Letras Revueltas|Despedidas

Por Illari Alderete

Alguna vez leí que trabajar venía del latín tripalium, que significa “torturar”. Lo compartí en redes porque en el fondo detesto el trabajo, algunos me dijeron que trabajar dignifica a las personas. Yo pienso que en el trabajo hay un poco de ambos aspectos, aunque más del primero.

 Cuando decidí estudiar Letras, no me preocupé por el tema del trabajo. Ni siquiera pensé en qué trabajaría, estaba en una especie de burbuja en la que no existía ese asunto. En esa época, me interesaban los escritores fuera de lo canónico. Los raros. Casi todos habían terminado sus días olvidados, con empleos mal pagados o desempleados, en eso consistía la rareza. Entre ellos se encontraban Emily Dickinson, poeta que si bien famosa en la actualidad, murió sin que se supiera que escribía, Julio Torri, a quien se le achacaba que escribía poco, su revalorización es reciente; Elena Garro, que sufrió de precarización debido a que tuvo que dejar México y también por su marido; Leopoldo Díaz Panero, que se la pasó en un psiquiátrico al igual que Zelda Fitzgerald, misma que tuvo la mala suerte de estar casada con Francis Scott Fitzgerald. Quizás sabía que algo compartiría con ellos.

Mi vida laboral comenzó cuando terminé mi servicio social en un programa de fomento a la lectura en hospitales, yo me imaginaba leyendo a enfermos y haciendo un poco más amena su estancia hospitalaria, pero en realidad terminé pegando portadas, repartiendo propaganda, acomodando mesas y sillas y haciendo de vez en cuando alguna presentación de los libros. En otro programa vieron mis habilidades y me contrataron; dijeron que era la mejor en el servicio social.

Con el tiempo, mi entusiasmo por el trabajo fue decayendo al ver las injusticias laborales: estaba en un programa que trataba de llevar los libros a los rincones del, aquel entonces, Distrito Federal. Tenía que ir de lunes a domingo y sólo descansaba cada tres semanas. Mi salario era poco (en aquel entonces lo creí justo) y en ocasiones tardaban meses en pagarme. Decidí abandonar ese empleo cuando me di cuenta de que, por más que me esforzaba, mis jefas no estaban satisfechas; incluso me reclamaban si me atrevía a llegar tarde.  Además, no pasaba tiempo con mi familia. Dejé ese trabajo después de un año.

«Tal vez que esas universidades que se jactan de humanísticas, de humanas no tienen nada.»

Me dejé llevar y de pronto ya era profesora de un Taller en la Casa Universitaria del Libro. Allí comencé a dedicarme a la docencia. Era más joven que hoy pero me empeñaba más que ahora. Aprendí el oficio. ¿Qué pensaría la Illari de entonces si supiera que tras cinco años la despedirían sin siquiera decírselo? Tal vez que esas universidades que se jactan de humanísticas, de humanas no tienen nada. Admito que disfruté estar en esos salones con piso de madera y habitar un espacio al que no habría entrado por cuenta propia. Pero no se trataba más que de otra ilusión que se apoya en la precariedad de las profesoras y profesores. Hace poco, la UNAM volvió a hacerme lo mismo. Después de ocho años, decidió que ya no me necesitaba: que no soy hombre, tampoco soy blanca, y mucho menos tengo el capital cultural que se requiere para ser docente allí. 

Quiero saber: ¿cómo me han dignificado esos trabajos? 

Decidí dedicarme a la literatura y me he consagrado al oficio, pero ella parece ser campo para unos cuantos, para los elegidos.

Aun así continúo, continuamos. Y ¿tú?

Illari Alderete

Amante de las letras, de los libros, de las series, de las tardes lluviosas que traen un dejo de nostalgia. Soy docente desde hace una década y me he descubierto alumna desde entonces. Me gusta soñar e imaginar otras posibilidades aunque a veces se conviertan en pesadillas. Recobré el camino de la escritura hace casi un año cuando las experiencias en forma de palabras comenzaron a desbordarse y, aquí estoy, aferrada a otra posibilidad.

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