La complicidad en soliloquio| Colaboraciones


Por Yamileth Calcines

Rosita sale a pasear con “Ella” como todas las tardes. Se sienta en un banco de un parque que por suerte está en la esquina de su casa; ya no puede caminar mucho, pero trata de dar ese paseo todos los días para no perder la costumbre y mantenerse en forma. “Ella” la acompaña desde hace más de 15 años, también ya anda a pasos más lentos, tiene muchos achaques.

Encuentran un banco vacío y lo ocupan inmediatamente, esa tarde el calor era sofocante y parecía que la ciudad entera había ido a sentarse a ese parque, lo que no importó, para que ambas mantuvieran la charla habitual.

—¿Recuerdas, querida, cuando comenzamos a rondar por estos parajes llenos de flores y lo verde del césped?, te gustaba juguetear sobre él a tu antojo. Todo se va desintegrando, así como nosotras.

»Yo te cuidaba con la mirada para que no te pasara nada, ¿sabes que eres mi amuleto?, sin ti no sé qué hubiera sido de mí.

»Cuando él se fue, sin esperarlo, pensé que no podría resistirme a la nostalgia. Es que fueron tantos años unidos, levantándonos y acostándonos cogidos de las manos, hasta que llegaste tú y compartiste nuestra complicidad.

»Aquel día cuando se puso malo, te noté inquieta, como preocupada y apartada por los rincones de la casa. Parecías una pitonisa, como si avizoraras un fatal desenlace. Nos llegaste a conocer de tal forma que eras nuestro reflejo.

»Mira aquel joven conversando con su novia —supongo, por el abrazo no puede ser otra cosa, ¿no crees?—, hasta ayer, como quien dice, era un niño que rompía zapatos correteando y saltando, a pesar de los gritos de la madre que lo regañaba a cada momento; es que no lo dejaba conversar con la amiga, pues venían al parque a eso, a contarse todos los chismes del barrio.

»Yo alcanzaba a oírlos y así me enteraba de las noticias de la cuadra: que si Esperanceja llegó a altas horas de la noche y entró por la ventana para que los padres no la sintieran; que si el marido de la otra no durmió en la casa; que si el cobrador de la luz pasó mucho tiempo en casa de la de arriba; que si al vecino más joven y guapo de la cuadra, lo dejó un auto de esos de turismo en la puerta de la casa y por ahí una pila de historias. »Aunque a mí no me gustan las habladurías, bueno, tú me conoces.

»¡Ay, mi dulce compañera, mira que la vida es bella! A pesar de los sinsabores y de que él ya no está en cuerpo, aunque sí en alma; tú eres testigo de mi lealtad, prometí guardarlo en cenizas, como está de moda, allá las tengo, encima de la cómoda, en un altar. Le pongo flores frescas cada día, mariposas, ¡cómo le gustaban por su perfume y su blancura!; decía que yo era su mariposa, ¡cuánto lo extraño!, por suerte me quedas tú.

»Dicen que en la medida que pasen los años habrá menos tráfico; sin embargo, cada vez es más difícil cruzar la avenida, tenemos que esperar. Ya no podemos hacer una carrera como antes. ¿Recuerdas que jugábamos a ver quién llegaba primero? A pesar de la juventud, ambas llegábamos a la meta, jadeantes y con las lenguas afuera.

Llegaron a la casa, Rosita abrió la puerta y dejó pasar a la otra que ya casi no veía y se notaba cansada.

— Recuéstate un rato, voy a preparar algo de comer. —Le dice la anciana.

Luego, cuando ya los albores de la noche se iban adentrando, dando paso a las sombras, se sentaron junto a la ventana; la anciana comenzó a cepillarle el cabello a su compañera, para mantenerlo brilloso. Al menos creía que eso ayudaba, ya se le estaba cayendo y tenía muchas canas al igual que ella, solo que lo tenía menos ralo.

La otra se dejaba con una docilidad cansada y perezosa, después con sus ojos fijos y suplicantes, le pedía que la rascara. Eso le recordaba a la anciana cuando su viejo le daba masajes de aquellos que le hacían compartir secretos en la intimidad.

—¿Recuerdas que nos mirabas sin entender? Yo no te permití nunca esos excesos. Hoy lo lamento de veras, porque no te dejé disfrutar de los placeres terrenales que son los mejores.

Debía de parar de rascarla, porque para “Ella” nunca era suficiente.

—Tengo que cortarte las uñas, mira qué largas las tienes y eso te molesta para caminar, pero será en otro momento. Vamos a ver la televisión, ven, siéntate aquí a mi lado.

La mujer observó la mirada de agradecimiento de su fiel “señorita de compañía” y no pudo rehusarse.

—¿Quieres subirte a mi regazo?, bueno, te dejo, pero no me hagas cosquillas con tus bigotes.


Sobre la autora

Yamilet Calcines, La Habana Cuba, abogada y escritora. Libros publicados poemario Justo al llegar tan lejos año 2019 Editorial Académica española, Entrega a Caronte año 2020 Ediciones Europa, Como balas de salva Editorial Zeta Centurias. Año 2023 A la hora del café y Yo me muero como viví Ediciones Laia, Soy esa mujer editorial Avant, Atajos libro de cuentos Editorial Warriors. Poemas y cuentos publicados en distintas antologías. Promotora cultural.

Publicado por Lizzie Vázquez

No ando en busca de estilo, sino de retos.

Deja una respuesta