El ojo de Lya | Nada se opone a la noche: cuando la memoria y la sangre duele.

A inicios de año hice algo poco usual en mí: elegir al azar un libro de un portal de descarga gratuita. Quizá fue el estridente color amarillo de la portada lo que atrajo mi atención, junto a un título que, por sí mismo, anticipaba un arco narrativo particular: Nada se opone a la noche. Pensé que el género sería de terror, tal vez por su parecido con Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez.

Nada se opone a la noche, de la escritora francesa Delphine de Vigan, publicado en 2011, concentra en sus páginas la historia de su linaje. El libro parte del hallazgo de la autora: encontrar a su madre, Lucile, muerta, sin tener claras las causas. Ese hecho detona en ella el deseo de buscar, reordenar y plasmar la historia de su familia.

Creí que recurriría a la ficción para cubrir eventos traumáticos, violentos o indecibles. En cambio, se apoya en un registro casi enciclopédico: fotos, videos, casetes, testimonios, muchos de ellos resguardados por su abuelo. Ese archivo dota al texto de una amplitud y realismo que resultan tan absorbentes como perturbadores.

En sus primeras páginas, la historia amorosa y familiar de Georges y Liane, los abuelos, se presenta como una escena colorida, luminosa, musicalizada por algún cantante de la Francia clásica. Pero, conforme avanza la narración, la luz se atenúa: abusos sexuales, pactos de suicidio, tragedias fortuitas que arrebatan vidas, salud mental quebrada, una crianza desatendida y las secuelas que marcaron a Lucile y a sus hermanos.

«Liane cumpliría pronto cuarenta y tres años. Había dado a luz a siete niños, sin contar a Jean-Marc, y no conocía sensación más plena, más intensa que la de sentir a un pequeño ser moverse en su vientre, y después estrecharlo contra ella, buscando su seno con avidez».

En la parte dedicada a la infancia y adolescencia de la autora, la crudeza no disminuye. Se expone la angustia y vergüenza de ver a una madre atrapada por las heridas de su pasado, ingresada varias veces en un psiquiátrico.

Como lectora, me mantenía ajena a ese universo familiar, pero por momentos reconocía el riesgo que implica hacerlo visible. Imaginaba a la autora escribiendo mientras se exponía a sí misma y a su estirpe, afrontando el duelo, reconociendo heridas para superarlas y llegar al punto final de la historia misma y del dolor.

«Desde el sexto piso, al mirar hacia abajo podía observar lo que pasaba en nuestra casa. Descubrí a Lucile de pie en el salón, estaba desnuda, su cuerpo estaba pintado de blanco. Esa visión me cortó la respiración».

La prosa es ágil. La intensidad de la trama me acompañó en ratos libres, antes de dormir y en tiempos de espera en el aeropuerto durante un viaje en marzo, hasta que lo terminé. Sin embargo, al cerrar el libro seguía sosteniendo el dolor, la vergüenza, el enojo, el ardor punzante de haber transitado una realidad que no pertenece a la ficción.

El arte que conmueve es siempre memorable. Pero, en casos como este, la emoción incómoda se adhiere a quien lo contempla, como una hebra de hilo que cuelga de la memoria. Solo con el paso de los días volví a la calma.

Nota al pie: en las páginas finales, la autora revela que el título está tomado de la canción Osez Joséphine. La busqué y la escuché; quizá, tras la lectura, había idealizado un ritmo o una atmósfera, pero no los encontré.

Publicado por Liana Pacheco

Liliana Ruiz P. Escribe bajo el seudónimo de Liana Pacheco. Estudió licenciatura en Administración. Lectora ferviente que emprendió a escribir sus propias historias.

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