Por Illari Alderete
Escribir sobre cosas mundanas mientras hay una guerra, me abruma, ya lo mencioné en “Sembrar una semilla”, experimento culpa por continuar con mi vida a la vez que del otro lado, ocurre la barbarie. En estos dos meses he escrito dos inicios de textos, ninguno lo he sentido adecuado para estos tiempos. ¿Qué decir cuando todo parece banal?
Si volteo la mirada allí está ella, a veces, temo nombrarla y que en ese instante desaparezca. Viene y me mira con sus ojos de juego y se pone frente a la computadora, la escucho ronronear y siento su pelo en mis manos, ella logra que en el rostro se me dibuje una sonrisa. Todos los horrores del mundo se borran en ese instante. ¿Cómo sostener la vida incluso en tiempos de odio? Terry Eagleton menciona la esperanza.
¿Qué es la esperanza? Si buscamos en los diccionarios, nos dirán que es “un estado anímico de optimismo y confianza que se presenta cuando luce factible aquello que se desea con anticipación”, pero ante el estado actual del mundo; con una élite caníbal y pedófila (males propios del patriarcado y del capitalismo), un ente sionista que amenaza con despedazar el planeta entero, un país imperialista en decadencia que busca nuestros recursos y que se vale del narcotráfico y los paramilitares (que para el caso son lo mismo) ¿es posible pensar en un futuro en donde seamos felices?¿Qué pasa, si en este momento, nos abandonamos a la tragedia?
Me despierto, veo las noticias, escroleo de una mala noticia internacional a una nacional y siento un peso en el pecho, no me doy cuenta pero ella está sobre mí, con su calidez y me acurruca hasta el punto en el que vuelvo a dormir. Dicen que los perros y los gatos perciben cuando estamos intranquilos y buscan la manera de calmarnos, ya sea con juegos o simplemente estando a nuestro lado.
En mis exploraciones por el anime vi Madoka Magica, cuando comencé a verla pensé que se trataba de una serie similar a Sailor Moon, esta aclaración no es ociosa, ya que, para quienes conocen la premisa del carácter de Serena o Usagi, sabrán que la mayor parte de las sagas se resuelven debido a la pureza del corazón de Usagi, cada vez que está en sus manos vengarse por el asesinato de sus amigas, Serena opta por perdonar al enemigo, prefiere sacrificarse ella, antes que permitir que haya más dolor en el mundo y es capaz de transformar a la mayoría de los enemigos con el poder de la compasión. Así que esperaba que Madoka Magica tuviera una premisa similar, mas lo que encontré fue una serie que terminaba con la destrucción de todo, incluídas las heroínas, la barbarie las absorbe. En una de las escenas, una de las niñas mágicas le pregunta a una de sus trabajadoras ¿Qué haría en el final del mundo?, y ella le contesta que haría lo que hace todos los días, limpiaría la casa, lavaría los trastes, haría el desayuno, no cambiaría nada. ¿Qué hacer en el fin del mundo? ¿Basta con observar?

En Melancolía se puede ver lo mismo, Justine acepta con tranquilidad el fin del mundo mientras que Claire trata con desesperación de hacer algo, pero ¿qué hacer contra un planeta que está a punto de estrellarse contra la tierra? Es extraño pensar que en el cine el fin del mundo siempre viene provocado por un agente externo, casi nunca es EE.UU quien lo inicia, aunque muchos apocalipsis comienzan allí.
En mi caso, si el fin del mundo se acercara, me dedicaría a pasar más tiempo con mis seres queridos, quizás intentaría seguir con mi trabajo; escribir o dar clases y sin duda, abrazaría más a mi gata. Este ensayo pretendía sólo hablar de ella. De cómo ha calmado mi enojo, de cómo me ha enseñado a hablar otro idioma para entender qué le falta, qué le gusta, qué desea. Soy una Illari diferente desde que llegó a mi vida. Entiendo el por qué existen tantas obras alrededor de los gatos, por ejemplo, el poema que escribió Margaret Atwood:
ENERO
Aroma fresco a narciso blanco:
enero, y nieve a raudales.
Hace tanto frío que las tuberías se congelan.
Los escalones de la entrada están resbaladizos y traicioneros;
por la noche, la casa cruje.
Entrabas y salías a tu antojo,
pero en esta época del año te quedabas en casa,
rebosante de piel de funerario,
soñando con la luz del sol,
soñando con gorriones asesinados, con
un gato negro que ya no está.
Si tan solo pudieras encontrar tu camino
desde el río de flores frías,
el bosque sin nada que comer,
de regreso a través de la ventana de hielo,
de regreso a través de la puerta cerrada del aire.
Atwood dedicó varios poemas a los gatos e incluso prologó un libro dedicado a ellos, On Cats. Se trata de una antología que aún no es traducida al español pero que tiene a autoras de la talla de Úrsula K. Le Guin y Doris Lessing. Ésta última incluso tiene una serie de crónicas titulada Gatos Ilustres.
Cuando me ve dormir de más, viene y me maúlla, no desea comida, ni nada, sólo saber que estoy bien. Se restriega en mis pies y se rueda por el piso. Me agacho y la acaricio y ella vuelve a estar en calma. Sí salgo por mucho tiempo, al volver, ella está en la puerta rodando y haciendo un festejo de agradecimiento porque sigo viva. Una de las razones para sostener al mundo, es la esperanza de compartir muchos años con ella. De tener la oportunidad de sentir la suavidad de su cuerpo y verla correr emocionada por un nuevo juguete.
No es lo mismo la esperanza que el optimismo, dice Eagleton. El optimismo es aquél que surge sin razón alguna, es el que nos venden en los anuncios comerciales. En cambio la esperanza surge de la tragedia, de la constatación de la realidad y de la acción sobre ella, claro que el resultado puede ser negativo, pero al menos queda la satisfacción de no haberse rendido, de haber protegido la ternura, la amistad, el amor. Cómo dice la canción de Silvio Rodríguez que siempre me canta una de mis hermanas cuando todo parece perdido y a quien le agradezco por infundirme valor:
Si me dijeran pide un deseo
Preferiría un rabo de nube
Un torbellino en el suelo
Y una gran ira que sube
Un barredor de tristezas
Un aguacero en venganza
Que cuando escampe parezca
Nuestra esperanza
Mi gata es ese rabo de nube, en este mundo incierto…

Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi cinco años cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.




