Querida Julia.

Por María de la Luz Carrillo Romero.

Mérida , Yucatán a 12 de enero 2022

Querida Julia

Te saludo con el cariño inmenso que te tengo. La confianza en ti surge  al conocer tu buen corazón de amiga soldaría. Te escribo porque los recuerdos agolpan mi cabeza y no he podido sosegarme.

No me he sentido muy bien en estos días en que el calor de primavera me atosiga por las noches. No me deja dormir, mis pensamientos reptan como pesadas serpientes llenas de vacíos y penas. Desde que recibí aquella carta, ya no fui la misma. La inocencia de esos días se esfumó como sucede con los bellos sueños, se van y no vuelven a repetirse. Esa carta me enseñó, a no confiar en nadie, a cuidarme de algunas personas, porque no todos son lo que parecen ser. Con frecuencia creía que contaba con buenos amigos, así fue por un tiempo. En mi adolescencia mi círculo social se caracterizó por ser afable y divertido.  Me agradaba estar rodeada de rostros sonrientes y animados. Pasábamos horas enteras platicando sobre estrambóticos temas. Parecía que el tiempo se tumbaba con desgano a nuestro lado.

Fueron tres años plenos de aprendizajes y alborozo, todo como un licuado de sabores excitantes. Pero, lo que me agradaba más era estar junto a Margarita. Algunas veces, mi prima  me acompañaba a la escuela, su fuerte personalidad se volvía el centro de la reunión. Era de carácter desenfadado. Sin ofender a los oyentes decía lo que pensaba. Desenvuelta y franca, sus ideas sobre el mundo nos dejaban pasmados. Más que primas prevalecía entre nosotras la amistad y cierta complicidad. Ella y su hermano Adrián, fueron en ese entonces, los primos ricos que nos visitaban cada mes. En esa época, cuando íbamos de día de campo los adultos nos dejaban libres. Mientras ellos se enfrascaban en comer, platicar y beber pulque o cervezas, en especial mi padre que era alcohólico, él, disfrutaba el momento bebiendo sin medida.  No deseo acordarme de sus desfiguros, sólo evoco los maravillosos juegos, subirnos a las copas de los árboles, la ocasión nos hacía volvernos pájaros, tocar las nubes cada vez más, cada vez más arriba.

En alto de los árboles, me gustaba mirar el mundo a través de las ramas, las cosas se movían despacio como peces voladores. Todo parecía ligero, los sonidos se percibían lejos. Sentía el palpitar del árbol como sonrientes quejidos. Margarita y yo como diosas por encima del mundo, tomadas de la mano gozábamos el momento.

Mi prima se fue por un tiempo a estudiar al extranjero, era mayor que yo, por  tres años. Cuando regresó de su viaje nos citamos en su casa. Yo tenía dieciséis, ella 19. Nos abrazamos y nos besamos con el ansia de un sediento en pleno desierto. Algo en su mirada me cautivó. Esa noche dormí en sus brazos, me olvidé de todo. Cerré los ojos a la mediocridad de mi familia, a las carencias materiales que me impedían avanzar en mis estudios. Relegué mis temores para otro día, solo me abandoné al sensual goce de los sentidos, como una refinada sibarita. Pero el placer se paga, eso dicen los adultos. Pasar el tiempo, es lo que deseé, sin embargo, mi cuota de dolor llegó con esa carta. Las eventualidades de mi vida me llevaron a lo que soy hoy, una profesionista, soy una mujer libre de ataduras. Margarita se casó en el extranjero, fue infeliz con un hombre que la martirizó por doce años. Recuerdo que me lo presentó, con el rostro arrebolado de alegría. “Es un buen hombre” -me dijo- No sé qué es ser bueno y para qué, pero si para aniquilar a lo más preciado de mi vida. La desapareció, dejó sus restos regados en su casa de España. Me siento fatigada con el ánimo culpable. Pienso que Margarita no podrá acompañarme a las copas de los árboles, pero estoy segura que desde las alturas de una ceiba me observa con cariño.  Nadie se dio cuenta y el asesino, se fugó como el viento entre mis manos. En su carta, ella me pedía ayuda, me suplicaba ir por ella, antes de que “su amor”,  su “hombre bueno” la  desapareciera del mundo.

 Me despido de ti querida Julia y deseo recibir tus palabras de paz.

Hasta pronto.

Tu amiga Silvia



María de la Luz Carrillo Romero, Narradora, poeta docente de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado micro relatos en varias antologías. Autora del libro ABCTRAZOS. Promotora cultural en Tecámac, Estado de México. 


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Publicado por La Coyol Revista

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