Por Lorena Piedad
Aviso del editor: este texto contiene narraciones de violencia doméstica y abuso que pueden ser detonantes para algunos lectores.
“Los muertos llegan
como una mariposa”
Ulises González Ventura
Rocío cerró el consultorio cansada y confundida, su última paciente le trajo recuerdos a la memoria oculta, la puerta que nunca abre, los golpes, las humillaciones, los ataques de ira, las heridas emocionales imborrables, las preguntas sin responder, ¿por qué yo?
Manejó rumbo a la casa del pasado, justo en el corazón de la ciudad, tuvo miedo de quedar atrapada en esos años violentos, detuvo el auto y observó la fachada de ese lugar que ahora le pertenecía a quien sabe quién; los gritos, “eres una estúpida”, los puños en su rostro, las taquicardias.
Al llegar a su verdadero hogar, por el que tanto luchó, abrió el armario y bajó una caja de zapatos repleta de sus diarios, “no sé cómo sucedió, estaba de buen humor, pero repentinamente todo se volvió oscuro, me invadió la ira y de nuevo comencé a ofender, ¿soy acaso un monstruo?”
“3 de octubre de 2014. La psicóloga me dijo que debo respirar, pero cuando vienen los ataques de ira, en lo que menos pienso es en buscar la paz, le dije a José Luis ‘pobre fracasado, crees que puedes controlarme, no eres más que un estúpido imbécil’. Y se fue para no volver, cancelamos la boda y un nombre más a la lista. ¿Mi destino es estar sola”.
Rocío lloró, no le gustaban esos recuerdos, aunque ser psicóloga es recordar constantemente mediante el dolor de otras y otros, “una cosa es ser valiente y otra muy diferente ser hiriente”, le decía su mamá cada vez que tenía esos episodios de ira incontrolables.
Cuando sales de la profundidad de un hogar violento, las personas piensan que es suficiente respirar y llegar a tierra firme, pero olvidan el daño en sus pulmones por resistir tanto tiempo bajo esa agua fría y turbia, eso nunca es eliminado, permanece en nuestros corazones, oculto o a flote, pero permanece, escribió en su diario con fecha 7 de octubre de 2024.
La psicóloga Rocío Paredes Olguín era la misma niña fotografiada por un reportero que ganó la primera plana del 23 de marzo de 1994 con su título “Padre casi mata a sus hijos”, en la imagen aparecía ella ensangrentada de la cara y a su lado su hermano Javier con un rostro de terror; después de unos días, las personas olvidaron la noticia, menos ella, menos Javier que ahora era un preso por robo con violencia. Violencia, violencia y más violencia.
Rocío pasó su adolescencia y parte de su juventud aislada porque descubrió que esa rabia con la que su padre la golpeaba se había insertado dentro de ella como un demonio al acecho, listo para atacar a la menor provocación, llevó consigo la etiqueta escolar de “niña problema”.
Su vida dio un giro cuando conoció a la psicóloga Karla García, entonces supo que no tenía un demonio dentro sino dolor, traumas que son difíciles de cerrar, pero Rocío se aferró a la posibilidad de salir a flote, de nadar y nadar hacia la superficie hasta que logró convertirse en una mejor versión de sí misma. “Los muertos no sólo permanecen en los panteones, también están en nuestro pasado, esas personas que fuimos y decidimos enterrar para crear una versión alterna de nosotras mismas, mejor o peor, es decisión personal. Los muertos llegan como una mariposa a nuestro presente para recordarnos quienes fuimos, quienes somos y hacia donde vamos”, escribió aquella noche.
Por Lorena Piedad
