Cuentos para niñas empoderadas: literatura libre de estereotipos de género

Por Abril Victoria

Días atrás exponía en el primer coloquio sobre investigación que realiza mi universidad el tema que tanto amé indagar en mi último semestre: la literatura infantil feminista. Y aunque hubiera deseado haberlo expandido hasta una publicación científica (hecho que la burocracia académica de las escuelas particulares como la mía obstaculizó), el día de hoy me propongo sacarlo a la luz. 

La literatura como arte ha manifestado el sentimiento individual y el pensamiento colectivo a lo largo de la historia, de tal forma que para realizar un análisis o crítica literarios, es indiscutible considerar los contextos alrededor de la pieza. En este sentido, la situación social remite a la obra, y desde luego, la obra remite al contexto. Por tanto, vale afirmar que la producción literaria de cierto momento histórico o punto geográfico aludirá a la situación particular de tal fecha o lugar. 

De esta forma, al hablar de la literatura feminista que se produce hoy en día, es indiscutible referir al actual contexto en materia de violencia de género. Para ilustrar esta realidad se tiene que, en 2019, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), estimó que 312 mujeres al día son víctimas de algún delito, muchos de ellos relacionados con asuntos de género. Además, distintas fuentes oficiales sostienen que 10 feminicidios son efectuados diariamente en el país. Para no ir muy lejos, en días anteriores se viralizó el caso del “asesino serial de Atizapán”, que sólo pone en evidencia la ineficacia del sistema nacional de justicia y demás organismos públicos.

Sin embargo, la violencia de género no sólo está presente en los feminicidios, sino que diariamente se manifiesta en actos que muchas veces son “pasados de largo”, como asumir que una persona mal conductora es mujer, o que un hombre no puede expresar sus emociones sin mostrar debilidad. Este último hecho es tan alarmante al punto que las cifras de suicidios en hombres son más elevadas que las de mujeres según datos del INEGI del año pasado: ”Por lesiones autoinfligidas, los hombres tienen una tasa de 8.9 fallecimientos por cada 100 mil hombres (5 454), mientras que esta situación se da en 2 de cada 100 mil mujeres (1 253).

Entonces, si las repercusiones de la violencia en materia de género son tan dañinas, ¿por qué y cómo es que se siguen reproduciendo? En primer lugar es necesario entender que muchos de los actos sexistas en los que la sociedad está envuelta, se encuentran tan normalizados que no se cuestionan, y en cuanto lo hacen, generalmente se inicia un proceso tanto de denuncia de los actos, como de castigo moral a quienes lo denuncian, bajo una idea de “fragilidad generacional” o “exageración”. 

De esta forma, debe hacerse conciencia sobre las ideas que muchas veces se dan por entendidas, y que como sociedad se nos enseñan desde muy jóvenes. Por ejemplo, el azul es para los niños, el rosa es para las niñas; el cabello corto es para hombres y el largo para las mujeres. Irónicamente ambos ejemplos no eran entendidos cómo son entendidos ahora, de hecho, antiguamente, el cabello largo en hombres era símbolo de virilidad; y el color azul al ser tranquilo y pacífico, se atribuía a mujeres.

Con esto pretendo llegar al entendimiento de que los significados compartidos son sociales, ergo, la misma sociedad los produce y los reproduce. El cómo, es interesante, pues entran en juego las instituciones sociales (familia, escuela, estado e iglesia), pero también los medios de comunicación. No por nada, el periodismo es considerado el cuarto poder. Y de manera general entonces, los medios incluidos. 

Ahora, por medios no sólo debe atribuirse a los masivos (radio, televisión y prensa escrita), sino a aquellos como el cine, publicaciones editoriales y cualquier adaptación digital existente, pues no existe mensaje sin una ideología de trasfondo, aún cuando dicho mensaje no posea de manera consciente o intencionada reforzar o reproducir determinada idea. Y es en este punto cuando retomo el tema inicial: la literatura. 

En cuanto un texto es publicado, ya sea de manera física o digital por una editorial, o incluso, cuando se exhibe en plataformas como Wattpad, forma parte de este sentido mediático al que he referido. Así, es consumido por el público y forma parte del imaginario social. Por eso, mucha de la crítica feminista a la literatura es en dos sentidos: el primero, sobre la poca producción o visibilidad a las autoras (que a lo largo de la historia las llevó a utilizar pseudónimos masculinos o emplear un “anónimo”); el segundo, sobre los estereotipos sexistas que se hayan inmersos. 

Así, la literatura feminista buscará visibilizar a sus autoras a la vez que posiciona a la mujer como un ser fuerte, determinado e imperfecto, que no debe ser glorificado por una supuesta superioridad, pero tampoco debe ser reducido a un objeto placer sexual y de ama del hogar. En resumen, la literatura feminista busca valorizar a la mujer como ser humano, y otorgarle una mirada digna y válida de sus derechos.

Ahora, en las primeras líneas hice mención sobre literatura feminista, pero añadiendo un adjetivo más: infantil. El proyecto de investigación al que hago referencia en un inicio ronda precisamente en los textos producidos para niñas. El interés particular en este tipo de textos surge cuando, comprando un regalo de navidad para mi hermana menor, encuentro una pila de libros titulada “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”. 

A partir de este momento realicé una investigación sobre el tema, hallando que desde hace unos cuantos años, aproximadamente desde 2017/2018, la producción literaria infantil para niñas ha tenido una tendencia: la de producir textos que engrandezcan a mujeres que por sus aportes a las artes, ciencias o cualquier otro mérito, merezcan el reconocimiento y conocimiento por parte de niñas. Indagando aún más, las autoras de estas publicaciones expresan que su intención es la de hacer entender a las menores que ser mujer no es una limitante para seguir sus sueños, ya que otras lo han logrado antes. Además, las escritoras señalan que también buscan dejar de lado la idea de que las mujeres son débiles o sólo deben dedicarse al hogar, de ahí que muchos relatos se centran en exploradoras, deportistas y científicas.

Con este descubrimiento emprendí un proyecto de investigación académico que se basó en comprobar si las niñas lectoras de este tipo de literatura están apropiando este empoderamiento femenino. Ya que, el mensaje sobre las mujeres como seres libres de estereotipos está siendo enviado, sin embargo, ¿qué tanto y hasta qué punto la intención de las autoras consigue su prometido?

Al revisar trabajos que estudien la literatura infantil feminista me hallé ante una serie de investigaciones que analizan el discurso de la literatura desde una perspectiva feminista, sin embargo, los estudios que se centraran en la interpretación de las niñas fueron nulos. En este punto, enfatizo que es necesario indagar más en las lectoras que en el libro mismo, pues sólo así será posible comprobar y afirmar que esta nueva tendencia literaria está “rindiendo frutos”. 

De esta manera, el proyecto de investigación que emprendí situó su base en los estudios de recepción, tanto literarios como mediáticos (los estudios de recepción se centran en estudiar lo que la persona interpreta y apropia). Así, apliqué una prueba de muestra en una lectora y pregunté sobre la concepción de mujer que ella tenía a partir de la lectura de estos libros. Cabe señalar que ya estábamos en pandemia cuando realizaba esta labor, por lo que no pude aplicar la entrevista a más niñas y señalo que los resultados a mayor escala podrían variar, sin embargo, hablaré de lo obtenido en esta prueba.

Los resultados fueron más que alentadores, pues la niña en cuestión no sólo reconoció a su género como capaz de conseguir una meta sin que ser mujer sea un obstáculo o punto de discriminación, sino que condenó conductas sexistas que narra haber vivido u observado. Además refirió constantemente a sus lecturas para explicar opiniones, ejemplificando al momento de argumentar. Y no sólo eso, sino que dentro de su discurso fue posible identificar el concepto de sororidad, que refiere al apoyo entre mujeres que deja detrás la idea generalizada del sabotaje mutuo.

De esta forma, es posible vislumbrar un panorama donde los discursos mediáticos replantean su ideología, y aunque el proceso pueda percibirse lento, su presencia y lucha está presente, dejando un atisbo de esperanza para las futuras generaciones. Donde madres, hermanas, amigas y compañeras interactúen con mayor libertad y poder en sociedad. 

Finalmente, para las y los que no somos niñas, ¿cuál sería nuestra labor en esta lucha contra la violencia de género? Desde luego, promover que discursos como estos sigan reproduciéndose y llegando a su destino: las juventudes e infancias. Independientemente del medio, pues aunque hoy hablo de los libros, seguramente hay por ahí alguna serie, película, podcast o dibujo que espera un destinatario oportuno. Permíteles llegar a su destino. 

Fuentes de consulta:


Soy Abril Rosas, amante del arte y comunicóloga. Escribo como ejercicio de pensamiento y sentimiento; por una parte la demanda de razón que suscita la cotidianidad; y por otra, las emociones que para mis adentros se acentúan.

He escrito poesía, cuentos y relatos para Prosvet, Poetazos y para Líderes Ciudadanos en su certamen nacional: Historias Ciudadanas. También, para esta misma asociación recibí el premio a mejor cortometraje animado en 2020, donde fungí como ilustradora, guionista, productora y voz de doblaje.

Actualmente trabajo como ilustradora digital y me he desempeñado como periodista digital, guionista y productora para empresas privadas en mi natal Oaxaca de Juárez.

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Publicado por La Coyol Revista

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