Por Ángeles Serna
Tener algo es igual de importante que no tenerlo. Cada persona, o al menos la mayoría, o una cantidad considerable, o las más soñadoras, o las que creen en la manifestación y las energías, o todas, o tal vez algunas pocas tienen una caja donde guardan recuerdos, deseos o tal vez ambos. La pueden tener desde la infancia, proyectando una vida soñada o hasta la vejez, recordando los momentos más importantes de su vida.
Puede ser una caja zapatos, cereal, galletas, de regalo o de madera. Tal vez pueda estar tallada y tener algún diseño o las iniciales del propietario. Algunas tienen una cerradura y la llave está guardada en la mesa de noche o debajo de alguna figura de porcelana. Estas cajas, por lo general, se guardan en el armario, o bajo la cama, o escondidas en un rincón. Mi abuelo la tenía en un cajón oculto del ropero. Su llave la guardaba en la cartera.
En las vísperas de Navidad y Año Nuevo, nos quedábamos a dormir en la casa de mis abuelos. En la madrugada, cuando los grandes seguían en los festejos de temporada, tomaba la cartera de mi abuelo y sacaba la llave. En esa caja había fotos de mis tíos y mi mamá, del viaje a Florida, perfumes de bolsillo para ocasiones especiales, una navaja para afeitar, pañuelos percudidos y una bola de béisbol. Más de una vez me atraparon husmeando en el ropero.
Cuando no era en el cuarto de mi abuelo, era en el de mi abuela o en rincones de cualquier parte de la casa. En las cosas de mi abuela encontré estambres, cartas, fotos de las graduaciones de mis primos, botones, revistas de tejido, oraciones e imágenes de santos y vírgenes. En mi casa, sabía que mi mamá también tenía una caja así; era amarilla con líneas azules, celestes y verdes. Ella la guardaba arriba de un mueble en su habitación.
Cada noche que los monstruos de mi cuarto sobrepasaban mi valentía de niña, me iba a dormir con mi mamá y al tratar de conciliar el sueño, veía esa caja. Nunca me atreví a ver lo que guardaba y tampoco le pedí que me lo mostrara. Tenía miedo de conocer su pasado, dejar a un lado su rol de mamá y verla como una niña, adolescente o joven con el deseo de una vida que no me incluía.
En alguna película donde salía Julia Roberts, recuerdo ver una caja donde alguno de los personajes guarda objetos que representan sus deseos o metas a futuro. Ahí no se mantiene vivo el recuerdo que acontece en el pasado, sino la ilusión, le dan vida a un futuro que todavía no es un presente. Cualquiera de ambas situaciones, en pasado o en futuro, resultan ser parte de la imaginación del dueño de la caja.
Recuerdo las anécdotas de mi abuela, me contaba que nunca le gustó vivir en Ciudad de México. No se encontró en las calles, las casas, la dinámica de la ciudad, estar lejos de su familia, pero en su caja guarda pequeños libros de oraciones que le regalaron sus tías de allá. Después, cuenta las veces que fue a la Basílica y las reuniones para rezar el rosario con ellas. Entonces, esa mala experiencia del pasado se transforma en un amable recuerdo que merece, algunas veces, traerse al presente.
Luego está la ilusión, guardar objetos que nos lleven al futuro deseado, como imágenes de las ciudades a las que se quiere viajar, metas que se buscan cumplir, cosas que se quieren tener.
La imaginación del dueño de la caja radica en el pasado, porque, en la mayoría de los casos, se recuerda lo mejor de los momentos, o en el futuro, porque se piensan planes y situaciones que todavía no suceden. Tanto en el pasado como en el futuro, ya se construyeron lugares donde existen esas historias contadas por los objetos. Llegar al mundo imaginario a través de los pequeños espacios es lo que invita Bachelard para habitar la intimidad del deseo, lo que se quiere, lo que uno piensa.
Al cerrar la caja, los objetos construyen la imagen del recuerdo o la ilusión desde nuestra propia intimidad, ya que no hay ninguna línea de la realidad presente que los atraviese. Es donde las personas viven a través de sus objetos, lo que escogen. Es donde un recorte de revista se convierte en la casa en la que vives, en donde el boleto de avión solo es de ida y donde las cartas no albergan una despedida.
Recuerdo las palabras de Mallarme y su cofrecillo espiritual. Él cuenta que los secretos de las personas mueren cuando la persona lo hace, a menos que los resguarden en ese cofrecillo, donde se crea ese universo único que atesoramos. Es el lugar en el que convive lo inmaterial de la vida con lo material. Como el deseo de una casa para habitar un lugar propio, un espacio creado a la medida de cada persona o el boleto de avión que guarda la ilusión de volver a ver a alguien o encontrar un hogar lejos de la ciudad de origen.
Cada objeto que guardamos, ya sea por un pasado o para un futuro, nos define. Incluso, con ellos construimos nuestra historia, nuestro archivo personal. No hay reglas específicas para saber qué guardar y que no.

Ángeles Stefanya Serna Moreno
Ángeles Serna (Monterrey, Nuevo León) es egresada de la licenciatura en Letras Hispánicas de la UANL, en donde obtuvo el primer lugar de generación. Fue becaria en el Centro de Estudios Humanísticos (2020) y el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (2021-2022). También fue la primera residencia universitaria en el Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Colaboró en sitio oficial de noticias de la UANL, Punto U, con notas periodísticas sobre Arte y Cultura. Además, ha sido ponente en diversos congresos a nivel nacional e internacional en las áreas de literatura, teatro y sociología.
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