Por Illari Alderete
Para Alejandra Eme Vázquez
Retomar la escritura para mí es darle la mano a mi yo infantil. En esa época, escribir se gestó como un acto de protección contra el mundo. Solía subir a la azotea de mi casa para escribir sobre el día a día. Cuando estudié Literatura, contrario a lo que se suele pensar, perdí mi interés por escribir de forma creativa, en ese entonces, sentí que algo me faltaba, no me sentía satisfecha. Hubo varias señales en el camino, pero, inexperta, las ignoré. Comencé a escribir de nuevo hace ya seis años, cuando, alentada por mis amigas, asistí a un taller de escritura en la casa de cultura del IMSS, dirigido por Karla Rojas. Sus consejos, sus correcciones, sus ejercicios, me hicieron recordar cómo me sentía en la niñez. Volví a ese placer por escribir sin ninguna expectativa, sin querer llegar a ningún lado, más que a escribir.
Actualmente conozco un amplio repertorio de talleres, manuales y lecturas que me han acompañado para re-formarme como escritora. He experimentado mucho regocijo en algunos, he hecho amistades nuevas y me he descubierto hablando de temas que, aunque siempre me han interesado, no podía compartir porque son esos temas extraños: religión, seres fantásticos, películas de terror, feminismo… ¿Cómo comenzar una conversación así? Oye ¿te gusta Fredy Krueger? Siento que muchas personas habrían huido de mí. Alguna vez le comenté a un amigo lo de la teoría de la matrix y mi suspicacia sobre que estuviéramos en la realidad. Durante años fue un motivo de risa entre ambos, no me atrevo a confesarle que todavía pienso en ello.
En la escritura hay un espacio distinto de la realidad, se puede hablar de cañerías, del uso del jabón y de las excreciones corporales como en “Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros desechos” de Laura Sofía Rivero, sobre los dolores de cabeza que describe Joan Didion en “En cama”, aquí comprendí que las mujeres privilegiadas se dan permiso de hablar de todo, mientras que las demás buscamos algo importante que decir o denunciar. Adriana Ventura lo menciona en “Nosotras las limpias”, la rutina, el deber ser, atender a los otros, también lo señala Olivia Teroba sobre la necesidad de “Desocuparse” para poder escribir algo, aunque sea un poco porque también tenemos derecho a decir que existimos.
Precisamente, hace cuatro años, cuando decidí hacer las cosas que me gustan, pese a la precariedad y a las voces que constantemente me dicen que no soy escritora, me encontré con un espacio distinto, uno que creó Alejandra Eme Vázquez; el Taller permanente de ensayo. Los primeros tres años me dediqué a ver las mentorías con distintas escritoras que habitaron ese lugar, los consejos, las anécdotas. Supe que la escritura es cuerpo, que hay que alimentarla, cuidarla, promoverla. Los descubrimientos fueron y son tantos, que aún no logro nombrarlos. Sólo sé que se convirtió en otro refugio. Pero hace medio año, quizás un año, nos dijo que este espacio llegaría a su fin. Un año antes, ya había tenido un pre-duelo, ya que Alejandra había hecho muchos videos con distintas autoras en los que daban consejos sobre el ensayo y que con la pérdida de la plataforma en la que los subía, se borraron. Soy de esas personas que sueña con que en el futuro verá todos esos videos, leerá todos eso libros y realizará todas esas actividades, porque en el día a día, con el trabajo me siento francamente exhausta, mi cuerpo y mi mente de pronto son un ancla que no me deja avanzar y por eso soy una postergadora irremediable. Así que me dolió saber que no vi todas esas mentorías a tiempo, que se perdieron para siempre.
Quisimos aprender la despedida
y rompimos la alianza
que juntaba al amigo con la amiga.
Y alzamos la distancia
entre las amistades divididas.
Para aprender a irnos, caminamos.
Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,
los verdeantes prados.
miramos su hermosura
pero no nos quedamos.
Rosario Castellanos, Los adioses
Desde pequeña, las despedidas me han costado trabajo. Los psicólogos han dicho que genero vínculos muy rápido, le llaman apego ansioso y que, por lo mismo, las despedidas duelen en sobre medida. El diagnóstico fue ese: sufrirá en cada adiós. Así que mi forma de lidiar con el dolor, es fingir que no ha pasado. Que la despedida no ocurrió. ¿Por qué tenemos que aprender a decir adiós? ¿Qué hay de crecimiento en ello? No me gustan los adioses.
Si pienso en despedidas dolorosas, recuerdo la de Andy de sus juguetes en Toy Story 3. Cuando la vi, pensé ¿cómo puedes hacerles eso, Andy? Si una se pone en la perspectiva de la película, se da cuenta de que todas las historias que se cuentan en Toy Story existen al margen de Andy, él sólo es el inicio.
Con el Taller permanente de ensayo comencé a escribir mi columna en La Coyol. Uno de los consejos que se suelen dar a las escritoras incipientes es escribir de forma cotidiana, por lo menos 20 minutos. En mi caso es difícil encontrarlos, todo se va entre el trabajo, los deberes de la casa y mi cansancio mental. ¿De dónde tienen energía las que escriben 2000 palabras diarias? Así que cuando escuché la palabra permanente pensé que lograría por fin adquirir una rutina de escritura. Como siempre, los cambios no son inmediatos, actualmente, por lo menos a diario tengo la intención de escribir. Alrededor debo sacudirme la culpa por hacer algo que me gusta, que existe no para ganar ningún premio, ni para mejorar mis condiciones económicas, existe porque sí.
Algunos descubrimientos que tuve con el taller, que aunque los conocía en la teoría, no los había practicado, fueron:
- La escritura surge más fácilmente si se hace en compañía
- Una decide qué quiere escribir y qué corregir
- El texto existe en cualquier circunstancia
- Los snacks, la música y la postura ayudan a querer escribir
- Todos los finales son finales
- Las lecturas que se hagan de tus textos no son tu responsabilidad
Ale Eme nos dio tiempo para decirle adiós al taller, al inicio del mismo ya se estaba despidiendo. Así que tuve seis meses para despedirme más los meses que tardé en sacar esta columna. En una de las sesiones mencioné que los finales de mis textos como en la vida, me cuestan trabajo, suelo terminar mis historias con un final abierto, ¿por qué cerrarlo todo? En la siguiente sesión, vimos tipos de cierres y me tranquilizó saber que no hay un modo perfecto de terminar los textos. Hoy ya no escribo en el Taller permanente.
En la vida cotidiana, los finales existen pese a nosotros, no son los que deseamos, son los que las circunstancias nos permiten. Alguien se va, cierra la puerta y no vuelve nunca.

Esa sensación me producen los adioses …

Illari Alderete
Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.
