
Por María Daniela Ortiz Soriano.
Mientras estaba en una cena familiar escuchaba (aburrida, como de costumbre) la ávida plática de mi madre, mis tías y abuela sobre el resto de la familia consanguínea. Que si la prima Aurora esto, que si el tío Jacobo lo otro, etc. En eso la conversación se dirigió a la tía Lulú y el ambiente se puso tenso, todas en la mesa miraron a su alrededor que ninguno de los hombres, miembros de nuestra familia, estuviera cerca y en eso mi abuela atinó a decir “la loca de lulú”, desatando una serie de comentarios ofensivos hacia la locura de la tía Lulú. Pero ¿Quién es la tía Lulú y porque la llaman loca?
Mi familia materna (es decir, mi abuela con sus hermanos, hermanas y padres) viene de un pueblo perdido entre rancherías camino a Veracruz. Con pocos pobladores, según me contaron, este pequeño pueblo era un lugar tranquilo, casi un paraíso que mi abuela recordaba con mucho cariño. En ese lugar creció mi abuela, su hermano mayor Tiburcio y su hermana menor Lulú.
La familia de mi abuela en los años que vivieron en ese pueblo era considerada respetable, ya que consistía en un primogénito varón, una hija devota a la iglesia (mi abuela) y una hija hermosa como las flores de mayo (la que, en su juventud, era mi tía Lulú antes de ser “la loca”), un padre arriero y una madre ama de casa.
Eran la familia Barragán y llevaban varios años viviendo en paz hasta que su hija menor Lulú cumplió los 17 años y se postuló para ser reina de la fiesta patronal del pueblo.
Verán, dicen que mi tía Lulú antes de ser loca, era una señorita hermosa, dulce y amigable con todos en el pueblo, por eso en la víspera de sus 17 años (que coincidía con la fiesta patronal) muchos en el pueblo la alentaron para postularse a reina de la fiesta patronal, por lo que tenía que hacer, junto a las otras candidatas, una especia de campaña para que votaran por ella. Esta campaña consistía en asistir con un chaperón y junto a las demás candidatas a varias comidas que las familias adineradas organizaban 6 meses antes de la fiesta patronal, con el fin de que las candidatas a reina convivieran y demostraran al pueblo lo “buen mozas” que eran.
Durante dos meses de campaña todo marchaba con normalidad, a pesar de que su padre y hermano no estaban de acuerdo, tía Lulú estaba emocionada de ser reina de la fiesta patronal y esa emoción se notaba en las comidas a las que asistía. Tía Lulú era feliz, era hermosa y era muy dulce… hasta que abusaron de ella en la última cena que asistió.
Cuando mi abuela y mis tías, sentadas en la mesa, llegaron a ese punto de la historia, todas bajaron la voz y desviaron su mirada en busca de oidores externos, después miraron a mi abuela que endureció sus facciones como si fuera un juez a punto de dictar pena de muerte y pronunció en voz baja “Lulú quedó loca porque se la llevaron al monte y regresó con las ropas rasgadas”.
Esa noche en que tía Lulú fue a otra comida junto a las demás candidatas, unos jóvenes del pueblo, mayores que ella, disolvieron en su refresco una especia de pastilla que le dan a las vacas para que entren en celo, cuando la pastilla le causó nauseas y desequilibrio, salió a tomar aire y tras de ella salieron tres muchachos (hijos de los anfitriones de la comida) con el pretexto de auxiliarla.
Tía Lulú desapareció durante horas. Dieron las 2 am y su familia salió a buscarla por todo el pueblo, hasta que los mismos anfitriones de la fiesta le confesaron que vieron a los tres muchachos llevarse al monte a Lulú. Cuando encontraron a la tía Lulú, tenía la ropa desgarrada y deambulaba por el monte. “Ahí fue donde se volvió loca” confesó mi abuela.
Naturalmente una esperaría que el final de este suceso fuera que los padres de tía Lulú hubieran balaceado a los tres muchachos y de paso a sus padres que vieron el rapto sin hacer nada, pero no fue así. Al confrontarlos, su defensa se basó en el argumento por la que muchos feminicidios siguen sin recibir justicia: acusaron a tía Lulú de provocar el abuso por exhibirse al ser candidata a reina de la fiesta patronal.
La tía Lulú recibió el castigo que esos violadores y sus encubridores debieron recibir. Fue humillada públicamente, su largo cabello fue cortado casi al ras de su cráneo y toda su melena, amarrada con un listón rojo, fue colgado en la puerta de su casa para anunciar a todos que su hija había fallado como señorita virgen y ya no era digna de respeto o valor. La obligaron a usar vestidos oscuros, a donde fuera era señalada como “la incitadora” y por supuesto, ya no pudo ser reina de las fiestas patronales.
La tía Lulú no se volvió loca, fue humillada, ultrajada, tratada como un pedazo de carne al igual que muchas mujeres ahora y antes. Su locura era en realidad su alma destrozada, su calidad humana rebajada, la cruel enfrenta a la realidad sobre lo que significa ser mujer: un pedazo de carne que puedes ultrajar y serás impune a cualquier castigo si tu justificación es “ella lo provocó”.
¿Puedes imaginar, cuántas mujeres llamadas “locas” no debieron pasar por un infierno similar al de mi tía Lulú, la loca? La sociedad patriarcal condena a la mujer por ser víctima de abuso, llevando al límite su humanidad hasta orillarlas a la locura como su único refugio y salida.
“La loca” o “la perdida” son sobrenombres que invalidan el sufrimiento de cientos de mujeres que, como mi tía Lulú, fueron abusadas, humilladas y culpadas por “provocar” a sus agresores. Y tú, ¿Tienes algún familiar a la que llaman “La loca”?
Con ternura, para ti.

Maria Daniela Ortiz Soriano. Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la UNAM, y Técnica Auxiliar Museógrafo Restaurador por la misma institución. Sus áreas de interés son la investigación literaria en el campo de dramaturgia y literatura Mexicana, la escritura creativa, investigación en perspectiva de género y teoría feminista, los programas de divulgación cultural, la Museografía y restauración del acervo histórico de la nación, y la participación activa en montajes escénicos.
Escribo porque me gusta vivir y me gustan las mariposas.

El texto es hermoso, pero leer como se marchita una flor a la fuerza es tristísimo y me llena de coraje.
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