Introspección

Por Lorena Luna

Recorrí mí adentro,

me caminé despacio

entrando en cada uno 

de los rincones

y me vi.

Lloré como un niño

cuando no encuentra

lo que busca,

yo tampoco podía 

encontrar lo que era mío.

Había  hambre, sed,

cosas rotas,

otras desordenadas

y unas cuantas más

inmersas en el olvido.

Mis rodillas resecas

golpearon el piso,

acomodé lo suelto,

remendé los pedazos

y reparé las faltas.

Con las rodillas aún dobladas,

beso la frente curtida

de cada partícula

que sobrevivió 

en la inmensidad de este caos.

Me regaré con el agua

de mis propias lágrimas

y renaceré como la tierra 

con el agua de lluvia 

que deja la tormenta.

Poemas varios

Por Melina Montenegro

La dispersión del silencio

En este encierro
La casa se contrae
De tanta soledad
Cruje para combatir
La peste del silencio

En este encierro limpio
Dejo lo roto en su rotura
Porque así debe ser
Demasiado hilo se ha ido ya
En huecos irremediables
Prefiero reconciliarme
Conmigo, con mi casa
Y comenzar a tejer
Sobre otra trama

Soledad

Reconocí mi rostro

en el ojo de un espejo

que colgaba del árbol

de la casa

y estaba sola

con mis poemas

sola hilando 

palabras  

zurciendo mi soledad

desnudando mi soledad

perdida 

en el fondo del patio 

Encierro

Habitar la casa

con la soledad cansada

de tanto ser 

silencio mal dormido

dispersión de horas

en la quietud de las puertas

Incertidumbre

El otoño sobre el patio llovido,

siente el desamparo

Es intimidante el vacío de las calles

El silencio, la oscuridad

Se va vistiendo apenas las veredas

Se va soplando un viento fresco

para recordarnos el sabor de su estación

Como la mujer

Por Angelina Cortázar

La mujer es como una rosa, igual de hermosa,

Tiene la misma frescura que la flor, y su olor inspira amor,

El carácter de cada mujer es como un ave al atardecer,

Su eterna sororidad, da fuerza a las demás.

Como la rosa tiene espinas, la mujer tiene heridas,

Cada flor marchita, es una mujer caída,

Cada flor trozada, es una mujer golpeada

 Cada flor muerta, es una mujer muerta.

Queremos gritar, queremos quemar

Queremos que la justicia los haga pagar,

Este encierro es fatal, las flores mueren aún más,

En una jaula nos quieren meter, porque sumisas debemos ser.

Como la flor, tenemos corazón,

Tenemos una raíz, así como una fuerza gris,

Queremos salir y esta pandemia no lo quiso así,

Regresaremos ahí, más fuertes eso sí, haremos pagar a todo aquel que nos hizo mal. 

Cimex lectularius

Por Valeria Mendoza

Quiero ponerme triste

distribuir mi corazón 

(como expresa el tseltal)

distribuirlo tanto que la

 t

   r

      i

         s

            t

                e

                     z

                          a

se me baje hasta las chanclas

donde antes de pisar unas

chinches 

el llanto escurra por la suela

haga zarpar un barco traslúcido

y se lleve, ondeando, a las segundas:

así tal vez aprenderemos a querer la Otredad.

¿Carácter?

Por Blanca Liliana Ramos Hernandez

Una mujer con carácter me llaman por ahí, 

por que aprendí a decir ¡No!

por que voy firme alineado mi vida con un par de tacones coquetos.

¡No! en esta sociedad y en este mundo de machos alfa tú no cabes,

no luces, no proyectas, no intimidas, no puedes, 

Pero señores…Yo sólo soy una mujer, no pretendo ocupar otro rol 

oh! cambiar mi sexo, ni mi identidad y mucho menos aparentar. 

A mí me gusta usar vestido entallado una tarde de verano,

salir con mis amigas y contarnos las travesuras; 

fijarme metas claras y exteriorizar mis emociones, verbalizar cada sentimiento.

Soy mujer y me encanta que mi hombre me seduzca con una mirada, 

quizá un detalle o una simple insinuación y si para tí eso

es carácter; para mí es mi humanidad y no me voy a disculpar 

por tener  una personalidad que te achica, trabaja tú psique que yo continuaré

rompiendo el pavimento a cada paso que dé y sí Claro, y por supuesto con un par 

de mis mejores tacones.

Un buen proveedor

Por Paloma Villanueva Cruz 

Me levanté a las tres de la mañana como todos los días, serví agua en un pocillo y le eché un pedacito de canela para hacer el café. Encendí el radio y me extrañó que ya estuvieran transmitiendo noticias en vez de música, como era costumbre a esa hora.

El locutor hablaba de un virus nuevo y repetía las mismas palabras muchas veces: “desconocido”, “muy contagioso”, “potencialmente mortal”. Subí el volumen cuando dijo que el gobierno había ordenado que todas las personas se quedaran en sus casas y que sólo se permitiría salir para comprar alimentos o medicamentos

— Qué pinche escándalo traes, ¿estás sorda o qué?

Ramón se había levantado de mal humor. Intenté explicarle lo del virus nuevo, pero me dijo que esos eran inventos y que debía ser yo muy pendeja para creer en esas cosas. Se tomó el café y se fue a trabajar.

Los insultos en casa eran comunes, empezaba diciendo que él arriesgaba la vida todos los días en su trabajo como oficial de seguridad privada para traer comida a la mesa y que yo era una inútil, que no cocinaba bien, que tenía la casa hecha un muladar y que por mi culpa Fede no había aprendido a leer todavía y por eso estaba repitiendo primero de primaria. Decía constantemente que él trabajaba como burro para mantener a su familia y que yo era muy mala esposa.

Cuando escuchas esas cosas casi todos los días, empiezas a creer que son verdad. Tal vez yo sí era una mala esposa porque la realidad era que no me gustaba cocinar, ni planchar uniformes, ni lavar trastes; y nunca tenía ganas de ayudarle a Fede con la tarea.

Ramón tenía turnos de doce horas, salía de la casa a las cuatro de la mañana para llegar al trabajo a las siete y, por la noche, regresaba como a las diez. Si en el radio iniciaba la barra musical de las doce y él no había llegado todavía, yo hacía tapones de algodón para ponérselos en los oídos a Fede, porque el retraso de Ramón casi siempre significaba que había agarrado la borrachera y que vendría a descargar su furia en mis pómulos.

Al día siguiente despertaba crudo y con culpa, se hincaba para pedirme perdón, me rodeaba con los brazos y me prometía que no pasaría nunca más, que dejaría el alcohol y que trabajaría muchísimo para ahorrar y comprarnos una casita en una colonia mejor, donde las calles estuvieran pavimentadas y todas las casas tuvieran agua potable. Pero nada de eso era verdad, yo sabía que seguiríamos viviendo en aquel asentamiento irregular y que él seguiría golpeándome.

El locutor anunció que el gobierno entregaría kits de higiene casa por casa, que instalaría carpas con personal médico para hacer pruebas y detectar contagios; y que los enfermos graves serían trasladados en ambulancia a los hospitales, donde recibirían atención gratuita. En nuestro barrio no pasó nada de eso, las carpas, las pruebas y los kits de higiene nunca llegaron; las ambulancias para trasladar a los enfermos, tampoco. 

No había pasado ni un mes de cuarentena cuando la compañía de seguridad privada en la que trabajaba Ramón despidió a casi todo el personal porque ya no había oficinas que cuidar, bueno, oficinas sí había, pero estaban vacías porque las personas ahora trabajaban desde sus casas. Ahí fue cuando la cosa se puso realmente fea.

A Ramón le dieron una liquidación escuálida que se gastó casi completa en alcohol, los golpes se hicieron cada vez más frecuentes porque estaba aburrido del arroz con frijoles, porque aseguraba que era mi amante quien estaba del otro lado del teléfono cuando alguna amiga me llamaba a la casa, porque Fede hacía mucho ruido o porque la caja del dinero se vaciaba muy rápido. Estaba en la casa todo el día y me golpeaba prácticamente por cualquier cosa.

Una noche que me acosté con las tripas haciéndome ruido, recordé mi infancia en el pueblo. Nunca teníamos dinero en efectivo, pero tampoco pasábamos hambre. Había costales de maíz, arroz y frijol; leche fresca, huevos y, si la cosecha no se lograba, matábamos un puerco para comer. Cualquiera que haya visto cómo se mata un puerco, sabrá que el animal chilla con una fuerza brutal mientras se le clava una punta afilada por detrás de la pata delantera izquierda. Yo había aprendido el lugar exacto donde se ubica el corazón de los cerdos, viendo a mi padre hacer eso en el pueblo cuando era niña y había aprendido también qué partes del animal son las mejores para comer y cuáles se deben tirar.

Tenía aquella escena en mi cabeza cuando percibí un tufo de alcohol que inundó la habitación, permanecí acostada de lado y fingí estar dormida mientras Ramón se quitaba la ropa y se metía bajo las cobijas. Quise rogarle que me diera tregua, que permitiera a mi cuerpo sanar y me dejara dormir, pero ni siquiera me dio tiempo de hablar. Me arrancó los calzones y así como estaba acostada de lado me embistió con fuerza. Sentí mi carne desgarrándose y luché por apartarme, pero él me tomó del cuello desde atrás y me apretó tanto que sentí que me asfixiaba. 

Tuve mucho asco del miembro de Ramón penetrando mi cuerpo y también de la manera en que me trataba, de todos los golpes que me había dado y de lo precaria que se había vuelto mi vida con él. Empezaba a abandonarme al dolor y a la humillación cuando Ramón terminó e hizo un sonido raro entre quejido y chillido que trasladó mi mente otra vez al chiquero de los puercos.

Todavía me ordenó que le preparara otra cuba, así que llené un vaso grande con mucho ron y poco refresco y lo miré bebérselo entero, después otro y otro más. Tuvo temblores, su rostro perdió color y finalmente se quedó acostado con los ojos entreabiertos y la cabeza ladeada sobre la almohada.

Fui a la cocina por el picahielos. Las arcadas que sentí cuando regresé al cuarto, me confirmaron que aquello era una pocilga, había vómito y mierda por todos lados, y un puerco quieto resignado a su destino fatal.

Aparté el brazo izquierdo, tomé el picahielos con ambas manos y usé todo el peso de mi cuerpo para perforar e introducir el instrumento por debajo de la axila. Había que actuar con decisión para provocar una muerte rápida y evitarle sufrimiento innecesario al animal. Saqué el picahielos y la sangre empezó a salir a borbotones. Hubo fuertes chillidos como siempre y, luego de un rato, el puerco se quedó completamente inmóvil.

Las labores de limpieza y descuartizamiento me llevaron toda la noche, pero cuando terminé y miré el congelador lleno de carne, sentí un gran alivio porque era más que suficiente para que Fede y yo nos alimentáramos durante varias semanas. Volví a confirmar que para sobrevivir no hace falta tener dinero en efectivo, sino que basta con matar un puerco para comer y esperar tiempos mejores.

La epidemia aún duró varios meses y miles de personas murieron. Cuando llegaron camiones con logotipos del gobierno cargados con material de construcción, pensamos que iban a levantar un hospital, pero lo que hicieron fue un crematorio. La gente de la ciudad había empezado a quejarse por la contaminación que generaban las incineraciones en sus colonias, así que la solución había sido trasladar el humo a otra parte.

Varias familias vecinas del barrio envolvieron a sus muertos en sábanas y los llevaron ellas mismas cargando hasta el crematorio. Nadie les pedía datos ni les entregaba documentos. Habíamos sido inexistentes para el gobierno durante años y no empezaríamos a figurar en los registros ahora que nos estábamos muriendo.

Fede ya iba en segundo de primaria cuando el locutor informó que el gobierno realizaría un censo para identificar los hogares que habían perdido a jefes de familia durante la epidemia y darles un apoyo económico a las viudas y los huérfanos. Pensé que no nos tomarían en cuenta, pero cuando una señorita llegó hasta nuestra puerta portando logos del gobierno en su gorra y su playera, recordé que cada seis años, cuando los partidos necesitan votos, a nosotros nos vuelven a contar en los censos.

La señorita preguntó si alguien de nuestra familia había muerto.—Sí, se llamaba Ramón Valencia, ¡qué le puedo yo decir! Era muy trabajador, imagínese que incluso después de su muerte, a Fede y a mí no nos faltó el sustento, y todo gracias a él. Siempre fue un gran proveedor.

Microficción

Por Kimberly Patricia Juarez Vazquez

Querida Amiga: 

Tengo que confesarte algo que ahora mismo me está matando, sé qué escribirte es lo único que de verdad me hace mantenerme cuerda o al menos en esta sintonía. Tenía mucho que no lograba sentarme en mi escritorio o tal vez debería decirte el motivo pero no quiero abrumarte con ello porque estoy segura que terminaras mal al saberlo.

En fin, quiero contarte que tuve nuevamente esos pensamientos locos que a veces suelo tener después de escuchar nuestras canciones secretas favoritas  y me pongo a parlotear y a decir todo lo que viene a mi mente de manera rápida que apenas puedo respirar y me tienes que llevar a casa para finalmente soportar mis ataques de pánico al saber que las risas y tonterías terminaban al pasar la puerta de “mi casa”. Y es que estuve pensando sobre nuestros lugares.

Los lugares que solíamos visitar ya nunca serán los mismos, su color desde entonces hasta ahora cambiarán de neón a unos colores fríos y sombríos y no es que sea fatalista pero estoy segura que ambas ya no los veremos igual, cuando te cuente por todo lo que pasé. 

Y es que sé que es muy egoísta de mi parte contarte mis problemas y simplemente hacerte mi cómplice en todo esto, sé que está mal  porque mil y un veces has querido acabar con este infierno pero es la misma cantidad de veces que te suplico que no lo hagas por mi mamá y mi hermana pequeña al saber que corren peligro y prefiero que ese demonio siga habitando en mi armario y no las dañe de alguna manera esa presencia maligna. 

Te confieso que ahora me encuentro mucho más tranquila, sabes, es como si flotara, me siento más ligera en todo aspecto, sé que mencione que te escribo cansada pero me siento en la obligación  de aclarar que no es porque  sufrí otro ataque de pánico o de nervios si no porque mi cuerpo y mente se ha liberado del peso que llevaba en mis hombros durante estos 14 años de mi vida. 

Entre las buenas noticias te cuento que finalmente el demonio que habitaba en casa se fue…Seguí tus consejos le conté a mamá sobre esa presencia y como por las noches salía de mi armario para atormentarme y dejar marcas por todo mi cuerpo deslizándose por toda la habitación y recordándome la manera en que todos en casa morirán uno a uno si grito o busco ayuda. Ella se horrorizó cuando le conté todo esto porque me confesó que ella cuando tenía mi edad y desde muy pequeña la visitaba el mismo demonio y la lastimaba de la misma manera en que lo hace ahora conmigo. 

Debo resaltar la valentía de mamá y como manejo todo sé que muy dentro de ella tenía mucho miedo lo note en su rostro pero finalmente encontró la manera de cómo podríamos librarnos de él, no quiero entrar en detalles sabíamos que  buscar ayuda a terceros no funcionaría y no solo porque ahora mismo debemos mantenernos en casa por la pandemia, sino porque de verdad estábamos solas contra ese demonio en casa y contra el mundo entero porque muy en fondo sabíamos que si contábamos todo lo que nos sucedida solo se reirían de nosotras o en el peor de los casos nos culparían y nos exhibirían de la peor manera en todos lados el motivo principal es que si no actuábamos pronto mi hermanita seria la siguiente víctima de ese “ser maligno”.

Ideamos un plan ella estaba segura que lo vencería nuevamente como lo hizo cuando era pequeña solo me pidió que tomara a mi hermana y nos encerráramos en su armario por la noche que rezamos y sobre todo que tuviéramos fé porque después de todo es lo único que teníamos en estos momentos la fé de que tal vez mañana todo mejorara y lograríamos librarnos de él antes de que entráramos a ese lugar dijo que la única regla es que no saliéramos de ahí pasara lo que pasará. 

No pasó mucho tiempo cuando mamá abrió nuevamente la puerta del armario y dijo que todo estaba arreglado que ese demonio jamás volvería a lastimarme y a nadie sobre todo que mi hermanita estaba a salvo, y que  entendía porque nunca se lo había dicho ella conocía esa clase de temor porque también la visitaba y le recordaba que pasaría si alguna pedía ayuda ninguna concebía el mundo sin  la otra, cada batalla que habíamos librado había sido juntas y así seria por siempre. 

Desde entonces jamás volvió ese demonio,  incluso volví a rezar, sé que en el pasado lo había intentado en innumerables veces pero deje de hacerlo porque no estaba segura de la existencia de Dios y del por qué permitía a ese demonio lastimarme de la manera en que lo hacía jamás lo comprendí y no tengo rencor hacia nadie porque sé que no es bueno acumular esos sentimientos en mi corazón pero paso algo extraño desde que él se fue. 

Y es que pese a que ahora hacemos todo juntas y estamos más felices que nunca yo no concibo dormir pareciera que son secuelas de años de tormento pero es que simplemente no puedo. Volví a escribir en mi viejo diario todo lo que paso con lujo detalle porque necesitaba dejarlo plasmado en algún lado tal vez algún día te deje leerlo, me puse al corriente con todas las materias que antes no lograba entender incluso ahora seré tu competencia en matemáticas y haré ese examen contigo para estudiar juntas tres años más no recuerdo el nombre de la escuela ahora sabes… Es algo que me pasa a menudo no recuerdo algunas cosas no se tal vez necesito medicarme nuevamente.

Solo quiero decirte antes de despedirme de ti y el motivo real de mi mensaje es que me encanta que publicaste aquella foto que me tomaste, en Facebook ¡Es mi favorita! No pensé que de verdad la compartieran tantas personas me da mucho gusto aunque no sé porqué lo hacen me parecen lindas todas las chicas que lo hacen y cuando todo esto termine y finalmente pueda verte nos tomaremos muchas fotos juntas e iremos a todos esos lugares que prometimos. También te agradezco el arreglo de crisantemos que dejaste en la puerta de mi casa sabes que son mis flores favoritas pero me dejó preocupada el verte llorar por mi ventana.  

Por favor solo te pido que no estés triste que me parte el corazón verte así y que durante todo este tiempo no me olvides y no olvides mi nombre ni el de mi madre ni el de mi hermanita, siempre que puedas grítalos a todas las chicas que compartieron mi foto que pronto nos veremos.

Encierro

Por Lucia Ortíz Marín

Las hormigas se abrieron paso a través de la pared.  Ayer llovió toda la tarde, y para cuando te diste cuenta, una hilera interminable se deslizaba por un minúsculo agujero y caminaba a lo largo y ancho de la habitación.  Tu pareja te gritó, furiosa porque su cama estaba infestada. Tu permaneciste en silencio.   

El encierro no beneficia al amor.  Pasas tanto tiempo con una persona, que sus virtudes se convierten en defectos, el sonido de su voz te martillea la cabeza y su silencio te recuerda al abismo del futuro.  No puedes escapar de ti mismo; no puedes pedir a las voces que guarden silencio, porque ríen y gritan más fuerte.   Antes las ignorabas, fingías que todo estaba bien cuando salías y pretendías que nada te importa, que el presente es eterno, que nada puede hacerte daño.  Ahora, encuentras que la quietud te asfixia, que tu vida no tiene sentido una vez que te sientas, miras al frente, y lo único que encuentras es vacío.  Lo peor de tu prisión es que, cuando tengas la oportunidad de salir de nuevo, las voces seguirán ahí, acalladas de vez en cuando por el sonido de otras voces, por la visión de colores y olores abrumadores.    Pero hoy solo existe este momento. Este es un punto de quiebre; nada volverá a ser lo mismo porque las hormigas han atravesado la pared de concreto. 

Las ahogarás con insecticida, pero eso no impedirá que salgan por el agujero que escarbaron con el mayor cuidado.  Muchas agonizarán frente a ti, pero sus hermanas seguirán mordiendo la pared de forma implacable.  Incluso cuando halles cemento y logres tapiarla, las hormigas buscarán otro trozo húmedo, inestable, de los muchos que se caen a pedazos en tu hogar.  No se irán hasta que fumigues cada espacio. Pero no puedes hacerlo ahora, nadie puede salir de este lugar, estás condenado a que atraviesen la pared de nuevo y se suban a tu cama, recorran tu cuerpo con sus patas ágiles y finalmente te muerdan los labios. 

Al mirarte la herida en el espejo, hallarás a una persona que no reconoces, demacrado, más delgado que de costumbre, que te repetirá palabras que antes no te daban miedo, pero que ahora te aterran. Observarás la ropa que usas cada día, desde que te levantas hasta que te vas a acostar.  A simple vista luce igual que siempre, pero sabes que, si alguien te olfateara, se desmayaría por el tufo a sudor y lágrimas que desprendes.  Mirarás al desconocido que duerme a tu lado.  Un odio profundo surgirá de tus entrañas. Detestas su rostro fresco, su respiración tranquila.  Las hormigas no se han subido a su cuerpo.  Deseas que se metan a sus ojos y le dejen ciego.  Odias su olor a limpio, a entereza y esperanza. Odias ser el único que no encaja en el silencio y la quietud. 

Sales de la habitación, asustado por la intensidad de tus sentimientos y te diriges a la ventana de la cocina.  Fuera, ha dejado de llover. Los labios hinchados te palpitan, y te das cuenta que las hormigas no te mordieron; fueron tus dientes los que se hincaron en tu carne hasta hacerla sangrar.  Tu pareja riega la cactácea de la ventana cada mañana. Le has repetido hasta el cansancio que eso la matará, que está hecha para soportar temperaturas altísimas, y que el exceso de agua la pudrirá.  Pero no te escucha, nunca te escucha. Incluso hay un charco debajo de la maceta.  De un manotazo, tiras la planta al suelo.  Las espinas se clavan en las palmas de tus manos, pero no te importa. Haces que el corte se profundice aún más al apoyar la palma contra la ventana. Pequeñas gotas de sangre se escurren como lágrimas y dejan un rastro oscuro.  Tus ojos están secos.  Pronto será de mañana, y tú sigues encerrado.  Y las hormigas no dejan de escarbar.

El ángel

Por Alejandra Morales

Yace posada en su cama con un paño humedecido de agua fría sobre la frente, su temperatura corporal es alta y los mareos le provocan sueño. Duerme casi todo el tiempo, solamente despierta un par de horas para comer algo de fruta y tomarse los medicamentos. Desde que le detectaron el virus su vida ha cambiado por completo. El teléfono ya no suena, nadie llama. El cortinaje de color rosa que le fascinaba, la lamparita de plasma sobre el buró y el florero que le regaló su hermana Elena, habían sido retirados de la habitación. Incluso la habitación había perdido la esencia misma, nadie había entrado a batir las telarañas de los rincones, las paredes se hallaban pálidas. Todo había sido arrasado por aquella ola de encierro y angustia. Solamente una cosa quedaba en la pared: un cuadro con la imagen de un ángel  de rostro afilado, de ojos azules penetrantes y con alas enormes extendidas en un cielo azul.  Era el cuadro del ángel lo primero que veía cuando abría los ojos, el cuadro con aquel rostro más que humano le curaba el sentimiento de soledad, dejaba de sentirse abandonada. 

Sentía los mareos cada día más intensos, los dolores de cabeza eran casi insoportables. El médico llamaba para cerciorarse de que se terminara las cajas del  medicamento, ya que no debía tomar nada más. Ya nada era efectivo. Ella expiraba. Una tarde, entró Daniel a la habitación, lo veía en la silla, opaco, con el mismo rostro pálido y suave  de su juventud, y  las mismas líneas del rostro manso y entrañable de la luna de miel. Permaneció mirándola con ternura por un largo rato. Ella quería que brotaran las palabras de su boca, pero él no dijo nada. Después de unos minutos la puerta se abrió y  Elena entró para desclavarlo de su vista. Pudo escuchar como los pasos de los dos se detuvieron junto al pasillo. Hablaban de la casa y de su distribución, del comedor con chapa de oro, de la biblioteca, de los cinco dormitorios, incluyendo el suyo. Hablaban del auto que ella dejaría de usar cuando muriera. Pensó que  estaba alucinando como  reacción a la potencia de los malestares, pero eso no podía suceder, no podía ser posible todo aquello en un plano tan real; allí estaban sus voces auténticas en la esquina del pasillo, el teléfono parpadeante de luz azul, las sabanas ásperas de la cama, el cuadro del ángel. Intentó soltar un grito, quería hablarles, pedirles una explicación, pero apenas podía tomar  aire para despedir una voz delgada y sutil que nadie escuchaba. 

Los días se volvían sombríos y las noches era aún más oscuras, su vista se volvía turbia, aunque todavía alcanzaba a distinguir la silueta de su hermana y la de Daniel que se paseaban tomados de la mano por toda la habitación. A ratos se daban besos, luego se acariciaban el rostro y después huían muertos de risa. Nadie entraba a la habitación para velar por ella, nadie venía a dulcificarla. Por las madrugadas de angustia, entre delirios, los veía llevándose el auto, empacando sus joyas, saqueando su habitación y  llevándose el cuadro del ángel mientras ella reposaba en un sarcófago que cargaban hombres vestidos con túnicas negras.

 Una de las tantas noches de desesperación y sollozo, pudo ver una silueta de gran estatura con forma de ángel, tan parecido al ángel del cuadro, que se posaba al píe de la cama. Esa fue la primera noche que el ángel se hizo presente. Permaneció estático, batiendo sus alas suavemente, ella estaba silenciosa, sin fuerza para poder abrir la boca y decir algo. Simplemente miraba extasiada, la silueta que se hacía en cada instante más nítida. Luego se evaporó en medio de aquella oscuridad.

 La segunda noche que el ángel se posó en la habitación, ella se atrevió a jalar aire para hablar con él, le preguntó quién era y que era lo que buscaba.

— Soy la única cosa que tú creas que soy —respondió el ángel. 

— Creo en lo que eres y creo en lo que tú sabes. Creo en tu hermosura y en que vives, como yo vivo. Mírame, estoy muriendo. Quiero saber qué es lo que sucede. ¿voy a morir?, ¿quién va a quemar todo lo que es mío? Insistía ella. — tú puedes ayudarme —

Él ya no respondió y volvió a irse, como la vez anterior, sin decir nada.

Al amanecer el médico llamó para anunciarle que le quedaba una semana de vida, la respiración se le estaba cortando. Elena y Daniel ya no entraban a la habitación o talvez no lograba verlos, ni escucharlos tan claramente. Allí estaba en su cama, agonizante, pidiendo amparo al viento que se arremolinaba por la ventana. El ángel volvió por tercera vez y se sentó al costado de la cama, le acarició la frente y le colocó el paño humedecido con agua helada. Ella pudo verle el rostro con claridad, era el ángel del cuadro, con los ojos azules y el rostro afilado. Se sentía complacida de haber visto el rostro más hermoso del mundo antes de morir. Entonces, el teléfono timbró tan fuerte que la despertó de sobresalto. Era el médico que le recordaba que la cuarentena ya había terminado y que podría salir a festejar su cumpleaños. Ella se quitó el paño de la frente y se levantó de inmediato, lo volvió a humedecer y se puso a sacudir aquella habitación rebosante de olvido, limpiando cada rincón, limpiando el cuadro del ángel con sumo cuidado.




Alejandra Morales

«Soy estudiante de agronomía en la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), me gusta leer y escribir cuentos y poemas. En el 2018 fui ganadora del primer concurso de poesía de la UACh».

Bitácora de una planta en resistencia

Por Arizbell Morel Díaz

Día 501 de cuarentena:

Me he convertido en una planta y hoy me he dado cuenta. Mi sobrino, a sus escasos y fructíferos seis años, me lo ha dicho sin pelos en la lengua: “Tía, te has convertido en una planta de cuarentena”, dijo mientras me regaba esta mañana. ¿Qué por qué una planta? Eso no lo sé, le voy a preguntar. Ahora regreso. 

Ya tengo su respuesta y no sé qué pensar sobre la capacidad de los niños para decirnos la verdad. Como en el cuento del Traje del Emperador, este niño me ha dicho lo que realmente soy: una planta de cuarentena. Y una de sombra, para acabar de completar mi nostalgia. Al parecer todo comenzó ahí del día 120, cuando él notó que yo ya casi no me movía del sillón de la sala, más que para ir al baño. Según Cristian, a los 200 días yo ya era verde y no me había dado cuenta. A estas alturas, supongo que es inútil. Nadie le dice al niño que regar a su tía está mal.

Y sin embargo tiene razón. Desde hace unos días notaba un olor a moho, a humedad rancia que no sabía de dónde provenía. También hoy me di cuenta de lo difícil que es aceptar nuestro propio aroma, de la pesadumbre que da saberse viva, comprender que de mi cuerpo nace algo intangible que me puede resultar repulsivo. Esto nunca me había pasado, había vivido veinticinco años sin darme cuenta de que el cuerpo humano apesta. ¡Qué feliz es la ignorancia de quién se ignora a sí mismo! Pero ya no hay vuelta atrás, hoy sé que mi olor es el de las páginas viejas remojadas en café, el de los rincones de esta casa que me asfixia y que me ha convertido en un rehén vegetal dentro de sus paredes color crema. Mientras la vida sigue, yo, finalmente he mutado. 

En el fondo de mi ser, en las entrañas de mi tallo, no me ofende en lo absoluto. Después de todo, las plantas siempre me han parecido muy bonitas. Tocar sus hojas, sentir la imperfección de su lustre siempre me ha proporcionado un gran placer. Sólo que nunca pensé que me uniría a ellas. Ahora, ya es muy tarde. Ahora (y gracias a la astucia de un niño de seis años) sé que la razón de que mis brazos me pesen es que se han convertido en ramas. También ahora sé por qué me pesa escribir estas líneas, es que de mis dedos cuelgan flores doradas que algún día próximo serán frutos. Me preguntó si Cristian querrá cosecharlos. Qué clase de frutos tendré aún no lo sé, pero espero que sepan bien con miel. 

Creo que así me podrían dar un buen uso: Mi madre puede dedicarse a vender mi mermelada como algo exótico y vegetariano. Será la primera empresaria en la exportación de mermelada humana, todo un honor para la madre de una niña que soñaba con ser poetisa. Pensándolo bien, ser planta no está nada mal. Antes, cuando era humana, siempre tenía que ser alguien, ser buena para algo. Y la gente no espera eso de las plantas, ellas son bonitas y ya. O frescas y ya. O dan frutos y huelen bien y uno procura que vivan a costa de desvelos y riegos y (en el mejor de los casos) de fertilizantes costosos que prometen lo que el viagra y los laxantes: volver al intoxicado la versión más atractiva de sí mismo. 

Lo único que extrañaré de ser humana es ver a mi abuela. Ella seguramente estará muy sola y me extrañará. Aunque ahora que lo pienso, no la he visto en estos días. ¿Por qué será? ¿Se habrá convertido en una planta también?

Si mi abuela fuera planta, seguro sería un lechuga o un árbol de mandarinas. No podría ser de otra forma. Ella siempre nos alimentó de alguna manera y sus cabellos abundantes caían sobre su cabeza como si fuera una palmera. ¿Qué por qué no puede ser palmera? Porque mi abuela nunca nos dio cocos. Ella siempre fue así. 

Otra cosa buena de ser planta: las horas pasan más rápido, Cristian me acaba de regar otra vez. Él dice que me va a regar de mañana y de noche. Entonces, supongo que ya es de noche. Es muy bonita la noche que todo lo permite y nada lo juzga. Ahora que soy planta, por fin puedo platicar con la Luna y las estrellas a gusto. Aunque ellas sigan estando muy lejos, para escuchar se necesita justamente eso.

Me preguntó si podré morir en mi estado vegetal y cuando pasará. ¿Qué se sentirá morir como planta? O simplemente transmutaré en un nuevo brote que nunca tenga fin. Ya lo he dicho, ser planta en el COVID es lo mejor que me pudo pasar. Además, ya no podía ser poetisa. Después de la pandemia, nadie quiere ni necesita algo tan inútil como el arte. La última vez que vi las noticias, ni siquiera hablaban de ello. Ser planta, dar frutos que vayan bien con miel es lo mejor que puedo ser. Porque de otra manera, sería solo un adorno en esta casa. Y al ser vegetal, hasta soy un entretenimiento útil para Cristian. Mi hermana ya no se puede quejar de que no le ayudo a cuidarlo. ¡Quizás como planta sea la mejor versión de mí misma que pueda existir!

Sin embargo…tengo una picazón que no me deja existir. Algo que roe mi tallo peor que los insectos y que me irrita más que la falta de agua. Lo voy a decir, tal vez así me olvidé de ello: Me niego a dejar de escribir. Después de todo, si me van a explotar en la cosecha debo tener algún placer de vez en cuando. Hasta las plantas necesitan darse sus gustos. Espero que nunca sé les ocurra quitarme este cuaderno. También espero que cuando Cristian crezca no se avergüence de mí, de mi nueva naturaleza. Creo que espero demasiadas cosas para ser una planta y no poder ni moverme. Pero eso también es parte de mi nueva naturaleza: esperar. La paciencia de observar los ciclos interminables es otra de mis virtudes de vegetal. Cuando el mundo siga corriendo, yo seguiré en este sillón, como la planta de sombra que ahora soy.




Arizbell Morell Díaz

Estudiante del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Teatrera, investigadora y escritora en formación. Recientemente, uno de sus ensayos ganó el concurso “La necesidad de una pausa” convocado por la Cátedra Bergman. Además publicó un ensayo académico “Bajo Tierra: La tierra en nuestros huesos” en la revista independiente Pérgola de humo.