Magnetismo bajo un poncho | Colaboración

Por Emireth Bollás Mendoza 


Me estremecí solo de sentir la brisa húmeda de la ciudad. Era una noche oscura y me encontraba en un lugar que siempre se ha sentido como un hogar. Había un frío que calaba los huesos y en la quietud del momento había murmullo de algunas cosas que sonaban a lo lejos. 

Y de repente lo vi. 

Él estaba ahí, quieto, presente. Sus ojos oscuros brillaban de una manera particular. Aunque había unas pocas personas alrededor, en cuanto me miró, estas desaparecieron. Caminó hacia mí, pausado, calmado. Solo él y yo existíamos. En el aire, también se incluyo una tensión. 

Sentí mi cuerpo reaccionar antes que mi mente. Mi vestido ondeaba por el viento y al sentir su abrazo, inconscientemente, susurré: —Tengo mucho frío. 

Abrazados, me dio beso en la mejilla, sonrío y contestó: —Ven. Abrió el poncho enorme que vestía y me invitó a entrar. Sin quitarle la vista accedí. Y todo cambió.

La lana nos envolvía como un refugio, como una cubierta difícil de penetrar: afuera el viento helado traspasaba los huesos; por dentro, comenzaba a sentirse un calor denso. En la cercanía nuestras respiraciones producían vapor y el roce de nuestra piel comenzaba a desconectarnos del mundo exterior. 

Nos abrazamos, hasta que nuestras miradas coincidieron otra vez, él fue el primero en hablar: 

—No te muevas. Esto he querido hacerlo desde hace mucho tiempo.— 

Si había gente, ya no parecíamos verla. Vi en sus ojos seguridad, pasión. Sus labios rozaron los míos con suavidad, con determinación, solo se posaron, un roce apenas perceptible y, sin embargo, me estremecí. El beso entonces se tornó distinto, como si cada segundo contuviera años de un deseo acumulado en conjunto. 

Sus acaneladas y frías manos descendieron sobre mi espalda, estremeciéndome, mis dedos acariciaban su cabello. Sentía el calor subir por mi cuerpo, que también era suyo al mismo tiempo.

Dentro del poncho, todo desaparecía, con cada beso, suspiro, roce, que intensificábamos. Si nuestros pies tropezaban, no creo estar consciente de haberme percatado, hasta que me sentí atrapada entre la pared fría y su cuerpo caliente.  

Sus labios bajaban por mi cuerpo, subían al mentón y regresaban a los míos con hambre y ternura mezclada, mi cuerpo respondía con intensidad a sus movimientos. Nos acurrucábamos y nos presionábamos, fundiéndonos en un calor desafiante al clima frío del exterior. 

Mi excitación iba en aumento, sentía su aliento cálido mezclarse con el mío, sus manos abrazándome, acariciándome, sosteniéndome como si fuese frágil. 

Sentí sus latidos resonando con los míos, cada estremecimiento se amplificaba por el contraste con el viento que de vez en cuando penetraba en la lana, recordándonos que estábamos expuestos, pero de la misma forma, completamente a salvo. 

Cada beso que me daba parecía trazado como mapa. Mis inquietos dedos arañaban su torso, sus hombros, su espalda. Bajo la lana, el aire estaba más caliente. Sus dedos se entrelazaban con mi cabello, presionando, acariciando, buscado que mis reacciones fueran más intermitentes. 

Los cristales de una ventana cercana retumbaron. Un estante que estaba en un área común se desplomó, rompiéndose en fragmentos que volaban cerca y caían, reflejando la luz de la luna y de algunas farolas. El sonido atravesó nuestra barrera y nos separamos lentamente, apenas lo suficiente para rozarnos con más fuerza. 

Unas sirenas comenzó a acercarse, un wail penetrante que atravesaba la noche, recordándonos que la realidad siempre está cerca. Esa tensión se mezcló con excitación: peligro, urgencia, frío exterior, calor interno. Cada beso era más profundo, cada caricia más insistente. Nos miramos y sonreímos, en un pacto de complicidad y entrega. 

Dentro del poncho, los besos se prolongaban. 

Con sus labios descendía por mi cuello, mordisqueándolo suavemente y regresaba a besarme con hambre y ternura entremezclada, mientras sus manos recorrerían mi espalda, mi respiración se aceleraba y yo respondía con gemidos suaves, agradeciendo, dejando que mis manos siguieran su recorrido por su torso acanelado. 

La lana contenía el calor, multiplicando la sensación de urgencia y proximidad. Cada roce, cada suspiro, cada estremecimiento se prolongaba. Bajo el poncho había un mundo propio, aislado, secreto, dual: frío afuera, calor dentro. Pasión que creció y se mantuvo contenido por la lana que arropaba. 

Cada beso era más intenso que el anterior, cada roce más preciso, cada gemido un hilo que nos conectaba y aun así…

El mundo comenzaba a irrumpir con fuerza: después del estruendo, luces rojas parpadeantes, invasivas; el motor de una ambulancia que aparecía, el chillido de unas llantas queriendo detenerse. Otro estante de artesanías se desplomaba cerca de nosotros, ese estruendo estuvo mucho más cerca. Todo parecía gritar una realidad que con gemidos nos negábamos a escuchar.

Seguía sintiendo y queriendo su calor, su abrazo, sus labios. Cada latido suyo resonaba en mi pecho y cada una de sus respiraciones eran un hilo que nos mantenía unidos. 

La respiración acelerada y el vaivén de nuestros cuerpos se mezclaba en nuestros cuerpos. Con cada movimiento conectábamos, cada estremecimiento era un puente hacia el otro, el calor dentro del poncho se volvía casi tangible y nos pedía fundirnos en él. 

Finalmente… 

El sonido de la sirena se intensificó, la ambulancia estaba justo afuera de mi departamento e iluminada todo el cuarto con sus luces parpadeantes. 

Abrí los ojos, sentí el frío en mi cuerpo y, aunque él ya no estaba podía sentir su abrazo recorriéndome, sus labios pegados a los míos, el calor dentro del poncho que nos mantenía unidos frente al frío de la realidad. 

Me levanté de la cama con su abrazo grabado en mi piel, con el calor dentro del poncho todavía vivo en cada fibra de mi cuerpo.

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Emireth Bollás Mendoza 

Acapulqueña, corredora.

Capricornio.

Libre, auténtica y apasionada.

“Escribo desde ese lugar donde no todo se nombra… pero todo termina por sentirse.” 

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