Por Illari Alderete
Cuando nací ya se me hacía tarde. Mi madre cuenta que demoré mucho en llegar al mundo. Tal vez por eso suelo llegar tarde a todos lados. Que no se tome este texto como una defensa de la impuntualidad, pero sí de la lentitud, ¿por qué molesta tanto la impuntualidad?, y qué hay del otro lado, ¿hay algo de malo en ser puntuales? ¿Tiene algún costo?
La velocidad es el signo distintivo de la época moderna: llegar rápido, producir más en menos tiempo y, sin embargo, el mundo está lleno de procesos que requieren tiempo, tiempo para crecer y desarrollarse adecuadamente. Uno de los casos más conocidos es el del bambú que se tarda alrededor de siete años para brotar, si enraíza bien, puede crecer mucho en sólo seis meses. En México, el ahuehuete es uno de los árboles más longevos, pero para serlo se toma su tiempo, durante el primer año el viejo del agua únicamente crece un metro, uno de los árboles más antiguos de estos se encuentran en Oaxaca, se calcula que tiene aproximadamente 2000 años, me refiero al árbol del Tule. Tan trascendental es su importancia que incluso José Velasco lo retrató, pues fue un personaje principal en “La noche triste”. Este árbol recibió las lágrimas de Hernán Cortés. ¿Cómo no amar a los ahuehuetes?
He tenido muchos problemas por despertar tarde, ¿tarde para qué? Aclaro que no es a propósito, algo en mi cuerpo me dice que aún no es hora de despertar, que es muy rápido. Mi cuerpo se siente pesado y todo es confuso, mezclo las palabras, olvido cosas, me cuesta organizar mis acciones…dejo zapatos por aquí, el celular allá, ando a medias. ¿Quién desea tener despierto a un ser a media conciencia, torpe y con un pie en otro mundo? Llego tarde a todo y me tranquilizo pensando que si no llego a tiempo no es para mí. Cuando salgo, ya todo está cerrado; la tortillería, los bancos, ya no hay citas para el médico. ¿Cuándo tomó el poder un madrugador?
Parece que me voy quedando atrás, no soy una hija ejemplar de mi tiempo. Según Txetxu Ausín, “estamos atrapados en la cultura de la prisa y de la falta de paciencia, en un estado constante de hiperestimulación e hiperactividad”(Saber vivir despacito, Ethic), pero ¿será una decisión personal?, ya lo dijo Benjamin Franklin o Edward Bulwer-Lytton “El tiempo es oro” que puede significar que le damos lo más valioso a cosas efímeras o como lo vería cualquier economista alienado: no aprovechamos el tiempo. Para mí aprovechar el tiempo es ir despacio, para otros es hacer más cosas en menos tiempo.
En mi pueblo desde pequeña me acostumbraron a los procesos lentos. No puedes comer esquites en febrero, debes esperar una semana para comer bacalao. Si quieres un vestido bonito, debes esperar un año para poder usarlo, esa era mi abuela cosiendo o la costurera de confianza de mi mamá. No había inmediatez, incluso para enfermarse debía haber tiempos, si era viernes o fin de semana, o esperas o intentas llegar a la ciudad. Claro que hay circunstancias en las que el tiempo apremia. Como cuando quise llevar a un familiar al hospital más cercano y tardé más de una hora, el tiempo no nos perdonó.
Mi papá se jactaba de que podía comer en 15 minutos, a veces tenía hasta cuatro trabajos. Daba clases a las 7 y terminaba a las 22 horas, llegaba a casa a las 24 y a las 4 del día siguiente se volvía a ir. No había tiempo para comidas largas, a menos que se rebelara y llegara tarde a su segundo o tercer trabajo. Hoy come rápido por inercia aunque ya no haya prisa. “En 1982, Larry Dossey, médico estadounidense, acuñó el término “enfermedad del tiempo” para denominar la creencia obsesiva de que “el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerte a su ritmo”’. (Elogio de la Lentitud, Carl Honore)
Al mudarme de departamento, sentí añoranza por los chiles rellenos de mi casa, así que decidí hacerlos en un día que debía entrar a trabajar a las 3 de la tarde. Empecé a hacerlos a la 1, asarlos, quitarles la piel, quitarles las semillas, cortar el queso, batir los huevos en punto de turrón con un tenedor, lo que me tomó una hora, para cuando terminé ya me quedaba tan poco tiempo, que inevitablemente llegué tarde al trabajo. Ese fue sólo el primero de muchos días, en que fui descubriendo que todos mis platos favoritos requieren de mucho tiempo y que, además, no hay otra persona que los elabore del mismo modo en que los que comía en casa más que yo. Uno no sabe cuándo la comida se va a transformar en un refugio, o en un portal que te devuelve instantáneamente con las personas que amas. Cocinar deprisa no permite viajar al pasado y comer rápido, menos. Así que, por lo regular, soy la última que se levanta de la mesa.
Si me preguntan si soy impaciente, contestaré que sí, lo soy, también he caído en la trampa de la prisa, a pesar de ello, mi cuerpo me impide ir rápido, se enferma, comienza a desvariar, ya Flash nos demostró que ir a la velocidad de luz, puede ser divertido y peligroso; corres el riesgo de desintegrarte. Con la llegada de la inteligencia artificial me pregunto ¿qué efectos tendrá dejarle la producción de las artes o de las ideas? Para mí la IA dibuja horroroso, cada vez que veo un cartel hecho con IA, siento que la vida ha perdido color, ¡claro que nos ahorramos las dificultades!, aunque también nos perdemos del ejercicio, lento, fastidioso, frustrante pero satisfactorio de crear e imaginar, ¿qué pasará con las personas que no creen nada por sí mismas?¿Qué tipo de mundo nos espera?
Reconozco que hablar de lentitud es un privilegio, que no todas y todos tienen tiempo de despertar somnolientos, ni de cocinar platillos elaborados, ni de sentarse a dibujar o a leer o a solamente observar, aun así pienso que es un derecho por el que debemos pelear, el derecho a ir a nuestro ritmo, sin seguir el paso de los demás. Para mí, es urgente vivir sin prisas. La lentitud es revolucionaria.


Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.
