Eras tu última cena, eras el pan y eras el vino.
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Entre Caos poético y textos perdidos | Sueño húmedo
«ajustándonos en esencia
nos acariciamos en miradas
que irrepetibles se volvieron en mis poros transpirando el nerviosismo
por estar a tu lado»
El ojo de Lya | Erótica de monstruos
Por Liana Pacheco Hace unos días, reescribí un texto sobre el deseo femenino; de costumbre la música sonaba en mis auriculares y llegó al tema «The Phantom of the opera», la versión del musical que Lloyd Webber dio al mundo. Inevitablemente pensé en la trama de la versión fílmica (Dir. Joel Schumacher, 2004): Ambientada enSigue leyendo «El ojo de Lya | Erótica de monstruos»
Placer de mujer
Todo cambió con tu presencia, con tus sabores agridulces y tu calor de tierra colorada que me envuelve cálidamente.
El ojo de Lya | La dualidad del sex0
Por Liana Pacheco Hace meses en un espacio de mujeres escuché: “el deseo sexual de la mujer es un tabú, incluso más que otros acontecimientos que nos atraviesan, como la menstruación o el derecho al aborto”, derivado de eso nos dejaron una actividad, pensar en cómo visualizamos nuestro deseo, lo cual no tenía una mínimaSigue leyendo «El ojo de Lya | La dualidad del sex0»
En busca del placer
Nadie me dijo que el placer también podía ser solo mío, que podía gozarlo sin culpa, sin remordimiento, que podía apropiarme de mi placer con libertad, con amor, con deseo de mí misma, con rendición ante mis ganas de sentirme, de conocerme, de fundirme en mi propia piel…
La tormenta del deseo
Las noches de tormenta siempre traen consigo inesperadas… oportunidades. Su voz era como una melodía cálida que acariciaba mis sentidos. Un escalofrío me recorrió la espalda al comprender el doble sentido de sus palabras. El deseo comenzó a arder dentro de mí.»
Fragmentos del corazón
Tenía miedo de dar o recibir el primer beso, me pregunté muchas veces qué era dar la «prueba de amor»
Dos por un cuarto de hora
Me colocó en la silla de paja al lado del clóset, que lastimaba mis caderas en cada embestida; el sudor nos hacía resbalar. Nos olvidamos de todo, solo nos dimos a sorbos de tan sedientos que andábamos.
La mesa
Permanecí con los ojos abiertos, pero con la mirada extraviada en tu boca entreabierta que se acercó a mi cuello y untó saliva.
