Por Rosario Gonzáles
Fotografía de Anna Shevchuk (tomada de Pexels)
¡No puedo concentrarme! Tengo tanta tarea y no puedo.
Escucho murmullos; ellos hablan, discuten en voz baja. Él sube el tono, la llama loca… Ella lloriquea, grita y ¡zas!.. ¿Qué es eso? Una cachetada, luego silencio.
Peor. No puedo concentrarme porque ese silencio es aterrador.
Despierto de madrugada, me dormí sobre la tarea y no la hice.
La maestra dirá que otro día más sin cumplir los deberes. Hablaré con ella; tal vez pueda ayudar a mi madre. Ella también es mujer, puede entenderla.
La maestra me llama la atención, dice que estoy muy distraído; a ver si ya me concentro en las explicaciones de la clase. Mis compañeros dicen lo mismo y que ya no quiero ni jugar en los recreos; ¡me siento tan inútil! Lo que no saben es que lo único que espero es tener una oportunidad para conversar con la profe; ella puede ser la tabla de salvación, pero siempre está apurada, así que me animo a hablarle, se le acerca alguien o la llama la directora. ¡No sé qué hacer!
¡Oh, escucho a la abuela! Me encanta que venga a visitarnos, pero cada vez viene menos y sus visitas son más cortas. Bajo corriendo a saludar; me gusta verlas juntas.
Escucho algo así como “el patán de tu marido…” Mi abuela no le tiene ninguna estima.
—¡Cómo con ese! Pudiste elegir a tu amigo de la esquina o a tu compañero de universidad.
Mi madre baja los ojos y mi abuela continúa:
—Por ese tuviste que dejar de estudiar y ahora ni siquiera te deja trabajar. ¡Reacciona, hija!
Mi madre tiene voz dulce:
—Lo hago por el muchacho —murmura.
Pienso, ¿por mí? No, por favor, no, madre, por mí no. Si fuera por mí, deberíamos huir del monstruo. Pero ella siempre está minimizando y perdonando las cosas que hace mi padre. Detesto a ese mandón. Cada vez está más sola, ya nadie la visita y ni siquiera la vecina, la “chismosa”, como suele decir mi padre.
¡Ayy! Madre, ¿por qué elegiste a ese individuo que es mi padre? Veo a otras familias que son felices. Los padres de mis vecinos son amorosos con ellos y con sus esposas. Mi abuela tiene razón, el que tenemos en casa es un patán. Si tuviera un amigo en quien confiar y contarle esta rabia e incertidumbre que siento cada que llego a casa.
Hoy, cuando volví del colegio, otra vez la vi muy abrumada, triste y preocupada. La miré mejor y me di cuenta de que tenía la marca de una bofetada en la cara.
«Madre, ¿qué te pasó?» Ella, como siempre, dice que nada, pero que la camisa no estaba planchada como a él le gusta y justo hoy que tenía una reunión importante. “No es malo”, dice, “solo que no puede controlar sus impulsos»; me pidió perdón y juró que nunca más. Me prometió que este fin de año iremos de vacaciones, hijito…”
¡Vacaciones! Mi madre jamás tiene vacaciones; más bien, cuando vamos a alguna salida, ella tiene más trabajo. La veo cansada, quiero ayudar, quisiera que nos zafáramos de esta situación.
Otra vez murmullos, otra vez discusión. Debería denunciar a la policía; escucho en la radio que se debe denunciar. Ni caso harán a un muchacho de 12 años; me pedirán pruebas. ¿Cómo probar esta angustia que llevo en el pecho?, ¿cómo probar la incertidumbre y el miedo que siento cada vez que escucho sus pasos?, ¿cómo contar mi impotencia cuando estamos comiendo los tres en la mesa y él la hostiga continuamente? El otro día nos encontró charlando cariñosamente; yo abrazaba a mi madre y comentó: “Lo mimas mucho, deja que se haga hombre y sea macho como su padre”. Qué asco, no quiero ser como mi padre.
No puedo concentrarme; este silencio es estridente.
Esta mañana enterramos a mi madre.
Nadie sabe qué pasó; apareció así, sin vida. Insinúan que ella tomó la terrible decisión, pero yo sé que no lo hubiera hecho, no me hubiera dejado solo con esta bestia. Lo sé en mis entrañas y en mis huesos.
Fue él, lo sé y lo saben todos, pero las evidencias no son contundentes, dicen…
“Baja a cenar”, me llama la voz autoritaria que maldigo.
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Desde joven estuvo involucrada en el devenir social y político. Ha participado en diferentes organizaciones estudiantiles y ecuménicas.
Más por necesidad que por gusto, vivió en Europa: España y Francia. Experimentó de cerca aspectos de la migración.
Su narrativa explora temas profundos y humanos de actualidad. Sigue la filosofía de Beauvoir, admira la agudeza de Zweig y la fluidez de Allende.
Sus relatos han sido publicados en diferentes antologías y editoriales como: Palabra herida, Huellas de tinta, La Coyol Revista, Komala y otras, lo que la motiva a seguir contando historias.
