Letras Revueltas|Desterradas

Por Illari Alderete

Llevaba varios días sin poder dormir, tengo el mal de obsesionarme con las cosas negativas, aunque algunas veces se transforma en un don que me ayuda a investigar exhaustivamente. En esta ocasión pensé en las herencias, sé que la mayor parte de nosotras no tenemos a nadie que posea algún terreno o propiedad, pero qué pasaría si alguien de nuestra familia tuviera algo que heredar. ¿Es necesario tener una propiedad? Sé que puede sonar extraño o quizás no, pero hasta hace cinco años, yo había renunciado a la posibilidad de tener una. Di por sentado que tendría al menos tres opciones; pagar renta hasta mi muerte, si es que tenía una pensión digna; vivir en mi auto, me imaginaba que así podría viajar sin tener que pagar hospedaje o vivir en la calle, parece una realidad lejana pero si nos preguntamos quiénes se quedan en la calle, nos daremos cuenta de que no hay una serie de acciones que nos alejen de esta posibilidad, no hay un perfil único de las personas que terminan sin hogar. Según el Conteo de Personas en Situación de Calle en la CDMX del 2024, hay 1124 personas sin hogar, de éstas 62.5% nacieron en la ciudad, 14% son mujeres, 85.5% tiene alguna discapacidad, en el conteo del 2023, el 60% tenía entre 29 y 59 años. Diversos estudios afirman que los millennials tenemos menos probabilidades de obtener una casa propia que las generaciones anteriores y si somos mujeres las probabilidades disminuyen. Así que no es de extrañarse que ante el panorama que se nos presenta imaginemos una diversidad de soluciones, por ejemplo, he platicado con mis amigas sobre lo que haremos en la vejez y hemos pensado en comprarnos un terreno o casa para vivir todas juntas, aunque también parece una tarea compleja.

Si yo tuviera un terreno construiría una casa de un piso, tendría lo básico, una recámara, un estudio, una sala-comedor, desde que no tengo una azotea en dónde tender mi ropa, añoro un tendedero y poner la ropa al sol para que con el viento huela a fin de semana tranquilo, es una escena que me devuelve a la casa de mi madre. Faltó mencionar el baño, éste sería pequeño pero suficiente, tendría algunos helechos en las esquinas, la cocina sería mediana, ya que las que he tenido siempre han sido pequeñas, apenas quepo yo y regularmente tengo que inventar repisas para rebanar la comida. Lo más amplio sería la sala-comedor, para invitar a toda mi familia y amigos, y la llenaría de plantas. La pintaría de verde, azul, gris, naranja y blanco, siguiendo los consejos de Ter.

También tendría un jardín, pero el mío sería un jardín salvaje, no tolero los que están demasiado domesticados, me gustan los árboles frondosos, la maleza, la hojarasca y todos los vecinos insectos que llegan con ella. Cuando era niña en el centro de mi casa había un ahuehuete, pero decidieron cortarlo en pos de la modernidad. Ese día, al llegar a casa, encontré a mi abuelita sentada al lado del árbol, llorando. Desde entonces deseo tener un ahuehuete, aunque por ahora sólo sea un sueño recuperar los árboles caídos de mi infancia. El ahuehuete es el árbol nacional, significa “árbol viejo de agua”, reciben ese nombre porque crecen alrededor de los ríos y son muy longevos. Si yo tuviera un terreno lo llenaría de ahuehuetes, de higueras, duraznos y ciruelas. Mi abuelo sembró estos árboles frutales en nuestro patio, cuyos frutos, durante muchos años, consideré gratuitos y me resistí a pagarlos en la ciudad. En el documental La Sal de la Tierra nos cuentan cómo Leila Deluiz Wanick y su esposo Sebastian Salgado reforestan un bosque, Leila observó que Sebastián estaba devastado porque no quedaba nada del bosque que habitó en la infancia, y fue cuando le propuso replantarlo. Con el tiempo muchas especies volvieron a su hábitat y acabaron con el silencio que encontraron Leila y su marido. Con ello fundaron el Instituto Terra.

Recientemente el Museo Nacional de Antropología trajo la exposición Amazonia de Sebastian Salgado, en ella se expusieron las diversas fotografías que tomó Salgado a esta zona y no cabe duda que la mayor obra de arte se encuentra en la naturaleza.

Uno de los afluentes de la Amazonia (© Sebastian Salgado)

No tengo la riqueza de Leila y Sebastián para reforestar un bosque, sin embargo, si yo tuviera una propiedad la llenaría de árboles y enredaderas para hacerla una selva. ¿Pero de dónde viene esta idea extraña de apropiarnos de la tierra? ¿Cómo es que ella nos pertenece y no nosotros a ella? Si lo pensamos es raro que se herede la tierra ya que somos seres efímeros. En los pueblos originarios las tierras eran comunales, eso significaba, aún significa que sólo puedes tenerla un momento y que eres responsable de cuidar ese territorio que es compartido, si se siembra el terreno usualmente la cosecha se reparte entre los comuneros. En algunos otros, la propiedad era matrilineal, es decir, que la heredaban las mujeres. En las sociedades occidentales que se desarrollaron apropiándose del territorio, las mujeres sólo pudimos heredar a partir del siglo XIX y, en Latinoamérica, del siglo XX. Sin embargo, aún hay muchas desheredadas. Esto me recuerda el cuento de Cri-cri sobre Ditirambo Farfulla, un publicista que viajó al país de los cuentos para venderles cosas a los personajes, en su búsqueda se da cuenta de que no puede venderles nada porque poseen todo, incluso se entera que el Gnomo es dueño de todo porque gritó “esto es mío” y aunque Ditirambo trata de imitarlo, Cri-cri le señala que no puede hacerlo porque ya todo es del Gnomo, pese a esto, los habitantes del país de los cuentos, pueden construir sus hogares en cualquier parte.

Por ahora, lo que tengo de cierto es que hay un terreno amplio que poblar en la literatura con mis sueños como la desterrada que soy.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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