Eran las cuatro de la madrugada en Minsk, se quedó sin el dedo anular, nunca un accidente le pareció tan puntual, las gotas de sangre derritieron la incipiente capa de hielo sobre el cofre del auto, sin embargo, era libre a todas luces, en esos primeros días de las nevadas cuando todavía el clima gélido no acierta a llegar, y solamente es viento poblado de plumas de agua y de hielo que se queda en los rostros pálidos de los habitantes.
Vanya imaginó el resto de su vida frente a sus ojos, como una película sobre el vidrio de la ventana de la cocina, esas horas que pasaba contemplando su soledad como se mira una obra de arte, porque, -aunque de forma fortuita-, su pérdida era algo monumental. La ollita del café derramó un poco de agua, su bebida estaba lista, la leve luz que entraba por las cortinas de la sala partió de pronto la casa en dos, como una enorme nuez que se abre, pero que está muerta por dentro, con rastros de oscuro polvo.
Masha ya no era su problema. Él dejó sobre la finísima carpeta de la mesita del corredor, el dedo, el anillo, el peso de los años, el dolor terrible al sumergirse una y otra vez, uno y otro día en esos cementerios azules que eran los ojos de ella. De verdad era hermosa, pero su corazón palpitaba a otra velocidad, como cuando entre un parpadeo y otro parece que pasan siglos.
Su mujer le pesaba más que la misma muerte, más que una sombra, más, mucho más que su triste vida anterior en la fábrica de motocicletas. No recordaba una palabra de amor o si en realidad ella alguna vez pronunció una; pensaba en su rostro inamovible en el funeral de sus padres, sin una sola lágrima. Por fin pudo decirse a sí mismo que la libertad era esa estatua, ese mural en las paredes de su mente.
Pensó en regresar a la vieja casa que compartió en la juventud, con una de sus hermanas, e intentar de nuevo ocuparse del pequeño espacio donde estaba el jardín, donde igual que en aquellos años, deseaba esperar a que llegara la primavera, mientras seguía mirando su mano sin dedo. Extrañamente tal vez vuelva la sonrisa en esa boca un poco torcida y la mirada de esos ojos negros, enmarcados por mechones de pelo castaño claro.
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Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.
Vanya deseaba vivirlo todo intensamente de nuevo, perderse en el cálido océano de su propio pecho y explotar de gozo, de tristeza, de amor, de todo.


