Relato de Dante

por Cecilia Esperón

En Guerrero hay un lugar llamado Taxco, me dijeron que allí podía encontrar a Alexis, un buen café y plata.


En la calle Palma Real (cerca del zócalo) hay una galería de fotografías, fotografías
a blanco y negro, el lugar se llama Chac’s. En la entrada hay varios panfletos, unos son de una lavandería y otros promocionan el concierto de los imitarlos de The Beatles. Veo a varios arquetipos dentro del establecimiento y sueño en terminar como el viejo que mira detenidamente una foto de un kiosko de la Ciudad de México.

Sale del sanitario un hombre, no es alto, pero sí moreno y tiene la oreja perforada. Después de unos segundos logra reconocerme y regreso a cuando aún no éramos legales pasando el rato en las calles de Coyoacán.
— Tengo dos perros — es lo único que me dice antes de darme una sonrisa —, y
sigo en contacto con Daniela.


A las 21:34 estamos tomando algo en un café cerca de su galería, lo importante era
ponernos al día respecto a nuestras vidas. Me cuenta que después de Xochimilco estuvo en letras hispánicas y un tiempo dio clases en la misma aula donde escuchó relatos del sesenta y ocho. Cuando cumplió los treinta y dos llegó a Taxco, resultó ser que no fue fácil desacostumbrarse a la capital, a veces la extraña, sin embargo este territorio es parte de otro bloque de su vida.

— La galería tiene tres años abierta y los extranjeros son quienes más me han
comprado, he notado que tengo clientes frecuentes que sólo van a ver las fotos sin adquirir alguna. Eso no me molesta, es gratificante ver sus caras cuando están apreciando mi trabajo — se queda callado por un momento — creo que dentro de mí siempre supe que no me casaría, como sea Nala y Bota me hacen muy feliz. Tengo una casa no muy lejos de la galería y de predial no me cobran mucho, lo único que cambiaría es mi nave, ya estoy harto de esa carcacha. Aunque no sé porqué me quejo, es cierto que prefiero viajar y dar enganche para un auto nuevo me limitaría en cierto sentido.


— Siempre supe que eras más que un cigarro en la mano —. Cuando terminamos
dejo la propina y comenzamos a caminar hacia Chac’s; espero afuera mientras saca un
álbum fotográfico para verlo en su casa.

Recuerdos de una adolescencia citadina nos invaden, no hablamos, sólo contemplamos y bebemos un poco de mezcal que él había comprado el día anterior. Tengo la intención de comprar el cuadro que tanto admiraba la recepcionista de la galería, por suerte quedamos en jugar viuda negra: para evocar viejas glorias. Podría reconstruir esa foto en cualquier momento: un viernes en la tarde, música, la baraja inglesa, un jarro de agua de horchata, comida y fumando hasta tarde. Sé que él tampoco ha olvidado lo que vivimos cuando éramos jóvenes.

Regreso al hotel pensando por un momento que esto no era Guerrero, sino el
empedrado de Coyoacán.




Cecilia Esperón

(Ciudad de México, 1998) Estudiante de Literatura Intercultural en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, campus Morelia, de la UNAM.

En el cuerpo de un gato

por Margarita Dager-Uscocovich

La noche era perfecta, corría una ligera brisa y Anastasia estaba colocando el pequeño sombrero de brujo a Mortimer. Yo la dirigía hacia las calabazas talladas con imágenes sonrientes para tomarles la foto del recuerdo, la que en los últimos tres los años desde que Mortimer llegó a casa solían tomarse juntos. Anastasia seguía hablando y acicalando a su compañero de travesuras. Mortimer era hermoso, su pelaje brillante y oscuro conjuntamente con aquellos ojos amarillos que parecían abarcar de una mirada todo lo que lo rodeaba me provocaba curiosidad casi obscena. Su mirada hablaba y sus gestos se asemejaban a los de un humano. Tenía la costumbre de besarnos en la mañana, sus cariños no eran los típicos lamidos de un gato hacia su dueño, no, por el contrario, sus labios húmedos se pegaban a los nuestros y con su pata nos acariciaba los cabellos mientras se balanceaba sobre las mullidas almohadas. Él no bebía su leche del tazón en el piso, por el contrario, desde el día que arribó a casa impuso sus propias reglas. Subía a la silla, con su cuerpo alargado apoyaba las patas delanteras en el cuenco deleitándose con la leche tibia. Lo mismo ocurría a la hora de la cena, sus modales eran impecables para ser solo un felino. Cuando Anastasia leía o hacia sus tareas de matemáticas, las cuales le daban un poco más de problema, nuestra mascota gatuna la guiaba de una forma incomprensible para mí, empujando sus patas hasta las respuestas y jugando con los lapiceros y borradores de goma hasta lograr que mi hija encontrara la respuesta correcta. Empecé a pensar que yo estaba demente. 

Con el transcurrir de los días fui observando sus movimientos y su forma tan celosa de resguardar el que ahora era su hogar. En las madrugadas se desvelaba encendiendo la luz de la sala de un salto contra la pared para luego ir acomodándose al lado del último libro que yo dejaba a medio leer.−Increíble, me decía−; no lo hemos entrenado para eso. Noté el detalle de la bombilla encendida con más frecuencia cuando al levantarme al baño el destello se reflejaba en la pared del foyer.  A veces me quedaba parada observando cómo sus ojos seguían la lectura de los libros, como si en realidad pudiera leer, su cola se meneaba en signo de aprobación sobre las páginas, su rostro felino y sus orejas puntiagudas se dirigían hacia mí en señal de reproche por la interrupción. Sus ojos me recordaban tanto a los de Lucas, aquel esposo que había desaparecido en uno de las confrontaciones militares americanas en Karachi.

−Mortimer, ¿que haces aquí? −vamos, cariño, es hora de dormir. 

Esa era la frase que empleaba para no alterarlo. En ocasiones su cambio de humor no era propio de una mascota y solía ausentarse desapareciendo dos o tres días, pero luego, lo encontraba hecho un ovillo en la entrada principal, hambriento, con algunos rasguños y restos de sangre que asumí era de animales. 

Esa noche de Halloween les tomé la foto del recuerdo y los dos salieron en busca de caramelos mientras yo recibía a los pequeños del vecindario haciendo gala de mi sombrero de bruja con la famosa frase Trick or Treat.  La noche transcurrió sin contratiempos, cenamos juntos los tres y cada uno llevó a cabo su rutina antes de dormir. El cepillado de dientes para Anastasia, el lavado de la loza para mí y el descanso hasta la madrugada para Mortimer, no sin antes despedirse con ese beso húmedo con olor a leche tibia, el olor dulce y fresco del lácteo entero que a él tanto le placía llevarse al estómago.

La rutina de ir al baño no me daba descanso, una madrugada al azar escuché un sonido poco habitual, era como un gruñido un tanto ligero, casi silencioso pero en el que existía dolor. Me asomé despacio por la escalera y la luz de la sala se reflejaba en la pared frente a mí, supe en ese momento que Mortimer estaría haciendo de las suyas con mis libros. Pensé hacia mis adentros que pude haber escuchado mal y volví a la habitación sin darme cuenta que algo se cocía a mi alrededor. En el día de los difuntos, antes de salir a misa, vi Anastasia correr detrás de Mortimer quien a su vez se escabullía entre las matas del patio, atravesándolas como alma que lleva el diablo con dirección al lago. Anastasia corrió y yo corrí detrás de ellos. El pelaje frondoso y atezado de nuestro gato se perdía entre el follaje verde del bosque y otra vez los gruñidos con tintes de dolor se hicieron presente, volviéndose espectrales y envolventes. Lo buscamos por horas. La tarde cedió ante la noche y luego, por primera vez, el gélido nocturno hizo mella en nosotros obligándonos a abandonar a nuestra mascota en lo sombrío del anochecer.  En los días siguientes nos dedicamos a pegar volantes en los barrios continuos y en los refugios sin suerte de que apareciera. Sin embargo, una de las madrugadas escuché el aullido de un animal adolorido, no sonaba como el de los lobos en la noche de luna llena, sino más bien como un niño que se lamenta porque le han arrebatado un dulce. El lamento era continuo y cansón.  La piel se me erizó, mi intuición me decía que era nuestro Mortimer, el palpitar de mi corazón me indicaba que no estaba perdido, sino que en ese sonido inarticulado, la pena o la rabia lo mantenían lejos. Por primera vez sentí miedo de la noche y corrí a meterme en mi cama. Pasaron muchos días, sin saber de Mortimer, la casa se tornó vacía y la rutina diaria, monótona. Los ojos grandes de mirada fija de nuestra mascota ya no se reflejaban en las mañanas con sus besos ni sus patas acariciándome el cabello. Un sabor a desilusión se había quedado en nosotras como cuando dieron por desaparecido a Lucas, mi esposo.

Otro suceso siniestro empezó a rondarnos. A fin de mes, mi vecino fue encontrado muerto frente al lago que rodeaba el vecindario: su cuerpo tenía rasguños profundos y estaba cubierto de pústulas y gusanos. El acontecimiento incrementó mi zozobra, ya que relacioné el fallecimiento con los lamentos de pena que se dejaron escuchar la noche antes del deceso, estos si eran gemidos salvajes, más bien aullidos de un animal feroz. Me asusté porque recordé que en la noche del último gemido en el bosque, las veladoras de mi habitación que ardían con su llama apaciguada se apagaron, un olor nauseabundo y penetrante a sangre invadió el ambiente y después todo se quedó en silencio pero la sensación de atraer con mis pensamientos a los muertos o a los fantasmas se apoderó de mí.  

 Al día siguiente de esto, sonó el timbre, pensé que era la policía que continuaba sus investigaciones, sin embargo a quien vi fue a Lucas, rasmillado, andrajoso y casi desnudo. Su cuerpo moreno brillaba y sus ojos amarillos seguían transmitiendo calma y felicidad aunque los signos de confusión eran palpables. Lo abracé, grité el nombre de Anastasia y ella bajó los escalones de dos en dos. En nuestros rostros se dibujó la alegría. No hubo tiempo para preguntas, Lucas, el amante esposo y padre desaparecido, estaba con nosotros. Mis ojos no daban crédito, pero la verdad era que lo había extrañado muchísimo por demasiado tiempo.

Cuando fuimos a dormir y Lucas miró la cama de refilón, yo supe lo que deseaba. Puso su cabeza en mi cuello, me olisqueó tratando de impregnar su olfato de mi loción de noche, su respiración tenía el sonido de un ronroneo agitado, mientras más cerca estaba yo, el sonido se volvía un gruñido sensual. Hizo el ademán de besarme y fue exactamente ahí, cuando su aliento me olió leche tibia. Inmediatamente la imagen de Mortimer me invistió. Lucas adivinó mis pensamientos, me miró y dijo: −Yo asesiné a tu vecino, lo quise matar desde el primer día porque supe de sus malas intenciones. Vendí mi alma para volver a ustedes, me quemé en la hoguera del infierno. Tenía que volver de alguna manera. Debo retornar como Mortimer mañana, mi paga por estar aquí, es tener que matar una vez a la semana─ Cuando pronunció esta frase, las velas que ardían en el dormitorio tranquilizando con sus olores a hierbas aromáticas la estancia, se apagaron, y el aroma a brisa marina, a tierra mojada y a fuego, indicaron que tendríamos los tres que sujetarnos a cambios radicales. Después de esto, un –Bienvenido a casa─ salió de mi boca y, la noche nos cubrió con luces mortecinas.




Margarita Dager-Uscocovich

(Guayaquil, Ecuador, 1967) Autora de la novela corta NO ES TIEMPO DE MORIR que ha sido acreedora en su primer año de vida a dos premios en Estados Unidos como mejor novela de ficción en español y mención honorífica por los ILBA 2019 como mejor novela de aventura y drama. Sus poemas, relatos cortos y micro relatos forman parte de antologías publicadas en España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos de América y Berlín, Alemania. La nostalgia hacia su cultura y el valor de sus tradiciones, se dibujan en varios de sus relatos cuyo eje principal es la mujer. Actualmente sus artículos de opinión se leen en el periódico La Nación
Ec. Escribe sugerencias, entrevistas y reseñas literarias en la columna mensual
de la Revista Latina Nc. Asimismo colabora con la revista La Nota Latina de la ciudad de Miami con sus artículos de viaje. Para esta escritora, el escribir en
español es un acto sagrado, sin embargo, en la actualidad ella considera que hacerlo es más bien un acto de valentía.

Amanece en el Valle Sagrado

por Susana Argueta




Susana Argueta

Poeta, cuentista, escritora, conferencista, fotógrafa. Dedicada a la labor docente, inicia una intensa actividad literaria desde el 2015; a la fecha, ha sido incluida en más de 30 antologías impresas y digitales en México y otros países. En 2018 publica su primer poemario: Ojalá. Es autora de libros de texto para secundaria. Es colaboradora de la Revista Literaria Hojas Sueltas de Otoño desde
2017, miembro activo del Grupo Cultural Occeg y la Comunidad Literaria Poesía en Órbita , así como coordinadora editorial de la Asociación Nacional de Profesores de Matemáticas. Participa de manera activa en encuentros nacionales e internacionales, coloquios y lecturas de poesía. Coordina, compila y edita publicaciones impresas para el proyecto Ni una lengua más extinta, así como narraciones orales para la Biblioteca de las
Grandes Naciones del País Vasco. Coordina y conduce el programa Letroscopía de difusión cultural y literaria para la plataforma digital de Dgest Media. Ha coordinado actividades y eventos en distintas sedes y medios de comunicación virtual para el Festival Internacional Palabra por el
Mundo y el World Festival of Poetry. Actualmente, cursa el Diplomado de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de México.

Las mujeres contra los estereotipos y roles de género

por Magdalena Vidales

Todavía hace falta recorrer un arduo camino para poder llegar a erradicar los roles y estereotipos asignados al género; sin ellos, la inclusión de la mujer en todo ámbito no requeriría tanta obstrucción por parte de la sociedad. 

En el presente trabajo pretendo generar conciencia sobre la reproducción de los roles de género basándome en las mujeres y que no tiene por qué existir un tabú al no ejercerlos, en segundo lugar es la violencia género que se da cuando los roles y estereotipos incumplen su “función” en el sexo asignado que es impuesto desde el nacimiento y se reproduce toda nuestra vida. Tercer punto propongo una solución que consiste en generar un cambio en la estructura de nuestra sociedad con la inclusión de prácticas e ideologías que no le resten importancia y alcen la vista a la verdadera equidad de género.

La sociedad dominante de hoy es caracterizada por tener un sistema que ponen en práctica una división normalizada sobre los comportamientos y prejuicios que están implementados desde que nacemos por el sexo que nos tocó, es decir, son las características biológicas y físicas de algún ser que los hace ser diferenciados entre hombre y mujer, generados y condicionados socialmente por el género. De lo anterior se podrá rescatar la parte central que es el “Género, en este contexto, significa el rol social construido a partir de las diferencias sexuales. Obviamente, hay dos géneros: el masculino y el femenino” (Sanmartín, 2006, p.12).

El género sólo plantea: uno u otro (binario) pero nunca ambos o ninguno, esto es un problema porque es un impedimento para poder decidir libremente lo que a uno le agrada o no, lo que uno quiere o no, lo que uno es o no; con eso me refiero a los roles que son dictaminados desde pequeños hasta las personas de la tercera edad al condicionar y generar prejuicios sobre el género, como ejemplo que las mujeres deban solo portar y elegir el color rosa y no el azul porque este último es de niños, al igual pasa con el deporte del fútbol que es encasillado por lo mismo, vestir con falta y no tan corta porque te encasillan de “fácil” o porque corren peligro al “provocar” al sexo opuesto, no decir tu punto de vista porque no estás lo suficientemente preparada para dar una opinión, tener el cabello largo porque es un símbolo estereotipado de belleza y cuando lo cortas automáticamente creen que tu orientación sexual ha cambiado y no es porque sea malo sólo que no encaja con nuestra sociedad binaria, al elegir una ingeniería o alguna otra licenciatura a fin te tachan de que no eres apta y tus capacidades no son suficientes para llegar a entenderla, a que no pueden gustarte los carros de juguete porque no debes jugar y parecer niño, a jugar a la comidita para prepararlas por si llegan a concebir matrimonio y ay de la mujer que quiera salir de ello porque será criticada y mal vista por todos, que tenga que servir la comida cuando el marido llega a la hora que él quiera, solamente porque son mujeres y les tiene que gustar; que las tomen de inferiores sólo por el hecho de que muestran sus emociones y creen que están dominadas únicamente por ellas. También los hombres son condenados por estos y que son prácticamente viceversos a los de las mujeres, la gran diferencia reside en cómo se concibe la masculinidad y la feminidad: 

Se dice que lo racional es opuesto a lo emocional, por lo tanto hay una jerarquía, lo racional es superior y lo emocional es inferior. Esa jerarquía se sexualiza, lo racional es propio de los varones, lo emocional propio de las mujeres. Si un varón tomará la decisión de abandonar el estereotipo, asumiría una cualidad que está socialmente degradada. Mientras que cuando una mujer decide abandonar el estereotipo, adquiere una cualidad considerada masculina y superior.  Por esto parece más fácil para las mujeres que para los varones abandonar estereotipos patriarcales (Maffía, 2005, p. 11)

Ahora bien, ¿qué sucede cuándo una persona sale de su rol y estereotipos de género?, las posibilidades más minuciosas son la crítica y el rechazo de la sociedad que se traduce como discriminación, por otra parte y en un nivel más extremo se encuentra la violencia de género “Es la violencia que se perpetra contra alguien porque se considera que se ha separado del papel (no cumple la función) que tradicionalmente le corresponde” (Sanmartín, 2006, p.12). Elegí un ejemplo que consiste en cuando una mujer sale del patrón empieza una serie de prejuicios asociados con su orientación sexual. La sociedad empieza con una serie de prejuicios a tal grado de llamar a una mujer “machorra” por tener características que han sido impuestas a los niños y no deberían tener las niñas, es decir, se recibe doble discriminación que puede convertirse después en violencia, primero por no ser heterosexual y la otra por reproducir particularidades del rol del género opuesto. Con esto podemos ser conscientes de los prejuicios de la sociedad que impone y reproduce, y que también viola nuestra libertad para poder fomentar diversas habilidades que son necesarias para nuestro desarrollo que sólo pueden ser enseñadas y realizadas por el sexo opuesto. 

El punto importante es que se ha visibilizado, ya no es algo que se ve normal sino que ya es analizado desde un punto de vista equitativo e igualitario y que esto ha sido una propuesta que ha salido de nuestras compañeras feministas que hasta el día de hoy han luchado para obtener logros  “Entonces, cuando digo feminista no digo mujer, ni lesbiana, ni género, digo acto de potencia creativa de los cuerpos para deshacer y rehacer las normas que nos gobiernan” (Flores, 2018, p.47), y que aún falta poder llegar a completarlo pero eso ya sería trabajo de todas y todos nosotros para así llegar a desarrollar nuestras habilidades y nuestro ser al máximo, sin miedo, sin pena, sin discriminación, sin clasificación, sin nada que nos detenga. Siendo solamente lo que nos nace ser. 

La propuesta que ha sido lanzada es: a lo no binario y que sea aplicado en todo ámbito, empezando por la familia, siguiendo la escuela, instituciones públicas, en la estructura y las instituciones (de acuerdo con la antropología) etc. “El género anclado al sexo entrega sólo dos alternativas identitarias, sin embargo, se está abriendo el espacio a lo no binario” (Cabello, 2018, p.34). Ya que se llegó a detectar el problema podríamos resolverlo de esta forma, pero es necesario reeducar a la población implementando una política e ir aplicándola al pensar y el uso en las nuevas generaciones. 

Por poner un ejemplo. (Cabello, 2018) se refiere a que el uso del uniforme escolar es una crítica política porque este es binario, es decir, solamente existen dos géneros en una primera vista. Se da mucho entre kinder, primaria y secundaria, en la educación media superior (ya depende de la institución), sin embargo, no tendría que existir una diferencia porque en sí, no representa una función esencial para el desarrollo de las capacidades de los niños y adolescentes al contrario al dejar de implementarlo desarrollamos un ambiente de equidad e igualdad, deberían aplicar lo que el refrán popular mexicano menciona: “o todos coludos, o todos rabones”, es decir, que nadie se encuentre en una situación en desventaja o con ventaja sino que todos parejos, a todos por igual. Esto es aplicable a los roles y estereotipos de género porque su naturaleza es binaria. 

A modo de conclusión:

Es momento de recobrar fuerzas e impulsar a las nuevas generaciones para recibir una mejor educación sobre la expresión de sus cuerpos, a los jóvenes que están construyendo el futuro que tengan más resistencia y mientras la tengan innoven las estrategias para poder llegar a consagrar una sociedad equitativa e igualitaria donde existan estereotipos y roles pero no adjudicados al género, donde no estemos condicionados a elegir algo porque así nos han enseñado, que logremos ser libres de expresar lo que queremos, lo que nos identifica al ser como somos sin estar condicionados y se reproduzca de generación en generación; donde la mujer no sea el primer referente de violencia sólo por el simple hecho de haber nacido mujer, dónde no sea víctima de discriminación, que no sea marcada como inferior, que pueda tener libertad de hacer con su cuerpo lo que ella crea que es mejor, que sea su elección no la de los demás. También implica dejar de reproducir el sexismo y dentro de él, el binarismo, debería ser erradicado porque no aporta nada, al contrario sólo representa un impedimento para el desarrollo de habilidades que son adjudicadas a uno u otro género, pero, nunca a ambos. Si los roles y estereotipos de género fueran erradicados existiría un mejor progreso en el país y en ser humano como ente individual desarrollaría aún más sus capacidades y esto sería un beneficio colectivo. 

El feminismo como movimiento social no se trata únicamente de las mujeres, va más allá, es un movimiento que a lo largo de los años ha analizado la situación de inferioridad y las construcciones sociales que primeramente trataron sobre la mujer, pero que hoy en día de trata de todas y todos, de buscar una libertad para hacer elecciones y no sólo por construcciones sociales, denunciar la injusticia que se está encubriendo y sobre todo lograr un cambio de raíz que como sabemos algunas veces puede parecer una utopía pero que no es imposible lograrlo y que puede mostrar resultados ya que somos el producto de su lucha y somos lo tangible de lo que han logrado visibilizar.

Fuentes consultadas:

Cabello, Cristeva. (2018). Educación no sexista y binarismo de género. Agitaciones feministas y disidencias sexuales secundarias en la escuela. Zerán, F. (Eds.), Mayo feminista. La rebelión contra el patriarcado.(pp. 21-34). Argentina: LOM. 

Centro de Escritura Javeriano. (2018). Normas APA, sexta edición.                                                                                                                                                                   Cali, Colombia: Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali. 

Flores, Valeria. (2018). Febriles alquimias del cuerpo. Una poética excrementicia. PLÉYADE revista  humanidades y ciencias sociales. No. (22), 45-66. 

Maffía, Diana. (2005). El Contrato Moral. En Carrió, E. y Maffía, D. (Eds.), Búsquedas de sentido para una nueva Política. Buenos Aires: Paidós. 

Sanmartín, José. (2006). ¿Qué es esa cosa llamada violencia?. En suplemento del boletín Diario de campo, No. (40), p. 11. 




Magdalena Vidales Sánchez

«Soy Magdalena Vidales Sánchez estudiante de la licenciatura de antropología social en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, desde muy pequeña he asistido a movimientos sociales de la CNTE, lo que forjo en mi conciencia y empatía. Por lo que ahora he decidido utilizarlas para externar con ayuda de la escritura lo que nos guardamos, para abrirle los ojos a alguien más, a fin de que podamos mejorar.»

Amanecer

por Yutsil Aguilar

Hundió una vez más la planta del pie en la arena y la humedad de ésta le entró como un calambre por toda la pierna, le gustaba sentir entre sus dedos los casi imperceptibles gránulos, la resistencia que presentaba el intentar hacerse paso entre ellos le provocaba una pequeña ansiedad excitante. Un viento helado la distrajo de su tarea y la hizo voltear, el cielo empezaba a perder esa oscura profundidad que lo hacía confundirse con el mar, era algo muy tenue pero a lo lejos ya empezaba a verse la línea divisora que los hacía distinguirse. 

Tomó el pareo que había dejado en el camastro de al lado y lo acomodó en su espalda en un intento de protegerse del viento, como si la tela negra casi transparente no dejara atravesar el frío de noviembre. “Deben de ser casi las 5”, pensó mientras acomodaba su larga cabellera castaña y la dejaba caer sobre su espalda, sintió entonces el roce del pelo como un cosquilleo e intento cubrir lo más que pudo de su cuerpo cruzando sus manos en una especie de abrazo, mientras lo hacía iba sintiendo con incomodidad su piel bajo el traje de baño negro, abultada y sin firmeza. La sal en sus piernas le picaba cada vez más, hacía ya unas horas se había secado el agua del mar que había obtenido como resultado de su caminata nocturna y ahora se había convertido en una molestia, pero no se podía mover de ahí, no se atrevía a regresar a la habitación del hotel. La mirada se le perdía en el vaivén de las olas azotando con fuerza, veía el mar atenta como si quisiera robar algo de él, un poco de ese impulso de vida que posibilita el choque, para empezar de nuevo o decidirse a terminar con todo.

Fue en ese momento que los observó a lo lejos, como figuras desdibujadas moviéndose entre la arena, se podría decir más bien que los escuchó antes que verlos, el sonido de las risas y el tarareo de una canción incomprensible la hicieron voltear. Primero pensó que se trataba de recolectores de basura que iban a preparar la playa para el día siguiente, pero conforme se fueron acercando pudo observar que los tres vestían de traje. Dos de ellos iban de negro, apoyándose uno sobre el otro, apenas podían caminar con un balanceo torpe resultado de una noche de alcohol, debían de estar entrando a los 20 años, el tercer muchacho usaba un traje gris y camisa blanca, traía los zapatos en la mano y caminaba de frente como guiando a sus compañeros y sin embargo no levantaba la mirada del piso. Ella intentó prestarle atención a este último pero el viento impedía que incluso si hubiera habido más luz se le viera el rostro, ya que su cabello se movía a los lados cubriéndolo. 

Al verlos acerarse más volteó la mirada hacia el mar, aun a sus 60 años le costaba la confrontación con las personas en situaciones inesperadas, prefería no encontrarse en ese instante donde el otro se sabe mirado y tiene que reaccionar. El mar parecía tranquilo y sin embargo no dejaba de rugir y eso la tranquilizaba, la armonía entre pasividad y fuerza que se hace presente en cada rompimiento de olas. 

-¿Me regalas un beso?- fue la frase que la mujer creyó escuchar, volteó la mirada y encontró al joven de cabello largo sentado en el camastro de al lado, no la veía, tenía los ojos perdidos en el agua, su piel morena casi infantil mostraba el cansancio de una vida vivida con más años de los que él podía tener.

-¿Dijiste algo? -preguntó la mujer turbada, él no contestó y ella instintivamente se giró para descubrir que ya se asomaban en el cielo los primeros signos de claridad.

Los otros dos jóvenes yacían recostados en la arena abrazados a sólo unos pasos, contemplando con detenimiento la noche, esa noche que ya habían consumido. Ella los miró sin curiosidad, más bien con algo de añoranza del tiempo de juventud que sólo parece inagotable cuando se tiene.

-Te pregunto si te importaría regalarme un beso- dijo nuevamente el joven, esta vez con voz firme. Sintió entonces por primera vez los ojos de él postrados sobre ella, por un segundo temió voltear, quiso contestarle algo pero a sus labios no llegaron las palabras, hacía tiempo que sentía que nada de lo que pudiera decir realmente representaba lo que estaba pensando y prefería el silencio, pasaron unos segundos más sin moverse y al final optó por mirarlo. Sus ojos se encontraron  por primera vez, él movió su cuerpo para estar frente a ella y un temor la inundó, él era dueño de una belleza innegable pero eso era quizás lo menos interesante, su atractivo mayor descansaba en esa tristeza atravesada en su rostro. Sin aviso previo se inclinó sobre ella y con delicadeza se acercó, por un segundo ella sintió pena de su edad mas la profundidad de los ojos del joven le quitaron de tajo ese sentimiento, esto no se trataba de eso. 

Se miraron por un momento, la respiración cálida de él en su rostro la ruborizó y sus labios se posaron en los de ella de forma firme pero buscando consentimiento. Ella reaccionó a él más bien por reflejo, lo primero que notó es que tenía un sabor amargo a cigarro y a noche, sin embargo poco a poco pudo probar algo más allá, su saliva y la interacción con su lengua la llevaron a percibir un sabor a fruta verde que apenas empieza a mostrar sus primeros azúcares, su cuerpo latía en la inmovilidad, parecía estar despertando frente a él. 

Cuando el beso llegó a su fin él delicadamente se alejó sin dejar de mirarla, no sonrieron pero encontraron en ese instante un agradecimiento y complicidad que no requería palabras. 

El sonido de una conversación incipiente les hizo voltear, los jóvenes de traje negro se habían vuelto a poner de pie e intentaban inútilmente sacudirse el arena mientras continuaban su camino, pronto la mujer pudo ver como se les unía el tercero y en unos minutos ya eran solamente unas sombras perdiéndose en la lejanía de un amanecer que se hacìa presente.

Ella movió los brazos y comenzó a sentir en su cuerpo recorrer una vida que creía ya no habitaba, sintió como propia la piel que recorrían las yemas de sus dedos y con una calma extasiada respiró profundo hasta llenar sus pulmones, se levantó de su asiento con firmeza y con una resolución que apenas minutos antes parecía inalcanzable, caminó hacia su habitación dándole la espalda al mar.




Yutsil Aguilar

«Mi padre me nombró Yutsil el 08 de mayo de 1985, el dìa en que nacì. Desde niña siempre me obsesionaron las palabras, quizás el gusto por ellas me vino al escuchar a mis padres explicar de maneras diversas el significado de mi nombre, no era uno, sino podìa ser tantos y cada etapa de mi vida vino acompañada de un llamarme distinto. Con ese amor por las letras llegò pronto tambièn la curiosidad por las historias y debido a esto estudié la licenciatura en Lenguas modernas en la Universidad Autònoma de Querètaro y al terminar cursè la maestrìa en Literatura contemporànea de Mèxico y Amèrica latina en la misma universidad. La escritura me llega ahora como una curiosidad por explorar, una bùsqueda en esta etapa de mi vida que corresponde quizàs a una necesidad de construir mi propia narrativa, ser yo quien defina a la Yutsil que ahora me nombra.»

Pasó hace trece años

por Karla Barajas

Llamé a una de las amantes de mi ex esposo por teléfono, pretendía hacer con ella y con las otras chicas el acto de sororidad que nadie hizo conmigo. No me molestó que jurara desconocer que Alejandro tenía un hijo y esposa. Ella mentía, el degenerado se tomaba
fotografías mostrándose desnudo, a un lado de mi retrato y, se las mandaba.


Cuando me dijo: “pasó una vez hace 13 años”, me di cuenta que acordaron
hacerme creer que sus fornicadas ocurrieron antes del nacimiento de mi hijo y del divorcio de Ana. No la juzgo, era presa fácil para un hombre con síndrome de Casanova. Lo que me fastidió fue su risa burlona, seguido de un: “pasó hace tanto”.

Le colgué el teléfono sin decir más. Quizás Alejandro solamente le contagió lo mitómano y no el Virus de Inmunodeficiencia Humana.




Karla Gabriela Barajas Ramos

Publicó Valentina y su amigo pegacuandopuedes y La noche de los muertitos malvivientes (Editorial Imaginoteca, 2016), así como Neurosis de los bichos (Colección Minitauro, La Tinta del Silencio, 2017), Esta es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018) y Cuentos desde la Ceiba (Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019).

Can’t Help Falling in Love

por Frida Lima

El clima de la costa siempre parece ser un poco más frío; no es como en otros lugares, en donde las cosas son tranquilas y el frío seco siempre está presente. En la costa, cuando hace frío, siempre parece tomar a todos por sorpresa; las olas se agitan con fuerza y las ráfagas de aire atacan a todos; la arena pica los ojos y la humedad lastima.

Buscando un rincón en donde pudiera comenzar todo y sonreírle a la felicidad que me embargaba quise ir al único sitio en donde el viento me dejaría ver a la perfección lo que tenía enfrente, sin ataduras; dónde me acostumbraría a la fuerza con la que me golpearía en el rostro. Llegué a Las Escolleras, un gran camino de rocas apiladas y cemento que se adentraba un kilómetro en el mar, terminando en un círculo con un gran faro rojo que recibía majestuosos barcos de todas partes del mundo. Me encontré recargada en aquella parte del faro que daba la cara al mar abierto; las rocas que protegían esa parte eran mucho más grandes que todo mi cuerpo, pero parecían tan pequeñas a comparación con las olas que rompían contra ellas. Me produjo tanta tranquilidad verlas.

La sensual voz de Elvis Presley cantaba a mis oídos; los audífonos estaban al máximo y suspiré de placer. El aire salino inundaba mi nariz y yo sólo podía aspirar una y otra vez, con los ojos cerrados. La manera en que esa canción me llenaba era inexplicable, así que me mecí a su compás y sentí cómo todo mi corazón se estremeció de emoción y, cantando vagas frases, extendí una mano hacia el mar, siguiendo lo que la letra decía: “Take my hand, take my whole life too…”.

Para ese momento ya estaba calada hasta los huesos. Mi sudadera se encontraba húmeda, al igual que mis tenis y la parte baja de mis pantalones; un gorro era suficiente para proteger los audífonos. Pero esos detalles apenas y me importaron. Todo estaba bien si yo estaba bien, y la verdad era que estaba feliz; más feliz de lo que había estado en bastante tiempo. Más feliz de lo que podía recordar.

Al abrir los ojos y observar cómo el clima empeoraba ante mí y ver cómo las olas se iban volviendo cada vez más grandes y se rompían con una fuerza tremenda contra las rocas, llenando de agua todo el lugar, no pude sentir miedo. En cambio, sentí una inmensa tranquilidad. No estaba tan sola como parecía, Elvis me cantaba sólo a mí y con su música, simplemente parecía que todo a mi alrededor bailaba a su ritmo. Todo parecía hermoso. Mi corazón cada vez se hinchaba más, observando, observándolo todo. Era una gran danza; era un gran coro lo que se podía escuchar más allá de la potencia de los audífonos. 

En esos momentos, una gran ola se estrelló contra las rocas, inundándolo todo y cayendo sobre mí como si fuera lluvia, calándome hasta los huesos. Ya no había dónde ocultarse, ya nada me quedaba, además de esa paz que me invadía y esa felicidad silenciosa. El mar me cantaba, al igual que Elvis. Así que lentamente me alejé del faro y caminé en línea recta. 

En unos segundos, llegué al límite el círculo, en donde había una pequeña plataforma para que los turistas más aventurados se acercaran lo más posible al mar cuando el sol estaba en lo alto y las aguas tranquilas. Subí a ella, sin preocuparme mucho de que estuviera empapada. Me acerqué al límite y observé esa gran masa de agua brava que no tenía fin y pude contemplar cómo las olas tenían un compás pacífico más allá, en donde no rompían con nada. Me aventuré más, cada vez más cerca, pero nunca lo suficiente, no como quería. 

Debajo de la plataforma había más rocas, que algunas veces también solían recibir gente, pero nunca mucha, ya que las algas crecían sobre ellas dándoles un color verde oscuro que las hacía resbalosas y, por lo tanto, peligrosas. Antes de darme cuenta de lo que hacía, me quité los tenis y los calcetines rápidamente, lanzándolos detrás de mí, por lo que mis pies desnudos sintieron la fría y húmeda roca. 

Con grandes dificultades me pude aproximar cada vez más al océano; mis dedos trataban de aferrarse fuertemente a las verdes rocas, pero eran tan resbalosas que me hacían tambalear y avanzar con las rodillas inclinadas e incluso, apoyándome con las manos. Sin embargo, conseguí llegar a una grande, de forma circular por arriba y por fin, ya podía ver ese extenso lugar ante mis ojos. 

Sonreí, sonreí como nunca lo había hecho en toda mi vida y al ritmo de la canción, quise bailar como las olas. Quise estar en el mar. Es curioso cómo la espuma parecía festejar y cómo las olas rompían una y otra vez a mi espalda, cómo todo se inundaba detrás de mí, apresurándome, festejando. Y no, como decía la canción, no podía evitar enamorarme de todo eso.

Finalmente, el tan ansiado abrazo, llegó. Una gran ola me saludó de frente, más grande que las anteriores, más grande de lo que nunca había visto. Antes de que me golpeara, pude olerla y sentir cómo pequeñas gotas de agua me recibían. Y al faltar poco, sólo pude abrir los brazos y recibirla.

Ya en el mar, rodeada de oscuridad, pude sentir lo que nunca sentí. El océano me tragó completa y jugó con mi cuerpo una y otra vez, zarandeándolo a su voluntad, sin nunca soltarme, estrellándome contra las rocas a mi espalda. Giré y giré en un vórtice interminable, flotando, sintiendo cómo el aire abandonaba salvajemente mis pulmones y el agua los inundaba rápidamente, quemando todo a su paso. Intenté gritar, pero solo sentí como las burbujas salían disparadas de mi cuerpo y más agua entraba en mi interior. Ardía, quemaba. Dolía. Nunca sabré si mi cuerpo conservaría esa expresión de terror que me embargaba. 

Viré más y más hasta que sentí que algo golpeó contra mi cabeza y me dejé llevar. Abrí los ojos cuando ya me precipitaba al fondo lenta y tranquilamente, con los brazos, nuevamente abiertos, observé cómo las olas continuaban moviéndose de manera feroz justo arriba de mí. La luz que llegaba desde lo alto tornaba la oscuridad de un leve y triste verde. Uno de mis pensamientos fue que al final, sí había bailado con ellas.

Lo último que recuerdo es cómo la voz de Elvis se fue apagando poco a poco, distorsionándose, fallando, para nunca más volver a cantarme.




Frida Lima Castañeda

1998, Coatzacoalcos, Veracruz, México. Estudiante en Lengua y Literatura Hispánica en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaboradora en medios digitales como la Revista Literaria Monolito y publicada en la antología Hacia el abismo, de la editorial independiente Dioscuros en Monterrey, N. L., México. Participó en el Sexto Coloquio de Literatura Comparada y Cultura Asiática con la ponencia El gato que quería dominar el mundo en la FES Acatlán, UNAM y en una carpa temática en La Noche de las Estrellas 2019 con la lectura de “Pequeñas estrellas que caen del cielo”, un cuento de su autoría.

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