Escribir desde la tristeza por Jeanne Karen en La máquina verde

Muchas veces comencé un texto como una manera de hablar conmigo misma, deseaba contarme una historia necesaria por alguna razón, o simplemente llenarme de ideas, de emociones. La escritura me ha acompañado a lo largo de mi vida, en días difíciles, en momentos memorables, en situaciones casi imposibles.

 Hace poco platicaba con una amiga que también es escritora, en realidad caminábamos juntas, en un pequeño trayecto sobre las calles de nuestra ciudad, un sitio árido, que en las noches por lo regular tiene un clima fresco y agradable; algunas vías son muy viejas, los adoquines nos recuerdan el sonido de tacones, carrozas, andares de otros tiempos: parece que no pasaron los años, como en muchas de las ciudades de México que todavía conservan el pasado, la historia en sus barrios. En ese ambiente, bajo un cielo oscuro con muy pocas estrellas, me sentí de pronto aturdida por mis circunstancias, por los momentos arduos que he tenido que enfrentar últimamente, por las ganas que tengo siempre de evadir una sensación de tristeza en el aire. Le dije que no puedo con el peso de todo, que por más que trato de aligerarme la realidad, a veces resulta inútil intentarlo.

Ella me sorprendió muchísimo con sus palabras, las entiendo, las conozco, es más hasta sé de ese sentimiento. Dijo algo que me parece cierto y pesado, como esas rocas que van a dar a una laguna quitándole la estabilidad a sus aguas: yo necesito estar triste para poder escribir.

Parece en mi caso, que la tristeza me arrebata las palabras, pero pasa algo extraordinario: la poesía permanece entre las hojas, entre las cosas que leo, lo que miro, las calles en las que pienso, las sonrisas de las personas que amo.

Le dije a mi amiga que a mí no me importa el estado de ánimo en que me encuentre, porque para mí escribir es necesario, es la forma en la que mi mente puede ordenarse, describir los mundos, los planos, las aristas, las vidas.

 Cuando escribo vivo dos veces, existo, soy, explico o más bien, trato de explicarme a mí misma todo cuando sucede. Al escribir recreo el entorno, asimilo la verdad, encuentro la línea que preciso para enviar un mensaje, trato de que sea lo más claro posible. Creo en el poder de las palabras para sanar, para aliviar, para acercarnos a otras personas, creo en el poder del lenguaje escrito como una forma de acompañamiento. Me hacen falta las palabras que vienen de la esperanza, del amor, creo que esas nunca estarán de más. Me hacen falta las que me permiten soñar y seguir.

Entiendo y comparto la idea de que necesitamos estar tristes para escribir, pero nunca será necesario ser personas tristes para hacerlo. Hay que darle su justo momento a las emociones, sin quitar la energía de nuestra existencia, el impulso, la alegría, esas risas tan sonoras, tan claras.

Escribir con una sombra sobre nosotros todo el tiempo, nos dejará sin la radiación necesaria, una densa oscuridad arruina la percepción. Escribir desde nuestra propia novela, con altibajos. Escribir cuando estamos pasando por la carrera más agotadora, pero también cuando todo es disfrute, alegría y fiesta, hacerlo en el mismo texto es posible, le da cuerpo, le otorga ritmo, le da calidad y llega a más personas que al igual que una, tratan de encontrar en la literatura el asombro, el espejo.

Si hacemos caso de los versos del poema Primer preaviso de Ana Ajmátova, cuando dice:

¿Qué tenemos nosotros qué ver[1]

con que todo quede a polvo reducido,                                     

sobre cuántos precipicios canté

y en cuántos espejos he vivido?

Mirémonos en esas claras superficies, que estar tristes no solamente nos lleve a escribir o a leer, que también nos ayude a contemplar nuestra propia naturaleza, nuestras ruinas, nuestros cimientos, los ojos al precipicio.


[1]Página 43. Réquiem y otros poemas de Ana Ajmátova, Mondadori, España 1998.

Jeanne Karen

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, narradora, editora, periodista, activistista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2007), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México y fue una de las ganadoras en la Convocatoria para el Encuentro de Narrativa Breve Edmundo Valadés 2024. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999, Premio Hispanoamericano de Poesía Ultramarina 2007. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara dos libros de poesía y una novela, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

Publicado por jeannekaren

Poeta y escritora.

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