Por Tania Farias.
Me negaba a ir. De ser mi sueño convertido en realidad, esa cabaña frente al lago propiedad de sus padres se había convertido en mi peor pesadilla. La primera vez que Mario me golpeó fue después de una fuerte riña familiar con sus hermanos. Apenas habíamos cumplido nuestro primer aniversario de bodas. Ese día, llegó a la casa con los ojos encendidos y me exigió estar lista para partir en los próximos quince minutos. Manejó hasta la cabaña, a donde llegamos poco antes del anochecer, solo nos bajamos y se internó en el bosque sin decirme una palabra. Con la esperanza de que esa caminata en la naturaleza lo ayudaría a tranquilizarse, preparé una cena con los ingredientes que encontré y me dispuse a disfrutar de una copa de vino frente al lago. Me gustaba estar allí, frente a sus aguas pasivas. Pasaron más de dos horas y mi marido no había regresado.
Sentada, con la cena fría sobre la mesa, contemplaba el resplandor de la luna rompiendo la oscuridad de la noche. Con ansiedad, intentaba descubrir cualquier movimiento que me anunciara su llegada. Esperé varios minutos más y después encendí el televisor en la sala. Necesitaba distraerme para no pensar en cosas malas. No sé en qué momento me quedé dormida, solo recuerdo que desperté al recibir un puñetazo en la cara y antes de que pudiera abrir los ojos, sentí un jalón de cabellos que me tiró al piso. Le siguieron las patadas y más puñetazos.
Cuando todo terminó, me quedé enrollada como un ovillo en el piso, temblaba sin control. Mi marido se acercó y me levantó con dulzura para llevarme a la cama, allí limpió mis heridas y me pidió perdón llorando.
La escena se repitió dos meses después, con la muerte de su padre, y de nuevo cinco meses más tarde, por otra riña familiar a causa de la herencia que no lograban repartir. Siempre en la cabaña.
Esta noche su hermana llegó a la casa totalmente fuera de sí. Los gritos escalaron a forcejeos y terminaron con ella tirada en el piso después de un fuerte aventón de Mario. Ofuscada se fue jurando que jamás volvería y entre lágrimas y la voz entrecortada le gritó a su hermano que se olvidara de ella y de toda su familia.
Cuando la puerta se cerró, Mario se quedó por varios segundos inmóvil. Yo rezaba que no me pidiera ir a la cabaña. Pero mi devoción fue en vano; al cabo de unos minutos subió al cuarto, preparó una pequeña maleta y me dio la orden de preparar la mía. La pesadilla se repitió una vez en la cabaña.
Con sus golpes sentía como mi ser se difuminaba, se borraba, desaparecía. En las otras ocasiones también me había pasado, pero quizás, el calvario había sido más corto y su arrepentimiento me había devuelto mi cuerpo. Pero esta vez, fue implacable, cruel, sin corazón. Me golpeó hasta agotarse y entonces se salió y me dejó allí como si no existiera y entonces mi ser se hizo invisible por completo. Ya no hubo disculpas, ni sanación de heridas. Tirada en el piso lloré, hasta que mis lágrimas se secaron. Y tuve la certeza de que era invisible y solo tenía un camino para volver a reaparecer.
Me levanté con lentitud, pues cada movimiento me calaba hasta los huesos. Me paré frente al espejo que no me reflejó. Me quedé allí de pie, por varios minutos, como si pudiera contemplarme. Pasé mi mano por cada una de las heridas. Eran tantas que no podía contarlas, aunque no pudiera verlas. Toqué mis brazos, toque mis piernas, las sentía. Estaban allí mas no eran visibles.
Después, caminé lentamente en dirección del lago, el dolor me detenía. La silueta de Mario se adivinaba gracias a la fogata que este había alumbrado. Decidida, avancé hacia el embarcadero. Mi verdugo estaba bebiendo. Tenía a su lado un balde lleno de cervezas. Varias botellas vacías yacían a sus pies. Tomé la cubeta y la llevé hasta el borde, a un lado del lago. Esperé con paciencia a que Mario terminara la botella que tenía en sus manos y se viera obligado a levantarse por otra. No tardó mucho, tambaleándose después de girar sobre sí mismo buscando su balde con cervezas, avanzó hasta el límite del embarcadero donde yo lo había dejado.
Lo empujé al agua fría de otoño. Mario no sabía nadar. Gritó con todas sus fuerzas por auxilio mirando hacía la cabaña como esperando que saliera a ayudarlo, sin saber que lo observaba desde lo alto del embarcadero, a escasos centímetros de él. Mientras se hundía, yo sentí cómo mi ser volvía a ser visible, como mi cuerpo reaparecía. Nuestras miradas se cruzaron por última vez. Me di la media vuelta y me fui.
Tania Farias, escritora.
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