por Amelia Serrano Arias
Ya no existo
ya no existo,
solamente brillé en tu cabeza,
corrí por las nubes de tus ideas,
te robé las horas, pero el tiempo no se detuvo.
no existo en este mundo,
ya no siento tus manos sobre mis sueños.
no vuelo en el mar con los perros,
y dejé de cantar con los gatos en la luna.
ahora cuelgo mis recuerdos en un lazo de estrellas para secarlos,
pero siempre destilan ilusiones.
menos viva cada vez;
me marchito,
ya no estoy ni en las raíces.
¿no tiene sentido, cierto?
no importa porque dejé de existir,
me dijo la vida recogiendo mis restos.
Arte inocuo
el viento soplaba,
la puerta se cerró.
me quedé fuera,
mientras corrí por un jardín de girasoles,
danzaban como indígenas el wi wanyang wacipi (danza de mirar fijamente al sol).
de pronto sentí que me encontraba
en una obra de Van gogh.
caí de espaldas,
en un hueco frío, que despertó mi alma.
caminé.
todo en torno a mi se derretía,
todo menos el tiempo.
¡maldito Dalí!
inhalé
sin duda era el salitre del mar
lo que llegué a sentir.
ahí estaba, tu respiro,
en el choque de cada ola contra la ribera,
tu exhalación.
bendito Joaquín Sorolla
y su paseo a la orilla del mar.
lloré
colgué mis lágrimas con perchas de oro,
que escurrían por mi rostro
en el lienzo de mi existencia,
era arte,
sin duda mis pasiones
las reflejó Klimt.
desperté
de un sueño inocuo
al que no tendré la dicha
de volver más.
Llegué al mundo vestida de curiosidades, pero con el alma desnuda, tal como manantial virgen listo para ser descubierto. Nací un 28 de marzo de 1994 en Tegucigalpa, Honduras. Siempre supe que en la vida todos tenemos un sin fin de historias que contar, muchos deciden encarcelarlas y otros rompen las cadenas para que sean libres. Nuestra imaginación vuela, pero no tan alto como vuelan nuestros más profundos sentimientos. Es por ello que me propuse buscar mi propia historia entre letras, palabras y otras vidas que tal vez eran mías y tal vez no, así comencé este camino de locura. Considero que cada día que pasa te das cuenta que es el primero de tu vida y una página en blanco grita dentro de nuestro libro con una remembranza que quiere ser contada. El paso del tiempo nos va dejando momentos que a veces quisiéramos borrar, pero he aprendido a escribir con ellos. Como mujer la poesía me arropa en su manto y me libera de las cadenas que me han tratado de imponer y no han podido. Le brinda los colores más cálidos a mi alma y me hace florecer con cada verso que paro con dolor, creando vida en él. Mi grito lo dejo en cada poema, como un grito de victoria que se corona en cada persona que me lee, demostrando que no tengo miedo. Que las barreras que me infligen solamente están en mis recuerdos y con ellos por dolorosos que sean puedo hacer arte. Escribo porque para mí es una forma de regresar a la vida, cuando siento que estoy muerta. Porque deseo ser la lluvia que cae en los días de verano y nos brinda la calma; ser esa taza de café caliente por las mañanas que preparamos con ansias y al sorberla nos hace recuperar el sentido. Busco darle paz a la guerra que llevo dentro atacando con palabras las balas. Aprendí que las historias no se escriben solas, que más que palabras se necesitan sentimientos por muy duros que sean, porque sin ellos ni el prólogo de nuestra propia vida tendría sentido. La poesía desencadena la jaula que cargo dentro y me hace sentir que puedo volar por el mundo libremente. La vida es una eternidad tan corta que no nos deja tiempo para el olvido y yo no quiero olvidar quiero escribir, quiero sentir, quiero ser historia.

