Letras Revueltas|Sacar la voz y hacerla orquesta

Por Illari Alderete

En una ocasión un amigo se enojó conmigo porque le arrebaté la palabra, me sentí muy apenada por hacerlo. Para mí fue una sorpresa encontrarme en esa situación, ya que estoy acostumbrada a que otros y otras hablen por encima de mí. Lo comenté con mi amiga San y ella me dijo “es que provenimos de familias y de círculos en los que para que nos escuchen tenemos que alzar la voz.”¿Por qué hay que alzar la voz para que nos escuchen? 

En otro momento, en un taller de escritura autobiográfica, nos pidieron escribir sobre la historia de nuestras voces. Allí, varias mujeres contamos sobre la vergüenza que sentíamos por nuestra voz; «mi voz es demasiado aguda», «la mía es muy bajita», «la mía es estridente», «la mía no es seria»…

Anne Carson en su ensayo “El género del sonido”, señala que “muchas personas juzgan a las otras debido al tono de su voz. Aristóteles llegó a afirmar que la voz aguda de las mujeres es una evidencia de su disposición malvada, pues las criaturas que son valientes y justas tienen voces gruesas y profundas.” Parecería que estamos lejanas de las  sentencias de Aristóteles, sin embargo, aún hay muchas personas que juzgan, sobre todo a las mujeres, por su tono de voz. ¿Será que hay algo inmanente en nuestro tono de voz, que permita inferir las cualidades de una persona? ¿O se trata, una vez más, de una cuestión de género?

Hace poco, asistí a un conversatorio sobre mujeres y proyectos creativos que involucran a mujeres, para sorpresa de nadie, la mayoría éramos mujeres y se notaba que los pocos hombres que estaban allí, asistían por obligación o necesidad; un hombre dormía plácidamente, mientras nosotras hablábamos, los demás se distraían en sus celulares o en la estructura del recinto. Nuestras voces o nuestros temas parecían no interesarles. Recuerdo que, cuando comencé a hablar, mi voz se quebró y la odié como tantas otras veces.

Según el conocimiento popular, las mujeres hablamos más que los hombres, pero como nos dice Deborah Cameron en Sex and the power of speech (2010), ésto sólo ocurre en ciertas circunstancias, cuando se trata del ámbito informal, las mujeres y los hombres hablamos en igual cantidad, en ámbitos formales; seminarios, reuniones de trabajo, debates públicos, los hombres hablan más. (p.2) Otro descubrimiento importante es que, no es propiamente una cuestión de género, sino de estatus, aunque el género se inserta aquí porque en la mayor parte de las instituciones quienes tienen un mayor estatus y jerarquía son los hombres. En los casos en los que las mujeres hablamos más es porque o somos más mujeres o porque hablamos de “temas de mujeres.” Por lo tanto, las mujeres hablamos menos y se nos escucha menos, en muchas ocasiones, tenemos que arrebatar la voz para que se nos tome en cuenta, pero incluso, esto es mal visto en nosotras porque las mujeres debemos escuchar. (p.3)

En la versión original de la Sirenita de Hans Christian Andersen, ésta posee la voz más maravillosa del océano, sin embargo, al enamorarse del príncipe decide ofrecer su cola de pez, que le permite moverse rápido por el océano, y su voz, para poder ser humana. La Hechicera de los Abismos le dio dos piernas a cambio de un dolor atroz y le dijo que si el príncipe se casaba con otra, ella se transformaría en espuma. Al final, debido a su mudez, no logra que el príncipe se enamore de ella, así que la Sirenita se convierte en espuma, en un ser inmortal que debe ayudar a los otros durante 300 años. El castigo por perder su voz es servir a los otros.

Laura Cardona @laucardona

Al final de su ensayo, Anne Carson escribe que a las mujeres se nos juzga tanto porque es molesto escuchar el sonido femenino como porque decimos cosas que no deben ser dichas; para la cultura patriarcal, la mujer que no habla es virtuosa, pero a costa de qué. 

Volviendo al conversatorio decidí continuar hablando aunque mi voz fuera torpe y mi discurso no recurriera las grandes figuras literarias, a los nombres o a los datos, sino que partiera de mi experiencia. El temor y los nervios se disolvieron con mis compañeras, que complementaban lo que yo decía, incluso en la discordancia. También pensé en que ese; el conversatorio, era una manera muy diferente de hacer, no era una conferencia académica en la que una voz, generalmente masculina, nos ilustra, sino una plática entre mujeres que se interesaban por proyectos de escritura y lectura dirigidos por mujeres; Especulativas, Literata, Poderosas y, claro, La Coyol Revista.  En el que había un diálogo, una escucha y una respuesta constante, de eso se trata el lenguaje, de conectar con otras y otros. Por eso tiendo a alejarme de las personas que solamente quieren hablar, pero no escuchar. En esos momentos prefiero guardar silencio.

Por el contrario en la mitología griega, existen seres femeninos más ruidosos y letales como las mismas sirenas de laOdisea, quienes con su canto prometen sabiduría y conocimiento. La Medusa, de cuya garganta, al ser decapitada por Perseo, nació el Pegaso, un ser indomable y que está relacionado con la poesía. No obstante, también existe el riesgo de la voz sin sustancia, que es lo que le pasa a la ninfa Eco, quien era elocuente e ingeniosa, pero utiliza su voz para encubrir las infidelidades de Zeus. Hera, al descubrirla, la condena a repetir los discursos ajenos, pierde la agencia sobre su propia voz. Por eso es importante seguir nuestro propio camino. Como dice Ana Tijoux: 

“Respirar para sacar la voz

Despegar tan lejos como un águila veloz

Respirar un futuro esplendor

Cobra más sentido si lo creamos los dos

Liberarse de todo el pudor

Tomar de las riendas, no rendirse al opresor

Caminar erguido, sin temor

Respirar y sacar la voz.”(Sacar la voz, 2011)

Sacar la voz, aunque duela, aunque lo que se dice no quiera ser escuchado, sé que al momento de evaluar los discursos que pronunciamos las mujeres o se nos ignora o no se nos presta atención, porque es lo otro, lo que parece únicamente del mundo de las mujeres; los cuidados, el cariño, el respeto, las relaciones humanas, o nuestros discursos se señalan por imperfectos, pues no cumplen con los estándares académicos y masculinos, o porque simplemente son feos, la voz muy aguda no merece ser escuchada, aunque eso entrañe misoginia y no nos cuestionemos de dónde viene esa idea. Nuestro modo de hacer y decir, es diferente. Alejandra Pizarnik lo muestra en La palabra que sana:

"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa."(Infierno musical, 1971)

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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