Reflexión en tiempos de pandemia

por Diana Ibañez

Con veintiún años cumplidos y con la pandemia que me obliga a quedarme en casa me entra la curiosidad de buscar por mi mente algún recuerdo de los inicios del por qué Diana es como es. Creo que compartir es vivir y por eso abro mi corazón para contar el  por qué soy yo. Qué es lo que pienso que me hizo ser yo.

Nací un jueves en el mes regido por Escorpión. Desde ahí tengo la etiqueta de ser fuerte, perseverante, valiente; pero a la vez me cuelgan otras como testaruda, enojona o demás. Tengo la pequeña idea de que no puede ser mentira que así seamos los escorpianos, pero tampoco es una verdad absoluta.

Crecí en una familia de tres: mi mamá, papá y hermano mayor. Los cuatro éramos (y lo seguimos siendo) disfuncionales completamente, lo cual nos hace tener problemas entre nosotros seguido por la confrontación de ideas, pero al final del día, somos familia y limamos asperezas.

Veía que mis padres tenían muchos conflictos seguidos y se encerraban en su cuarto a discutir. Mi papá salía furioso y se iba de casa cuando mi mamá estaba sentada en la orilla de la cama llorando. Yo no sabía qué hacer o qué decir, era una niña de apenas ¿tres? ¿Cuatro años? Definitivamente me faltaba aprender mucho.

Cuando hacíamos cosas en familia los fines de semana siempre era visitar a la familia paterna. Cuando mi mamá ponía en la mesa la posibilidad de visitar a sus padres mi papá decía que nos dejaba en su casa y que nos recogía unas horas después. Recuerdo todavía que cuando llegaba a su casa no pasaba de la puerta de entrada y en cinco minutos teníamos que estar en el carro.

Conforme los recuerdos pasan en mi mente llego a los momentos donde antes del feminismo criticaba a mis compañeras de salón. Que si se veía muy ofrecida, muy torpe; incluso llegaba a pensar que me caían mal porque eran bonitas o reconocidas en la escuela. Mi complejo de inferioridad resaltaba demasiado. Y no sé si el mismo problema me hizo vivir algunas experiencias no gratas.

Muchas de ellas tienen que ver con los piropos no pedidos. Cuando los hombres me chiflaban por las calles o se me quedaban viendo y me ponían incómoda, ni hablar de las veces que me tocaron en el transporte público. Siempre que pasaba tenía miedo y no sabía qué hacer. 

El primer momento que recuerdo donde no me quedé callada fue en la secundaria. Yo era objeto de burlas y maltratos de un niño. Me llevó años terminar con eso y fue de la forma más sencilla posible: gritándole con todo mi enojo posible que me dejara en paz. Fue un acto de valentía que me reconocí hasta muchos años después.

No fue sino hasta la media superior, cuando empezó el movimiento feminista en Argentina que empecé a interesarme sobre el  por qué en México no había un movimiento tan grande y sonoro como el de nuestras compañeras. No investigué mucho, sin embargo lo que ellas en principio querían era la despenalización del aborto y eso para mí fue un asombro enorme. ¡Nosotras eligiendo por nosotras y nada más que nosotras!

Hablando de esos temas con mi papá me dijo que estaba perfecto que en Argentina protestaran por la libertad de decidir sobre su cuerpo, mientras que mi mamá estaba totalmente en contra de ello. Yo trataba de decirle a mi mamá que lo pensara, que no era justo que se tuviera al hijo si no se cuentan con los recursos…su respuesta fue siempre la misma, “yo no soy una asesina”. Desde este momento hasta la actualidad empezó un cambio que siento significativo.

Lo primero que identifiqué fue la presión que mi papá ponía en mí. Que me arreglara, pero no demasiado, que no usara maquillaje porque mi cara podía lastimarse y lo que más he aborrecido: que no me corte o pinte el cabello porque no es natural y porque le gustan las niñas con cabello muy largo. Sobra decir que lo primero que hice fue cortarme el cabello. Lo tenía muy por encima de mis orejas; esa fue la primera vez que le decía sin palabras a mi papá que no iba a dejarle decidir por mí.

Otra vez doy un salto en mis recuerdos hasta hace unos años. Tuve una experiencia extraña sobre un tema delicado el cual me hizo ver la injusticia que existe cuando no hay pruebas o cuando dicen algo que descalifica todo lo que ocurrió y se cierre el caso. Me hizo llorar de coraje cuando lo pude hablar con alguien y me dijo “eso que hizo no estuvo bien. Qué bueno que saliste de ahí”. 

Estoy segura que desde ahí empecé a ser extremista con lo erróneamente normalizado: tú no me tocas, no me dices palabras bonitas y no me dices qué hacer o cómo ser porque no me interesas. Dejé lo que me incomodaba y me hacía sentir mal. Empecé a empaparme de la gran novedad llamada feminismo y hasta el día de hoy me sigue interesando lo que voy descubriendo.

Solía tener una amiga con la cual podíamos hablar de este tema por horas y leíamos mucho sobre esto. Sin embargo existen ramas de las cuales no puedo aún comprender e incluso puedo llegar a esta en contra de sus ideales; ella era parte de esas ramas y nuestras diferencias son más que el cariño que pudimos llegar a tenernos. Sin embargo el sentimiento de sororidad y respeto siguen ahí, le admiro todo  lo que sabe.

Todo esto ha pasado y sé que hay más que me ha hecho ser yo, aunque aún sigo investigando y cuestionando lo que falta por ver. Me siento emocionada de lo que puede llegar a pasar en un futuro y hacer que mi panorama cambie. Me gusta estar en constante cambio.

Siento

por Sofía Guzman

A veces, ya ni siento los días, suelo acostarme en la cama e imagino cómo sería poder salir de este encierro, suspiro y pienso que no necesariamente me refiero a la pandemia… Quisiera creer que todo esto qué recorre mi cuerpo es producto de mi imaginación, aunque quizás fuera peor… 

Amanece y todo transcurre con normalidad, mi esposo al lado y yo contando los minutos para que se vaya a trabajar, incluso cuando no puedo dormir y escucho la alarma, inmediatamente cierro los ojos. ¿Cómo llegué a sentirme así? 

Cuando el apartamento queda vacío, puedo disfrutarme, sentirme, escucharme; últimamente me he perdido en mis pensamientos, ya quiero salir de aquí… En eso, me acuerdo de qué tengo que cocinar para él, viene cansado suele decirme y yo para evitarme problemas, prefiero callar.

Hace días qué ya no me apongo a sus antojos, necesidades o placeres, cedo esperando que entre más rápido empiece, más rápido terminé, de todas formas al día siguiente se va temprano suelo decirme en mi cabeza. 

Otro día empieza, pero de repente la alarma para su trabajo no sonó más, pensé que era un sueño nada más, hasta que finalmente me quede dormida.

Sentí que algo me sacudió, abrí los ojos y seguía ahí a la par mía, me arme de valor y pregunté ¿Por qué no has ido a trabajar?, me contesto que en su trabajo iban a cancelar operaciones por la rapidez del contagio del virus. Cerré los ojos y lento suspire, de repente sentía su respiración en mi cuello, quería desaparecer, pero no tenía adonde ir… 

Entre más pasan los días, la luz y la oscuridad más miedo me dan, cada vez que camino dentro de mi casa, parece que me agota, me lastima y me parte en dos, mientras tengo que aparentar que todo está bien.

No quiero que me pase lo del mes pasado, me digo constantemente, toco mi rostro y aún siento su mano, por lo menos no ha pasado a más.. 

Cuántos días más tendré que soportar o podré soportar, siento que ni el baño es un lugar seguro, en cualquier momento podría entrar.  En mi celular leo y veo las noticias de feminicidios, un día quizás seré yo… 

Le he perdido el sentido a los días, me cuestiono si morir por un virus o morir por sus manos; por ahora, me conformo con despertar cada día o quizás no, este hogar, este encierro, se ha convertido en mi infierno. 

Recuerdos presentes

Por: Nelly Gallardo Borges

Hace un tiempo escribí algo sobre el sentir de una casa vacía, triste por la ausencia de la persona

Más amada para mí, mi madre adorada. Pero ha pasado el tiempo y hoy dada las circunstancias 

Vividas en la actualidad, me he dado cuenta de que la casa no ha estado vacía ni estuvo, sino que esta llena de recuerdos, de recuerdos bellos que ella me dejó, con las enseñanzas de la vida que me dio. Esos recuerdos están presentes no solo en la casa sino en mi corazón. Y ¿qué creen? Hablo con ellos, sí, con mis recuerdos porque su esencia es la voz de mi madre y les cuento como me siento ante las adversidades que estamos viviendo: Tenemos que estar en casanos dicen repetidamente y sí tenemos que estar en casa para cuidarnos y no contagiarnos del mal.

Escucho los recuerdos presentes que me dicen: sí, cuídate, pero aprovecha la casa. No te sientas mal, recuerda lo que vivimos y vuelve a vivirlos. Luchamos juntas para que tuviéramos un lugar agradable donde descansar, un hogar.

Y ¿qué es un hogar?, ah pues el lugar para disfrutar con la familia con el tiempo necesario para platicar, reír, jugar entre otras cosas y principalmente reiterar el amor que nos tenemos.
¿Cuánto tardaremos así? No lo sabemos, pero, cuando ya las puertas de las casas se abran los recuerdos quedarán presentes siempre y el amor familiar será motor de nuestra vida. Gracias.

Nuestro pacto de amistad político en el aislamiento

Por Yazuli Pérez

Son tantas las cosas de las que me gustaría hablar, platicarles y sobre todo que podamos encontrar espacios de reflexión y apapacho colectivo; por ejemplo ahora que escribía pensaba en tres momentos que me han trascendido con mayor resonancia; el primero  me anda dando vueltas en la cabeza, ronda tanto como cuando los zopilotes encuentran un alimento,  justo así casi siempre se siente mi cabeza cuando pienso en mis amigas y en la importancia de resistir y seguir apostando por hacer redes verdaderas desde la sinceridad, la responsabilidad y el afecto hacia la otra en estos tiempos donde estamos separadas por una computadora, el internet, un cubrebocas y un gel antibacterial. 

¡que irónico!  unos meses atrás todas comíamos las garnachas en la calle, nos abrazábamos y saludábamos de beso esperando que la otra nos pasará sus energías, que nuestras cuerpas se encontraran en una sola danza, marchamos, gritamos con mucha rabia y furia, nos encontramos para llorar, para reír, para organizarnos, para platicar también de nuestros amores y desamores, unos meses atrás las amigas estábamos haciendo la revolución en las calles; le estábamos demostrando a esta 4T que éramos miles las que estábamos llenas de dignarabia; ¡que irónico! Sigo pensando ahora que llevamos más de 3 meses en el “alojamiento”. 

Un día nos dijeron no se abracen, no se besen, tápense la boca para no contagiarse, un día nos dijeron quédense en su espacio privado porque dicen es el más seguro. Un día nos dijeron que si queríamos hablar sería por internet o por llamadas, un día nos dijeron que las calles ya no eran nuestras. Un día también pensaron que las feministas, que las amigas, que las mujeres que luchamos ya no gritaríamos con rabia, pero un día también se equivocaron porque un día resurgimos como lo hemos hecho históricamente y ese día a sido siempre, siempre que apostamos por fortalecer nuestras redes de acompañamiento.

¿Qué significa entonces hacer amistad desde la responsabilidad política y amorosa con la otra en tiempos donde la virtualidad parece instalarse cada vez y de forma normal y violenta en nuestras vidas y sobre nuestras cuerpas? ¿Qué significa responsabilizarme de mi cuidado y del de la otra en estos tiempos voraces donde se hace cada vez más presente las grandes desigualdades sociales y patriarcales sobre los cuerpos de nosotras como mujeres atravesados por el racismo y clasismo? 

Por ahora sólo quiero hablar desde un espacio del cuidado colectivo en tiempos de pandemia y catarsis social. Si bien hay líneas tan delgadas que nos separan como amigas, por ejemplo recuerdo mucho a mi amiga Chayo y que casi no puedo hablar con ella por las desigualdades de conectividad, o con mi amiga Abi que por todos los movimientos que tenemos en la vida nos ha costado un poco de trabajo entablar un diálogo abierto, o con mi amiga Ale y Gaby que tiene ya más de cuatro meses que no las veo y siento los retorcijones en mi pecho siempre que las pienso y las extraño, o pienso también en mi amiga Elena que ahora se ha tornado más complicada la conversación, porque he de decir que antes de iniciar esta pandemia no hablábamos mucho por las redes, siempre preferíamos en la posibilidad de nuestras realidades vernos, o mis amigas de la maestría que mes con mes me daban aliento, fuerzas, rabia y mucha esperanza feminista y así con otras amigas que también he construido diálogos y acompañamientos que nos fortalecen. Con todas mis amigas por muchas razones nos hemos aislado en algunas ocasiones, nos hemos dejado de hablar, pero también nos hemos fortalecido.

A todas, a cada una seguro que esta pandemia, este encierro y el aislamiento corporal que estamos viviendo en nuestras realidades nos esta atravesando de formas distintas; hay ocasiones en las que nos dejamos de escribir por días o semanas, las cuales se vuelven meses y hasta años en mi sentirlas cerca, pero algo que he descubierto estando la mayor cantidad del tiempo sentada frente a un escritorio, con una computadora y de vista panorámica otras cuantas casas, escuchando la música de reggaetón de l@s vecin@s mientras las y los niños juegan en el patio, que el autocuidado significa pensarnos a nosotras desde la potencialidad que somos en estos momentos, el resistir a un encierro que lo único que nos da es un incremento de las violencias de género, la negación de que nuestras cuerpas vuelvan a estar en las calles, representa la urgencia de seguir confiando en nosotras mismas, de seguirnos recordando y sobre todo escuchando. 

Para mi el cuidado colectivo en tiempos de pandemia significa la no exigencia con la otra, no pedirle que nos conteste siempre que necesitamos, nuestra amiga también esta pasando por otras cosas, igual de fuertes que las que yo y tus pasas, pero es importante que nos demos los tiempos, los respiros, es importante que cuando nos volvamos a sentir fuertes tomemos el celular y mandemos el mensaje de no olvido. 

El cuidado colectivo también significa en ocasiones ser solo la escucha, ser la acompañante, la que no cuestiona, y aquí me gustaría mucho diferenciar entre el romantizar las amistades políticas al no cuestionarnos, al decir que todo es amorocidad, porque definitivamente esta idea es muy proveniente del amor heteropatriarcal y normado en el que estamos, pero tampoco pienso que el no cuestionar sea sinónimo de un estado de pasividad. Por ahora quiero pensar en que también es bueno que en ocasiones no nos cuestionemos, seguro mi amiga o yo en algún punto de quiebre no quiero que me cuestionen sólo quiero saberme acompañada y escuchada. 

Hablar del cuidado colectivo también significa priorizarnos, reconocernos entre nosotras como mujeres que estamos resistiendo, apropiarnos de nuestros espacios ahora virtuales y apostando por no acostumbrarnos a la virtualidad, pero desde y con nosotras, pensar que ahora nos podemos sentir más acompañadas y en complicidad sin un vato. ¿quién mejor que mi amiga o mi hermana entiendan los cambios que estoy sintiendo en mi cuerpa, en mi corazón, en mi mente? Esta pandemia puede ser un muy buen momento para refrendar y pactar nuestras amistades políticas desde el cuidado propio y colectivo, desde el dejar de buscar en las amigas el famoso “plato de segunda mesa” comúnmente llamado así en las relaciones heteropatriarcales, como amigas no somos solo las acompañantes mientras encuentro al vato que me vendrá a salvar o con el que confiaré mi amor heteropatriarcal. Nosotras como amigas debemos de priorizarnos, de cuestionarnos, de hablarnos desde la ternura, de buscar generar que nuestros espacios sean seguros, pero siempre desde un posicionamiento político y por lo tanto de vida. 

El cuidado colectivo en tiempos de pandemia es apostar por hacernos más fuertes, por no olvidarnos las unas a las otras, responsabilizarnos de nuestros actos, de asumir la trascendencia de nuestro papel histórico como mujeres que a pesar de este aislamiento estamos luchando y resistiendo, y siempre pensar que no lo estamos intentando, lo estamos haciendo.

Las redes de amigas que me ha dejado la pandemia

Por Yazuli Pérez

Mientras estaba en un taller de escritura feminista separatista, escuchaba con detenimiento a varias compañeras de la virtualidad, y cada vez que iba escuchando su voz y las miraba desde mi pantalla de la computadora se me hacía un hoyo muy grande en el estómago, sentía como si fueran perforando cada una de las capaz que me protege, la abertura de mi estomago se estaba haciendo más profunda cada que escuchaba a otra compañera, sentía ahora que se me atoraba un trago de saliva en mi garganta, sentía en mis manos la necesidad de escribir-me todo esto que mi cuerpa estaba sintiendo. ¡por dios, apenas me doy cuenta de que no sentía ni escuchaba como mi cuerpa también tiene mucho que decirme del cómo esta pasando el encierro! 

Desde que inicio la pandemia comencé a meterme a muchos cursos, talleres, conversatorios, charlas y todo lo que me iba encontrando en las redes, eso sí, siempre he buscado espacios que sean feministas y sin quererlo, pero ahora deseándolo me gusta mucho estar en los espacios separatistas. Claro, fui de esas personitas que en cuanto nos encerramos busque y busque la productividad del conocimiento, diría también ¡que fatal! Pero pues me gusta mucho aprender y siempre intento llevar y colectivizar estas ideas con mis amigas, esa para mi es una forma de poder irme construyendo con cada una. 

Definitivamente a habido espacios donde no he termino el curso o taller o charla porque no he sentido que se genere un diálogo horizontal desde la escucha entre nosotras y sobre todo de amorocidad radical, asumiendo esta postura como política, dejando en claro que no romantizo los espacios feministas y de mujeres pero si me gusta apostarle por estar en espacios donde podamos sentirpensarnos desde lo colectivo, donde nos sintamos seguras y acompañadas entre nosotras; ya de por si el heteropatriarcado nos ha negado tanto y nos ha puesto en posiciones de mucho autosaboteaje que creo muy fuerte un posicionamiento desde la ternura radical. 

Así como me he encontrado con espacios donde no me siento segura ni siquiera compartiendo-me con mujeres, también he encontrado otros donde siento que puedo darle voz y nombre a todos mis sentipensares, por ahora en mi vida, deseo mucho estar en círculos y acompañada desde la ternura y el apapacho colectivo. Sin lugar a duda lo bueno que me ha dejado esta pandemia es encontrarme y hacer-me fuerte con todas mis compañeras que he conocido en esta virtualidad. De varias de ellas no recuerdo con exactitud el nombre o en algunas ocasiones su rostro, pero si me acuerdo de la potencialidad de sus voces, de la defensa de su posicionamiento político y de vida; me acuerdo de mis compañeras que he conocido en esta virtualidad porque me han dado la fortaleza, el acompañamiento, el apapacho, la escucha y la mirada. ¡Cuánto deseo conocerlas! Deseo mucho ponerles un rostro, platicar con cada una, abrazarlas, escucharlas, deseo mucho sentir su cuerpa, pero ahora, ahora me siento desde y con ellas acompañada en el encierro.

Mis amigas de esta virtualidad me dan las fuerzas para comenzar a habitarme desde mi voz y mi cuerpa, mis amigas que he conocido en los talleres me han acompañado a historizarme con y desde mi palabra y mi mirada. Las he escuchado nombrarse y asumirse como sujetas políticas que agrietan este sistema heteropatriarcal y heteronormado, con mis amigas de esta virtualidad puedo situarme, puedo darle voz y nombrar todo lo que estoy sintiendo, con ellas me he dado cuenta de la importancia de escribir-nos, de leer-nos, de escuchar-nos, de hacer-nos historia. He conocido mi transformación del silencia al lenguaje y acción, me verbalizo para compartirme en los espacios separatistas. Mis amigas son la materialización de mi voz, de mi palabra, con ellas he escrito sobre mi vulva, mi cabello, mis estrías, mi madre y mi abuela, con mis amigas de la virtualidad he descubierto también que puedo historizar-me y a mis hermanas con y desde la fotografía. 

Me siento tan potente acompañada de ellas, las que aún no conozco en persona, pero que siempre que abro mi computadora, activo el zoom, me conecto, mi habitar.me se vuelve publico estando con ellas. Y si, seguramente a muchas de ellas no las conoceré en algún tiempo, o quizá jamás las conoceré, pero ahora puedo escribir, ahora me puedo nombrar. Esta es la red que me ha dejado la pandemia. 

Lesbianas en cuarentena

Por Yadira López Velasco

El asesinato de las hermanas Pérez, dos enfermeras y una secretaria del IMSS, se dan en el contexto de los ataques al personal del sector salud, pero también en la imparable epidemia que representan los feminicidios, la violencia cotidiana contra las mujeres, que por desgracia, y contrariamente a lo que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha declarado, en ésta cuarentena sí se ha incrementado, lo cual me lleva a pensar en todas aquellas mujeres encerradas con su violentador, sin mucha posibilidad de escapar, pero también, me obliga a mirar mi situación particular, como lesbiana. 

Durante el confinamiento, he sido víctima de la lesbofobia familiar, comentarios llenos de estereotipos que colocan siempre a las lesbianas como mujeres a medias, que no han conocido el sexo real porque un pene no forma parte de nuestras prácticas eróticas, mujeres con deseos ocultos de ser hombres, resentidas, mujeres que “ligamos” con todas, que somos un peligro para las niñas, todos ellos, estereotipos creados desde la mirada masculina. 

Alexa, una vecina de 19 años, ha venido llorando hasta las puertas de mi casa, ella, una lesbiana visible, que nunca ha tenido miedo de pronunciarse, hoy, tiene que convivir las 24 horas con su padre que en el afán de “enderezarla” le ha entregado un puñado de revistas pornográficas para ver si durante la cuarentena reacciona y se da cuenta que realmente es heterosexual, Alexa ha guardado silencio, porque a veces callar, es una herramienta  para continuar viva, soporta los comentarios diarios sobre su camino equivocado al decidir amar a otra mujer, y como muchas, Alexa espera que la cuarentena se levanté a fin de mes, para poder salir a trabajar, y comenzar a buscar un lugar para vivir y vivirse libre. 

¿Cómo están las lesbianas en ésta cuarentena?

¿Qué sentimos las lesbianas? 

¿Cómo enfrentamos el aislamiento? 

¿Tenemos las redes suficientes para sobrellevar el encierro y la lesbofobia familiar? 

Que la cuarentena nos sirva para seguir peleando por nuestra existencia y visibilidad, nunca más un mundo sin lesbianas, sin mujeres amando y deseando a otras mujeres. 

Fragmento de cuarentena

Por Ameyali Soberanis

Desde hace cinco años el simple echo de pensar en el 2020 me causaba un poco de inquietud, miedo. Para entonces pensaba que era porque pasaríamos a otra década y sería extraño no decir 2 mil 10 y algo, el decir, por ejemplo, “terminaré la universidad en el dos mil veinte”, me sonó raro y loco. Ahora que ya llevamos casi 4 meses de “cuarentena” entiendo ese temor.

Durante este tiempo los días ya sólo se diferencian por la presencia del sol o de la luna; las horas de sueño se han alterado, pareciera que la mejor manera de pasar el tiempo es durmiendo, así evitas el pensar demasiado las cosas o infectarte de la paranoia y el miedo que se hace presente en los medios de comunicación y redes sociales virtuales. 

Como todos, o una gran mayoría he pasado por días malos, buenos e indiferentes, mis favoritos han sido aquellos en los que me siento increíblemente bien, radiante y poderosa, aunque a veces me he llegado a sentirme mal por sentirme bien, porque ¿cómo puede sentirse uno bien si el mundo se esta quemando y cada día nos arrebatan la vida?

Tampoco puedo hacer nada, es algo que escapa de mis manos y posibilidades, a veces quisiera tener un poder, con el que trajera justicia, paz, amor y libertad al mundo, pero no es posible. Así que sólo me abrazo y vuelvo a mí, dejando que la vida siga su curso torcido queriendo enderezar nuestra forma de vivir.  

Esperanza

Por Diana Cervantes

Corrió detrás de la corriente, intentaba alcanzar el suspiro qué el río le robo, corría más rápido, más, más, más, abstraída totalmente en la carrera, veloz, el viento soplaba en la misma dirección, corría más rápido, más, más, casi alcanzaba aquél suspiro cuando sus ágiles pies tropezaron y como si fuese succionada a otra dimensión perdió solidez, abrazo el vacío, creyó qué debía bajar la velocidad, un momento, ya no creía nada, transmutó.

Privilegio de la clase

Por Cynthia Sotelo

Viernes 13 de marzo 2020.
Última hora de clases. No entré, porque es la (ahora común) materia donde la tecnología del aula; se limita a presentar una tediosa exposición de PowerPoint leída a ritmo de arrullo. No culpo al profesor, él mismo dice que no se jubila porque enseñar química es su pasión, y nada tiene que ver con las prestaciones… En vez de eso me quedo con amigos en la cafetería, pensando en que la siguiente semana habría exámenes de todas las materias.

Domingo 15 de marzo 2020.
Festejamos el cumpleaños de mi papá. Toda la familia vino a nuestra pequeña casa a estar amontonados, comiendo, conviviendo y bebiendo. No estudié nada, pero aún tenía el lunes feriado para memorizar lo necesario para el examen del martes.

Lunes 16 de marzo 2020
Tampoco estudié. En la tarde otras universidades cancelaron clases por la pandemia, así que decidí que en pocas horas mi universidad haría lo mismo, ¿para qué estudiar entonces? Dieron las ocho, las nueve, y para las diez de la noche me llegó el rumor de que consejeros y directivos estaban en junta para decidir nuestro destino. Seguro suspenden…

“Comunicado oficial: Esta semana se asistirá a clases siempre y cuando los alumnos no hayan asistido a eventos masivos, tales como: vive latino, partidos de fútbol…”

Momento de pánico, pasé la tarde viendo Netflix, era hora de estudiar. Once de la noche:

“Comunicado SÚPER oficial: Siempre si cancelamos clases (recordamos que andar en metro cuenta como evento masivo)”.

Bueno, en fin, ni siquiera abrí el cuaderno, ahora a dormir.

Primeras semanas en cuarentena
No sabía que hacer con tanto tiempo, hice ejercicio, comí sano, retomé lecturas, el violín, intenté cocinar. Luego recordé la razón de por qué abandoné todo lo anterior.

A partir de aquí, ya no sé de fechas ni espacio-tiempo
Ahora debía tomar las clases en línea, problema uno: tenía un profesor desaparecido, problema dos: la mayoría solo mandaba PDFs o PowerPoints.

Sobre el profesor desaparecido: Pregunté a mi grupo si conocían su paradero, pero nadie sabía nada. Él era un profesor mayor, paranoico sobre los riesgos de dar a los alumnos sus datos de contacto. Me ofrecí a mandar mensaje al consejero para preguntar, y terminaron haciéndome jefa de grupo. Acepté mi cargo (no me quedaba de otra, nadie se ofreció) y con mi nueva jurisdicción hice escuchar a mi grupo ante el solemne jefe de carrera. No sirvió de mucho, al parecer la paranoia del profesor no era solo con los alumnos, sino que NADIE tenía su correo.

Sobre los PDFs y PowerPoints: No me preocupó en un rato, hasta que las calificaciones del grupo comenzaron a bajar, por lo que intentamos hablar con el profesor de química, pero nos dijo; palabras más, palabras menos, que su salario no cubre nuestras necedades, y no iba a dar clases por videoconferencia ni nada de esas modernidades. Al parecer las prestaciones sí tenían algo que ver.

En algún momento del espacio-tiempo
Llegaron mis padres del trabajo. Mi mamá me llama porque mi papá tiene algo que decirme. Momento de pánico. Pienso que despidieron a mi papá, no ha trabajado tanto tiempo ahí, la situación es difícil ahora, casi quiero llorar de incertidumbre. Bajé las escaleras, y mi papá como buen hombre; no dice nada, hasta que mi mamá lo mira desafiante como diciendo “es hora de hablar”. Entonces mi papá respira resignado y me cuenta como una mujer de su trabajo no se reportó en un tiempo, y justo ese día llamó para decir que tenía COVID-19. Ahora toda la oficina debe hacerse la prueba, hasta entonces estará en casa con nosotras. Al final no fue tan malo, digo, mi papá aún tiene trabajo y se ve sano, seguro dará negativo.

72 horas después de la prueba
Pues siempre sí dio positivo, más de la mitad de la oficina lo fue. Solo nos queda estar en cuarentena a todos en casa. Mi mamá dormirá conmigo, es como si tuviera seis años otra vez. Hay tensión en la casa, parecemos estar en un juego de póker, donde todos tenemos malas cartas, pero eso sí, nadie quiere revelarlo. Mi papá no es una persona de interiores, tenemos que corretearlo y vigilarlo para que no salga, porque según él, no está enfermo; porque no se siente enfermo. Después de explicaciones con peras y manzanas sobre el riesgo que implica que salga, acepta de mala gana. Antes me prohibía salir, ahora los papeles cambiaron, se siente bien, ya sé porqué lo hacen.

La pijamada con mi mamá no funcionó, por nuestros horarios de sueño distintos, por lo que compró un colchón inflable y se fue a dormir al estudio. Hasta mi perro se va con ella, no sé si mi ciclo circadiano es un asco o simplemente mi perro la ama más.

Después de la cuarentena de papá

Él regresó a trabajar y todos respiramos por volver un poco a nuestra cotidianidad, o nueva normalidad. Nunca mostró síntomas, solo ganas de salir.

Finalmente consiguieron el correo del profesor desaparecido, era hora de mandarle mensaje: “Buenas tardes, profesor, quisiera saber sobre la continuidad de la clase…”. Me esforcé por ser propia y directa, demostrar que merecía el poco codiciado poder de ser jefa de grupo, aún así de poco sirvió, el profesor me dijo que no molestara, que estaba planeado regresar a clases presenciales en algún momento según el comunicado oficial. 

A las pocas semanas (o días) salió el comunicado oficial de: “Siempre no vamos a volver a clases”. Yo en mi autoridad de jefa, envié otro correo. Me contestó igual a la primera vez, yo insistí sobre que no íbamos a volver, él me insinuó en su respuesta que yo había leído mal. Pero mis papás no criaron a una rajona, a una berrinchuda sí. Entonces como buena hija única mandé mensaje al consejero acusando al profesor, y él como buen niño berrinchudo lo mandó a alguna autoridad y de seguro esta autoridad a otra y así hasta el fin de la burocracia, pero por fin el profesor contestó, muy cortante e intimidante, pero accedió a darnos clases.
Y solo me tomo unos meses.

Reflexión del espacio-tiempo actual

Hace poco leí un artículo que decía que para ser clase media en México debías ganar cerca de $16,000. Me sorprendí porque siempre creí que mi familia era clase media y resulta que los privilegios que creía tener al final no son tan exclusivos, que quizá varios en mi país creen tener privilegios de clase media cuando casi nadie los tiene y que ahora estamos pasando por lo mismo. Fue peor que cuando me dijeron que los reyes magos no existían, porque ahora sabía quiénes pagaban las cuentas de los reyes y que no estábamos para pagarlas. Al final solo existe los que se saben clase baja y los idiotas que nos creíamos clase media, creo que el que me dejaran en un Chevy en la escuela de paga debería haber sido una pista.

Cortina de lágrimas

Por Cuquis Sandoval

Hay momentos que la luz se extingue ante el fulgor de la oscuridad; el conocimiento de las cosas se pierde en el ramaje de la incomprensión y no penetra un  ray a la razón. Se ensombrece el pensamiento y caen gotas de pesadumbre en el corazón.

El equilibrio permite el balance de pensamientos y emociones, se encuentra tambaleante e incierto; hábitos y rutinas cual preámbulo a la fijación de conductas han sido modificados; la relación con la otredad es una amenaza; la fragilidad entre salud y enfermedad pende de un hilo; el miedo a la muerte es más intenso que nunca; me reconozco vulnerable; con miedo de perder a mis seres queridos o extraviarme en las brumas del olvido. 

Las noches son el preludio de insomnio y pesadillas. 

Los días tienen un flujo diferente, estático, con una dimensión de pesadumbre y expectación. Las celebraciones familiares y culturales se rigen por la frialdad de las cámaras; las interacciones se posesionan de la imagen, la palabra, pero falta el calor y la emoción de la cercanía.  

La profusión del canto de los pájaros llega nítida a mi conciencia; mis sentidos se han enaltecido, mi espíritu se encuentra expectante, despierto, para gozar el instante y aprisionar el momento vivido. 

El aire circundante se convierte en cómplice del ayer, trayendo el baúl de los recuerdos, las sombras de los muertos, las risas, y socialización con los míos; hay un río cubierto de lágrimas que baña a los muertos y a los vivos.