Todo por Roxi.

Por María Isabel Tamayo.

Hoy es el cumpleaños de Roxi. Como su mejor amigo es mi deber buscarle un regalo. Cuando salimos a jugar básquet con nuestros compañeros, siempre se queda mirando el escaparate de la Boutique “Encanto de mujer”. Es que Roxi es diferente.

Aunque el resto se mofa, a Roxi le resbala, y continúa su camino. Yo, que siempre me quedo esperando a veces me imagino a Roxi usando esos conjuntos, esos vestidos tan finos. Roxi, parecería como si hubiera salido directo de un cuento de hadas con alguno de esos. Muy pocas veces me atrevo a mencionárselo. Se sonroja tan bonito, y me pega en respuesta. Cada vez que me golpea pierdo en el básquet porque el brazo me duele por lo fuerte de su puñetazo.  

Roxi, después del básquet va a la zona roja a buscar a su abuelo. El viejo Galindo, que brinda servicios a las mujeres y le pagan muy bien. Roxi me prohibió averiguar cuáles servicios. Con esa plata Roxi compra el pan, la leche, los huevos y demás comida. A veces me preocupo que camine por esas calles a esas horas, pero Roxi siempre me dice que no tengo por qué. La gente de la zona se lo piensa dos veces antes de siquiera acercársele. Esa historia es muy violenta, Roxi prefiere que no se sepa, no quiere problemas en el colegio, ya tiene suficiente con su vida. Es que Roxi es diferente. Por eso yo estoy siempre a su lado, me aseguro que los que tengan ganas de molestar se arrepientan de sus acciones. A la salida, detrás del colegio tenemos un ring sin cuerdas, ahí nos damos. 

—Simón eres un imbécil. 

Roxi sabe que yo me peleó con todo el mundo para que no molesten, y eso lo irrita mucho. Yo dejo que se desquite, cuando me pone el alcohol y las curitas. Roxi no aplica para nada la delicadeza. 

—No servirías para estudiar medicina.

—La verdad me vale, no soporto a los humanos. 

Así es Roxi, diferente. En su casa siempre he sido bienvenido. Las paredes, verde limón mal pintadas, con las marcas de una silla de ruedas que apenas alcanzaba a pasar por los estrechos pasillos. La silla abandonada nos mira indiferente desde el fondo del pasillo oscuro. El recuerdo de su madre afecta mucho a Roxi, se niega a tirarla porque la guardará para su padre, si es que aparece.

Roxi no quiere que se sepa esa historia. La quiere olvidar, y sepultar en lo más profundo. Mi deber es estar a su lado, listo con la pala para echar tierra. 

—¿Qué quieres de regalo de cumpleaños?

—De ti nada, Simón. 

— ¿Por qué? Somos amigos desde el Kinder. ¿Qué tiene que te haga un regalo?

—No tienes ni para dónde caerte muerto Simón. No me des nada.

—Te daré algo.

— ¡Eres un necio!

Y aquí estoy, frente a la boutique. Roxi, no sabe cuánto he ahorrado. Entro y pregunto por el vestido rosado. Me señalan muchos vestidos, con nombres de colores que parecen inventados: malva, fucsia, palo de rosa. Para mí todo eso es rosado, escojo el que vi el otro día en el escaparate. Pago en efectivo. Envuelven el vestido en una caja, pregunto si le pueden poner un moño, el único que tienen es azul. Les digo que no importa. 

Voy a la casa de Roxi, ya debe tener listo el pastel y los quesitos con pasitas, las galletas con atún y mayonesa, la gelatina y los chitos picantes, la cola de manzana. El viejo Galindo seguramente tiene listo la música. Las velas azules de números con el 15 en el centro del pastel se iluminan. 

En cuanto entro empiezo a cantar, y su abuelo se me une <<Feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños a ti, feliz cumpleaños Roxas, feliz cumpleaños a ti>>

Roxi sopla las velas, y las apaga de un tirón. Comemos el pastel y todos los aperitivos, mientras el viejo Galindo nos cuenta los chismes del barrio. 

—Roxas, mi adorado nieto—dijo el viejo al levantarse de la mesa para ir a trabajar—. Ya tienes edad. 

—¿Edad para qué?

Su abuelo no le respondió nada solo le despeinó el pelo, le dio un fuerte abrazo. El viejo Galindo me guiñó el ojo al salir. 

Ni bien cerró la puerta, saque de la bolsa el paquete, y di dos pasos atrás por si acaso quiera pegarme. Roxi me vira los ojos y le quita el moño, entre abre la caja, y la cierra de inmediato, me mira incrédulo, la vuelve abrir. Nunca había visto que a una persona se le iluminara el rostro por la felicidad, solo lo he visto en las películas, y ahora lo vi en mi Roxi. 

Roxi me regresa a ver, abre la boca como que me quiere gritar, pero no me dice, ni me grita nada. Alza el brazo con la mano en puño, pero no me pega. Solo me roza el brazo muy delicadamente. 

—Veamos cómo te queda. 

Cuando éramos más niños nunca tuvimos la oportunidad de quedarnos en la casa del otro, a mis padres no les gustaba que me quedase muy tarde en su casa, ni tampoco que Roxi se quedara. Pero ahora, siendo la medianoche puedo ver como los postes de luz iluminan el cuarto de Roxi, a la vez que escucho a las patrullas haciendo sus rondas nocturnas. Sé que me castigarán, debería ir a mi casa, pero no quiero moverme. La habitación de Roxi es muy diferente en la noche, su cama es muy cómoda, y no cruje. Roxi duerme plácidamente sobre mí. 

El vestido le quedó bonito. El rosa es su color, se lo puso con lágrimas de alegría en sus ojos. Me encantó ver como se lo ponía, pero disfruté mucho más quitárselo. Me pongo a pensar que este mundo tan violento podría dañar a mi Roxi. Pero para eso estoy aquí, para acabar con todos los que intenten hacerle daño. Es que Roxi es diferente, y yo también.



María Isabel Tamayo Gudiño, nació en Atuntaqui, Ecuador en el año de 1991. Pero vivió en la ciudad de Ibarra por sus primeros 18 años. Estudió Ciencias Biológicas. A la mitad de su carrera, y durante sus estudios de biología molecular, descubrió su amor por la escritura. Escribió algunos fanfictions. Publicó su primer cuento “El lagartijo”, en la antología “Los que Vendrán, 2018-19” publicada por el taller de escritura creativa del cual participa. Publicó otros dos cuentos, en las antologías siguientes: “Lo que no se puede borrar” en “Los que vendrán 20-20”, y “Lo eterno” en “Perseídas”.


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Publicado por La Coyol Revista

Revista hecha por y para mujeres escritoras y artistas

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