Por Arizbell Morel Díaz.
Para Andrea, La Malabarista sin ratones.
Mena estaba sentada al borde de la mesa, con una maceta de frente y una taza de café vacía en la mano. El mundo era uno sólo y el cielo un lienzo que ya había sido pintado por alguien más. ¿Qué le quedaba por hacer?
Afuera, un millón de mariposas sepia podían volar sobre su local, escapando de sus manos. Afuera podía hacer frío y hacer calor, pero no estaba ella.
A medio día, la calle estaba extrañamente vacía.
Meses antes, años quizá, eso no hubiera ocurrido. La calle de Mena, con sus baldosas a medio pulir y casas de tan diversas formas como las de sus habitantes, nunca escuchaba el silencio. Su vida había transcurrido en un constante vaivén de ruido existencial que hasta ahora reconocía como anormal, aunque lo recordaba con cariño.
Había llegado la hora, el momento de apilar cajas, una tras otra. Cajas llenas de café, té, tisanas y demás polvos que convertían una taza, un poquito de agua, en elixir de vida. Sus cajas también estaban llenas de postres, panqués de combinaciones inimaginables que enamoraban a más de una nariz incauta.
Su vida y su trabajo eran así. Ella se encargaba de satisfacer aquello que sólo la boca y la nariz podían degustar. Aunque la piel también se deleitara con el roce de una envoltura platinada por dentro y suave en su exterior.
Si lo pensaba bien, esas envolturas eran como una crisálida: marrones por fuera y al tacto recordaban algo inevitablemente vivo en pulsión de muerte.
También podríamos decir, que su trabajo era velar por la vida vegetal más allá de la muerte.
Entre miles de aromas y texturas, ella contaba recipientes. En un pequeño cuaderno anotaba cada cosa que iba y venía. A un lado, siempre comentarios sobre sus clientes: “Prefiere el buen tostado”, “No le gusta las servilletas extra”, “Pide una vez al mes lo mismo”, “Lo recoge por sí misma”, “Hay que recordarle que no tenemos cambio de esos billetes o vales”.
Ella era así, contadora de historias a través del papel y tazas medio teñidas. Sus macetas eran también testigos mudos de sus días.
Aunque ahora más que ver rostros, se dedicaba a ver pantallas vacías. Esta nueva realidad le permitía adentrarse en la vida de sus clientes de una manera completamente novedosa aunque árida. Para Mena, era como si las viese todo el tiempo, cada segundo de su existir en la palma de su mano.
También se preguntaba si la verían a ella.
Meses antes a la pandemia, Mena ya tenía estas preguntas. Sin embargo, el ver el constante transitar de cuerpos hacía que quedaran en un rincón de su mente que ni ella entendía. Esas preguntas eran un montón de periódicos viejos, arrumbados en un rincón con noticias de ayer y de hoy llenas de polvo y un poco de café con hollín.
Ahora era distinto. Quiénes se acercaban a su local, quiénes compraban, eran una realidad de la que dependía gran parte de su vida, del día a día de una mujer de negocios sensoriales.
Todo esto, pensaba Mena mientras apilaba caja tras caja, pedido con pedido y en medio un millón de notas en la oscura soledad del amanecer de un jueves de primavera.
Aunque las cajas estaban casi vacías, a ella no le importaba ya que amaba su trabajo sin reparos.
Todo comenzó con una taza de café en algún lugar de su infancia. Una pequeña taza blanca teñida por el uso en medio de sus manos.
Tal vez todo comenzó con el calor de una conversación compartida con mamá. Con el deseo de escuchar junto al café y al pan.
Por eso Mena amaba el café. Porque el café era como su vida.
Teñidos estaban sus días de cafeína, tazas y papeles. Tintes de una pasión por un líquido energizante.
Sin embargo, lo que más amaba de su trabajo era crear recetas. En el silencio de las tardes de verano había creado las más grandes proezas culinarias de su carrera.
El latte de tostón y pomelo, un café viénes con camote.
Todo, absolutamente todo había venido del silencio.
De esas tardes con su diminuta cocina para ella sola, con sus amplias baldosas e infinita cantidad de tazas por lavar en los estantes.
Esta es la historia de una de esas recetas, la más peculiar de todas porque vino de aquella vez que se acabó la soledad.
Era una tarde de invierno otoñal y Mena estaba sola en el local.
Todos se habían retirado ya.
Hasta el último cliente y el último ayudante no se encontraban más.
Pero a su teléfono llegó una solicitud para el amanecer del día siguiente.
Urgente. Entrega inmediata a las 6 de la mañana en la calle De Los Olmos Olvidados.
Aunque el cansancio estaba en su cuerpo, decidió quedarse un poco más para preparar tres kilos de café, dos paquetes de tisanas y cuatro baches de pastelillos diversos para esta persona misteriosa que mandaba mensajes de última hora.
Esta persona quería una sorpresa culinaria, algo nuevo del menú. ¿Qué cosa? Lo que fuera distinto pero urgente y pagaría lo que fuera necesario para que llegara a esa hora.
Mena sonrío con tristeza.
Nunca dejaba un pedido sin atender.
Comenzó a preparar las cosas, evitando las preguntas, callando sus deseos y tarareando. Su voz retumbaba en las paredes sin hacer eco alguno. Así se dio cuenta de que sí estaba sola.
Sola, estaba sola en una tarde de domingo.
Y no tenía idea de qué preparar…
De pronto, escucho un ruido seco. Venía de una de las cajas del fondo, las que estaban llenas de panqués.
Chichichcichcic…
Sonaba en todo el local vacío retumbando en sus oídos.
Cuando alcanzó a encontrar el sonido, se encontró con un diminuto ratoncito blanco con gris que la miraba con unos ojos inteligentes.
Parece un dálmata, pensó Mena.
Y el ratoncito la miraba como debe de percibir el abismo a quién está a punto de lanzarse. ¿Cómo mira un vacío? Con los ojos llenos de preguntas.
Mena decidió acercarse a él.
Tal vez tendría una respuesta sobre las recetas por venir. Tal vez siempre le habían parecido simpáticos los roedores aunque no los quisiera en su cocina.
Tal vez, simplemente, estaba sola.
Como ella estaba sola con él decidió ponerle un nombre. Siempre le gustó la historia de Ulises, el aventurero que puede recorrer el mundo. Y también el de José, porque había apoyado a María cuando cualquier otro pudo irse con la excusa de que no le creía.
Aunque siendo honesta, ella no estaba segura de si Ulises podía ser hembra o macho, ella no sabía de ratones.
Así, el ratoncito de las manchas pasó a llamarse José Ulises.
Y Mena decidió dialogar con ese ser que la veía como una contempla a lo desconocido: de frente y sin moverse mientras le contaba sus problemas al roedor.
Se sentía extraña por platicar con un ratón, nunca le habían gustado los animales como compañía. Y tampoco nunca había tenido a alguien como José Ulises para compartir sus preguntas.
Menos mal que no tenía un gato, hubiera arruinado su interminable conversación entre miradas.
Y el ratoncito la miraba como si entendiera que ella le había dado un nombre.
Solo quien ha carecido de identidad puede entender la conmoción de José Ulises al saberse reconocido. Solamente quién ha anhelado verdaderamente un nombre conoce su valor intrínseco.
Mena lo observaba al mismo tiempo que le daba migajas del pan de ayer y él comía encantado moviendo los bigotes.
En ese momento, se le ocurrió una gran idea, podía inmortalizar a José Ulises.
La receta estaba frente a sus ojos todo este tiempo, ahí en ese rincón oscuro dónde habitaba el ratón.
Mena sacó la harina, los huevos, la sal, la azúcar y…con suerte…encontró dos tipos de chocolates.
Como la piel de su ratón…
Comenzó a preparar.
Al poco rato en el horno ya se encontraban gemelos de José Ulises, llenando su enorme barriga hueca y caliente con sus bigotes.
Todos alineados con un rabo de cerezas a punto de ser comidos.
Al día siguiente, Mena entregó el pedido y la misteriosa persona quedó encantada con tan especial creación nunca antes vista.
Ante ello, Mena decidió conservar a José Ulises y llevarlo al veterinario para evitar infecciones. Así, este ratón pasó de ser un ratón de cocina a ser un ratón de casa dejando de comer migajas robadas.
Y las macetas pasaron a ser lugares de juego para este ratón domesticado.
También desde esa vez, Mena se dedicó a hornear ratones de chocolate blanco con chocolate oscuro para su local.
Afuera de su cafetería hay un viejo letrero de madera, a medio pintar que retrata a José Ulises, el roedor con más suerte del mundo.
Y ahora la calle está llena de ruido otra vez, el pitido de las cafeteras, la gente entrando y saliendo pero nunca el mismo Chichcichcicci que escuchó aquella vez de profunda soledad…

Egresada del Colegio de Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Becaria por Teatro UNAM para el “ 2do. Diplomado: Escritura Dramática para jóvenes audiencias” del Centro Cultural La Titería A.C., Cultura UNAM y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Participante del Comité de “Apuntes”, programa de la Cátedra Bergman de la UNAM. Voluntaria en el Programa UNAM-Peraj “Adopta un amigo” como tutora en el ciclo 2020-2021.
Algunos de los montajes en los que ha participado incluyen La ópera de los tres centavos (2021) dirigida por Horacio Almada Andersen en la Facultad de Música de la UNAM, Sainete de fin de fiesta (2020), Planeta Bumara (2019), De la calle (2015-2018) de Jesús González Dávila dirigida por Juan José Tagle Briseño y Salvador Petrola, Grease (2014) bajo la dirección de David Allen, así como Lend Me A Tenor (2014) y The Dead End Tavern Cabaret Show (2013) bajo la dirección de Belinda Brown.
Ha dirigido Bodas, adaptación de la obra de Federico García Lorca dentro del marco del FITU XXVI, El tuerto es rey de Carlos Fuentes (Muestra Académica de Dirección del CLDyT así como en el marco del FITU XXVII, 2019-2020).
Actualmente dirige “El deseo de Tomás” de Berta Hiriart, Proyecto ganador de la 2da. Incubadora de Proyectos Teatrales de Teatro La Capilla con la compañía La Crisálida así como el proyecto “Dame un tenor” de Ken Ludwig seleccionado en el programa “Incubadoras de Grupos Teatrales UNAM 2020-2021”. Recientemente ha publicado los siguientes escritos: “El Mercader de Venecia de David Olguín o del dinero como requisito para ser humano” en Teatro Magazine (Conneticut College), “Bajo Tierra: La tierra en nuestros huesos” en Pérgola de humo, “Música en escena, subversión desde la tradición en Bajo Tierra, El pescador y la petenera, Malpaís, y El Asesino entre nosotros” (ganador de “La necesidad de una pausa: Ensayos sobre el estado actual de las artes escénicas y la música en México”, UNAM). En adición, ha publicado el texto narrativa “Bitácora de una planta en resistencia” (2020) y “Tetera conoce a cafetera” (2021) en la revista independiente La Coyolxauhqui.
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Me parece que tu prosa es muy bonita: «También podríamos decir, que su trabajo era velar por la vida vegetal más allá de la muerte» ufff de frase. La historia es encantadora, y creo que creas una atmósfera muy cálida, inocente, que inmediatamente te hace sentir parte del relato, y amigo de Mena y José Ulises. ¡Felicidades!
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