Letras Revueltas |¿Tránsitos o estadías?

Por Illari Alderete

Noviembre es el mes de los cumpleaños: mis amistades y yo nacimos en este mes. “¿Qué significan los cumpleaños?”, les pregunté a los asistentes de mi taller y les pedí que hicieran un listado de asociaciones. Primero aparecieron las comunes: regalos, pastel, mañanitas… aunque en los listados también se asomaron (tímidas, temerosas, tambaleantes, a media voz) temáticas “extrañas”: cirugías, decepción, tristeza, lluvia, Halloween. Pregunté la razón de algunas. Una compañera me dijo: “Cirugía, porque el año pasado, en mi cumpleaños, operaron a mi tío”. Sonreí, el año pasado también operaron a mi hermana. Coincidimos. 

En la cultura occidental el cumpleaños es una fecha de celebración: en las películas, series o telenovelas es el día especial para cada persona. ¿Qué ocurre cuando no puede ser así? ¿Por qué los cumpleaños, años nuevos y navidades son a la vez los días más frustrantes para algunos? De los mismos listados de mi taller puede inferirse una posible respuesta: expectativas muy altas. Y no sólo eso, sino que en los cumpleaños ocurre algo similar que en los años nuevos: una revisa lo que ha logrado. Al menos, ese es mi caso. Me gustaría transitar por los cumpleaños sin hacer el recuento de lo que he vivido, porque mi mente, ansiosa, me dice: no has hecho nada. No ha cambiado nada. 

A los cumpleaños se suma una doble catástrofe. Una espera una fiesta impecable, amigos que se diviertan, baile, risas, comida excepcional, regalos. Y allí mismo aparecen los demonios: el carácter de la familia, las expectativas, los rezongos, los reproches. El paso del tiempo. ¿Cómo se evalúa la vida humana? ¿Cómo se mide la evolución? ¿Y si no he cambiado, o si he cambiado demasiado? Hasta dónde el tiempo me transforma y beneficia; hasta dónde me destruye. Antes del cumpleaños, una está flotante, esperando. Después, el tiempo se desboca.  

El pasado año nuevo, uno de mis objetivos fue ser más disciplinada. ¿En qué?, en lo que sea. Tengo problemas para leer un libro de corrido, para ver una serie, para levantarme y dormirme a la misma hora. En mi familia soy el patito feo que no puede cumplir las órdenes, los límites, los horarios. Yo pienso que me falta disciplina. Leo qué hacen las escritoras y los escritores para producir sus obras y todos señalan las rutinas. Unas se despiertan en las madrugadas y escriben, otras se quedan en las noches con los fantasmas de sus casas y escriben. Yo casi no escribo. Y aun así digo que soy escritora. 

Las maravillas de las rutinas no sólo las escucho en el ámbito de la escritura, también son comunes en los gimnasios, en los deportes e, incluso, suelen ser la fuente del éxito. En tiktok, instagram y facebook aparecen una y otra vez los reels sobre “¿cómo tener una rutina saludable para mejorar tu productividad?”. ¿En verdad la rutina es capaz de convertirme en una persona exitosa? Después, aparece un vato en otro reel ufanándose: se despierta a las 5 am, corre 40 minutos, se baña con agua fría para despertar el organismo y desayuna té chai para no romper la dieta, mientras escribe en su diario de agradecimiento. La rutina termina y parece que su vida también. 

Se acerca mi cumpleaños y siento mi cuerpo en órbita; “disociado”, como le dicen hoy. No me siento yo. Recuerdo la tenebrosa frase de Eso:  “Todos flotan”, y a Milán Kundera con La insoportable levedad del ser. Esto es sentirse leve, flotar. Sentir que tu cuerpo es ajeno. El cumpleaños me respira en la nuca. Veo a mi alrededor y todo está fuera de lugar, ¿cómo llegué aquí? Me despierto a las 7:30. Veo las redes sociales, aunque mi intención es leer. Desayuno kéfir, fruta, atún o huevo. Me siento en la sala y trato de leer mientras tomo café. El café se enfría. Tomo el celular. Me baño. Voy al trabajo. El tiempo vuela. Lavo los trastes. Hago la comida. Como. Me siento para intentar leer. Las plantas necesitan agua. Me baño. Pasan dos horas. Mi pareja llega, ya no es tiempo de leer sino de ver la serie que hemos visto los últimos meses a la misma hora. A las 11:30 nos dormimos. Me despierto a las 7:30.

Suena el teléfono, es mi mamá. Platicamos sobre los problemas de la familia y cómo solucionarlos sin que les digamos nada a los involucrados. “El lunes es tu cumpleaños”, me suelta. “Mmm, sí”. “¿Qué haremos?, ¿qué harás?”. “No sé, depende de con quién esté”. Últimamente no nos vemos el día de mi cumpleaños porque ambas nos sentimos incómodas. Lo noto en su voz y ella en la mía. “Bueno, te quiero, bye”. Colgamos. La voz de mi mamá me recuerda que pronto va a pasar otro año. Que no soy aquello que esperaba ser; o sí, pero que no se siente como pensé que se sentiría. 

Estoy por cumplir 40. Leí en Los peligros de estar cuerda, de Rosa Montero, que aunque pase el tiempo una no se siente vieja, se siente joven. Ahí está de nuevo la discusión filosófica sobre si somos cuerpo y espíritu o sólo somos. Mi cuerpo envejece, aparecen canas, arrugas, cansancio. Aunque el cansancio lo he sentido la mitad de mi vida.

Han pasado 20 años desde que salí de la universidad. Sigo yendo allí. Cosas han cambiado y yo sigo entrando y saliendo de la misma facultad. Revisitando, revisitándome. Yo me siento como hace 20 años.

Sentir que eres un ser que fue inyectado por los extraterrestres en un cuerpo, así siento la memoria. Se acumulan los recuerdos en mí y a la vez se borran. Me cuentan cosas que hice, cosas que dije, que yo no recuerdo.

Detrás de todas estas preguntas se esconde una fundamental: ¿quién soy, ahora? Me mudé con mi pareja, renuncié a proyectos que me lastimaban, comencé a adaptarme a la rutina del día a día. Mi existencia se mudó de un ser desorganizado, que dormía a las 2 o 3 de la mañana viendo series y que se despertaba a las 11 o 12 del día sin saber qué hacer ni a dónde seguir, si comer o no a este ser en el que la posibilidad del asombro y del vértigo se desvanecieron con la rutina. Sé que no he resuelto esta dicotomía, ni pretendo hacerlo. Añoro los tiempos sorpresas, tanto como amo mis días de paz: los desayunos a las 9 de la mañana, las series a las 9 de la noche. Cada vez que llego a estas preguntas me acuerdo de la frase de Blaise Pascal en Pensées; “Disponiéndonos siempre para ser felices, resulta que no lo somos nunca”. Ya él hablaba sobre la incapacidad humana para mantenernos quietos. 

No quiero negar la necesidad del cambio, a veces marcada por las fechas importantes: las navidades, los fines de año, los cumpleaños.Y aunque la transición hacia la calma fue compleja, tampoco reniego de ella. La vida florea. Se abre paso. Sé que en 20 años, cuando lea este texto, me desconoceré, tal y como lo hice con mis diarios de la niñez. Pero al mismo tiempo sabré que en ese momento, esa era yo, o al menos, que allí me asomaba. Las rutinas pueden ser asfixiantes, tanto como los cambios. El asunto es mantenerse quieto, observar. Rehabitarse las veces que sea necesario. Son inevitables los tránsitos y las estadías. 

Fijo una fecha para escribir, un horario, lo cumplo y allí escribo. La escritura surge de manera espontánea y me siento satisfecha.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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