futuro

por Fernanda Loé Gómez

Nada importa y por lo tanto no vale la pena hacer nada. Esa es la idea con la que Pierre Anthon comienza a afectar al resto de sus compañeros de clase en el libro Nada de Janne Taller. Esa idea también se aborda en la película Pay it forward o Cadena de favores, en español. Y eso mismo creo que ha pasado por nuestras mentes al menos una vez en la vida. Tal vez hasta se ha transformado debido a la pandemia. A lo mejor pensamos igual que Pierre Anthon o, por el contrario, el aislamiento le ha dado un giro a lo que creíamos del mundo y sobre todo de las relaciones que construimos con las personas con las que lo compartimos, así como con nosotros mismos. 

Empecemos hablando de Nada. Los personajes del libro nos llevan a cuestionarnos el presente y el futuro. ¿Qué es importante?, ¿Qué tiene un significado para mí?, ¿Qué tanto importan las cosas? Ellos, a la par de nosotros como lectores, se ven obligados a tratar de responder esas preguntas a partir del día en que Pierre Anthon se sube a un ciruelo y decide que ya no va hacer nada porque nada vale la pena y, por lo tanto, no tiene sentido. Los adultos del libro, son capaces de ignorarlo, como probablemente nosotros podemos hacerlo todos los días, sin embargo, los niños se enfurecen. 

Lo que dice Pierre Anthon afecta especialmente a los niños porque para ellos significa que, si nada importa, si nada tiene sentido, entonces no tienen un futuro, vivir no significa nada. Bajo esta presión intentan por todos los medios probarle lo contrario, ahí es cuando empiezan los verdaderos cuestionamientos internos. Para eso juntan muchos objetos preciados, sin embargo, no son suyos, son cosas que les prestaron otras personas y por lo tanto no tiene significado para ellos.  He aquí el primer golpe de realidad. Lo que para alguien más es un tesoro, para mí puede ser una baratija. El peso que le damos a los objetos, los hace convertirse en vasijas de recuerdos personales, pero eso no les agrega valor ante el mundo, sólo ante mí.

Es en este momento en el que se ven en la necesidad de ser sinceros. Lo que es importante para mí, es algo que me dolería perder. Bajo esta premisa y a manera de cadena, se empiezan a exigir cosas que saben que el otro aprecia. Sin embargo, el rencor no perdona, y cada nueva petición parece una venganza. La realidad es que así es la vida. Si tuviéramos la oportunidad de quitarle algo que realmente aprecia a esa persona que en algún momento nos trató mal o se burló de nosotros, ¿lo haríamos o lo dejaríamos pasar? Probablemente ya hasta estamos haciendo una lista mental de enemigos con sus respectivos tesoros a despojar. Y aunque creamos que los niños funcionan de diferente manera, la realidad es que son humanos y no son ajenos a emociones como el rencor, el enojo e incluso el odio.

Yo creo que por eso muchos relacionan este libro con El señor de las moscas de William Golding. En este pequeño mundo, los niños demuestran que las relaciones sociales funcionan muchas veces bajo el dicho “ojo por ojo”, lo cual desencadena un espiral de acciones que nunca termina. Además de que, entre ellos, al ser todos niños, las jerarquías funcionan diferente pues tienen la oportunidad de ellos mismos definir lo correcto e incorrecto.

Pensando así, cada petición se va haciendo más y más desmedida, cruzando líneas de las que no hay regreso. Una de estas es la solicitud de Oscarito, el hámster de una de las niñas. Ese es un paso que pone a prueba el carácter moral de todos, que aun sabiendo el probable final que va a tener Oscarito, lo consideran una petición justa al compararla con lo que cada uno ya perdió ante lo que ellos llaman “el montón de significado”. 

Y así continúan las peticiones de objetos que en mi opinión representan diferentes tipos de sacrificios y de valores. Solicitan una alfombra de rezos (que además ocasiona una golpiza casi mortal), un telescopio comprado con los ahorros de toda la vida, el pelo azul de una de ellas, la “inocencia” de otra, el cadáver de un difunto hermano de uno de ellos, un cristo robado, etc.

La cumbre es cuando piden la cabeza de una perrita que ellos mismos van a matar y el dedo de uno de uno de sus compañeros, que obviamente tienen que cortarle entre ellos. Cada petición va llena de más resentimiento que la anterior y sin embargo todas parecen justificadas. La propia protagonista, que tuvo que entregar unas sandalias azules nuevas, cree que su pérdida es la misma a la del dedo de su amigo, por ejemplo. Se justifican entre ellos recordándose lo crueles que fueron cuando cada uno tuvo su turno. Siempre teniendo en mente que la motivación final es demostrarle a Pierre Anthon que han juntado una pila de significado, que vale la pena para todos lo que han sacrificado y que, por lo tanto, el futuro es posible.

El libro nos lleva a cuestionarnos hasta donde estamos dispuestos a llegar con tal de demostrar que no estamos perdidos en la nada. Los niños toman la decisión de vender el “montón de significado”, que en un inicio era basura para la prensa pero que de pronto, por una crítica artística positiva, se convierte en la mayor pieza de arte de la historia. Por lo tanto, se llevan con él la identidad, la religión, la personalidad, la integridad, el miedo, la fe, la patria, entre otras cosas depositadas ahí. Sin embargo, con eso se dan cuenta de que Pierre Anthon tuvo razón todo el tiempo. El montón de significado deja de serlo en el momento en que le asignan un precio, y con eso, un precio a sí mismos, a las cosas que sacrificaron, a lo que fueron capaces de hacer. 

La realidad es que cuando leí este libro muchas de las declaraciones que hace Pierre Anthon me llevaron a pensar como él. A pesar de que por mi personalidad le doy valor sentimental hasta a las cucharas, pocas cosas entrarían en el “montón de significado” y tal vez, como los niños, las vendería a un museo por la necesidad de reconocimiento que creo que todos tenemos, aunque sea en lo profundo de nuestra personalidad. Sin embargo, no sé sí sería capaz de cortar un dedo matar a un perrito por demostrar que la vida vale la pena y el futuro es prometedor.

Ese sopesar entre qué es más importante, si cortar un dedo o no tener futuro, por lo menos a mí me asusta. De esas acciones uno ya no puede deshacerse y aunque se pruebe lo necesario, ¿a qué costo se logró? ¿vale la pena después de saber de qué fui capaz con tal de lograrlo? Aunque hay otras opciones, por lo tanto, me parece buena idea contrarrestar esto hablando de una película que plantea que podemos cambiar al mundo, por lo menos en nuestro entorno inmediato. 

Cadena de favores es una película estrenada en 2000. Protagonizada por Haley Joel Osment, Helen Hunt y Kevin Stacey y dirigida por Mimi Leder pero basada en un libro de Catherine Ryan. La cinta habla de Trevor (Joel Osment, que también protagonizó Sexto sentido), un niño que decide iniciar con una cadena de favores como resultado de una atarea asignada por su profesor (Kevin Stacey) en la que les solicita pensar en una idea para cambiar al mundo y ponerla en marcha. La realidad es que Trevor tiene un ambiente familiar no muy ameno pues su madre (Helen Hunt) es alcohólica y tiene una relación complicada con su ex novio que la maltrata y que no quiere al niño. 

La idea de Trevor es hacer un favor a tres personas para que ellos a su vez hagan tres favores y así se inicie una cadena de ayuda. Sin embargo, su plan no marcha como desea ya que la realidad es que muchos tienen problemas que él no puede resolver. Trata de ayudar a un vagabundo alcohólico y este regresa al vicio, luego trata de ayudar a su mamá emparejándola con su profesor para que ella no regrese con su novio abusivo y finalmente, trata de ayudar a su amigo cuando es golpeado por otros chicos que lo molestaban, cosa que concluye trágicamente. 

Esta película yo la vi por primera vez de manera obligatoria como parte de una tarea que me dejaron en secundaria y no me gustó. Yo me identificaba con Trevor, quería que triunfara y que resolviera los problemas de las tres personas de su lista, pero, sobre todo, quería que su vida mejorara, que su mamá dejara de tomar y que encontrara el amor con su profesor porque el niño era una buena persona con el deseo de mejorar el mundo, para él y para los demás. Sin embargo, me dejó confundida, triste y hasta enojada. 

La realidad es que a pesar de que las cosas no salen como se esperaba, sí genera un impacto en los otros a pesar de su fracaso con la lista. A lo largo de la película se demuestra que Trevor logró esparcir esta semilla de ayuda ya que al final se presentan muchas personas en su casa demostrando que les importa. Aunque el resto sea triste, es reconfortante ver que no pasa desapercibido, que hay más personas que creen que ayudar vale la pena. Creo que es una perspectiva distinta a la de Nada de Janne Teller aunque también nos hace cuestionarnos sobre nuestros actos, creencias y valores.

Como comentario final sobre la película y relacionado al tema de nuestra relación con los otros, en su título original (Pay it forward) va señalado lo que implica llevar a cabo la cadena de favores. Necesitas hacer un favor confiando en que más que recibir algo a cambio inmediatamente, esa persona actuará de la misma forma con quien lo necesite en un futuro. Pagará la amabilidad o ayuda brindada, con ayuda o amabilidad hacia otro. Creo que eso requiere mucho de nosotros, puesto que siempre pensamos en recompensas directas como “si soy amable, me van a atender bien”, “si hago todo lo que quiere el jefe, me van a promover”, o hasta “si me porto bien me voy a ir al cielo”. 

Es en este punto en el que creo que se cruzan las ideas de las que hablé. Jean Pierre piensa que nada vale la pena y por lo tanto no hace nada. Trevor cree que puede hacer algo por alguien, que a su vez va a ayudar a un tercero, y así cambiar el mundo. Y aunque en las dos historias las cosas salen muy diferentes de lo que esperaban, ambos logran plantar una idea en los demás que los lleva a un cuestionamiento profundo del sentido de la vida y de nuestras acciones. Ya sea que vayamos inmediatamente a buscar el objeto que pondríamos en el montón de significado o que pensemos en una idea para cambiar al mundo desde nuestra trinchera, la verdadera importancia recae en ese deseo de buscar, de preguntarse, de poner a prueba la realidad. 

Es verdad que el resultado puede que no sea el que queríamos. Puede ser que lleguemos a la conclusión de que realmente el montón de significado dejó de tener valor para ellos al adquirir valor para los demás, o que pensemos que la cadena de favores va a terminar más rápido de lo que empezó cuando le toque su turno a un político, pero la realidad es que las preguntas que nos hacemos son igual de valiosas que las respuestas que pueden traernos. El intentar hace la diferencia entre lo que es y lo que puede ser, ya sea para bien o para mal.


Fernanda Loé Gómez


Recién egresada de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM.
Formó parte del comité organizador del quinto ENELLHI, donde, entre otras cosas, colaboró en el diseño y edición de la Antología Conmemorativa, además de ser fotógrafa de ediciones anteriores del evento. También participó como colaboradora del blog Aproximación a la literatura en lenguas indígenas mexicanas. Experta en datos curiosos de poca o nula utilidad. Es fanática del cine, de las series, de la música y, en general, de la cultura pop. Fotógrafa amateur y, sobre todo, amante de los libros.

Memorias de la luna azul: El mundo detrás del papel (o en ésta era tecnológica: el monitor)

por María Fernanda Vázquez Castillo

Antes de seguir me gustaría realizar la aclaración de mi posición como principiante, de la cual se pueden desprender miles de erratas, tanto ortográficas como en mi manera de expresarme; por ello me parece importante aclarar que como iniciada en este medio (no en la escritura, me gusta decir que al menos allí ya tengo una pequeñita trayectoria) espero poder crecer en mi desenvolvimiento con las palabras.

¿Qué significa escribir? 

En términos muy técnicos conocemos la escritura como un medio a través del cual plasmamos ideas, pensamientos, recordatorios, etc.; por medio de palabras. No obstante, cuando uno comienza a adentrarse en la literatura descubre que para un literato escribir significa plasmar mundos, desde el que puede lucir más sencillo hasta el que parece increíblemente fantástico; los límites de aquel mundo son tan inmensos que se le escapan al escritor y llegan al lector.

Es por ello que considero que escribir va mucho más lejos de las palabras, se adentra en la mente y llega a la imaginación, el punto clave de la creación literaria –a mi inexperto, pero sentimental parecer–, pues debido a la imaginación se llega a la invención de estos espacios, que con arduo afán alimentan el deseo creativo del autor y el placer del lector. 

Es clarísimo que no todos los textos son para todos, de allí la enorme oportunidad de ideas, opiniones, diferencias…, en las que no debemos encontrar nada más que estos mundos. 

Puede parecer una reflexión inconexa a todo lo demás, quizá incluso demasiado personal o descabellada, sin embargo, es justo en esa idea en donde se retrata mi punto: la infinitud de escribir mundos.  Idea con la que quiero dejar a cualquiera que lea este pequeño espacio que habla un poco de mí, y con la que además me apoyo para exponer el porque seguiré transmitiendo algunas de mis imaginaciones con todo aquel que guste leerme.


María Fernanda Vázquez

«Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, pero ahora vivo en el estado. Actualmente tengo 18 años y soy estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

Desde pequeña tuve un interés por la literatura, principalmente por la creación, más adelante por su estudio. Es por ello que con el paso de los años he buscado mejorar mi estilo de escritura para mostrarlo a los demás.»

De historias sobre historias

por Brenda Garrido Hernández

Al inicio de la cuarentena, cuando el encierro no se había vuelto algo común, algunas paginas de memes dedicadas a la literatura (por que esas paginas en serio existen) hablaban de las similitudes de la situación de la pandemia actual, con el inicio de la obra de Giovanni Boccaccio, el Decamerón.

Para aquellos que nunca han escuchado hablar de esta obra del 1300; el Decamerón se plantea en el contexto de la peste bubónica, y da inicio con un grupo de 10 amigos que se ven forzados a refugiarse, hasta que la tragedia de la enfermedad pase, y en un intento por mantenerse entretenidos comienzan a contar historias. Podríamos decir que es prácticamente una obra antológica de pequeñas historias unidas por una historia más grande; la del grupo de amigos compartiendo el encierro durante una epidemia.

En cierto modo al analizar el inicio de la obra de Boccaccio, con la situación actual; y a un año de que los memes se volvieran populares entre su pequeño público, puedo entender la razón por la que estos señalaban las similitudes y no por el encierro o el virus mortal que acecha a las afueras, sino por las historias que nos ayudan a sobrellevarlo.

Mientras pensaba en cuales han sido las historias que me han ayudado a mi a sobrellevar la pandemia y todo lo que ha traído consigo; me he encontrado divagando en todas esas historias que están compuestas por más historias. En aquellas que cumplen un formato similar al del libro de Boccacccio. Al menos en la literatura se destacan Los cuentos de Canterbury y por qué no, Las mil una noches con una hermosa Schehrezada contando historias a un rey y así evitar ser asesinada por una noche más. Si exploramos el terreno de las series, encontramos adaptaciones de las anteriores mencionadas en Los cuentos de la cripta, Le temes a la oscuridad, Los cuentos de la calle broca y eso es apenas la superficie en ambos formatos; si llegáramos a incluir al cine nuestra lista sería interminable.

Lo cierto es que, de alguna forma, las historias están en todas partes. Tenemos nuestras favoritas, las que nos dan consuelo, las que nos inspiran. No importa nuestro estado de ánimo, o el medio en el que decidamos buscar; siempre encontraremos una historia que nos ayuden a sentirnos mejor, a empatizar con el mundo y conocer nuevas perspectivas o simplemente a desconectarnos de nuestra caótica realidad. Las historias componen al mundo y en cierto modo a nosotros mismos. Porque por cursi que pueda parecer, nos encontramos hechos de historias, igual que el Decamerón.

Ese será el propósito de está pequeña columna; explorar aquellas historias que nos hacen, que nos inspiran y que en el proceso se han encargado de construir una parte de nosotros; porque citando tal vez a la que en mi caso es mi historia favorita, Doctor Who “Todos somos historias al final, solo hay que hacer una buena”.


Brenda Garrido Hernández

Mi nombre es Brenda, actualmente estudiante de lingüística y literatura hispánica en el futuro espero ser graduada y titulada. Fan y amante del cine al igual que de los libros, de
ahí mi arriesgada elección de carrera. Actualmente y en temporada de encierro ocupo mi tiempo libre refugiándome en la ficción, conociendo historias nuevas y redescubriendo unas
cuantas que ya no lo son.

Flores encendidas: Galatea en la ciudad

por Carmen Asceneth Castañeda

Corta la flor de un tajo,

riega su sangre sobre el asfalto.

Gigante, pesado, sin destino,

va andando.

Su único ojo no ve colores de cielo.

Sus torpes manos no tocan pétalos ni viento.

Sus piernas lo llevan en círculo a la cueva.

Su hambre lo ha convertido en peligrosa fiera.

El Cíclope arrancó a la niña y vomitó su tallo.

Es tiempo de Polifemo

Ulises está perdido, su barco en algún lugar ha encallado.


Carmen Asceneth Castañeda

Ciudad de México (1969). Maestra en Psicoterapia y pasante de arte dramático, con formación en Creación Literaria. Escribí dos poemarios. He publicado en diarios de circulación local y en diversas revistas electrónicas. Conductora del programa “Creativarte” de arte y psicoanálisis. Jurado en 2014 del Certamen “Palabra en el Viento” de poesía. Primer lugar del certamen de Poesía “Palabra en el Viento” en 2012  y 2013. Primer lugar de cuento en el mismo certamen en 2018. Primer Lugar del concurso Nacional de Cuento Convocado por el INEGI en 1995, segundo lugar en 2001  y mención honorífica  en 1995.

Zorro-cómic No.2

por Julia Ivalú


Julia Ivalú

Julia: mujer de raíces fuertes. Ivalú: la primera mujer del mundo para los nómadas esquimales. Julia Ivalú: la primera mujer nómada de raíces fuertes. Calculadoramente impulsiva; nunca aprendió a cortarse las alas. Escritora, poeta y artista audiovisual mexicana feminista. Lic. en Animación y Arte Digital por parte del Tec de Monterrey. Cuenta con el diplomado en Danza Terapéutica Humanística y otro en Antropología del Arte, así como con diversos cursos de Escritura Literaria en Literaria Centro Mexicano de Escritores. Su cuento “La caída de un mago” fue seleccionado para su lectura en el auditorio del Museo Soumaya (2015). Su relato corto “So(m)bras” está incluido en el volumen Vita Contemplativa: Los invisibles, coordinado por el Mtro. José Manuel Suárez Noriega (2017). Su obra “Se acerca un zopilote” forma parte de la antología Teatro Mínimo, colección de la afamada dramaturga mexicana Gabriela Ynclán (2019). Su publicación más reciente “Gatonejos”, se encuentra en el poemario Cuerpo o inferno, compilado por la poeta oaxaqueña Yendi Ramos (2020).

IG: @julia_ivalu
FB: Julia Ivalú – Escritora
Página web: bit.do/julia-ivalu

Pensamientos en prosa: De mí

por Mireya Sáenz Muñoz

Hablar de mí da tedio. Me aburre la cotidianidad, lo habitual me causa repugnancia. Cómo hablar de mí sin sentir esta triste melancolía, esta amarga melancolía. Mi boca no pronuncia mi nombre, mis dedos no pueden escribirlo, mis pasos ya  no me siguen. Todo mi ser busca anularme. He comprimido el aliento en el vestigio de mis palabras, he resarcido  la historia en el linaje de mis poemas, buscando ser yo; no la chica de labios fúnebres con sonrisas de araña, ni la elegida del paraíso con trajes invisibles, sino la nómada que instale su patria en las alas de un poema vagabundo; porque cada noche quiero comerme al mundo en un libro, en un poema, en un verso y de qué me sirve cuando sé que al siguiente día no recordaré nada; mi memoria se burla de mí.

Heredé de mis antepasados alguna inercia mental que me fragmenta lúcida, lunática, sensata, alienada, cuerda, compulsiva, neurótica y serena; pasiones y emociones que me asaltan a medianoche, al amanecer, en el imprevisto de cualquier instante rutinario; me envenenan lo sé, me enferman reduciéndome a escombros que saltan en sus cenizas, y entonces, busco afanosamente rehabilitarme o anestesiarme, medicándome al azar con dos pastillas de trivialidad, cinco centímetros inyectados de “lo importante es que estas viva” y una buena dosis de alcohol para aliviar el escozor de las mentiras que me digo.

Obedezco a mi vista a mi impulso intuitivo de supervivencia, pero tengo prisa de urgencia y acabo llegando a ninguna parte; mi desesperación se ancla a un soñado milagro inexistente que acaba naufragando cada medianoche, cada amanecer, cada instante rutinario. ¿Cómo apropiarme de mí y pertenecerme como lo que soy cuando toda la vida solo aprendí a huir, a esconderme, a ser mi propio juez y el verdugo que mutilaba mi verdadero yo? Quizá  sea tarde para levantar los ojos y colonizar al sol, pero he abierto las puertas para que sus rayos iluminen o calcineren lo que por años le perteneció a la noche; sin embargo, debo decir, que el proceso de mi sepultura cada mañana no advierte al entusiasmo de quienes me rodean, pero sí da paso a las elegías que el pensamiento recita frente a un cuerpo agotado sin ganas de continuar y a unas ilusiones invadidas por el moho. 

Para quienes el  optimismo es solo una esperanza malgastada, nos hace falta valor para abrir los ojos y sacar un pie fuera de la cama ¿Valor? ¿¡Dije valor!? No es valor lo que me lleva a cometer este acto insulso y rutinario, tan solo me dejo arrastrar por el instinto de sobrevivir, por el deber que llevo a cuestas; me obligo a cumplir con el rol que me tocó interpretar en esta obra de teatro; quizá por eso prefiero las noches, porque allí encuentro un poco de silencio y soledad, de descanso y letargo, de trincheras adornadas a mi gusto, pequeñas simulaciones exequiales que me hacen sentir en el lugar adecuado; también porque existen noches de euforia y olvido del tiempo cargadas de éxtasis, música y licor, pero las mañanas todas son iguales. No quiero levantarme, no quiero mirar al sol ni enfrentar la vida, no quiero gesticular una palabra ni dar un paso fuera de mí. 

No me levanto cada mañana resucitada para apreciar el esplendor de un nuevo día, me levanto para limpiar un poco  mis cenizas y hacerlas presentables ante este prometedor  falso espejismo, entonces no es valor lo que me mueve, es resignación y cobardía, es mansedumbre y miedo; por eso marcho con pasos anclados que renuncian y arrastran la misma cadena, deseando romper los vendajes que un día curaron y ahora  son armas, abandonando los afanes para quitarle al día un poco más de lo que él me roba a mí.



Mireya Sáenz Muñoz

Mireya Sáenz Muñoz nació en Villavicencio Meta, Colombia.
Autodidacta en el mundo literario. Asidua lectora y escritora de poesía
y pequeños relatos. Ha participado en concursos de revistas literarias
en diferentes países, en donde ha sido publicado su trabajo; también
hace parte de antologías como Hoja en blanco relatos de este mundo
y de otros y Cuarto para Medianoche de Argentina. Ganadora del
concurso de relato erótico del grupo Lectores y editorial Harmonía.
Facebook: Mireya Sáenz

La Reclamante: Breve ensayo de violencia sin hipótesis ni argumentos

por Dalila R. Tienda (fotografía de Nidi M. Sosa)

Llegué a pensar que el calor que se sentía en la casa era la carne que le habían arrancado a la Güera. No es normal el frío en primavera, pensé, pero la casa estaba caliente. Afuera no se escuchaban aires fuertes ni se veían las neblinas pesadas, sólo estaba frío, helado. Por esos días en los que  el frío número 51 nos llegó, tratábamos de no pensar tanto en la Güerita, que se nos fue muy pronto, Dios la tenga en su santa gloria; nos enfocábamos, mejor, en la quemazón que sentíamos en la tripa por la pinche impunidad en que se iba a quedar el caso de nuestra amiguita tan querida. 

El asunto estuvo más o menos así: a la Güera, estilista cotizada de la calle Juárez, la encontraron muerta en un tramo pelón de la carretera Monterrey-Saltillo. Esta es la parte que sale en los periódicos y la que nosotros contamos también, nos saltamos los detalles de su cadáver, al que fotografiaron por todos lados, igual de peloncito que el tramo geográfico, porque sí nos duele bastante imaginarnos que su carita de expresión dura fue arrancada, que le rebanaron todita su piel y que a lo mejor le entraron muchas infecciones a su cuerpo por la exposición de su herida de 1.73 metros a tanto germen que hay en el ambiente. No sabemos quién de su familia fue a reconocer el cuerpo de la Güera, no se comunicaron con nosotras, sus vecinas de changarro, para decirnos cómo estuvo la cosa, lo supimos después por una noticia que salió en Facebook; a la Güerita le quitaron la piel ya muerta, pero, mientras estaba viva, le arrancaron tres dedos del pie, le picaron tres veces el estómago, una vez en la vena del cuello y la dejaron ahí por 45 minutos, en lo que se le vaciaba toda la sangre. Ya al final dejaron su cuerpo sin piel.

¿Qué habrá hecho la mujer para merecer tanto dolor? [Rita Segato (2003) dice: (…) se «escribe» en el cuerpo de las mujeres victimizadas por la conflictividad informal al hacer de sus cuerpos el bastidor en el que la estructura de la guerra se manifiesta.] Qué íbamos nosotras a saber de esas cosas: violencias, feminicidio, sangre, mucha sangre, impunidad, hartísima impunidad. Antes, cuando la Güerita vivía, nomás nos preocupábamos por lo de la venta, la casa, los hijos y el marido; alguna que otra vez nos apurábamos por traernos chismes sabrosos para platicar con la familia, pero nada más. Pero ya nada es igual, sentimos que el mundo es un lugar que nunca hemos conocido y nos faltan las palabras para ponerle nombre a todo lo que vemos. Ahorita lo que nos trae locas es el eco de los gritos que ha de haber soltado ella cuando le estaban haciendo tantas barbaridades y el coraje que nos quema los intestinos, porque nadie hace nada. 

Todas sospechábamos del cabrón de Ignacio, un barrendero que tenía buenos tratos con policías federales y le tiraba los perros a la Güera, ella no le hacía caso pero este viejo la celaba como si ya tuvieran queveres. Él mismo anduvo diciendo que se había chingado a la Güera, que la había matado, pues; según decía, que porque andaba de puta. Eso les fuimos a decir a los de la Procuraduría. Nomás dijeron que iban a investigar, pero quedó en pura palabras, Su hermana nos habló para que volviéramos a ir, que fuéramos una, dos, tres, hasta quince veces anduvimos ahí. 

La última ya nos dio miedo porque un policía nos dijo que éramos unas pinches viejas arguenderas, que las que iban a entambar era a nosotras por andar de mentirosas y encajosas, y cuando las tengamos encerraditas, ahí sí agárrense, porque van a saber lo que es pedirle a Dios de rodillas. Entonces supimos que los amigos de Ignacio habían metido mano. No eran importantes esos pelados, todos igual de muertos de hambre que el Ignacio,esos sólo conocían a alguien que conocía a alguien que conocía… pero no importa, más adelante nos dimos cuenta [Marcela Lagarde (2007), antropóloga docente de la UNAM, sostiene que mediante complicidades los hombres manipulan las normas y se tapan unos a otros.] Nos dio harto miedo, porque ahora sabíamos que los hombres se entienden entre ellos, aunque no se conozcan. Es un pacto ya inscrito que crea un ambiente cómodo para que la violencia se reproduzca y escale a niveles inimaginados.

Yo quiero decirles a los señores esos que no les estamos asegurando nada, nomás queremos que se investigue bien, porque mi Güerita se lo merece, porque todas nos lo merecemos. Pero da miedo,  porque tanta gente en Facebook también dice que estamos locas, que a lo mejor la Güerita sí era una puta y el Ignacio sus razones debió de tener. Fíjate nomás, ante esta bola de gente tan deshumanizada, las locas somos nosotras.

¿Por qué no nos creen?, ¿por qué chingados no nos creen?

***

Niveles inimaginados: Una mujer desollada por un hombre que dice amarla. En el caso de la Güera, y de todas las mujeres, no hay que potencializar los verbos: una mujer desollada por un hombre al que le gusta. Es vital no recurrir a las hipérboles o exageraciones, pues eso nos exige la sociedad; entonces vamos a decirlo tal y como fue: una mujer desollada por un hombre que la desea. Marina Azahua (2020) escribe: “Decir que nos están matando es articular una profecía. (…) Casi siempre está destinado a ser leído como una exageración… hasta que se cumple. Una, y otra, y otra, y otra vez, se cumple.” 

Aquí otra cosa que es necesaria mencionar, sin exagerar: a diario, entre 10 y 11 mujeres son asesinadas con brutalidad por hombres que decían amarlas, por hambres a los que les  gustaban, por hombres que las deseaban.

¿Por qué no nos creen?, ¿por qué chingados no nos creen? 

***

A nosotras se nos encogía el alma cada vez que llegábamos a la calle de Juárez a abrir nuestros negocios. Andaba el pinche Ignacio como sin nada, con su bocina colgada del chaleco, barriendo de un lado para otro; como si no le pesara en la conciencia el cuerpo despellejado de la Güera. Le notaba yo los pies más ligeros, se movía con más soltura y nos miraba con unos ojos de pantera y la sonrisa de hombre sucio, como diciéndonos atrévanse a abrir el hocico otra vez y ya verán cómo las dejo; como diciendo ya les quité a su amiga y les robé la  alegría de su venta diaria

En el frente frío número 51 iba yo de extremo a extremo, por el ambiente, hasta me daba miedo que se me fuera a voltear la jeta de tan helado y caliente. Salía a vender bien temprano por la mañana y regresaba a las 3:00 pm, bien puntual; después no aguantaba lo caliente de la casa y salía a helarme el cuerpo un poquito. Necesitaba enfriar el cuerpo porque, a diferencia de Ignacio, me sentía muy pesada. Dentro de mi casa había una calidez extraña, que no era propia de los tiempos de frentes fríos, traje siempre en la conciencia la piel aperlada de la Güera y me acordaba que así de calientitos eran sus abrazos. Recordaba también que ella siempre fue de ambientes abrasadores y que le hubiera dado mucho coraje saber cómo terminó: sin piel, una madrugada fría, y sin una cobija que la tapara de la brisa mañanera.

A nuestra Güerita nos la mataron hace once frentes fríos, una madrugada del 4 de marzo; hace 48 días. La encontraron a las 12:00 pm y nosotras nos vinimos a enterar hasta la noche, porque no checamos el celular hasta muy tarde. Nos veías a todas por el grupo de WhatsApp buscando una explicación racional a esto que nos parecía tan de locos; al día siguiente, cuando nos vimos, lloramos a grito abierto y pensamos que el luto se iba a cerrar ahí, que iba a ser como cuando se te muere un familiar; pero la Güerita no se nos murió como los familiares, a ella la mató un cabrón sin alma. Este duelo iba a ser diferente: pasamos de la confusión al dolor, del dolor a un miedo que nos tuvo como intrincadas en el shock[Cristina Rivera Garza (2011) escribe “Maleable, el miedo alerta ante el peligro, en efecto, pero sentido por mucho tiempo, también adormece. Paraliza.”]; de ahí a la rabia, el ardor de tripa que sentimos ahorita.

No sabemos cómo sacar este coraje que sentimos al ver a Ignacio con su sonrisa o escuchar las carcajadas de sus amigos policías. Dicen que el caso sigue abierto, que no hay pruebas ni línea de investigación clara, ¿cómo chingados no? Sentimos que se nos vienen todos los jugos gástricos y nos irritan el esófago, ya no podemos ni comer a gusto porque nos da mucho asco todo: este mundo tan jodido lleno de impunidad que pudrió la carne de la Güera. 

Nos quedamos sin nuestra amiga, sin la alegría de nuestra venta diaria, con mucho miedo y un dolor en la boca del estómago. Les decía yo a las muchachas que a nosotras también nos habían despellejado. Nos dejaron expuestas y ellos nomás hacen que hacen por la Güera, pero en realidad, todo lo que hacen, lo hace por ellos [El pacto no escrito].

***

Dejo una pregunta al aire: ¿hasta qué punto el lenguaje limita nuestra percepción individual de una realidad colectiva?

Nombrar se ha convertido en un ejercicio necesario para romper una cadena de injusticias silenciosas. Ante el silencio, el grito colectivo: no fue un crimen pasional, fue un macho patriarcal, en la protesta y denuncia pública y feminicidio en el área legal. Pero, ¿qué significa esto término institucional? 

Marcela Lgarde (2008) define violencia feminicida como:

[…] la forma extrema de violencia de género contra las mujeres, producto de la violación de sus derechos humanos en los ámbitos público y privado, está conformada por el conjunto de conductas misóginas -maltrato y violencia física, psicológica, sexual, educativa, laboral, económica, patrimonial, familiar, comunitaria, institucional- que conllevan impunidad social y del Estado y, al colocar a las mujeres en riesgo de indefensión, pueden culminar en el homicidio o su tentativa, es decir en feminicidio, y en otras formas de muerte violenta de las niñas y las mujeres: por accidentes, suicidios y muertes evitables derivadas de, la inseguridad, la desatención y la exclusión del desarrollo y la democracia. (Lagarde, 2008)

Lucía Melgar incluye, dentro de la tipificación, a los asesinatos perpetrados hacia las mujeres por el solo hecho de ser mujeres, precedidos de tortura, mutilación y que conllevan posvictimización. Esta posvictimización se materializa en la exposición del cuerpo violentado en medios de comunicación, en el escrutinio público y el cuestionamiento que se ejerce en un intento desesperado y frustrante por encontrarle una explicación racional a un acto tan atroz. Resultado de la exhaustiva investigación en la vida personal de la mujer, terminamos revictimizándola y el feminicida termina con una serie de excusas.  

¿Hasta qué punto el lenguaje limita nuestra percepción individual de una realidad colectiva? Lo que le pasó a la Güera, y lo que le pasa a 10 u 11 mujeres cada 24 horas en México, debe ser tipificado como feminicidio, esto no es una hipérbole de la violencia ejercida en el asesinato. Pero, ¿cómo  les explicamos a quienes nos tachan de exageradas que el feminicidio sí existe? Una mujer [insertar cualquier adverbio de modo para describir un crimen tan violento] asesinada por un hombre que dice amarla/desearla/quererla es una realidad tan palpable como visible, la violencia ejercida sobre su cuerpo durante y después del asesinato, es, claramente, una hipérbole de la sociedad deshumanizada e indiferente¿cómo chingados no?. Tipificar a estos crímenes como feminicidios, en una sociedad que exige a la rabia un respaldo institucional, es una respuesta justa para combatir esta guerra.  

***

A nosotras nadie nos enseñó a gritar, se nos aprieta el pescuezo nomás de acordarnos de la mugrosa Güerita. Antes de todo esto, hace 55 días, cuando estaba viva, la calle parecía más grande y los días no eran estas uñas de gato que se nos entierran en los brazos y piernas. Claro que seguimos teniendo miedo, pero también estamos encabronadas con todos: con el pinche Ignacio, que anda tan liviano sin importar toda la piel que le arrancó a nuestra Güera; con los cabrones de la Procuraduría, porque no nos hacen caso y ellos son de los primeros eslabones de esta cadena tan oxidada que es el sistema; con el mundo gangrenado en el que murió mi Güera querida que nos hizo creer que todas estas muertes eran normales, que no importa lo que pase, una se muere y no la matan.

Dios te tenga en su santa gloria, Güerita, y me la imagino a ella con su piel calientita, recubriendo su cuerpo alto y medio robusto, su rostro entero y duro. Quiero arrancarme el cuero viejo que es mi piel y ponérselo a ella, para que se cobije los músculos. Dios te guarde en un riconcito en el que nadie te vaya a volver a ser daño, Güera 

[La Güerita pudo haber existido, con su piel aperlada, su cara de expresión áspera y piel aterciopelada. El frente frío número 51 llegó y Güera ya no lo habría podido sentir. Si todo fuera cierto, y el Ignacio en verdad asesinó a la mujer con una violencia impresionante, estamos seguras de que sigue barriendo las calles con sus pies y alma bien livianos. Las cifras no mienten: según Animal Político, en nuestro país sólo tres de cada cien asesinatos de mujeres son esclarecidos y sólo el 3.2% se recibe condena por feminicidio. Faltan aún tres frentes fríos, o tal vez menos, no importa, la Güera y otras miles de mujeres ya no los van a sentir. Por mientras hay que dejar que las amigas de la Güera, si es que existió, la lloren a gusto: con su ardor de tripa bien vivo, con su digna rabia erizándonos la piel].


Dalila R. Tienda

(1999) Estudiante de la Licenciatura en Letras Españolas. Piensa a la escritura como un ejercicio de rebeldía y a la literatura como una protesta más en contra de la realidad y las narrativas impuestas. Existe por las mujeres que la preceden y, al escuchar sus historias, va construyendo su cuerpo colectivo.