Luna Roja | Colaboraciones


Por Iliana Hernández Partida

Su mano temblorosa me acercó el vaso con agua de jamaica. No supe si rechazarlo, hacía mucho tiempo que me costaba aceptar algo que viniera de sus manos, las manos de una desconocida. Es mi madre ofreciéndome un vaso sin parpadear siquiera, con los ojos irritados por el clima ventoso y seco.

Vinieron a mi mente los llanos despoblados del primer barrio en el que vivimos en Tijuana, ese lugar de salto de mata en los setentas; nadie quería quedarse a vivir ahí, el sueño americano era la máxima y sólo gente conformista y miedosa decidía plantarse en esa tierra olvidada, una península con una reputación negra desde que los marines fueron a reventarse de alcohol y enfermedades venéreas en la zona de tolerancia.

Seguí con la mirada los dedos de mi madre sosteniendo ese vaso con el líquido rojizo, como sangre. Tal vez debía aceptar ese trago de apariencia sanguinolenta, que me parecía una confirmación de ella y yo unidas todavía por algún lazo descrito en nuestro ADN común.

Observé las manchas blancas de su brazo, el camino que las iba engrandeciendo hacia su cuello, como deltas albinos que inútilmente ella cubría con un maquillaje, siempre de color equivocado, demasiado anaranjado para su tono de piel extraño, desigual.

La mujer con su mirada puesta en la mía, una pequeña sonrisa hacia la hija que miraba a través de ella, soportando el pasado triste de las dos. La madre y su posibilidad de haber sido una cantante o bailarina se esfumaron por su tenacidad en celar el andar, el tiempo de su esposo. Supe que en sueños se despertaba a medianoche para preguntarle con quién soñaba y por qué escuchaba con insistencia esa canción de David Záizar: “Luna roja”.

Las dos, frente a frente, recorriendo nuestras historias paralelas. En silencio. Hace mucho que no puedo contarle como observo el mundo y a quienes conozco a través de la pantalla, ni le puedo decir que ese vaso con jamaica es de lo poco que nos queda por compartir. Este refugio en Tijuana, después de la destrucción de la ciudad, es ahora un hogar que en pocas horas no será nada. Como ella y su mente perdida, como yo que, al no ser reconocida por ella, me convertí también en un fantasma.


Sobre la autora

Iliana Hernández Partida es docente y perito traductora. Colaboradora del suplemento cultural Identidad y Palabra. Escribió los poemarios: Amoramar y la sed (Bitácora de Vuelos Ediciones, 2020), Opium (Pinos Alados Ediciones, 2021), Publicó el libro de cuentos La muerte de Xu Lizhi y otras tribulaciones (Editorial La Rumorosa, 2021). Ganadora del Premio Estatal de Literatura por Tempus fugit (ICBC, 2020) y de la Selección Anual para el Libro Universitario por Loreto, entre café colado y las palabras del desierto (UABC, 2021). Ganadora de la Colección Editorial de Cecut 2024 por el libro de poemas Bajo el ala de San Miguel Arcángel .

Publicado por Lizzie Vázquez

No ando en busca de estilo, sino de retos.

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