Martina alzó la cabeza. La niña sintió cómo el aire de la cocina se llenaba de espinas.
–No hay hombres aquí –respondió, dejando que su mentira se abrazara a la pared como una sombra temblorosa, mientras en la parte trasera dentro de los costales llenos de basura se escondían las esperanzas de sus dos hijos aun imberbes.
