Letras Revueltas|Ofrenda

Por Illari Alderete

Cuando vivía sola aprendí a hacerme la maniobra de Heimlich con una silla, tenía miedo de ahogarme y que nadie se enterara de mi caso. Afortunadamente, hasta el momento no he tenido que practicármela, temo que me rompería las costillas en vez de salvarme. Durante esa época, adquirí muchos conocimientos de autocuidado, aunque en ese tiempo no tenía rutinas tan establecidas como ahora. Cada día decidía sobre la marcha qué desayunar, comer y cenar o no. También eso dependía de mis finanzas; hacer tres comidas o sólo una. No voy a decir que mi familia no me ayudaba, claro, pero, a veces, era demasiada la ayuda que necesitaba y eso me avergonzaba. Así que prefería no comer. Pese a mi orgullo, hubo varias personas que me tendieron la mano… por eso, para mí, vivir sola fue una etapa placentera. No niego que experimenté miedos y complicaciones, pero debido a mi soledad, creo que pude conectar con más personas.

Estoy en la década de los cuarenta, pensé que a esta edad muchas cosas estarían resueltas, no es así, lo cual agradezco. Platicando con una de mis amigas, descubrimos que hay una especie de libertad ligera que nos ronda, cada vez es menos importante lo que las y los otros piensen de nosotras, somos lo que somos y lo que hemos construido con todas nuestras buenas y malas decisiones, y pese, eso sí, a un sistema que insiste en excluirnos y precarizarnos, porque somos mujeres racializadas. Supongo que a eso le llaman crisis de los 40, a la certeza de que tenemos menos vida y menos oportunidades y a que quizás no hemos cumplido con lo que se suponía que teníamos que ser o tener en esta década. No sé si hemos derrotado a la crisis, pero al llegar aquí una se quita muchas cadenas, expectativas ajenas, expectativas irreales, sueños rotos, una se siente más con los pies en la tierra. No deseo con esto, menospreciar las otras décadas, pienso que cada una tiene su encanto. Sólo trato de descifrar el encanto de esta.  Que puede radicar en mantenerse vivo.

En ocasiones pienso en la vejez, hace algunos años, reflexioné sobre que lo mejor en el futuro sería recluirme en una casa para ancianos, no obstante, he escuchado historias aterradoras alrededor de ellas. Eso me ha hecho preguntarme por la relación cuidador-enfermo, por qué ésta en ocasiones termina siendo tiránica. En las gratitudes de Delphine de Vigan, se nos habla de Michka, una anciana muy inteligente, que lee todos los días y que de pronto tiene que internarse en una casa hogar porque ya no puede hacerse cargo de sí misma. Pese a su constante actividad intelectual comienza a sufrir una afasia, pierde las palabras, pero tiene el deseo de agradecer a quienes la salvaron de morir en el holocausto. Con el tiempo la residencia comienza a ser una especie de jaula, la necesidad de mantenerla viva, mina sus libertades. ¿Tenemos derecho a hacerle eso a los ancianos y enfermos por conservar su salud?

Si me coloco frente al ojo escudriñador, concluyo que también puedo ser una tirana, lo veo cuando seres queridos de mi alrededor se enferman y yo deseo transformarme en soldado que los obligue a comer bien, a tomar agua, a caminar, a sanar. Es un instinto que en ocasiones surge, quizás de un afán egoísta; no deseo sufrir la pérdida, pero procuro contenerlo, pues trato de no renunciar a la idea de que todos somos autónomos y que podemos tomar las mejores decisiones para nosotras/os mismas/os. Aún así, pienso que las personas que cuidan y que ayudan, tienen la capacidad de transformar en luz cualquier oscuridad, aunque sea por un momento. Tal vez, el sendero sea ayudar cuando es necesario.

Hace unos años, un dolor me atravesó el cuerpo, dejé de poder moverme, sólo pude mandar un mensaje a mi amiga San, quien vivía a unos minutos, ella llegó casi de inmediato a cuidarme, cada vez que la veo le agradezco ese gesto. Cuando vivía sola, solía ser imprudente con muchas cosas, me rompí el tobillo practicando yoga y allí estuvieron mi madre, familiares, amigas y vecinas para que esa temporada de inmovilidad pasara rápido. A veces en las tragedias y en las enfermedades, es cuando nos damos cuenta de que esa soledad, esa individualidad que tanto nos inyecta el sistema capitalista no existe, que hay resistencias. Uno puede verla en Si la vida te da mandarinas cuando Oh Ae-sun, la protagonista, vive una tragedia, se pregunta cómo es que sobrevivieron y recuerda a todas las personas que la mantuvieron viva pese a la situación. 

La misma premisa tiene la película Un hombre sin pasado en la que un hombre llega a Helsinki, Finlandia,  y sin ninguna razón es golpeado por un grupo de hombres hasta que queda semimuerto, a consecuencia de esto el hombre pierde la memoria, pero en la comunidad, que está en una de las zonas más pobres de la ciudad, es cuidado por todos, gracias a esto y a que se enamora de una mujer que pertenece a una organización de caridad, sobrevive. Las personas lo ayudan, aunque no tiene nombre y no lo conocen. No puedo enumerar a la gente que, sin conocerme, me ha ayudado de uno u otro modo, sólo deseo que la vida les retribuya con creces. Mientras tanto, para aquella que da la mano sin importar, va esta ofrenda.

Canción PAHA VAANII  (Mal malo) del soundtrack de «El hombre sin pasado»

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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