Letras Revueltas|Pian Pianito

Por Illari Alderete

Comenzó otro año y yo voy pian pianito, esta frase viene del italiano pian piano que significa poco a poco, suele utilizarse para señalar que la lentitud es necesaria para llegar a distancias lejanas, sin correr y cansarse antes de la meta. Confieso que, en ocasiones, me gustaría ir al ritmo de los demás, luego recuerdo que siguiendo a los otros suelo agotarme más rápido y perderme. Ya lo dijo Antonio Machado:

“Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.”

¿A dónde voy con todo esto?, ¿por qué he de hablar de la lentitud? Terminé el año sintiéndome orgullosa de mí misma, hacía tiempo que no tenía tanta claridad en las obras literarias que había leído, en total 13. Al fin, había recuperado la constancia en un placer que había perdido con la tecnicidad del trabajo. La realidad es que después de seis u ocho horas de dar clases, lo que yo menos podía hacer era llegar a leer pues, aunque amena, esta habilidad requiere de concentración y esfuerzo, así que solía, aún lo hago, llegar a ver series o jugar videojuegos, a veces sólo a sentarme y scrollear. Poco a poco logré retomar lecturas que hacía tiempo que había empezado, la que más me gustó fue El peligro de estar cuerda de Rosa Montero, es un ensayo en el que se reflexiona sobre los procesos creativos y su relación con la locura, la premisa es que para escribir se requiere tener un “tornillo zafado”. En mi afán por descubrir si pertenezco al gremio analicé mi conducta para determinar si tengo algo de loca, a lo más que llegué es a pensar en la época que tuve depresión porque me sentía alejada de la senda que deseaba de niña. ¿Eso podría tomarse como locura?, si es así, ¿cuántas de nosotras no andamos medio locas? Rosa Montero señala que las y los escritores tienen tres veces más probabilidades de sufrir depresión que una persona común, aunque este trastorno en autores y autoras también va acompañado de altas dosis de fogosidad, entusiasmo y energía. ¿Cuál será la relación entre la escritura y la depresión? ¿Tendrá algo que ver el tiempo? ¿El tiempo que se dedica a la lectura y escritura?

Imagen obtenida de Dream Memorieshttps://mdmemories.blogspot.com/2022/06/resena-el-peligro-de-estar-cuerda-rosa.html

Admito que mi forma de pensar es muy desorganizada y que me cuesta mucho trabajo elegir un libro, normalmente quiero leer todo a la vez, por eso me gustan el radio y la televisión porque puedo hacer otras cosas mientras me entretengo, aunque tal vez sólo he fomentado malos hábitos y estoy cediendo al ímpetu de la posmodernidad que implica consumir varias cosas a la vez. Intenté leer varios libros al mismo tiempo, hice dos experimentos, uno a comienzos de año y, otro, a finales. El primero fracasó porque empecé a confundir libros y autoras, “Noches azules” de Delphine de Vigan y “Nada se opone a la noche” de Joan Didion, ambas hacen una crónica familiar y hablan de la muerte, así que empecé a mezclar lugares e historias y me resultaba imposible distinguir una de la otra, no terminé ninguna, por eso no están entre mis 13 libros leídos del año. 

En mi Kindle las portadas se parecen más

El segundo experimento fue mejor porque dejé que mi cabeza divagara, comencé leyendo Canto yo y la montaña baila de Irene Solà que mezcla géneros, perspectivas y se tratan de fragmentos que cuentan la vida de una familia que habita en las montañas, al mismo tiempo me di cuenta de que extrañaba leer ensayo y comencé a leer El día que aprendí que no sé amar de Aura García-Junco, este nos habla de las diversas formas de amar en contraste con la monogamia, sin embargo, mientras leía ambos libros estaba escribiendo una de mis columnas y me di tiempo de detenerme un poco y leer acerca del descanso y el cuidado, por eso leí “El pabellón del descanso” de Amparo Dávila, del que hablo en mi columna anterior, Su cuerpo dejarán  de Alejandra Eme Vázquez, que es un ensayo en el que problematiza el papel de las cuidadoras en la sociedad a través de su familia. Cuando terminé ambas lecturas me cuestioné si leer para escribir no volvía a ser normativo y, por lo tanto, me quitaba un poco el gusto de la lectura, sin embargo, disfruté ambas lecturas y me dejaron pensando largo rato en el papel de las cuidadoras en las sociedades actuales. 

Mientras estaba a la mitad del ensayo de Junco y de la novela de Solà, comencé a preguntarme por las relaciones de pareja y, por fin, terminé de leer El matrimonio de los peces rojos de Guadalupe Nettel, que es una colección de cuentos que establece similitudes entre los animales y las relaciones interpersonales, éste me lo habían recomendado varias veces y, aunque tengo mis reservas con Nettel, tres de sus cuentos me atraparon “El matrimonio de los peces rojos”, “Guerra en los basureros” y “La serpiente de Beijing”, pienso que lo fundamental en las tres historias fueron los personajes y lo no dicho en cada texto. También me ayudó confrontar mis observaciones con las de los demás, para mí “Hongos” fue un texto que cae en un cliché que no me agrada, el de las mujeres que viven para los hombres, no es que sea malo, es que ya no puedo con esas historias.

La avalancha de textos no terminó allí, y eso me llevó a otro tipo de lectura, la lectura por obligación. En mi clase de inglés me dejaron leer Walkabout, que es  la historia de cómo un niño aborigen australiano salva a dos niños gringos y, por lo mismo, me desagradó; y la de Ethan Frome, que habla de las relaciones de pareja y un hombre que se aburre de su mujer porque está enferma y sólo hace labores de la casa, acepto que la premisa me atrajo, pero Ethan es de esos personajes que ya no soporto, es algo que me han dejado “los lentes violetas”. También cuestioné esta práctica que tenemos los profesores con el fomento de la lectura y coincido con que el camino no es obligar, pues aunque me gusta leer, tener que dejar lo que estaba leyendo para cumplir con un proyecto no fue grato, al contrario, me produjo disgusto. Sé que hay mil técnicas para promover la lectura, pero hasta qué punto podemos forzar a las personas a que lean.

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Una de las redes sociales que últimamente frecuento, porque me da una satisfacción instantánea, es Threads, allí es más fácil conectar con escritores en ciernes y lectores más jóvenes. Comenzó a circular a finales e inicios de año, el hilo sobre las lecturas realizadas, en él aparecieron los que decían 80 o 60 libros y señalaban a los que leyeron 12, ¿Cuándo la lectura se convirtió en un objeto de consumo? La crítica hacia los que leían esas cantidades inimaginables para mí, se dirigió hacia el tipo de obras que consumían; de autoayuda, novelas románticas, sagas de fácil consumo, etc. Yo aún no tengo una opinión, sólo puedo decir que leer requiere de tiempo y que el placer, para mí, surge del anquilosamiento de la obra en la mente. En todo caso apelo a los diez derechos del lector de Daniel Pennac:

  1. El derecho a no leer
  2. El derecho a saltarse páginas
  3. El derecho a no terminar un libro y empezar otro
  4. El derecho a volver a leer un libro
  5. El derecho a leer cualquier cosa que nos venga en gana
  6. El derecho a leer lo que me gusta
  7. El derecho a leer en cualquier parte, aunque después puede traernos consecuencias
  8. El derecho a picotear aquí y allá
  9. El derecho a leer en voz alta, estemos donde estemos
  10. El derecho a guardar silencio sobre todo lo referente a nuestras lecturas

Que se resumen en:

No burlarse jamás de aquellos que leen o no leen, en las circunstancias que sean. Lo placentero se halla, para mí, en la libertad de leer, como sea, en especial, en poder rumiar los textos.

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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