Hace seis meses que no escribo una columna.
Bueno… esa no es del todo la verdad.
He abierto documentos en blanco.
He anotado ideas en el celular.
He empezado párrafos que nunca terminan.
He pensado en temas mientras como, mientras me baño, mientras intento dormir.
No es que hayan faltado las ideas.
Lo que ha faltado es algo mucho más difícil de explicar.
Dejé de reconocerme en lo que escribía.
Y eso da miedo.
Porque cuando alguien deja de cocinar por un tiempo, nadie pone en duda que todavía sabe hacerlo.
Pero cuando escribir forma parte de quién eres, el silencio empieza a hacer preguntas incómodas.
¿Y si ya no sé escribir?
¿Y si las columnas buenas fueron cuestión de suerte?
¿Y si ya dije todo lo que tenía que decir?
¿Y si nunca fui tan buena como creía?
Durante mucho tiempo pensé que tenía un bloqueo creativo. Era la explicación más sencilla. Si llevaba meses sin publicar, debía ser porque no estaba escribiendo.
Pero sí estaba escribiendo.
El problema es que no terminaba nada.
Empezaba una columna, escribía algunos párrafos y sentía que por fin estaba avanzando. Después aparecía la pereza. A veces también ese hueco en el pecho que no sé explicar muy bien. Entonces pensaba que quizá era suficiente por ese día.
Lo voy a pausar por ahora.
Y lo pausaba.
Después ya no volvía.
O volvía demasiado tarde.
Para entonces la idea ya no me parecía tan buena. Quizá el tema había pasado de tiempo. Quizá alguien ya había escrito algo parecido. Quizá no tenía tanto que decir como pensé al principio.
Entonces aparecía otra explicación: el perfeccionismo.
Escribir durante años me enseñó muchas cosas, entre ellas a reconocer lo que no me gusta de un texto. Ahora puedo encontrar una frase que intenta ser más profunda de lo que es, una idea demasiado obvia, una metáfora que sobra o un cierre que explica algo que ya estaba dicho.
Mi editora interna aprendió demasiado y empezó a hablar más fuerte que mi escritora.
La experiencia me convirtió en una mejor escritora, pero durante un tiempo también convirtió a mi peor crítica en la primera persona que leía cada una de mis páginas.
Y así llegué a una tercera explicación.
Tal vez me estaba autosaboteando.
Pensé en eso porque empezar nunca ha sido realmente el problema. Tengo carpetas, notas y documentos suficientes para demostrarlo. Lo difícil es llegar hasta el final.
Hay algo cómodo en un texto que todavía no está terminado.
Una columna con tres párrafos todavía puede convertirse en cualquier cosa. Puede ser una de mis mejores columnas. Puedo cambiar el tema, borrar una página entera, encontrar una idea mejor mañana. Todavía no tengo que decidir.
Todavía hay posibilidades.
Esa palabra me hizo pensar en algo que aparentemente no tenía nada que ver con escribir.
Hace poco tuve una conversación sobre las decisiones que he tomado este año. Intentaba explicar por qué me costaba tanto estar completamente segura de algunas de ellas y terminé diciendo algo que después se me quedó dando vueltas: mientras no decida, todavía existen posibilidades.
El limbo tiene algo de tranquilidad.
No porque sea un lugar agradable. No lo es. Pero mientras estoy ahí todavía puedo ir hacia un lado o hacia el otro.
Después empecé a reconocer el mismo gesto en otros lugares.
Cuando una conversación se vuelve demasiado difícil, pido tiempo.
Cuando una decisión me rebasa, la dejo para después.
Cuando escribir empieza a pesarme, cierro el documento.
Por ahora.
Siempre por ahora.
Y quizá durante estos meses he confundido tener posibilidades con tener control.
Este año hice planes que no salieron como esperaba. Algunos cambiaron. Otros simplemente dejaron de existir. Y descubrí algo que, para alguien a quien le encanta planear, resulta bastante incómodo: hacer un buen plan nunca significó que la vida tuviera que obedecerlo.
Hace unos días escuché un podcast sobre qué hacer cuando la vida deja de seguir el plan. Hubo una idea que se me quedó.
Normalmente pensamos en la confianza como la certeza de que las cosas van a salir bien. Confiamos en una decisión porque creemos que es la correcta. Confiamos en un plan porque esperamos que funcione. Confiamos en nosotros mientras sentimos que sabemos hacia dónde vamos.
Pero quizá la confianza también puede estar en otro lugar.
No en saber que las cosas van a salir como quiero, sino en recordar que ya ha habido ocasiones en que no salieron así y encontré alguna manera de seguir.
No sé por qué nunca lo había pensado de esa forma.
Tal vez por eso he querido conservar tantas posibilidades. Porque elegir una significa perder las demás. Terminar una conversación significa que ya se dijo algo que no puedo desdecir. Tomar una decisión significa descubrir sus consecuencias. Publicar una columna significa que ya no puedo seguir corrigiéndola.
Mientras algo está abierto, todavía puedo intervenir.
Todavía puedo cambiar de opinión.
Todavía puedo decir: por ahora.
Y entonces volví a esta columna.
La primera frase dice que hace seis meses que no escribo una.
Escribí esa frase hace dos meses.
Ahora son ocho.
Incluso una columna sobre mi incapacidad para terminar las cosas terminó convertida en otra cosa que dejé a medias.
Y, sin embargo, esos dos meses también hicieron algo con ella. Cuando empecé a escribirla pensaba que quería hablar del bloqueo creativo. Después pensé que estaba escribiendo sobre perfeccionismo. Luego sobre autosabotaje.
Ahora no estoy tan segura.
Quizá solamente estaba intentando entender por qué me cuesta tanto cerrar una puerta mientras todavía puedo imaginar lo que hay detrás de todas las demás.
No sé si terminar esta columna significa que salí del bloqueo.
Quiero creer que sí.
Pero quizá no necesito estar segura para poner el último punto.

Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
