Letras imprecisas | Lo que no se dice: La estética del silencio en La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik

Por María Fernanda González Lozada

A través del tiempo se han concebido distintas maneras de hacer arte, una de ellas es el arte de lo grotesco, esta tendencia parte de los ideales góticos –sin embargo, se considera que dentro de la cultura Romana comienzan a originarse las bases del arte grotesco como lo conocemos en la actualidad– y comienza a consolidarse a través de las vanguardias, en esta época se da una ruptura en la categorización del “arte por el arte” y se percibe una preocupación por exaltar las emociones ante la contemplación artística, es decir, importa más lo que se representa y lo que provoca, más allá del objeto material. En la literatura un ejemplo de ello es La condesa sangrienta (1966)1 de la argentina Alejandra Pizarnik –quien tuvo una gran influencia surrealista–, en su texto hace uso de recursos literarios que le permiten contar una  historia verdaderamente perturbadora.

La autora consolida su texto a través del uso intertextual, pues recurre a la reescritura de La condesa sangrienta (1962) escrita por la francesa Valentine Penrose. Pizarnik, toma datos históricos de la húngara Erzsébet Báthory –conocida como La Condesa Sangrienta o La Vampiresa–, a quién se le acusa de haber asesinado cruelmente a seiscientas cincuenta mujeres, para poder utilizar su sangre y bañarse en ella, creía que de esta manera podría conservar su belleza y juventud. Los diversos elementos utilizados por la autora han dificultado clasificar la obra dentro de un género literario, pues oscila entre la novela, el ensayo, la poesía en prosa, entre otros.

El presente trabajo tiene como objetivo abordar cómo funcionan los silencios y las imágenes en el texto de Pizarnik, los cuales sirven para sugerir otras realidades, dicho de otra manera, para decir lo que no se puede expresar con palabras. Los hechos narrados son tan grotescos que no logran ser descritos con las palabras, por ello la autora se auxilia de otros medios que le permiten ejemplificar plenamente lo que busca expresar; estos recursos estéticos también sirven para generar terror y perturbar a los lectores,  pues, en ocasiones, –dentro del discurso– tiene más peso aquello que no se dice.

Se han referido distintas posturas sobre la “estética del silencio” –definición dada por Susan Sontag y Amparo Amorós–,2 por un lado, parece imposible concebir el silencio como parte de la literatura, pues esta siempre se ha pensado como un acto reducido solamente a la palabra escrita, al respecto, Juan Manuel Ramírez comenta: “Bajo esta mirada no existe un lugar para el silencio: Todo está cubierto por la palabra.” (2016, 148). Sin embargo, el lenguaje no se limita solo a la palabra, esta construye canales de comunicación, pero no es el lenguaje en sí, dicho de otra forma: “—el lenguaje— es la actividad lingüística, las palabras son el instrumento material de esa actividad.” (Cit. Ramírez, 2016, 154). Por ello es importante considerar otras formas de comunicarse cuando las palabras no son suficientes.

Como ya se ha sugerido líneas anteriores, el lenguaje no logra representar por completo la realidad y “solamente podemos hablar de lo obvio” (Cit. Cerda, 2015, 11), es aquí donde el silencio juega un papel importante para sugerir hechos indescriptibles. En el caso de La condesa sangrienta, cuyo tema central es la muerte provocada por la tortura, se narran acontecimientos sumamente atroces que las palabras no son capaces de describir por completo, si bien, se presentan escenas descritas a través de la escritura, lo que no se dice genera más miedo en el lector, un ejemplo es cuando se habla de la risa de Erzsébet, se presenta en el texto:

Durante sus crisis eróticas, escapaban de sus labios palabras procaces destinadas a las supliciadas. Imprecaciones soeces y gritos de loba eran sus formas expresivas mientras recorría, enardecida, el tenebroso recinto. Pero nada era más espantoso que su risa. (Resumo: el castillo medieval; la sala de torturas; las tiernas muchachas; las viejas y horrendas sirvientas; la hermosa alucinada riendo desde su maldito éxtasis provocado por el sufrimiento ajeno). (Pizarnik, 2012, 18)

Si bien las palabras anteriores ya son bastante perturbadoras, lo que no se dice genera más repudio hacia la Condesa, las palabras groseras, los “gritos de loba” y los silencios configuran un lenguaje grotesco; además, su risa se constituye dentro del silencio, pues a pesar de que la risa genera ruido y por obvias razones puede oírse, no dice nada, pero a la vez lo dice todo, es decir, la Condesa nunca habla, sin embargo, imaginar su risa provoca sensaciones escalofriantes, pero lo que en realidad la vuelve perversa es lo que provoca su risa, aunque, siempre se relaciona con felicidad y tiene una connotación positiva, Erzsébet se regocija ante el dolor de sus víctimas.

El silencio no se trata del simple acto de callar, más bien: “es el camino que conduce al poeta al reencuentro con la palabra.” (Ramírez, 2016, 166), dicho de otra forma, es el elemento que le permite a la escritora representar una forma distinta de concebir el mundo que no se puede notar a simple vista. Otro elemento presente en la obra es la configuración del personaje, pues en varias ocasiones se describe como silenciosa, en el texto se lee: “Dorkó vertía el rojo y tibio líquido sobre el cuerpo de la Condesa que esperaba tan tranquila, tan blanca, tan erguida, tan silenciosa.” (45. El énfasis es mío); como se menciona anteriormente, la Condesa no dice nada con palabras, pero su lenguaje silencioso expresado a través de su comportamiento permite descifrar la personalidad de Erzsébet.

Además, en un principio se presenta solo como espectadora de los actos atroces perpetuados por sus sirvientes: “Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa.” (8), esto reafirma la idea de que la Condesa no tiene que decir nada para provocar miedo, en sí misma encarna la maldad, incluso en el texto se menciona: “Por eso, tal vez, representaba y encarnaba la muerte” (21), lo atroz es algo adherido a ella y los lectores lo intuyen, no solo por lo que está escrito, sino, porque lo sienten a partir de las sugerencias ocultas, el silencio le permite a los lectores leer entre líneas y así descubrir una doble intención.

Pizarnik, utiliza la elipsis como elemento estético que le permite embellecer los crueles e inhumanos actos de la Vampiresa, Kristov Cerda comenta: “las imágenes violentas cuya esencia bella se procura recoger por esta reducción elíptica” (2015, 10), la autora toma algunos elementos de la historia real, esto no tiene la intención de reducir el discurso, sino, busca reconstruir el crimen a partir de elementos “que le permitan hacer resplandecer el significado (la belleza) en su prístina pureza.” (Cit. Cerda, 2015, 10). No se trata de romantizar y embellecer el acto de asesinar, sino que, la autora pretende mostrar una historia a través de lo bello, para provocar emociones puras en los lectores.

Otro aspecto importante es la inclusión de imágenes, esto permite ejemplificar de mejor manera la historia narrada, de tal forma se presenta una relación imagen-literatura, aunque podría parecer que no tienen relación, ambas se complementan, Paulo Andrés Arias cita a Jacqueline Lichstenstein:

Palabra e imagen son distintas, pero también iguales. Incompletas en sí mismas buscan en la otra su complemento, pero cuando se encuentran resaltan sus diferencias. Esta incompletitud es inherente a toda forma de representación, es el síndrome de la unidad original que liga palabras e imágenes justamente como representación verbal y visual. (2016, 35)

Estos recursos visuales le permiten al lector imaginar con mayor precisión los acontecimientos narrados:

En el encuentro con la imagen, la intención es recuperar el objeto ausente. Esta recuperación está definida desde la subjetividad de quien observa, debido a que la imagen, en rigor, realiza la remisión no al objeto ausente, sino a la “presencia” del objeto en la conciencia del sujeto que mira. (Cit. Arias, 2016, 39).

Dentro de La condesa sangrienta, hay una gran variedad de fotografías que aluden al crimen de Erzsébet Báthory, a continuación se presentaran dos de ellas, por cuestiones de espacio no es posible presentar todas:

Imagen tomada de La Condesa Sangrienta, p. 14
Imagen tomada de La Condesa Sangrienta, p. 16


Ambas fotografías3 son muy descriptivas, algo peculiar –no solo en estas fotografías, sino en todas las que se presentan a lo largo de la obra– es que están a blanco y negro, lo único que se presenta a color es la sangre, algo que resulta perturbador debido al tema tratado por la autora, además presentan algunos simbolismos referentes a lo narrado. La primera fotografía pertenece al apartado “La Jaula Mortal”, en donde se describe como se introducía a las jóvenes en una jaula colgante con clavos que lastimaban a la víctima y debajo la Vampiresa esperaba pacientemente a que la sangre cayera sobre ella.

En la ilustración la víctima se representa con un pájaro, el cuerpo es de una mujer, pero en vez de brazos tiene alas y la cabeza no es humana, sino de un ave, con ello se representa la pureza de la joven –todas las muchachas eran vírgenes y rondaban entre los doce y dieciocho años–, el pájaro representa la libertad, pero al estar en la jaula, simboliza el encierro en cuerpo y alma de la víctima. La segunda fotografía pertenece al capítulo “Torturas clásicas”, este método consistía en flagelar a las jóvenes hasta que su piel se desgarrara, en la imagen la última mujer de izquierda a derecha se presenta teñida de sangre, con ello representa el proceso de tortura ejercido por la Condesa y sus ayudantes.

También, en la imagen se presenta un lobo que simboliza la presencia de Erzsébet Báthory que observa la ceremonia de tortura, además, dentro de la narración se le compara con los lobos: “gritos de loba” (18). Todos esos simbolismos representados en los recursos visuales permiten que el lector se introduzca en los espacios representados y pueda sentir con más veracidad el terror de las víctimas ante la cruel Condesa.

Las fotografías no son el único elemento que permite al lector visualizar los hechos, pues las minuciosas descripciones también son imágenes que crea la autora a partir de la palabra escrita, en el texto se presenta:

Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. (17)

Las imágenes representadas no solo pueden ser ilustraciones tangibles, también pueden crearse a partir de los recursos estéticos que utiliza la autora como la descripción y la comparación; esta forma de escribir también revela la forma en la que la escritora percibe el mundo y el lector va ajustando esas imágenes a su realidad, en palabras de Paulo Andrés Arias: “sea de forma consciente o inconsciente los elementos en la escritura van reflejando de algún modo nuestra forma de ver el mundo.” (2016, 37). Es así como la escritura y la imagen se complementan dentro de la obra.

Los silencios dentro de La condesa sangrienta resultan importantes para la configuración de la obra, gracias a ellos la narración consigue un doble sentido que permite transmitir miedo puro a los lectores, las sugerencias hacen que el lector imagine y cree sus conclusiones sobre el texto sin que la autora le exponga claramente la verdad. En un principio puede parecer un texto ficcional o fantástico por la forma en la que está escrito, sin embargo nada de lo narrado es falso, sin embargo, los recursos literarios crean una dualidad literatura-realidad. Por último, los recursos visuales también funcionan como silencios, pues sin necesidad de palabras y a través de los escenarios representados comunican lo ocurrido en el Castillo de Csejthe.


Notas

1 Esta obra se publicó por primera vez en la revista Testigo.

2 V. Rmírez, Juan. “Hacia una retórica y una poética del silencio”.

3 Las imágenes presentadas en La Condesa Sangrienta pertenecen al argentino Santiago Caruso (1982).


Bibliografía

Arias, Andrés. Voces desde las sombras en “La amortajada”. Tesis de Maestría, Universidad de Concepción, Facultad de Humanidades y Arte, 2016, pp. 4-40.

Cerda, Kristov. “Estética y sadismo en La condes sangrienta de Alejandra Pizarnik”. Estudios filológicos 56 (2015): 7-19.

Montenegro, Rodrigo. “La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik: una poética sin límite. El horror de la belleza; la belleza del horror”. Espéculo. Revista de estudios literarios 42 (2009): 1-28.

Pizarnik, Alejandra. La condesa sangrienta. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012.

Ramírez, Juan. “Hacia una retórica y una poética del silencio”. Revista CS 20 (2016): 143-174.


María Fernanda nació una tarde de marzo en la Ciudad de México, mujer de nombre fuerte. Fue criada bajo el seno de mujeres valientes, quienes la motivaron a no espantar sus sueños con el “yo no puedo”. Actualmente estudia la licenciatura en Letras hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana la “casa abierta al tiempo”. Es amante de los gatos, se identifica con cualquier manifestación artística y con el feminismo. Comenzó a colaborar en La Coyol Revista en mayo de 2021 con el artículo «Yo nací libre: el desengaño del “amor romántico” en el Quijote». Su tiempo libre se lo dedica a la pintura.

3 comentarios sobre “Letras imprecisas | Lo que no se dice: La estética del silencio en La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik

  1. Interesante análisis respecto al silencio de Alejandra. Nos da un bosquejo sobre lo que ella callaba y el impacto que este silencio tenía en su vida, su soledad y la libertad que ella buscaba desde niña. El trabajo de Pizarnik tiene una fuerte carga emocional al mismo tiempo que tristes son las motivaciones y escenarios que dibujan sus obras.

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