Del día en que ya no temí reconocer en mis palabras aquello que veo en el espejo | El retrato de una chica perdida

Fotografía por @castell_v17 (ig)

Por María Fernanda Vázquez

No sé en qué momento perdí mi voz. Tuvo una disminución gradual de la que apenas me percaté, llegado el momento, resultó ser de un volumen tan bajo que ya ni siquiera yo la escuchaba. 

Por mucho tiempo, que no concibo en una medida específica pues el ‘no estar’ va y viene, pensé que la había entregado voluntariamente, en un intercambio que me dejó sin las palabras que en algún tiempo (impreciso) entonaran los deseos de mi vida. Si la veía alejarse, ¿por qué no encontré la manera de llamarla de vuelta a mi cuerpo?

Sin embargo, aunque me convencí de ello, no podía recordar el momento exacto en el que cedí ante alguien y permití que extrajera de mi cuerpo las cuerdas que hilaban mis deseos. Un acto tan atroz como el arrebato de las cuerdas vocales debería ser visible, debería poder sentir el vacío en la garganta. No en nudos, ni bifurcaciones por palabras inconexas, sino el vacío total. Aun así, al pasar las manos sobre la piel de mi cuello seguía todo allí, estancado, pero permanecía. 

No, no me abrieron la garganta. 

No es una pérdida total, entonces, pero ya mencioné que es casi imperceptible. 

¿Por qué está retraída? Quizá yo la empequeñecí, no sola por supuesto, pero creo que ahora puedo admitir que le tengo miedo. ¿Por qué temo?, me pregunto y como respuesta encuentro que quienes me enseñaron a atemorizarme son una serie de eventos que, como si tuvieran forma física, sofocaron mi voz, ahogaron las sensaciones de mi cuerpo, apresaron la voluntad de mis anhelos. 

No, no me abrieron la garganta, la encadenaron. 

La encadené con el miedo que me provocó la importante conclusión de que mis palabras eran un reflejo directo de la persona que soy y, mala mía, nunca me ha gustado verme en el espejo. El reflejo comienza a hacerse real en el momento en que lo nombras, cada palabra le da más certeza y yo temía reconocer a la imagen en el espejo. Me tenía miedo y pensé que las palabras serían el arma que terminaría por dibujar todo aquello que no quería ver en mí: a mí. 

Entonces esta conversación inacabada trata de algo muy particular: mi miedo a ser vista y nombrada. Herencia de generaciones y de la que no soy la única víctima. 

Pasé mucho tiempo reflexionando alrededor de los motivos por los que dejé de escribir y me encantaría acotarlo a mis palabras aquí, pero ¿en cuántos espacios dejamos de escribirnos por el miedo? 

Este temor existe por qué el reflejo en el espejo es inevitable, cotidiano, habitual; sin embargo, cuando comienzas a traducir tu imagen en palabras ¿qué posibilidad de esconderse queda? Ninguna. Pero una vez que traduces la imagen del espejo, así sea solo una parte, comprendes que el miedo también puede desaprenderse, desaprehenderse.

Hay un poema de Akiko Yosano que pinta lo siguiente: 

sobre su pelo

llamea una peonía,

como si ardiera el mar,

pensamientos y anhelos enredados,

en los sueños de la muchacha.1

Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, crecí en el Edomex y ahora vivo allá, pero duermo acá, por decir algo. Actualmente vivo mis últimos instantes como estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM (sin trámites de titulación, obviamente) y espero poco a poco perder el miedo a mi voz.

Mi interés por la literatura ha crecido conmigo, no linealmente, pues es un vaivén de encuentros y desencuentros que me confirman que siempre hay algo por aprender y compartir. Espero poder encontrarme en las letras de lxs demas, espero alguien se encuentre en las mías.

  1. Tomado de: Yosano, Akiko. Poeta de la pasión. Antología poética. Traducido y anotado por José María Bermejo y Teresa Herrero. Madrid: Hiperión, 2007. ↩︎

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