Por Elizabeth Vázquez Pérez
Lizzie Vp
La memoria es un viaje diverso de aventuras donde coleccionamos momentos que se intensifican con energía cálida en el pecho para tatuarse en el lugar más recóndito del ser.
Desde mi infancia he guardando instantes a través de mis sentidos los cuales como álbum fotográfico personal se intensifican con el pasar del tiempo. Dependiendo la emoción es como unos son más preciados y otros se esconden en alguna parte de mi por alguna razón, quizá la memoria rebobina y escoge imágenes precisas para formar nuestra identidad.
Esa magia inicia a mis 8 años con un bonito viaje familiar entre una ola de alegría, tiempo reducido, arreglo personal y un intenso olor a desayuno que mamá preparaba para llevar con gran entusiasmo. Papá se arreglaba y tomaba café ,mi hermano y yo íbamos de un lado a otro con ese ruido habitual que alertaba a una apresurada salida pues iríamos a ver a los abuelos en un vehículo de novedad, el tren urbano que haría un recorrido de Puebla hacia el estado de Tlaxcala.
Empezando por subir al transporte suburbano despidiéndonos de mi tía Toya con un aire de nostalgia porque ella no viajaría (tenía cosas que hacer). El camino a la estación era conocido: pasar puente de México , Plaza San Pedro, la Fayuca, Central Camionera de Puebla(CAPU) , ultima parada cuchilla del Mercado Hidalgo. Al llegar del otro lado del boulevard había mucho movimiento : la gente intercambiaba sus miradas con vendedores del mercado ambulante, hombres y familias, unas escaleras me invitaban a llegar a la taquilla (usaba mis zapatos blancos de charol de pulsera que me apretaban por las calcetas) ,Papá pagaba las entradas con desesperación y alegría, Mamá nos tomaba de la mano mientras nos narraba el cuidado cariñoso que debíamos tener para no caer al subir y la expresión en nuestras caras era de inquietud por entrar y sentir.
De lado, el tren de pasajeros estacionado .Observé a detalle sus largos vagones azules, las vías de enormes rieles de acero y madera con grava brillante en su interior, hombres vestidos de azul marino manifestando autoridad estilo porfiriana, boletos con cartulina entintada, gente emocionada y un ruidoso silbido anunciando el inicio del recorrido.
Cuando al fin papá se reunió con nosotros subimos al vagón para encontrar nuestros asientos. Me topé con un olor a nuevo( similar al de una lonchera de plástico mezclada con el lunch) a pintura fresca, asientos de piel color marrón, enormes ventanales donde entraba la luz del día(mi lugar preferido), piso metálico con figuras geométricas, un predicador gritando una frase que he olvidado pero indicaba que iniciaría el trayecto.
En el transcurso del recorrido un pregón era anunciado a todo volumen de vagón en vagón con el nombre de la estación: Panzacola, Zacatelco, Santa Anna Chiautempan; subía y bajaba gente, teníamos que esperar la parada en «Santa Cruz Tlaxcala» , eso explicaban mis papás.
En el vaivén de cada estación pasaba un señor con una cubeta de aluminio llena de dulces y botanas ofreciendo variedad. Nos incitaba a comprar esos garapiñados tan rojos que llamaban la atención ,le fascinaban a mi hermano.
Por los ventanales cristalinos mis pensamientos volaban. Me relajaba observando el paisaje, las nubes, el cielo azul, el sol cálido bañando a personas cultivando sembradíos de fruta, la yunta, las mazorcas, cosas que no se veían mucho en el lugar donde vivíamos, personas que subían y bajaban con sus bolsas de mandado y Mamá nos daba unas tortas muy ricas para desayunar. Me encantaba imaginar que tenía el poder para modificar el estado del tiempo, una energía ancestral quizá entre nube y nube que me mantenía cautivada viendo sus formas.
Llegando a nuestra parada Mamá tomaba su bolsa, Papá la maleta y nos levantaban de nuestros asientos para bajar lo más rápido posible, ya que en cada estación solo permanecían instantes cortos ..
Ya en tierra firme la estación estaba desierta como película del oeste ,el ambiente era seco con mucho sol, campos y viento. Al lado había una carretera donde pasaba el transporte público que nos llevaría con los abuelos. Recuerdo una calle que subíamos sin pavimentar con tierras de cultivo de lado a lado, olor a establos, cantares de aves y una sensación de pertenencia que no puedo olvidar, la casa diminuta por la distancia y mas al fondo como cortina natural el impresionante volcán Malinche con nieve en su cráter y en sus faldas muchos árboles.
Al llegar tuvimos gran recibimiento de la abuela Eloína y el abuelo Isauro, tías y primos de variadas edades. La convivencia era muy divertida puesto que nuestro deber como niños era jugar hasta que se nos cansaran los pies, fijarnos de no ser atropellados por los coches, cuidar a los primos pequeños que le entraban a los juegos con los más grandes y de vez en cuando reírnos de alguna caída chusca.
Mi lugar de nacimiento entre los nietos era la segunda más grande de edad, mis primos me preguntaban sobre la escuela, las clases de inglés mostrando gran interés. Recuerdo alguna vez haber jugado al salón de clases con ellos. Me llevé muy bien con todos a pesar de que eran la mayoría varones y sobrellevé sus bromas sobre mis vestidos: fui rana René, cebra y otras tonterías que de niños se les ocurría decir pero que no limitaban nuestra convivencia.
Llegado las cinco de la tarde llegaba la despedida de la abuela que me abrazaba y daba un beso fuerte tronado, era «su retrato» decía mi mamá porque me parezco a ella al igual que mi papá. El abuelo siempre serio y callado mostraba una sonrisa en su rostro con orgullo por ver a sus nietos, su bigote negro y abultado me picaba la mejilla siempre.
Ya exhaustos de toda convivencia y de regreso a la estación arribábamos. Por el ventanal el cielo anaranjado entre nubes aborregadas,cerros y gente trasladándose.
Ya en Puebla la atmósfera y ritmo acelerado era evidente movimiento de domingo. El camino largo de lámparas encendidas de las carretera federal a Cholula era bello hasta casa donde era momento de sacudirse el cansancio y retomar la rutina diaria para ir ala escuela al día siguiente. Mi tía Toya nos esperaba viendo al programa «Siempre en Domingo» en la T. V de ese entonces con el botón giratorio de encendido y apagado que mostraba el inicio y fin de la diversión.
Estos viajes los estuvimos haciendo seguido cada semana por una larga temporada. Tiempo después hubo cambio de gobierno y el tren de pasajeros fue retirado de circulación.
Hoy pasa la gente en su caminata acelerada diaria en unas ruinas que sólo transcriben el deterioro de la estructura como sus recuerdos ,las vías apolilladas de una estación fantasma que llevó a muchas historias.
Para mi es el mejor recuerdo que tengo de un verdadero viaje puesto que no solo lo constituye el destino, sino toda la vivencia detalle a detalle sin parámetros, eso se lo dejamos a los adultos porque como bien se menciona en el libro de «Momo» de Michael Ende eso sólo les corresponde a ellos.
Para mi niña interior.
Con amor.
Lizzie

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