Hay días en los que simplemente despierto con el deseo de hacer lo que más me gusta, lo que amo. Hoy es un día de esos, sin embargo apenas puedo.
Nunca me imaginé que la extracción de una muela del juicio fuera una cuestión tan complicada. Ahora estoy frente a la computadora, sintiendo todavía los efectos de la anestesia, un poco de mareo, ya con la molestia muy fuerte, mientras, trato de sostener una compresa fría en mi rostro. Me las ingenio, como lo he hecho siempre para muchas cosas, como lo hacemos en general los seres humanos, pero no dejo de maravillarme de lo increíble que somos, resulta que a pesar de todo, escribo algo.
La fortaleza y el valor, tal vez no nos acompañan siempre pero aparecen en el momento indicado. Escribir me ayuda a seguir en la vida, a despertar, respirar, crear, amar. Desde temprano tuve el impulso, el deseo de venir a escribir algo sobre lo que ha sucedido los últimos días, desde la semana pasada que estuve con ustedes por acá, con otras líneas, con otras ideas.
Trato de recordar si he escrito con dolor físico antes, pero por ahora no llega a mi mente ningún momento en especial. Lo que sí recuerdo con toda claridad es haber leído con dolor, con uno de espalda por ejemplo. Leer me ayudó a aislarme, a concentrarme en el libro, cuando leía, me daba la sensación de no estar en ese cuerpo, con esa angustia. Mi mente se concentró tanto en la lectura que difícilmente me permitía sentir el entero caos de mi estado.
A veces tenemos un umbral del dolor muy alto, aguantamos, resistimos, pero otras veces no es tanto y sentimos que el mundo se ha volcado en nuestra contra. Un desastre tras otro, digo en algunos momentos, en esos instantes que quisiera pasar rápidamente, pero luego caigo en cuenta de que es la única vida que viviré, entonces, ¿saben algo?, pienso en disfrutarlos también, quizás de una forma un poco extraña y retorcida, pero lo hago, tomo aire, sigo. Así que hoy estoy aquí, escribiendo la columna, para mí, para ustedes.
Leer me reconforta, no estar pendiente de mí misma es gratificante, no me preocupo ni de la respiración. Cuando estoy así, en cama, por prescripción médica, trato de seguir con lo que hago habitualmente, pero a veces resulta horriblemente incómodo, hasta pensar cansa. Imaginar es distinto, me aleja de mí misma, ya no cuento mi historia en la cabeza, comienzo a contar esas otras historias que están contenidas en los libros. Cuando leo poesía me sucede que tengo más espacio de acción, por así decirlo, hay un campo infinito, posibilidades que ni siquiera sabía que existían. A veces me gusta recordar versos, entre más difíciles, es mejor, porque mantengo mi mente ocupada en algo más, algo interesante, desafiante, infrecuente. Pienso en los poemas de André Bretón, por ejemplo, en un verso tal vez: Si solo saliera el sol esta noche. De pronto, por un instante, la verdad como la conozco cambia. Ya no soy un cuerpo, ya no es mi cuerpo sostenido por el dolor, ahora es el lenguaje poético entrando a mi conciencia, como ese sol del que alguna vez leí en el poema de El Airón, de nuestro admirado escritor francés.
Tal vez sí hay tiempo para todo, pero el tiempo que se vive a través de la lectura es un tiempo sinfín, es como navegar en todas las aguas, sumergirse en penumbras sin nombre y encontrar también la luz en los rincones. Leer es presenciar nuestra propia existencia como algo distinto. Cada que leemos un nuevo libro somos otra persona, al libro entramos con una visión y al salir nos hacemos de la nuestra. Puedes amar una lectura o no, puedes compartir con el autor algunos puntos de vista, puedes incluso odiar el material, pero no puedes ser lo que eras. Leer nos da una visión de la realidad que difícilmente vamos a conocer sino leemos, para mí es como vivir un poco más intensamente.
Me duele el hueco, el lugar de la boca donde alguna vez tuve una muela, me duele pensar en eso, me duele recordar el procedimiento, pero no se compara con lo mucho que voy a disfrutar cuando sane y lo mucho que estoy disfrutando el proceso, tantas páginas por recorrer, tomo un libro, tomo otro, pienso un poco en el futuro. Si tardo más días en estar bien, habré leído un par de cosas muy importantes para mí y habré sanado algo más, se habrá movido mi raro corazón para sentir algo distinto.

Jeanne Karen
Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, una de próxima aparición, además un libro de ensayo literario, uno de memorias y otro de cuentos.

