En esta tercera entrega de breves -brevísimos- relatos lo que quiero recalcar es que a veces las palabras sobran cuando hablamos de las experiencias que se han entretejido hasta formar lo que concebimos como amor. Amor, que se presenta en una inmensidad de facetas, formas y expresiones… El amor que es aquello que construimos y decidimos nosotros-nosotras día a día.
Lágrimas de luna
III
Entonces, tras limpiar el polvo de mil recuerdos allí estaba: su foto, en un portarretratos, uno que nunca me perteneció. A su lado, el piano parecía invadir la entrada al hogar de manera intimidante, casi parecía que mi presencia le molestaba y, entre el correr de sus teclas blancas y negras, me escabullí; tomé la imagen, en donde lo que más lucía era su sonrisa, y corrí, con el tronar de un vehículo viejo que pasó en dirección contraria, justo a mi lado.
Caminé sobre la vereda, hasta que a mi izquierda observé los restos del fresno, que por la violencia del clima cayó de bruces, preste suma atención a las diversas ramas que apuntaban en todas direcciones, como si intentaran alcanzar el cielo, aun cuando las estrellas siempre han sido sus favoritas. Aún me pregunto que me obligó a acercarme, ¿acaso fue porque yo también añoraba el cobijo de las estrellas?, ¿quizá debido a que recordé que en lo más bajo del tronco marcamos juntas lo que ahora me parece la más dolorosa añoranza?
Busqué, hasta que encontré los trazos en donde nacían las raíces. La corona de puntas dejaba entrever, en donde yacía un corte, los espirales que lucían casi cansados, en ellos vi la edad del árbol y después la comparé con nosotras: ¿Podía equivaler su edad a nuestra experiencia?, ¿sufrimos lo mismo que este árbol?
Recordé el semblante de mi madre, los moretones en tu brazo, el chirrido de las vías en donde me dijeron que te ibas… La caja de madera seguro era fría. Nunca me perdoné que lo último en arroparte fue la desdicha.
Aparté las hojas secas que antes coronaron aquel pequeño refugio; ahora caían rendidas a las faldas del árbol que alguna vez fue su hogar. Me perdí en el roce que se provocaba en mi piel al dibujar una y otra vez la inscripción sobre la cansada madera, rememoré la risa de a quien llamé, entre constantes pesadillas, el amor de mi vida. Cuando decidí mirar el cielo caí en cuenta de la oscuridad, la del exterior, aquella que aparecía sobre un mundo al que no pertenecía. En ese momento me di cuenta de que mi cariño nunca fue un error, pues brillaba como las estrellas ante la tempestad; además, era codiciado por muchos, que con sus puntiagudas manos querían alcanzarnos como las derrotadas ramas del fresno. Me dejé consumir por el tacto de las hojas secas que crujieron en mi espalda, y descansé sobre el respaldo del tronco, en donde aún se murmuraba con letras deformes: Isabel y Amanda se amaron aquí, escondidas del mundo.
FIN

«Mi nombre es María Fernanda Vázquez Castillo, nací en la Ciudad de México, pero ahora vivo en el estado. Actualmente tengo 18 años y soy estudiante de la carrera de Letras y Literaturas Hispánicas en la UNAM.
Desde pequeña tuve un interés por la literatura, principalmente por la creación, más adelante por su estudio. Es por ello que con el paso de los años he buscado mejorar mi estilo de escritura para mostrarlo a los demás.»

Muy bonito
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gracias ❤
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