Un hombre frente al panel en blanco, una y otra vez desiste y rompe sus intentos. Va manchando sus manos. Espátulas y pinceles se van vistiendo con capas y capas de color.
En un instante mágico, una brisa acaricia su memoria y tomando forma de musa le susurra al oído: —Pinta a Hanna.
Y es ahí cuando recuerda a la niña del filme y la pantalla, y un halo de pasión y sinceridad lo envuelve como lo hacen cada vez que pinta.
Nunca imaginará lo que esos instantes pueden significar en otros y la transformación positiva que puede lograr en esas vidas.
Es que en verdad es un predicador de la belleza y aunque hoy en día parezca casi imposible, él consigue movilizar emociones.
Tiempo después, al otro lado del océano, en un espacio luminoso, se encuentra Ángeles, dicen que está en su mundo, y eso no es cierto, ella está en el mundo. No puede administrar tanta información sensorial y pertenece al grupo de personas asociadas al color azul. Será, porque al igual que el mar, pueden ser calmos y tranquilos, pero eventualmente, las tormentas los vuelven revueltos e incontrolables.
Las terapias son parte de su rutina. Cada pequeño logro es un gran paso en su calidad de vida.
Esa tarde mientras la luz del sol atraviesa los cristales, ante sus ojos aparece Hanna, la niña inquietante, sensible, extraña; nacida de un recuerdo, pinceles y espesas aguadas.
Ángeles conecta con esas pupilas verdes que la miran desde el papel y la sacan del letargo.
Escucha su propia respiración y se sorprende. Juega a enredarse en la melena, casi fuego, y se descubre distinta a ella con un cabello y mirada castaños.
Estira los brazos y toca la boca en la pintura. Luego hace lo propio con la suya, sonríe y en un bostezo deja ir sus miedos.
Se deja llevar entre colores, pinceles, lápices y cada trazo es una emoción escapando hacia la luz y un sentimiento que rompe cadenas y se libera.
Hay una leyenda que cuenta que una niña atrapó una mariposa azul y le preguntó a un sabio si ésta seguía viva, él le respondió que todo dependía de ella ya que «estaba en sus manos».
El pintor, al poner su alma en cada obra, tiene entre sus manos mariposas que lejos de asfixiar, mima, acaricia, les da aire puro y libera como a Hanna, que pudo abrazar a un corazón azul.
Ángeles abandonó su pesado equipaje en un rincón, hoy viaja ligera, sus alas son livianas y la llevan a donde quiere ir, un lugar donde ser feliz.
(1)Hanna, pintura, técnica gouache de Pedro Alonso O’choro
Algo sobre mí
Soy argentina, nací un día de invierno de 1963 en Florencio Varela, partido del gran Buenos Aires, una ciudad enorme que por entonces conservaba aromas de pueblo.
Soy auxiliar psicoterapéutica y como tal durante años trabajé aplicando laborterapia y arteterapia en hogares de ancianos, talleres protegidos de adultos con discapacidad intelectual y atención de personas con trastorno del espectro autista y otras patologías.
Hoy mi espacio es el inclusivo en el ámbito educativo y mis talleres buscan socializar e integrar, teniendo como herramientas pinturas y textos.
Desde siempre me gusta escribir y cuando lo hago sumo mi apellido materno.
Soy Miriam Rodríguez Roa, coautora de El arte de ser: mujer, arte y discapacidad, una obra literaria, gestada, editada y publicada en Ciudad de México, que reúne el trabajo inédito de mujeres de México, Ecuador, Cuba y Argentina.

