Privilegio de la clase

Por Cynthia Sotelo

Viernes 13 de marzo 2020.
Última hora de clases. No entré, porque es la (ahora común) materia donde la tecnología del aula; se limita a presentar una tediosa exposición de PowerPoint leída a ritmo de arrullo. No culpo al profesor, él mismo dice que no se jubila porque enseñar química es su pasión, y nada tiene que ver con las prestaciones… En vez de eso me quedo con amigos en la cafetería, pensando en que la siguiente semana habría exámenes de todas las materias.

Domingo 15 de marzo 2020.
Festejamos el cumpleaños de mi papá. Toda la familia vino a nuestra pequeña casa a estar amontonados, comiendo, conviviendo y bebiendo. No estudié nada, pero aún tenía el lunes feriado para memorizar lo necesario para el examen del martes.

Lunes 16 de marzo 2020
Tampoco estudié. En la tarde otras universidades cancelaron clases por la pandemia, así que decidí que en pocas horas mi universidad haría lo mismo, ¿para qué estudiar entonces? Dieron las ocho, las nueve, y para las diez de la noche me llegó el rumor de que consejeros y directivos estaban en junta para decidir nuestro destino. Seguro suspenden…

“Comunicado oficial: Esta semana se asistirá a clases siempre y cuando los alumnos no hayan asistido a eventos masivos, tales como: vive latino, partidos de fútbol…”

Momento de pánico, pasé la tarde viendo Netflix, era hora de estudiar. Once de la noche:

“Comunicado SÚPER oficial: Siempre si cancelamos clases (recordamos que andar en metro cuenta como evento masivo)”.

Bueno, en fin, ni siquiera abrí el cuaderno, ahora a dormir.

Primeras semanas en cuarentena
No sabía que hacer con tanto tiempo, hice ejercicio, comí sano, retomé lecturas, el violín, intenté cocinar. Luego recordé la razón de por qué abandoné todo lo anterior.

A partir de aquí, ya no sé de fechas ni espacio-tiempo
Ahora debía tomar las clases en línea, problema uno: tenía un profesor desaparecido, problema dos: la mayoría solo mandaba PDFs o PowerPoints.

Sobre el profesor desaparecido: Pregunté a mi grupo si conocían su paradero, pero nadie sabía nada. Él era un profesor mayor, paranoico sobre los riesgos de dar a los alumnos sus datos de contacto. Me ofrecí a mandar mensaje al consejero para preguntar, y terminaron haciéndome jefa de grupo. Acepté mi cargo (no me quedaba de otra, nadie se ofreció) y con mi nueva jurisdicción hice escuchar a mi grupo ante el solemne jefe de carrera. No sirvió de mucho, al parecer la paranoia del profesor no era solo con los alumnos, sino que NADIE tenía su correo.

Sobre los PDFs y PowerPoints: No me preocupó en un rato, hasta que las calificaciones del grupo comenzaron a bajar, por lo que intentamos hablar con el profesor de química, pero nos dijo; palabras más, palabras menos, que su salario no cubre nuestras necedades, y no iba a dar clases por videoconferencia ni nada de esas modernidades. Al parecer las prestaciones sí tenían algo que ver.

En algún momento del espacio-tiempo
Llegaron mis padres del trabajo. Mi mamá me llama porque mi papá tiene algo que decirme. Momento de pánico. Pienso que despidieron a mi papá, no ha trabajado tanto tiempo ahí, la situación es difícil ahora, casi quiero llorar de incertidumbre. Bajé las escaleras, y mi papá como buen hombre; no dice nada, hasta que mi mamá lo mira desafiante como diciendo “es hora de hablar”. Entonces mi papá respira resignado y me cuenta como una mujer de su trabajo no se reportó en un tiempo, y justo ese día llamó para decir que tenía COVID-19. Ahora toda la oficina debe hacerse la prueba, hasta entonces estará en casa con nosotras. Al final no fue tan malo, digo, mi papá aún tiene trabajo y se ve sano, seguro dará negativo.

72 horas después de la prueba
Pues siempre sí dio positivo, más de la mitad de la oficina lo fue. Solo nos queda estar en cuarentena a todos en casa. Mi mamá dormirá conmigo, es como si tuviera seis años otra vez. Hay tensión en la casa, parecemos estar en un juego de póker, donde todos tenemos malas cartas, pero eso sí, nadie quiere revelarlo. Mi papá no es una persona de interiores, tenemos que corretearlo y vigilarlo para que no salga, porque según él, no está enfermo; porque no se siente enfermo. Después de explicaciones con peras y manzanas sobre el riesgo que implica que salga, acepta de mala gana. Antes me prohibía salir, ahora los papeles cambiaron, se siente bien, ya sé porqué lo hacen.

La pijamada con mi mamá no funcionó, por nuestros horarios de sueño distintos, por lo que compró un colchón inflable y se fue a dormir al estudio. Hasta mi perro se va con ella, no sé si mi ciclo circadiano es un asco o simplemente mi perro la ama más.

Después de la cuarentena de papá

Él regresó a trabajar y todos respiramos por volver un poco a nuestra cotidianidad, o nueva normalidad. Nunca mostró síntomas, solo ganas de salir.

Finalmente consiguieron el correo del profesor desaparecido, era hora de mandarle mensaje: “Buenas tardes, profesor, quisiera saber sobre la continuidad de la clase…”. Me esforcé por ser propia y directa, demostrar que merecía el poco codiciado poder de ser jefa de grupo, aún así de poco sirvió, el profesor me dijo que no molestara, que estaba planeado regresar a clases presenciales en algún momento según el comunicado oficial. 

A las pocas semanas (o días) salió el comunicado oficial de: “Siempre no vamos a volver a clases”. Yo en mi autoridad de jefa, envié otro correo. Me contestó igual a la primera vez, yo insistí sobre que no íbamos a volver, él me insinuó en su respuesta que yo había leído mal. Pero mis papás no criaron a una rajona, a una berrinchuda sí. Entonces como buena hija única mandé mensaje al consejero acusando al profesor, y él como buen niño berrinchudo lo mandó a alguna autoridad y de seguro esta autoridad a otra y así hasta el fin de la burocracia, pero por fin el profesor contestó, muy cortante e intimidante, pero accedió a darnos clases.
Y solo me tomo unos meses.

Reflexión del espacio-tiempo actual

Hace poco leí un artículo que decía que para ser clase media en México debías ganar cerca de $16,000. Me sorprendí porque siempre creí que mi familia era clase media y resulta que los privilegios que creía tener al final no son tan exclusivos, que quizá varios en mi país creen tener privilegios de clase media cuando casi nadie los tiene y que ahora estamos pasando por lo mismo. Fue peor que cuando me dijeron que los reyes magos no existían, porque ahora sabía quiénes pagaban las cuentas de los reyes y que no estábamos para pagarlas. Al final solo existe los que se saben clase baja y los idiotas que nos creíamos clase media, creo que el que me dejaran en un Chevy en la escuela de paga debería haber sido una pista.

Cortina de lágrimas

Por Cuquis Sandoval

Hay momentos que la luz se extingue ante el fulgor de la oscuridad; el conocimiento de las cosas se pierde en el ramaje de la incomprensión y no penetra un  ray a la razón. Se ensombrece el pensamiento y caen gotas de pesadumbre en el corazón.

El equilibrio permite el balance de pensamientos y emociones, se encuentra tambaleante e incierto; hábitos y rutinas cual preámbulo a la fijación de conductas han sido modificados; la relación con la otredad es una amenaza; la fragilidad entre salud y enfermedad pende de un hilo; el miedo a la muerte es más intenso que nunca; me reconozco vulnerable; con miedo de perder a mis seres queridos o extraviarme en las brumas del olvido. 

Las noches son el preludio de insomnio y pesadillas. 

Los días tienen un flujo diferente, estático, con una dimensión de pesadumbre y expectación. Las celebraciones familiares y culturales se rigen por la frialdad de las cámaras; las interacciones se posesionan de la imagen, la palabra, pero falta el calor y la emoción de la cercanía.  

La profusión del canto de los pájaros llega nítida a mi conciencia; mis sentidos se han enaltecido, mi espíritu se encuentra expectante, despierto, para gozar el instante y aprisionar el momento vivido. 

El aire circundante se convierte en cómplice del ayer, trayendo el baúl de los recuerdos, las sombras de los muertos, las risas, y socialización con los míos; hay un río cubierto de lágrimas que baña a los muertos y a los vivos.

Tiempos aciagos

Por Yesenia Rodríguez

En marzo me guarecí en las costas de Oaxaca buscando un remanso, fue más un escape del deber ser, de la náusea sartreana, de un amor que seguía siendo romántico, pero y sobre todo para salvar lo que quedaba de mí. 

Partí en la convulsión de ser fiel a mis principios, renunciando a lo que para muchos sería el trabajo prometido. Planteé poner tierra de por medio entre mi deseo y otro amor no correspondido que me había llevado al desconocimiento de mí, a invisibilizar al otro como medida para no perder lo poco que me había quedado de dignidad y amor propio. Fui en busca de una ilusión más, con la esperanza de que aquel castillo en el aire se esfumara con la brisa del mar. 

Los días de 31 grados transcurrieron lentos, insoportables en ciertos momentos donde no pude evitar más mirar dentro de mí; sabiendo que el abismo ya me habitaba y algo debía hacer. Flui a los mares en busca de respuestas (quizás de más preguntas), entre las olas dejé mi cuerpo a merced de la impredecible voluntad de las mareas que dan y quitan; le entregué mi respeto a ese vaivén llamado vida. Me sumí en un mutismo, me dolía la garganta de tanto pregonar la desigualdad y la falta de reciprocidad; me sentía cansada de mi voz que les pedía a los otros y no se pedía a sí misma. Navegué en un mutismo para descansar, de ti, de los otros; de mí. 

Bajo aquellas palapas el rumor se confirmó, dejó de ser sólo sátira para volverse una realidad global; nos encontrábamos de cara a otra pandemia que prometía ser histórica. Los aeropuertos y fronteras comenzaron a cerrarse, toques de queda a implementarse y el cubrebocas a ser el símbolo del cuidado mutuo; el amor hacia los seres queridos. La incertidumbre, el miedo y la precaución se manifestaron y muchos viajeros a sus patrias volvieron y otros tantos no irse decidieron.  

Mi tiempo de volver a mi hogar llegó junto a la política pública del #quedateencasa de la Ciudad de México. Volví más pobre, más endeudada y con las mismas heridas abiertas sin indicio de haber hecho costra. A mi regreso todo era distinto, tan vacío, tan callado, parecía que la Ciudad había recurrido al mutismo; o al menos quienes podían resguardarse y mantenerse a salvo. Yo hice lo propio y #mequedéencasa porque no quería ser portadora de ningún virus que pudiera comprometer más la salud de mi madre. Un par de días después de mi regreso, estuve en cama con una serie de síntomas que me hicieron considerarme portadora del SARS-coV-2; pero resultó ser colitis y alergia a la ciudad ¡Vaya broma! 

En el cenit del confinamiento, el autosabotaje no se hizo esperar y con él llegó su amiga la culpa. Me sentía estúpida por haber dejado la estabilidad de la llamada vida adulta, pero me sentí el doble de estúpida cuando en soliloquio y casi en una especie de cántico no dejaba de repetir en mi mente: síndrome de Estocolmo le llaman. Fue difícil reafirmar que nadar contra corriente cansa y te posiciona en lugares de mucha soledad e incluso de mayor exclusión y desigualdad. 

El tiempo del confinamiento se agudizó, las cifras de muertes fueron aumentando, los chistes se siguieron generando y la polarización sobre la posible farsa se acentuó en niveles surealistas; ¿qué diría Bretón si vivenciara este México pandémico, desigual, irracional y convulso? 

Las estadísticas de los decesos se apersonaron, empezaron a ser rumores de conocidos que tienen conocidos que supieron de alguien que murió por Covid-19, o de alguien a quien le pagaron por firmar la aseveración de que su familiar había muerto por el virus proveniente de la ingesta de murciélagos en aquella lejana provincia de China. Ya saben, la polaca nacional, el chisme y lo conspiranoico. Conforme fueron pasando los días, las semanas y los meses el susurro se volvió voz y los casos confirmados ya estaban en los familiares de nuestras amistades, en los vecinos, incluso en nuestras familias; y como Ciudad semana tras semana se seguían proyectando fechas para el pico más alto de contagios, un simulacro que seguía llenado los hospitales.

Ya es julio  y los empresarios gritan que debemos correr el riesgo y volver a nuestras vidas, que el trabajo no se hará solo, sin importar si el cubrebocas que llevemos sea el mismo desde que inició la pandemia. 

Ya es julio y muchos seguimos desempleados deseando no ser parte de esas estadísticas, aunque seamos conscientes de la ruleta rusa del contagio. 

Ya es julio y le he pedido «asilo político» a mi madre como muchos más que no podemos sostener la llamada vida independiente. 

Ya es julio y debo preparar una mudanza cuidando no llevarme a los fantasmas del pasado, guardando entre las cosas importantes mis desaprendizajes, mis reivindicaciones como mujer que ya no quiere «sufrir por amor», mi consciencia de clase y mi profesionalismo. 

Ya es julio y escribo estas líneas con la música de fondo de una fiesta clandestina o fiesta de covid como las llamamos mis amigos y yo. 

Ya es julio y muchos se han resignado a que tampoco soplarán sus velitas de cumpleaños, incluso se cuestionan si habrá navidad. 

Ya es julio y vamos por el cuarto mes de confinamiento pandémico en México, a medio año de que el SARS-coV-2 hiciera más evidentes las desigualdades sociales en todo el globo, hemos perdido la noción de los días y las noches, la ansiedad se ha vuelto amiga de muchos más, medio año ya de que nuestras lagrimales se secaran o quedáramos pasmados por tantas perdidas.

Ya es julio y parece que aún no miramos la luz al final del túnel. Los días siguen transcurriendo y solo me pregunto ¿a dónde vamos como sociedad, como especie y como individuos? ¿qué será de nosotros cuando este impasse termine?

Por un lugar seguro para todes

Por Laura Cortez

Que tiemble el Estado, los cielos, las calles

Que tiemblen los jueces y los judiciales

Hoy a las mujeres nos quitan la calma

Nos sembraron miedo, nos crecieron alas

“Canción sin miedo”, Vivir Quintana

Como muchas personas he perdido la noción de los días en la cuarentena, he pasado por diversos estados de ánimo y mi voluntad ha oscilado entre Netflix y rutinas de cardio en YouTube; he tocado el optimismo que me ha permitido el privilegio de poder permanecer en casa a mis anchas y sin preocupaciones, como también he caído en una rabia impotente al ver noticias tan injustas en redes sociales que, desde mi insignificancia, no puedo cambiar. Afortunadamente suelo ir a la cama con la satisfacción de cumplir algún objetivo durante la jornada, cosas pequeñas como hacer ejercicio, ayudar en los deberes del hogar, leer unas páginas del libro que me prestaron antes de la cuarentena o colaborar a mis amigos más emprendedores con algún capítulo de podcast. He intentado aprender a valorar cada logro por más pequeño que sea, pues la cuarentena no sólo ha sido un montón de días irreconocibles, sino un cúmulo de pequeñas cosas que valen y me han hecho reflexionar como nunca. 

Entre las cosas más grandiosas que han alegrado estos días sin nombre ni número se encuentra el regreso de las mariposas monarca a mi jardín. A pesar de la pandemia, a pesar de toda injusticia social de este año apocalíptico las mariposas retornaron y entre revoloteos dejaron sus huevecillos en las asclepias de la cochera. ¡A los pocos días las plantas se llenaron de orugas de todos los tamaños que comían sin parar! Mi mayor diversión era cuidar a estos insectos; las orugas son ciegas y, si el césped es demasiado largo, pueden perderse en él. Por ello dedicaba mi tiempo en buscarlas entre la hierba para después colocarlas en una hoja donde pudieran seguir alimentándose, también alejaba a los escarabajos y construí un refugio para que pudieran hacer su crisálida. Sin embargo, pasó lo que habría de esperarse de cuando salvas insectos que por selección natural quizá no debieron sobrevivir, faltó el alimento y se volvió evidente que algunas orugas morirían por inanición. Por sentido común pensé en salir de casa para buscar hojas que pudieran comer, el año pasado ocurrió lo mismo y sólo tenía que cruzar la calle para traerles provisiones. No obstante, mis vecinos de enfrente habían arrancado su arbusto de asclepia, única especie de las que se alimentan las orugas de monarca, al igual que mi vecino de al lado, el de la vuelta y el de la esquina. No podía creer que no hubieran observado que esas plantas aparentemente silvestres y “venenosas” eran en realidad un anzuelo para atraer al lepidóptero más extraordinario de América. Pero fue obvio que así había sido, con seguridad podría decir que la gente de mi barrio creyó que las orugas eran una plaga y que la planta era maleza indeseable. 

He dicho que la cuarentena ha sido para mi un cúmulo de pequeñas cosas que me ensimisman a la reflexión. Pues bien, además de entristecerme el pensar que el pequeño jardín de mi cochera es un oasis para las monarcas –puesto que mis vecinos han aniquilado su única fuente de alimento–, también me ha orillado a cuestionar si estoy en un caso similar a la de ellas. En cuatro meses mi casa ha sido el único lugar dónde puedo estar a salvo no sólo de un virus mortal, sino de los peligros del estado con más feminicidios en el año y donde los cárteles se disputan el territorio a base de violencia y muerte. Sí, vivo en aquel estado conservador –casi medieval – donde se apela a argumentos religiosos para impedir el aborto en un gobierno laico y la gente marcha en pro de la “familia natural” cuando en realidad luchan por perpetuar la homofobia. Guanajuato es, del tiempo a la fecha, un lugar inaudito. A menudo me pregunto cómo será volver a la libertad de antes en un sitio como este, ¿podré salir de casa con la misma confianza? Lo dudo, si no es COVID quizá sea algún otro virus de mi municipio el que me enferme, alguno de esos males tan normalizados hará que pierda mi tranquilidad aún si puedo salir y ver a mis amigos. Estar tanto tiempo en la seguridad de mi casa me hace dudar en si quiero salir después del encierro.

Después de los siete días las crisálidas se vuelven transparentes y permiten apreciar el cuerpo contraído de la mariposa. Suelen salir por la mañana, luego estiran y secan sus alas hasta bien pasado el medio día. Es entonces cuando salgo a contemplar su primer vuelo por encima de la barda y, una vez que la pasan, sé que no volverán. No tengo alas en la espalda para huir de los peligros y, en comparación de las monarcas nacidas en mi jardín, no está en mi posibilidad emigrar tan rápido. Con la misma seguridad puedo decir que la cuarentena terminará y saldremos de nuestras casas para enfrentarnos a la realidad que no ha hecho más que esperarnos, la violencia no ha parado. 

Todas estas reflexiones traen a mi memoria el primer libro que leí durante la cuarentena, Un lugar seguro de la mexicana Olivia Teroba. Este libro está compuesto por ensayos que abordan temas sobre el feminismo, la concepción del auto cuidado y los retos para asegurar un entorno digno para las mujeres. Para Teroba es necesario reconocer que, si bien las circunstancias de la realidad no son las que necesitamos para vivir en paz, debemos aferrarnos al lugar seguro que podemos establecer desde nuestra individualidad. Yo soy mi diaria compañía, por lo que mis pensamientos y placeres deben marcar un lugar libre de violencia. Nuestra cuerpa debe ser el primer espacio donde anide el autocuidado a fin de convertirse en un lugar sororo en el cual otra feminidad pueda unirse y expandir la red de seguridad. Cuidarnos entre nosotras y luchar por que algún día no tengamos que hacerlo es la respuesta ante el miedo de hoy. Pareciera que el mundo se detuvo al entrar en cuarentena, pero es un error pensar que lo hizo el feminismo. 

Ante la falta de alimento para las orugas he plantado semillas de asclepias, si el mundo se vuelve hostil sé que puedo hacer una diferencia desde mi hogar. Del otro lado de mi puerta puede existir gente que no entienda la relevancia de una planta para una mariposa en peligro, ni tampoco la diversidad del amor ni la importancia del feminismo. Sin embargo, espero convertirme no sólo en el lugar seguro donde se encuentre una mano amiga, sino también en la semilla que transforme el jardín.  La pandemia me ha enseñado que las cosas pequeñas pueden cambiar, si no el mundo, sí la vida de una persona. Con esto en mente espero el regreso de las mariposas y mi propio retorno a la sociedad. No se va a caer, ¡lo vamos a tirar!

Re(den)ndi(ción) de cuentas

Por Valeria Mendoza

Estoy buscando cómo sacar mis uñas

de las costras

las que me hice tendida boca abajo mientras buscaba 

cómo extraer mi rencor

de las blasfemias de mi madre

Quise pasarlo a fuerzas a una coca de 300 mililitros

pero por la boquilla rebalsó la ínsula:

todavía faltaba dar el beso a mi padre

Faltaban sus 3000 pesos que jamás llegaron

la traición de mis últimos amigos

el gato que dejé morir desolado

la patria que no salvaré nunca

Estoy buscando cómo sacar mis uñas

de las costras

las que me hice tendida boca arriba mientras buscaba

cómo liberarnos 

de mí misma.

Lluvia en el confinamiento

Por Nohelia Menjivar

La niebla se despeja,

el petricor perfuma el espacio,

el ruido como una corriente golpea mis oídos y me hunde en la poesía.

El tiempo plácido y las almas ávidas corretean mi vista.

Los opulentos cada vez más abastecidos,

los desventurados cada vez más desproveídos.

Los gestos se extinguieron y la desesperación controla la mente.

Somos degustación que alimenta a los incultos con corbata 

y el que lucha contra la adversidad es humillado y el que roba los centavos exaltado.

Caemos en debilidades y nos sembramos ineficiencia marchitando nuestros espíritu. 

Al final siempre amanece mañana al mediodía entrando la tarde noche

Por Giovanna Enriquez

I

Si la resistencia puede pronunciarse 

es gracias a las ventanas atravesadas de incertidumbre. 

Si los cielos pueden permanecer al borde de las casas

es porque los marcos de las ventanas deciden contenerlo todo. 

El mundo se queda, entonces, 

esperando a que alguien le abra la puerta.

Al tiempo que afuera se deshabitan las calles, 

en las esquinas de las habitaciones se reproducen las lenguas, 

y mientras las ciudades se arrinconan en fotografías, 

los pasillos de las casas se recorren postergando los paisajes.

Se nos atrofian en la boca palabras como 

avenida, viaje, apretón de manos, comunidad, 

metro, esquina, abrazo, abarrotería, 

cuando estamos por decir: amanecer de escaleras 

que llevan a los mismos cuartos de siempre, 

donde guardan silencio estas nuevas cercanías. 

II

Las líneas de luz convergen y delinean el tiempo 

mientras el mundo se desteje por las mañanas.

Detrás de las paredes se escuchan los espacios recorriéndose entre sí. 

El ruido de las historias pequeñas ocurre; 

el diluvio universal se escucha en nuestras regaderas, 

y el primer día se vuelve el último al cerrar las cortinas. 

El miércoles es viernes, los otros soy yo, 

y en la esquina cae una ciruela al suelo, 

los árboles enraízan las ciudades, 

las tuberías se quedan embarazadas de sombra 

y el ruido de agua de río aturde las avenidas.

Resistir siempre ha sido una casa con forma de ciudad, 

un espejo con geografía mutante, 

un crecer de frutos en las manos ajenas, 

una forma de decir que metro y medio de distancia 

es mucho más que noventa centímetros de lejanía. 

III

Al mediodía el espectáculo de la intimidad se vuelve 

el escenario perfecto para entrar desnudos en el mundo. 

Los teléfonos timbran, los televisores enfurecen, 

las radios nos cuentan que en las fronteras 

cada vez cuesta más hablarse de tú.

Los techos de las casas sostienen los vocabularios 

que nos faltan, los que no conocemos, 

y los que no sabemos pronunciar, 

y si abrimos las ventanas, se nos cuelan nuevas formas de decir 

que nunca nos será suficiente una casa donde se contiene todo.

IV

Arriba, el sol se cubre los ojos. 

Los cristales vuelven público lo privado: 

una lámpara es la punta de un árbol, 

y la casa de enfrente puede ser nuestra madre o una caracola. 

Se confunden las voces en las azoteas, 

y las paredes van aprendiéndose nuestra repetición. 

El reflejo lleva el mundo en sus intersticios, 

las baldosas recién trapeadas se vuelven mares, 

los picaportes tienen poca memoria de nuestras manos 

y la casa no vuelve a ser sólo nuestra.

El atardecer no deja de amoratarse más allá del tragaluz. 

V

Si la resistencia ha mudado de nombre, 

entonces tendremos que reaprender a nombrarlo todo,  

convertir la casa en un abecedario.

Si la noche se repliega igual en todas las camas, 

valdrá la pena asirse al único espacio que nos queda 

y dejar la puerta entreabierta antes de cerrar los ojos.

Al final,  

siempre amanece mañana,  

al mediodía

 entrando la tarde noche.

Mientras

Por Isabel Galván

Soy mujer tras el ventanal

las horas parecen ir

al fondo del abismo,

la negra sombra

de martirio da

una pena agónica.

Mientras; un mundo 

ajeno queda afuera,

aprendimos con los días

de una cárcel; un mal

que, como vitral, expandió luz

hasta el más íntimo rincón.

Mientras; vidas humanas

se extraviaban, renacían 

los vergeles, las aves

reposaban en el mullido

silencio de tristes

balcones deshabitados.  

Mientras; risas de los niños

de un infinito caudal

pasaron al encierro, río

languidece cual desierto

sin sustancia, ni amor:

y ellos, sin juegos, ni poemas.

Mientras; obreros en martirio

larga pena sin trabajo, ni dinero

y un costal de deudas, y el alma

entristecida al sofoco del futuro,

caminantes tras esfuerzos; 

otros horizontes y destinos.

Mientras; los mayores acusan

fragilidad de su edad, y caen

en los tormentos de su respiro,

en la noche vergonzosa

de un ataúd vacío, cenizas

entre terribles marasmos.

Y mientras todo sucede aún;

el mañana atrapado en la vorágine

cual torbellino sin fin dictará sentencia:

se acomoda un mundo extraño

a las miradas todas; los labios tapados

y en suspenso, nada de besos, ni abrazos.

Mi utopía

Por Liliana Ramos

…Y si suspirándote te siento;

imagínate tocándote.

Por qué tocándote puedo descargar

esa pasión que solo es contenida

para ti…

¡Que! Cómo explico que desatas

el instinto  prohibido y me provocas

éstas ganas de tenerte cada vez que 

te pienso, te imagino, te respiro y te vivo.

Sin embargo sé que te ofrezco algo

momentáneo, etéreo, llámalo mi utopía,

Una fantasía loca de tí, de mí, del mundo,

donde al final de cuentas solo puedo

darte la seguridad de momentos.

Cómo diablos renuncio a estas ganas 

de querer una relación contigo donde

puedo escudriñar tu cerebro, por que Usted 

me derrite con su altura intelectual.

…Y en esta distancia, asfixiante, 

en éste confinamiento, mi angustia se acrecienta 

se disparan estas ganas contenidas hacia la nada,

solo espero que sigas ahí, para mí, como yo 

lo estoy para ti. 

Selección de poemas

Por Aurora Fuentes

RECELO Y LLANEZA   

Nos impusieron una cuarentena que se pasó de ochentena, 

llenándonos de miedo que cuajaron entre mentiras y verdades.

Destrozado al comercio, la economía cayó al piso.

¿Cómo derribar estos sentimientos y regresar a la confianza?

 Cuantas cosas murieron, es grande la afección.

Lo que se rompe, se repara pero no vuelve a ser igual,

deja cicatrices que no se pueden maquillar.

Aprendí a saludar sin tocar, a dar abrazos en soledad,

mis caricias eran virtuales para no contagiar,

inocular algo que no tenía, pero podría llegar.

¿Será que debo llorar?

¡No! me alegro de estar viva, de estar aquí y con salud,

bendigo lo que he vivido y el aprendizaje que adquirí:

La tierra necesitaba un respiro,

mi conciencia un momento conmigo a solas,

y que la unión familiar se restableciera.

Valoré tener un techo, una cama donde descansar,

alimentos sencillos que bien degusté.

De cargar lo inútil, hoy me siento liberada

satisfecha de la limpieza general que realicé

¡Libre! ¡Por fin me siento plena!

¡Emancipada de la pandemia! La vida debe seguir.

A LALO, INES, SINDI Y SUSI

Con Chole en casa, recorro una a una cada habitación,

a las tres recamaras les he dado ocupación

una cada día para sentir que cambio de hotel

y cuando en el mismo lugar pernocto

es porque tomé paquete de tres días y dos noches.

Hablo y platico mucho, a veces me disgusto conmigo misma y me dejo de hablar. 

No dura mucho el mutismo, en una visita al restaurante de la cocina me reconcilio.

¿Qué,  quién me acompaña en esta travesía?

Lógico Lalo-cura y Soledad.

¡Ah!, pero no por mucho tiempo, hoy en esta insania

recibo a otra visita que todo lo cambia de lugar

me tiene toda revuelta la linda Ines-tabilidad.

Ya no quiero acoger a nadie, ya no hay espacio para más,

todo me causa quebranto, no salgo a trabajar.

Abro mi bolsa, miro mi cartera y efectivamente, ahí está Sindi-nero.

¡Váyanse! ¡Váyanse todos!

¡Déjenme vivir en paz!

Únicamente que se quede Susi.

¡Sí! Con Susana-distancia,

pronto, todo pasará.

CONTINGENCIA

Tendremos que quedarnos en la casa,

buscando darnos bien seguridad,

tanto en el campo como en la ciudad

mientras la horrible contingencia pasa.

El tiempo pasa lento y se retrasa

temiendo al virus lo hacen majestad

quien pone al mundo pleno en soledad

y la ciencia parece que fracasa.

No se encuentra la cura para el mal,

de recapacitar llegó el momento

modificando toda la moral,

dejando de reñir tan habitual

con armonía alzar el sentimiento

gozando de la vida al natural.