Cuando no sabemos algo, preguntamos, cuando deseamos aprender mejor algo, estudiamos, cuando necesitamos alguna dirección o usamos un GPS o buscamos a alguien que camine por la calle y le pedimos ayuda.
Pero, ¿qué sucede con todas esas preguntas para las que no tenemos respuesta o para las que no podemos encontrar una adecuada en ninguna fuente?, porque las respuestas están en nosotros mismos. Es difícil, es duro aceptarlo, sin embargo sabemos diferenciarlas perfectamente de las otras, de las que sí tienen una solución fuera de nuestra propia mente, de nuestro contexto.
Preguntarme a mí misma, la mayor parte del tiempo en primer lugar, es algo que duele. Muchas veces tengo claridad, sé cuál es la verdad, sin embargo, a veces ni siquiera deseo formular un cuestionamiento, porque sé lo que viene en seguida. ¿Dudar hace daño?, ¿nos pasará lo que a la mujer de Lot, que por mirar, por cuestionar, por querer saber, volteó la cara y quedó convertida en estatua de sal.
Arrojarse al vacío también duele. Duele no saber a dónde vamos, con quiénes vamos. Arrojarse es un acto de valentía, de fe; quizás hasta de necedad.
Cuando somos jóvenes no lo vemos, simplemente nos dejamos caer o nos elevamos, salimos del abismo, pero conforme pasa el tiempo y se proyecta la película de nuestras vidas, vamos dudando de la trama.
¿Me volví cautelosa?, me pregunto, ahora tomo aire, respiro profundamente, medito. La persona impulsiva que fui, se va quedando en el fondo, como esas figuras que se desvanecen con la luz en una fotografía.
¿Qué me sostiene, qué me anima, cómo es que sigo, cómo continúo en este plano?
Quizás sea la duda esa fuerza que me permite seguir. Despertar, abrir los ojos, venir a la máquina a escribir un poco. Esa pasajera de los días, de los míos o de muchos seres humanos.
¿Qué pasaría si…? O la otra duda, la peor, la más terrible, la que no tiene una sola respuesta, a la que queda contestar con todas las posibles, esa que suena, que parece que alguien la suelta a nuestras espaldas, para después respirarnos en la nuca: ¿qué hubiera pasado si…? Es la más dolorosa, la más penosa, la más recurrente. Se queda en nuestra vida, en nuestros días como un fantasma, como la bruma que se levanta por las tardes cuando se oculta el sol.
Hace poco escuché una historia tan poética, bella y dolorosa: un hombre mayor dejó pasar mucho tiempo una revisión de la vista, de vez en cuando conseguía o compraba lentes de segunda mano y los utilizaba como podía. Pero pasaron unos años y su vista se dañó; lo que tal vez era solo cansancio, se convirtió en un verdadero problema, de esos que solamente se resuelven con una operación para ambos ojos. Él vivió con la duda por tanto tiempo, es decir, era obvio que no veía bien, pero no quiso indagar más, no se hizo una prueba, no supo en realidad cuál era la condición de sus ojos, hasta que llegó al punto de inflexión.
¿Por qué nos quedamos con la duda?, ¿por qué la reservamos como un paquete sin abrir que se queda encima de una mesa?
A veces las respuestas son dolorosas, pero la mayor parte del tiempo, también son necesarias. Y otras veces como con la mujer de Lot, debemos quedarnos con la duda, que no nos detenga la curiosidad, que el morbo no nos deje como a los gatos cuando los encandila una lámpara.
Si es una respuesta que necesitamos, hay que afrontarla, pero si en realidad no precisamos saber, siempre es mejor dejarla pasar. Hay algunas que nos van a abrumar, que nos quitan la paz, aunque sea difícil de creer, nos muestran más preguntas y seguramente vamos a caer en una espiral de la que es difícil recuperarnos.
Es cierto, la duda mata, pero también algunas respuestas.

Jeanne Karen Hernández Arriaga es poeta, editora, periodista, activista cultural, columnista. Nació en la ciudad de San Luis Potosí el día 14 de mayo de 1975. Tiene alrededor de quince libros publicados, entre ellos: La luna en un tatuaje, (Editorial Verdehalago, 2003, CDMX), El club de la tortura (Ediciones Sin Nombre, CDMX 2005), El gato de Schrödinger (Editorial Ultramarina, Sevilla 2012), Cementerio de elefantes (Ediciones Fósforo, CDMX, 2013), Púrpura Nao (Editorial Grito Impreso, San Luis Potosí, 2018), Menta (Editorial Ponciano Arriaga, 2019, San Luis Potosí, con ese título ganó el Premio 20 de Noviembre del 2018, por tercera ocasión), La vida no es tan clásica, (Editorial Zeta Centuria de Argentina, 2022), nueva edición de El gato de Schrödinger por la editorial del Instituto de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí en 2023. Ha sido invitada a importantes encuentros de escritores, el más reciente fue el Festival Internacional de Poesía Bogotá, dedicado a treinta poetas que escriben en lenguas romances, representó a México. Su obra ha sido difundida en medios impresos y electrónicos. Ha sido becaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes en la categoría de creadores con trayectoria y ha ganado varios premios, entre ellos el Premio Manuel José Othón, en tres ocasiones y el Premio Nacional de Poesía Salvador Gallardo Dávalos en 1999. Una escuela de nivel básico lleva su nombre. Por el momento prepara cuatro libros de poesía y dos novelas, además uno de ensayo literario, un libro de memorias y otro de cuentos.


