Por María Alvarado
Hace tanto que mi imagen no puede ser reflejada por el espejo, que baso mi arreglo en el recuerdo. Mi rostro no cambia con el tiempo;así que no poder verme, jamás ha sido un problema. En este momento, sé que tengo la posibilidad de morir de inanición. Inconcebible. Un vampiro chimuelo. ¿Habrase visto? No lo creo. Lo peor de todo es que yo me lo busqué. ¡Jódela! Enamorarme de un vegetariano. Estoy seguro que mi creador se dejaría secar al sol luego de esto. Ya que me dio por el vegetarianismo.
La soledad enloquece. ¿Qué puede hacer un inmortal en esta enorme esfera llamada Tierra? Creí haberlo probado todo, hasta que conocí a Juan: alto, fornido, fuerte, su piel suave, con esa textura de durazno, mirada profunda, ojos de color oscuro. Su torso desnudo que me hace pensar en una perfecta estatua de bronce. ¡Pásala a chingar! ¡Está tan bueno y tan grandote! Yo, estaba bañado en bloqueador, usando lentes muy oscuros, cubierto bajo un enorme tejabán contemplando la inmensidad del mar en esa bella playa de Acapulco;sin poderme mojar a pleno rayo de sol,gozando la imagen de ese hermoso espécimen que deleitaba la vista con su escultural figura.
¿Mujeres? Claro, las he probado, tantas por siglos. Sufrí por el contagio de diversas enfermedades, que para mí jamás serían mortales, pero el escozor genital resulta insoportable.
En tiempos recientes, he notado gustoso, que la aceptación a lo diferente se impone y no me parece malo probar.
Lo conquisté. Por la noche a la luz de la luna nos bañamos en el mar. Sí, me lo quiero comer, pero de otro modo. Le conté todo luego de varias citas. Sabe lo que soy. No lo acepta. Él es vegetariano. La sangre es parte del salvaje canibalismo que detesta. Me ama. Va a estar conmigo, hasta su muerte. No desea que lo convierta en inmortal. Él no bebería sangre, así su vida dependiera de ello. Siempre que estamos juntos procuro llegar bien lleno, para no sucumbir a mi apetito. Me ha dado un anillo, me pidió matrimonio. Esto ya es legal. ¡Wow! Luego de tantos siglos.
El amor nos obliga a cambiar y yo estoy enamorado. ¡Enamorado de verdad! Por eso, estoy así: sin colmillos, perderlos era la condición para estar juntos. Meto los dedos a mi boca y no, no hay colmillos. Soy un chimuelo hambriento por amor. Tengo hambre, mucha, tal vez mi amado Juan teme que succione su sangre una noche cualquiera. ¡No! Acepté la situación. Saciaré mi hambre bebiendo jugos de espinaca y betabel, son tan nutritivos como la sangre recién emanada de un cuello joven. Sí, de ahora en adelante amaré beber jugos.
Ambos de traje, nos dirigimos a un parque, ahí será la boda. Nocturna, claro está, no debo asolearme. Nos vemos muy bien juntos, aunque no haya fotos de nosotros en ningún momento importante. Tantos avances y no han creado una cámara que fotografíe seres sin alma.
Nos hemos casado, llegamos a nuestra nueva casa. Lo levanto en mis brazos, siento el latido de su yugular cerca de mi boca inocua y hambrienta. Ardo en deseo. Vamos directo a la cama. Un abrazo, un beso. La consumación del amor en una vida compartida. Entrega mutua. Aprovechamos sin pudor mi nueva cualidad descolmillada. He lamido ansioso toda su piel, he recorrido cada zona. Al hacer succión, el hambre que tengo me domina. Aprieto la boca. Succiono con fuerza, y como si esa parte de Juan fuera un enorme, grueso, firme, pero suave popote;sorbo agridulces tragos del néctar de su pasión. Muerto de hambre, como estoy, succiono con mayor fuerza hasta sentir el metálico sabor de la más deliciosa y espesa sangre que haya deleitado mi paladar por siglos.
Sobre la autora
María Alvarado. Iztapalapa, 1978. Radica en Ecatepec Estado de México. Es ama de casa, comerciante, cuentacuentos, escritora, poeta. Ha participado en diversas antologías virtuales y físicas. Nacionales e internacionales.
