De niña vi un ave morir. Murió en mis manos, cerca a mi corazón. Ya en ese tiempo carencia de valor para los adioses, para lo definitivo, y por eso, desde entonces me avergüenza hablar de esta digestión tan lenta de la muerte.
Al ave la guarde junto a mis colores, la visitaba todos los días, con esperanza, con curiosidad, con adoración. Vi como las plumas se transformaron en finos hilos y su silueta se desvaneció en un líquido amarillento que poco a poco, fue absorbiéndose y reduciendo el cuerpo desde dentro, desgarrándolo, como una casa devorada por termitas. Al final, solo quedó la pintura.
Por que la vida trae uno y otro escenario paralelo que solo el tiempo logra unir o separar para siempre, por esos dias, mamá preparaba unas compotas de banano y ciruelas para mi, porque decía que vivía estreñida, y desde que el ave había caído muerta en el patio de la casa yo no había podido sentarme hacer nada, solo aire y liquido, a veces una rara contracción que confundía con miedo o tristeza.
Mamá también decía que algo olía mal en casa; yo sabia que el olor de los colores jamás volvería a ser el mismo. Por eso, antes de que ella la encontrara y yo tuviera que dar explicaciones que no tenia, tome la cartuchera sin abrirla, casi sin verla, haciendo de cuenta que no tenia que ver conmigo. Desarraigándola de mi, la tire en el árbol cerca a la iglesia y la deje ir.
Hoy recuerdo esto, como todas las veces que tuve vergüenza de no poder olvidar pronto y seguir llorando por cosas que ya no tienen sentido.
***
Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇
A mí me gustan las preguntas. Mi madre me dice que, cuando era chiquita, yo era la niña de los por qués. Me acuerdo mucho de que me impresionaba de verdad el que los pájaros volaran y quería saber por qué lo hacían. O qué era el sol y por qué «salía y se metía». O por qué la luna nos perseguía mientras la veía en un auto en movimiento y por qué cambia con los días (aún hoy me impresiona, la verdad, pero hay cierto saber ¿racional? ¿científico? Que da calma a una parte de mí: “hay explicaciones para esto. Y lo puedes entender”).
Conforme fui creciendo, las preguntas se fueron haciendo más grandes -o más chiquitas, pero profundas- ¿Quién soy? ¿Qué siento? ¿Qué es amar? ¿El otro me ama? ¿Qué me da calma? ¿Por qué morimos?¿Cómo dejo ir?
Alguna vez pensé que mi afán de preguntar tenía que ver con mi afán de controlar. Si pregunto, por ejemplo, ¿a dónde va ese autobús? saberlo me hace pensar que no me pasaré de calle. Si pregunto: ¿Cuántas personas vienen a la fiesta? en mi mente puedo calcular las porciones para tener suficiente comida en la celebración. Conocer el itinerario de viaje (¿Dónde vamos a ir? ¿Cuál es la ruta que seguiremos?) me permite pensar en qué llevar, cuánto dinero, y prepararme para lo que surja. Mientras escribo esto una parte de mi pensamiento se reafirma: tenemos paz si sabemos todas las variables. Aunque en el mundo no haya paz del todo. Aunque esa sensación sea un refugio para afrontar este inevitable caos.
No quiero tratar mal a esta parte de mí que quiere sentirse segura. De alguna u otra forma, sé que todas las personas lo queremos. Sólo que a veces la seguridad por sobre todas las cosas nos trae una vivencia del mundo muy parcial. Todo está pasando en el mundo siempre: y las preguntas con demanda de certeza a veces son espadas hermosas que movemos con energía y que solo alcanzan a cortar el aire.
Ahora mismo, imagino a mi mente como una habitación. Los muros y las paredes son preguntas. Algunas paredes, las que más veo o cuido, están adornadas y limpias. Otras están siendo destruidas por el paso del tiempo. ¿Qué preguntas escondo porque no las quiero ver? ¿Hay habitaciones propias hechas de preguntas en las que nos sentimos amenazadas por nosotras mismas?
Mi mente no deja de generar preguntas. Y en mi corazón no dejan de nacer. Algunas las cultivo con esmero; a otras no las quiero ver seguido y me incomodan; otras sólo las dejo morir. Si me preguntan ahora, quisiera que todas estas semillas que llevan dentro preguntas se convirtieran de pronto en un jardín precioso. Pero su potencia radica quizá en no convertirse en un jardín. Su potencia radica en sólo ser lo que son y en permitir que las contemple.
Tal vez ya no haya que blandir la pregunta como arma. (Tal vez sí). Tal vez haya que dejarse habitar por la pregunta, con la calma de quien se sienta a contemplar a la extranjera que dice algo de nosotras mismas en un idioma que no hablamos pero sí entendemos, mientras nos dejamos estar, sin pretensión de decir nada, habitadas por sentirse en paz con el enigma.
Aprendemos a decir adiós, a soltar, a cerrar ciclos. Nos hablan del “deber ser” del duelo: sus etapas, sus tiempos, sus formas. Pero nadie —nadie— nos prepara para esa forma sutil y persistente en que el amor sobrevive a la muerte.
Porque el amor no se muere con el cuerpo. Permanece. Cambia de forma. Se acomoda a las grietas del alma y se manifiesta en pequeños rituales, en la memoria encarnada del que se queda.
Estos últimos tres meses, mientras mi papá pasaba por un episodio de salud muy grave, pensé por primera vez en su muerte como una posibilidad real. Y me asusté. No estaba lista para soltarlo. No sabía cómo se hace eso. Nunca nadie me explicó qué pasa con el amor cuando la persona ya no está, pero aún ocupa tanto espacio. Me di cuenta de que no estaba preparada, y quizás nunca lo estaré.
Ese pensamiento me llevó a una pregunta que puede parecer absurda en un mundo que mide todo en términos de eficiencia, productividad y lógica: ¿qué hacemos con el amor que se queda cuando la persona se va?
Así nació esta columna.
Le pregunté a algunas personas cómo viven el amor después de la muerte. Las respuestas me conmovieron profundamente. Son fragmentos de vida. Heridas abiertas. Actos de ternura radical.
Mariana, 30 años: “Han pasado tres años desde que murió mi novia. Le sigo escribiendo por WhatsApp. A veces le mando memes, canciones, cosas sin importancia. Nadie más tiene acceso a ese número, yo lo mantengo vivo, pero no me importa, ni me molesta hacerlo. Es mi manera de seguir compartiéndome con ella.”
Roberto, 47 años: “A mi mamá la enterramos un lunes. El siguiente domingo fui a verla. Desde entonces no he fallado ningún domingo. Le cuento de mis hijos, del trabajo, de lo que me molesta. Es como hablar conmigo mismo, pero también con ella. A veces siento que me responde.”
Andrea, 28 años: “Mi abuela siempre decía que iba a volver en forma de colibrí. Yo creía que eso eran tonterías, pero el día que murió, un colibrí se metió a mi cuarto. Desde entonces, cuando uno se me acerca, me detengo. Le hablo bajito. La extraño tanto que cualquier señal me ayuda a seguir.”
Fernando, 61 años: “Cuando murió mi esposo, pasé meses en silencio. Un día, cociné su receta favorita. Puse su música. Puse su copa. Me senté a cenar con él. Lloré toda la noche. Pero esa noche volví a sentirme acompañado.”
El amor después de la muerte es quizás la forma más compleja y pura del amor. Ya no espera nada a cambio. Ya no compite con el ego. Ya no se defiende. Es amor que se vuelve memoria, presencia invisible, acto cotidiano.
Y aunque el mundo nos diga que hay que dejar ir, que hay que pasar página, que hay que “superarlo”, yo creo que hay cosas que no se superan. Se llevan. Se honran.
Tal vez, en la muerte, también se esté ocupado. Pero el amor, en su infinita capacidad de transformación, encuentra maneras de seguir existiendo.
Por: Alondra de Castilla.
Alondra de Castilla es escritora y columnista. En Tramas Humanas, explora las conexiones que tejemos en nuestra vida cotidiana: amistades, familia, comunidad, identidad y las historias que nos unen. A través de una mirada reflexiva y crítica, invita a cuestionar lo que damos por hecho y a descubrir nuevas formas de relacionarnos con el mundo y con nosotras mismas.
El futuro se presenta como una lúgubre repetición del pasado ¿Soy algo más que huesos rotos y piel surcada por las lágrimas? No existen los días. La carne no desea, la mente sólo piensa piensa y repite Que repite hasta que asfixia que asfixia hasta que no queda nada más allá de este cuerpo vacío Tan vacío que pesa más que el aire que cala más que la luz de una pantalla que seca los ojos que no encuentra la muerte que no busca la vida Que… queísmo ¿quejísmo?
Soy Alondra Grande, nací en Mazatlán Sinaloa lugar donde actualmente radico, tengo 24 años de edad, psicóloga, activista feminista y escritora ocasional que encontró en las letras la rebeldía individual, el impulso para seguir adelante y aterrizar los pensamientos que tanto asustan sobre el papel.
‘El invencible verano de Liliana’ (Premio Pulitzer 2024) por la autora Cristina Rivera Garza, es una lectura dura pero necesaria que aborda desde la perspectiva más vulnerable el tema de los feminicidios en México y la inalcanzable, dolorosa lucha por alcanzar una justicia que, en una abrumadora mayoría de los casos, sencillamente nunca llega. Cristina habla con el corazón en la mano y el pecho abierto sobre su propia hermana, Liliana Rivera Garza, asesinada el 16 de julio de 1990. La familia señala a su entonces pareja, Ángel González Ramos, como el responsable de arrancarle la vida a Liliana, una joven universitaria de apenas 20 años.
Este libro es muchas cosas: un testimonio leal y bello del paso de Liliana en este mundo y de su huella, que ha perdurado y perdurará por más años de los que ella estuvo en él. Un recuento de los hechos que rodearon su vida, asesinato, y que aún rodean su ausencia. Pero, de alguna manera, entre tanta tristeza, vulnerabilidad e impotencia, es también un grano de esperanza. ¿Por qué? Porque Cristina menciona varias veces, tanto en el libro como en entrevistas posteriores, algo que me pareció una muestra inequívoca de que la lucha por nuestros derechos, desde muchas trincheras, siempre valdrá la pena. Que se debe persistir en alzar la voz, en señalar, en resistir: Cristina habla muchas veces de la importancia del lenguaje.
En 1990 no existía la figura del feminicidio, que fue tipificada en nuestro sistema penal hasta el año 2012. Se hablaba de ‘crímenes pasionales’, un término que no abarca en modo alguno ni intenta entender esta violencia por razones de género. En los años en los cuales Liliana sostuvo una relación con Ángel González Ramos no se hablaba del termómetro de la violencia, o violentómetro, que fue creado en el 2009 como una herramienta para educar, sensibilizar y prevenir distintos tipos de violencias, que en los 80’s y 90’s estaban incluso más normalizados que hoy día. Cristina se pregunta si este tipo de información habría podido ayudar a Liliana, en una época en la que el mensaje social justificaba, respaldaba y romantizaba actitudes peligrosas dentro de las relaciones de pareja, como los celos, las rabietas, la falta de control emocional y la insistencia. Ayer se llamaba romance, hoy se llaman banderas rojas.
Y no, ese progreso no llegó solito, como una consecuencia natural del transcurso del tiempo. Se dio porque se peleó por ello. Porque existió una resistencia que creó la necesidad de usar un lenguaje nuevo, de abandonar aquellas formas que hacen apología a la violencia, la normalizan, revictimizan. Que no bastan.
Ese progreso llega cuando, por ejemplo, a finales del 2019 un colectivo chileno denominado LASTESIS crea un himno llamado ‘Un violador en tu camino’, una protesta contra la revictimización, la impunidad, la opresión del Estado.
«Y la culpa no era mía, ni donde estaba, ni cómo vestía El violador eras tú»
Himnos así gritan las palabras que muchísimas violencias buscan con urgencia silenciar. Violencias que regresan una y otra vez a la víctima como culpable de su propia agresión, sin importar el contexto. Por vestir falda o vestido, por salir de noche o de día, por ir sola, por ir acompañada, confiar en tu novio, esposo, hermano o padre, por tener pechos, piernas, boca, por sonreír, por no hacerlo, por atreverte a estudiar, a usar el transporte público, a manejar, ir al gimnasio, a la escuela, al trabajo, por estar en tu casa. Por existir. Por ser mujer.
Pero el lenguaje importa. Importa cuando himnos así tejen a través de sus palabras redes que permiten otras formas de oposición. Redes que toman fuerza y llegan a quien las necesita, que inspiran nuevos movimientos, protestas o, incluso, un libro. Importa cuando mujeres como Cristina Rivera Garza lo escuchan y eso les ayuda a sentir que, finalmente, existe la posibilidad de hablar acerca de Liliana. De hacerlo a través del lenguaje correcto, uno que mencione su caso como lo que fue: ni un crímen de pasión, ni un amor celoso, sino una de las más graves violencias de género. Un lenguaje que reconozca que hay un culpable de su asesinato, y uno nada más: el hombre que decidió arrebatarle la vida.
El día de mañana, cuando algún estúpido salga a burlarse del performance de un colectivo, cuando otro cuestione de qué sirve tanta gritadera en las plazas públicas, para qué nos inventamos bailes, canciones, frases, pancartas, términos como banderas rojas o minicen cualquier esfuerzo por señalar nuestras violencias, recordemos las palabras de Cristina: el lenguaje sí importa. Sí hace la diferencia. Y continuemos visibilizando, desde diversas trincheras, las realidades que tanto empeño ponen por silenciar.
Irene González es autora de la novela juvenil de fantasía “En busca de Itzel”, ganadora en la convocatoria Alas de Lagartija 2021 del programa Alas y Raíces perteneciente a la Secretaría de Cultura Federal. Publicada en antologías infantiles como “Sobre la tela de una araña” (Ediciones Momo 2022) y la antología de ciencia ficción “Xalisco Inefable” (Ediciones Mandrágora 2022). Graduada del Diplomado en Literatura y Creación Literaria (Literalia Editores). Ganadora del 1° y 3° lugar en cuento en el “Concurso Nacional de Literatura del Tecnológico de Monterrey” 2011 y 2014 respectivamente. Colabora en la revista La Coyol y en Artefacto de Letras.
Por Irene González. Hablar de abuso es meterse en un tema muy complejo y extenso, pero empecemos por mencionar que el abuso dentro de las relaciones románticas no es un monstruo de una sola cara. Aunque se asocia fácilmente a la violencia física, existen en cambio múltiples manifestaciones…
Por Irene González. En México, el tema de la sexualidad es considerado tabú y no se discute con la holgura de otros países. La situación empeora cuando se trata de poner sobre la mesa la sexualidad femenina, y es que ésta abarca mucho más que saberse las…
Por Irene González. Endometriosis es el nombre de una enfermedad crónica relativamente poco conocida y estudiada, incluso cuando afecta a 1 de cada 10 mujeres según la asociación Endometriosis México y el Ministerio de Sanidad de España. A nivel mundial esto representa alrededor de 190 millones de…
Volviendo al conversatorio decidí continuar hablando aunque mi voz fuera torpe y mi discurso no recurriera las grandes figuras literarias, a los nombres o a los datos, sino que partiera de mi experiencia. El temor y los nervios se disolvieron con mis compañeras, que complementaban lo que yo decía, incluso en la discordancia.
Las Manos Por Anyela Botina 1. Abrir las manos es un gesto para decir amor, lo que nadie sabe es que abrir las manos es escarbar una grieta.¿Sabías que el corazón tiene la misma forma que el puño de una mano? Me lo dijiste una vez—¿loSigue leyendo «Cartografías del Instante| Las manos»
Por Mijal Montelongo Huberman Cualquiera puede imaginarse un paisaje en la naturaleza. Una imagen estática y pacífica con pastos, algunas hierbas y árboles. Tal vez haya alguien que le agregue algún animal, un cielo azul, un poco de niebla o nubes. Otras personas visualizan una playaSigue leyendo «Los árboles y las pantallas que me rodean | De un paseo al terror poético»
Por Tania Farias La rutina estaba bien rodada. Cuando llegaba la hora de dormir, lo acompañaba a cambiarse en pijama, lavarse los dientes y después, venía el momento de elegir el libro que leeríamos esa noche. Una vez la decisión tomada, los dos nos metíamos bajoSigue leyendo «De recuerdos, aventuras y reflexiones|A la hora de dormir»
Por: Liana Pacheco En Oaxaca, hoy 8 de diciembre se celebra a la virgen de Juquila, una advocación Mariana, que tiene su santuario en la costa, en la población de Santa Catarina Juquila. Mi fe hacia ella es una fe cautelosa, debido a las creencias deSigue leyendo «El ojo de Lya | El milagro de Juquilita»
El gran día estaba por llegar. Con los preparativos listos, hicimos nuestras maletas y salimos hacia la región de la que soy originaria para celebrar la Primera Comunión de mi niño. Desde hace más de veinte años vivo fuera por lo que toda la organización del evento se tuvo que realizar a distancia, a través de llamadas, mensajes y muchas, muchas videollamadas. Por supuesto, no dudé en pedir ayuda a familiares y amigos. Y es que cuando hablo de preparación, me refiero a la totalidad del evento, desde lo más importante que fueron los aspectos religiosos y espirituales, la música en la iglesia, la organización de la ceremonia para que fuera emotiva y bella como lo fue, hasta la organización de la pequeña recepción, como la búsqueda del local, de los proveedores de comida, bebidas, recuerdos, adornos, todo, todo estuvo apoyado por alguien más que nosotros (mi marido y yo).
Como todo evento, el nuestro tuvo su momento de tensión y no solo provocada por los nervios de que todo salga como se esperaba. En esta ocasión, la causa del estrés estuvo generada por un problema de salud de un familiar muy cercano, situación que, además, le agregó una dosis emocional que, en mi caso, terminó por desbordarse durante la ceremonia religiosa. Entre el inmenso orgullo que como madre me causaba el ver a mi hijo cumpliendo con una etapa importante en términos espirituales (pues para mí la religión es una base de la que podrá sostenerse y ayudarse, si así lo desea, una vez en su vida adulta) y la preocupación por nuestro familiar, cuyo diagnóstico en esos momentos no era el más favorable, me dejé embargar por las emociones y las lágrimas se invitaron a la celebración en varios momentos.
Una vez terminada la ceremonia religiosa nos fuimos a la recepción, que a pesar de las circunstancias especiales que la familia vivía no podíamos anular; y como desde el principio, varios de mis parientes estuvieron al pie del cañón para que todo transcurriera tranquilo, agradable y en familia (la de sangre y la elegida). Por supuesto, para mí no hubo mayor dicha que ver la cara de felicidad de mi hijo y poder disfrutar de un momento rodeados de personas tan queridas.
Fue hasta cuando todo había terminado, cuando la pequeña tormenta había amainado, pues incluso las noticias sobre la salud de nuestro familiar eran de franca mejoría y nos tomábamos una copa en casa de uno de mis primos, que tuve la ocasión de reflexionar sobre el evento en general.
No sé si a todos les suceda, o solamente a mí, pero hay momentos en que mis “traumas” se activan y me invade un sentimiento de rechazo y de desamor. Aunque conozco muy bien el origen de tales sentimientos, eso no quiere decir que sea siempre capaz de controlarlos y, por consiguiente, cuando me atrapan, sufro como si fueran reales. Incluso, mi inconsciente fábrica pesadillas durante las horas de reposo, de las cuales he despertado llorando. Y sí, muchas veces me quejo, y hasta tengo la osadía de reclamar. Pero recordar el evento de la celebración de mi hijo, vino a ponerme muchas cosas en claro. Lo más importante: mi familia me ama de verdad y tengo a los mejores amigos, pues sin ellos un evento, como ese, jamás hubiera podido llevarse a cabo.
Recordé los ojitos asustados de mi hijo, a punto de iniciar la ceremonia. A su lado estaba su padrino a quien le escuché decirle “no te preocupes, aquí estoy contigo”; recordé a mi prima pedirme las llaves del local al finalizar la misa, pues sabía que los meseros llegarían un poco antes que los invitados y era importante que alguien corriera a abriles; recordé otra de mis primas y a mi cuñada cortando fruta, apuradas, para servir a los invitados; recordé la hermosa música que mi tía contrató para la ceremonia y que le imprimió mucha más emotividad a la celebración; recordé a mis primos catequistas quienes cada lunes dieron de su tiempo para preparar a mi hijo; recordé a mí tía quien nos abrió las puertas de su casa para que pudiéramos hospedarnos; recordé a todos y a cada uno de los que con su granito de arena hicieron posible el evento.
Me queda claro que fue un trabajo de equipo y que mis traumas son solo eso, malas impresiones, porque tengo la fortuna de ser amada.
Si te gustó este artículo también te podría interesar:
Abro los ojos, mi cuerpo arrojado sobre el colchón. El sol se filtra entre las cortinas y los ruidos del mundo van entrando, uno a uno, en el cuarto. El frio del piso, el sonido del agua hirviendo y el aroma del café comienzan a llenar el día poco a poco.
A veces me siento triste sin razón, y me he cansado de pensar en el porqué. La mente dice una cosa y luego otra; rara vez es honesta. Ser honesta es hablar con la verdad, y mi verdad es lo que me mantiene viva. Lo sé porque la mente es rápida para pensar en escenarios catastróficos, que solo sirven para recordarme que lo más importante no tiene razones de peso: lo sabes y ya.
Lo que digo es que, a veces, me siento triste sin razón, y aunque tenga motivos suficientes para llorar, no hay ningún dolor del pasado, del presente o del futuro que sea tan punzante como para ser la causa de mi tristeza. ¿Qué estado será este? No lo sé. Tantos días, tantos años viviendo de razones no dejan más que un revoltijo de voces en la cabeza y una verdad profunda en las entrañas que solo se digiere llorando, y a veces se digiere sola.
Las cortinas se oponen a que la luz del sol entre, así como mis párpados, mi casa, mis palabras y todo lo mío, que solo permite entrar lo que estoy dispuesta a recibir. Me gustan las cosas rotas y las sombras que se forman en las grietas. Me gusta ver los pequeños rayos de sol que dejan pasar las cortinas.
Cuando me siento así, digamos que «triste», me gusta pensar que soy un gato que se engaña a sí mismo con el sueño, un gato que permanece quieto, recibiendo un rayo de sol que se filtra por la cortina. Qué bella es la palabra quietud ahora, bajo esta luz, bajo esta pesadez y esta «tristeza» sin palabras, sin identidad ni razones.
Hace falta valentía para estar triste sin juzgarse, para quedarse quieto sin buscar explicaciones, para dejar asomar al animal cansado que hace piruetas en el circo de la vida.
***
Anyela Botina (1993. Pasto, Colombia). Soy profe de filosofía y hago reseñas de escritoras latinoamericanas en Tejiendo Historias. Escribí dos libros que se titulan Desarraigos (2022) y Aucas (2024). También, puedes escucharme en los podcast Pola y Letra e Historias de Barbaros. Puedes visitarme aquí 👇
El 30 de abril yo quería darle a Eileen un día bonito, así que el plan para ese día era llevarla a una fiesta donde habría pastel, niños y juegos, sin embargo, no le dí más que una mamá que lloraba por una estafa telefónica. Ese día mi mamá llegó temprano a mi casa porque un día antes una amiga de ella, cuya residencia está en Estados Unidos, le había mandado generosamente un dinero, sin razón alguna, solo por tener la capacidad de regalar dólares. Entonces, en la mente de mi mamá estaba su amiga, y al recibir una llamada de una mujer con voz cálida, comunicándose como si la conociera perfectamente, mi mamá asumió que era ella, dándole el nombre a la mujer estafadora. Mi pubertad fue en el sexenio de Felipe Calderón, por lo que ya antes habíamos estado expuestas a extorsiones telefónicas, donde supimos que hacer o estaban con nosotras las personas correctas que sabían qué hacer. Pero esta vez, solo éramos nosotras contra una red de personas diestras para el manejo de la información-identidad falsa. Al menos con tres personas distintas hablamos. Mi mamá aseguraba que era la voz de su amiga, y que, por lo tanto, confiáramos. Nos dio el número de guía del paquete en DHL y un número para llamar y preguntar por su estatus. Todo sucedió tan rápido, mi mamá metió presión para que todo fuera así. Sin tiempo para pensar. Rápido porque estaba segura que era su amiga. Rápido porque estaba sucediendo algo increíble. La promesa de un tesoro. Y yo, una universitaria, maestra, correctora de estilo, con mucha afinidad a la lectura y la reflexión ME DEJÉ LLEVAR por la narrativa de estas personas. Dudaba en mi interior, pero al ver a mi mamá tan convencida, no me detuve a investigar ni de dónde era la lada de los números, ni si era en efecto su amiga con quien estábamos hablando, solo estaba en nosotras el deseo de obtener un paquete de lujo. Este tipo de estafa se ha llamado “fraude del pariente” y se ha vuelto muy común en la región en años recientes. De hecho, las autoridades mexicanas la reconocen como una de las principales variantes de extorsión telefónica. La entonces Policía Federal la clasificó dentro de las extorsiones indirectas, describiendo el caso típico: un “familiar proveniente del extranjero detenido” que dice traer muchos regalos, pero necesita dinero para salir de un problema en aduana. En números, las cifras muestran que el problema es significativo. Tan solo en México, de enero a noviembre de 2022 se registraron 877 reportes de intentos de fraude bajo la modalidad del “familiar que viene de visita” (prometiendo enviar regalos) ante el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia, sabiendo que no todos los casos se reportan, se entiende que el número es mucho mayor. Este tipo de engaño también se presenta en otros países de Latinoamérica. Por ejemplo, en Colombia las autoridades advierten que se ha vuelto común esta estafa dirigida a personas con parientes o amigos en el extranjero –incluso la denominan coloquialmente la “valija del tesoro” en algunas regiones, lo que indica que el fenómeno trasciende fronteras. Es decir, esta estafa no funcionaría en lugares de Europa o Estados Unidos porque se necesitan victimas precarizadas o vulnerables, y aunque haya muchas irregularidades al momento de narrar la historia para caer en la trampa, quienes escuchamos la promesa de un tesoro, elegimos creer. Aunque el supuesto paquete esté en otro estado distinto. Aunque al día siguiente no sea laboral. Aunque a cada llamada se presenten más y más anomalías, elegimos creer. Creer en que por fin algo importante está sucediéndonos. Ser las suertudas. Sí, compro el boleto de lotería con la certeza de ser la ganadora. Así que hago una transferencia por una cantidad importante de dinero, mis ahorros de mucho tiempo, para renovar el supuesto seguro de un paquete carísimo, con pantallas plasma, iphones, ropa, calzado, accesorios, perfumes y joyas. Justo hasta después de hacer la transferencia me doy cuenta de que todo es falso, pero ya es demasiado tarde. Ahora solo queda la sensación de culpa, de arrepentimiento, de autocastigo, de decirme: ¿Cómo yo pude caer en algo tan tonto? Yo, quien siempre presumió ser brillante. Y así se destruye un poco la confianza en mí, en todo. Así me descubro siendo mi mamá, sin haber salido del trauma de la pobreza, de ver como he caminado en círculos desde siempre, entre promesas, guardando esperanzas, creyendo en que el otro tiene la razón. La promesa católica de que por fin en algún momento todo el sacrificio habrá valido la pena. De ser parte de un sistema que santifica lo material. De verme como una cifra más que cayó en una trampa tonta, ridícula. Escribo esto porque estoy desbordada, herida y no sé qué mas hacer, sino refugiarme en las palabras, esconderme ahí, exponerme así. Aquí anexo los números de teléfono y el nombre de la persona a quien le transferí para que estén alerta, especialmente las personas mayores, quienes son su blanco: Supuesta amiga (Imelda Jazmín Pérez Lara): +18177618263 Supuesto DHL: 6868536857 Supuesto DHL whats up: 6867471413 Actualmente estoy en contacto con la policía cibernética, sabiendo que esos ahorros ya están perdidos y que no fui nada inteligente, cuento esto para que no le pase a alguien más, porque sin importar el nivel de estudios o lo astutos que creamos ser, siempre habrá personas que busquen aprovecharse. Aquí dejo algunas recomendaciones para evitar caer en estas estafas: Nunca, bajo ninguna circunstancia realices transferencias a personas particulares, las autoridades aduaneras/de paquetería jamás te solicitarán dinero a cambio de la entrega de un paquete No compartas tu información personal, ya que le estás entregando a desconocidos datos privados como tu dirección de residencia o número de identificación y con esta información pueden perjudicarte gravemente Si se tratase de un envío verdadero lo ideal es comunicarte directamente al número oficial de la empresa encargada de envíos y pedir una guía de la encomienda Sé cuidadoso con la información que compartes en redes sociales, todo lo que publicas puede ser usado para hacerte caer en este tipo de engaños Si eres víctima de este tipo de estafas o amenazas exigiéndote algún tipo de pago, denúncialo con las autoridades competentes Asegúrate de que la persona con la que estás hablando sea quien dice ser, si te pide un favor parecido puedes optar por realizar una llamada telefónica directamente o asegurarte con algún familiar cercano si la persona en efecto está programando un viaje a México.
Yaneli J. González Velasco nació en Calvillo, Aguascalientes en 1995. Es egresada de Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Correctora de estilo, maestra de ajedrez y mamá de Eileen. Su cuento “La huida”(2022) obtuvo el primer lugar nacional por la librería sinaloense Sra. Dalloway. Es parte de la antología de poesía hidrocálida Brevario pandémico (2020) por la editorial independiente Agujero de Gusano. Como Camila Sosa Villada ella cree, con firmeza, que sin la escritura no habría posibilidad de vivir.
No pasaba un día sin un dolor extraño, una dedicatoria oscura, una queja, una descripción amarga de la vida a mis veinte años.
Alrededor era todo decadencia. Un estado de desolación, no de depresión, sino más bien de hastío. El mundo era enorme, los tragos amargos.
Con los años y con las circunstancias fueron evolucionando mis pensamientos. Las quejas, dirigidas a no sé qué instancias de la administración del universo, por fin se terminaron, solamente que en ese momento no caí en cuenta, hasta hace poco.
Ahora mi visión de la realidad ha tenido un cambio, ha sido gradual, no fue algo que pasó de la noche a la mañana, lo que sí me sorprende es el hecho de que es diametralmente opuesto a lo que era.
Antes todo era oscuro, deprimente, feo, pero ha ido del negro al blanco, aunque mi percepción pasó por todos los matices, supongo que es por el hecho de ir madurando. Ahora en la etapa estable de la vida, las quejas por cada cosa insignificante se han agotado, llegan con dificultad, no están más en mi mapa mental. En este momento vienen más fácilmente la alegría, la energía, el deseo de experimentar, de atreverme a hacer cosas nuevas, actividades que en algún otro tiempo no me gustaban; dejé de sentir el peso de todo.
La realidad poco a poco se fue transformando, de ser un pesado lastre, a ser materia de inspiración.
Todos los seres humanos pasamos por esas emociones, por esos lapsos, pero en la vida del artista son más notorios porque quedan registrados y eso es un hecho fascinante, podemos usar un ejemplo clásico como las épocas del pintor malagueño Pablo Picasso, que pasó de la Época azul a la rosa, luego al Cubismo, Neoclasicismo, etc.
Estos cambios dan cuenta de lo intrigante que resulta el tiempo que pasamos aquí, el tiempo en que estamos en lo que solemos llamar sencillamente nuestra vida.
Pero, ¿cómo vamos a aprovechar cada día?, ¿cómo debe ser nuestro carpe diem personal, cómo vamos a robar minutos, a extender la gloriosa luz del mediodía?
¿Por qué nadie me dijo que debía aprovechar cada minuto?, que el tiempo es el tesoro más valioso y que desafortunadamente lo damos por sentado, pensamos que es un recurso que siempre está ahí, quizá, pero nosotros no.
A veces digo que fue la suerte, no me dejé llevar por esa pesadumbre, por ese malestar, por el impulso de dejar que la queja, la angustia, las infinitas preguntas me ahogaran. Tal vez en el fondo algo intuí, algo vislumbré.
Cuando tengo la oportunidad de hablar con un público joven, siento el deber de compartir algo muy importante, decirles que fijen sus objetivos, que no se dejen llevar y escriban sus propias fórmulas, dibujen sus caminos. Sé también que tal vez es algo que escuchan a menudo, pero deben estar atentos, porque es cierto, porque si no nos esforzamos y damos todo por lo que soñamos, nadie vendrá a hacer esos sueños realidad.
La vida está muy lejos de ser el cuento de hadas, es más bien un poema, sí, un poema de un poeta maldito: Charles Baudelaire, el Albatros, ese que dice:
Por distraerse, a veces, suelen los marineros Dar caza a los albatros, grandes aves del mar, Que siguen, indolentes compañeros de viaje, Al navío surcando los amargos abismos.Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas, Estos reyes celestes, torpes y avergonzados, Dejan penosamente arrastrando las alas, Sus grandes alas blancas semejantes a remos.Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil! Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco! ¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa, Aquél, mima cojeando al planeador inválido!El Poeta es igual a este señor del nublo, Que habita la tormenta y ríe del ballestero. Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, Sus alas de gigante le impiden caminar.
Como es poesía, lo dejo a su libre interpretación, pueden decir que el poeta es un bello animal inútil, si se quiere tomar de forma muy directa, pero también podemos decir que en realidad es un personaje que, si está en un mal lugar, no puede cumplir cabalmente con un rol social.
Pero, eso no solamente pasa con los poetas, yo creo que nos sucede a todos, aunque los poetas tienen la ventaja de que pueden con el verso dar cuenta de lo que es no haber aprovechado su momento.
Sigan, no se distraigan, no desfallezcan, quéjense con la fuerza del poeta maldito o permanezcan en el silencio, pero avancen siempre.
Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024, finalista en el Prémio Internacional de Poesia António Salvado Cidade de Castelo Branco 2025. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.