Pasó hace trece años

por Karla Barajas

Llamé a una de las amantes de mi ex esposo por teléfono, pretendía hacer con ella y con las otras chicas el acto de sororidad que nadie hizo conmigo. No me molestó que jurara desconocer que Alejandro tenía un hijo y esposa. Ella mentía, el degenerado se tomaba
fotografías mostrándose desnudo, a un lado de mi retrato y, se las mandaba.


Cuando me dijo: “pasó una vez hace 13 años”, me di cuenta que acordaron
hacerme creer que sus fornicadas ocurrieron antes del nacimiento de mi hijo y del divorcio de Ana. No la juzgo, era presa fácil para un hombre con síndrome de Casanova. Lo que me fastidió fue su risa burlona, seguido de un: “pasó hace tanto”.

Le colgué el teléfono sin decir más. Quizás Alejandro solamente le contagió lo mitómano y no el Virus de Inmunodeficiencia Humana.




Karla Gabriela Barajas Ramos

Publicó Valentina y su amigo pegacuandopuedes y La noche de los muertitos malvivientes (Editorial Imaginoteca, 2016), así como Neurosis de los bichos (Colección Minitauro, La Tinta del Silencio, 2017), Esta es mi naturaleza (Editorial Surdavoz, 2018) y Cuentos desde la Ceiba (Colección Bocanada, La Tinta del Silencio, 2019).

Can’t Help Falling in Love

por Frida Lima

El clima de la costa siempre parece ser un poco más frío; no es como en otros lugares, en donde las cosas son tranquilas y el frío seco siempre está presente. En la costa, cuando hace frío, siempre parece tomar a todos por sorpresa; las olas se agitan con fuerza y las ráfagas de aire atacan a todos; la arena pica los ojos y la humedad lastima.

Buscando un rincón en donde pudiera comenzar todo y sonreírle a la felicidad que me embargaba quise ir al único sitio en donde el viento me dejaría ver a la perfección lo que tenía enfrente, sin ataduras; dónde me acostumbraría a la fuerza con la que me golpearía en el rostro. Llegué a Las Escolleras, un gran camino de rocas apiladas y cemento que se adentraba un kilómetro en el mar, terminando en un círculo con un gran faro rojo que recibía majestuosos barcos de todas partes del mundo. Me encontré recargada en aquella parte del faro que daba la cara al mar abierto; las rocas que protegían esa parte eran mucho más grandes que todo mi cuerpo, pero parecían tan pequeñas a comparación con las olas que rompían contra ellas. Me produjo tanta tranquilidad verlas.

La sensual voz de Elvis Presley cantaba a mis oídos; los audífonos estaban al máximo y suspiré de placer. El aire salino inundaba mi nariz y yo sólo podía aspirar una y otra vez, con los ojos cerrados. La manera en que esa canción me llenaba era inexplicable, así que me mecí a su compás y sentí cómo todo mi corazón se estremeció de emoción y, cantando vagas frases, extendí una mano hacia el mar, siguiendo lo que la letra decía: “Take my hand, take my whole life too…”.

Para ese momento ya estaba calada hasta los huesos. Mi sudadera se encontraba húmeda, al igual que mis tenis y la parte baja de mis pantalones; un gorro era suficiente para proteger los audífonos. Pero esos detalles apenas y me importaron. Todo estaba bien si yo estaba bien, y la verdad era que estaba feliz; más feliz de lo que había estado en bastante tiempo. Más feliz de lo que podía recordar.

Al abrir los ojos y observar cómo el clima empeoraba ante mí y ver cómo las olas se iban volviendo cada vez más grandes y se rompían con una fuerza tremenda contra las rocas, llenando de agua todo el lugar, no pude sentir miedo. En cambio, sentí una inmensa tranquilidad. No estaba tan sola como parecía, Elvis me cantaba sólo a mí y con su música, simplemente parecía que todo a mi alrededor bailaba a su ritmo. Todo parecía hermoso. Mi corazón cada vez se hinchaba más, observando, observándolo todo. Era una gran danza; era un gran coro lo que se podía escuchar más allá de la potencia de los audífonos. 

En esos momentos, una gran ola se estrelló contra las rocas, inundándolo todo y cayendo sobre mí como si fuera lluvia, calándome hasta los huesos. Ya no había dónde ocultarse, ya nada me quedaba, además de esa paz que me invadía y esa felicidad silenciosa. El mar me cantaba, al igual que Elvis. Así que lentamente me alejé del faro y caminé en línea recta. 

En unos segundos, llegué al límite el círculo, en donde había una pequeña plataforma para que los turistas más aventurados se acercaran lo más posible al mar cuando el sol estaba en lo alto y las aguas tranquilas. Subí a ella, sin preocuparme mucho de que estuviera empapada. Me acerqué al límite y observé esa gran masa de agua brava que no tenía fin y pude contemplar cómo las olas tenían un compás pacífico más allá, en donde no rompían con nada. Me aventuré más, cada vez más cerca, pero nunca lo suficiente, no como quería. 

Debajo de la plataforma había más rocas, que algunas veces también solían recibir gente, pero nunca mucha, ya que las algas crecían sobre ellas dándoles un color verde oscuro que las hacía resbalosas y, por lo tanto, peligrosas. Antes de darme cuenta de lo que hacía, me quité los tenis y los calcetines rápidamente, lanzándolos detrás de mí, por lo que mis pies desnudos sintieron la fría y húmeda roca. 

Con grandes dificultades me pude aproximar cada vez más al océano; mis dedos trataban de aferrarse fuertemente a las verdes rocas, pero eran tan resbalosas que me hacían tambalear y avanzar con las rodillas inclinadas e incluso, apoyándome con las manos. Sin embargo, conseguí llegar a una grande, de forma circular por arriba y por fin, ya podía ver ese extenso lugar ante mis ojos. 

Sonreí, sonreí como nunca lo había hecho en toda mi vida y al ritmo de la canción, quise bailar como las olas. Quise estar en el mar. Es curioso cómo la espuma parecía festejar y cómo las olas rompían una y otra vez a mi espalda, cómo todo se inundaba detrás de mí, apresurándome, festejando. Y no, como decía la canción, no podía evitar enamorarme de todo eso.

Finalmente, el tan ansiado abrazo, llegó. Una gran ola me saludó de frente, más grande que las anteriores, más grande de lo que nunca había visto. Antes de que me golpeara, pude olerla y sentir cómo pequeñas gotas de agua me recibían. Y al faltar poco, sólo pude abrir los brazos y recibirla.

Ya en el mar, rodeada de oscuridad, pude sentir lo que nunca sentí. El océano me tragó completa y jugó con mi cuerpo una y otra vez, zarandeándolo a su voluntad, sin nunca soltarme, estrellándome contra las rocas a mi espalda. Giré y giré en un vórtice interminable, flotando, sintiendo cómo el aire abandonaba salvajemente mis pulmones y el agua los inundaba rápidamente, quemando todo a su paso. Intenté gritar, pero solo sentí como las burbujas salían disparadas de mi cuerpo y más agua entraba en mi interior. Ardía, quemaba. Dolía. Nunca sabré si mi cuerpo conservaría esa expresión de terror que me embargaba. 

Viré más y más hasta que sentí que algo golpeó contra mi cabeza y me dejé llevar. Abrí los ojos cuando ya me precipitaba al fondo lenta y tranquilamente, con los brazos, nuevamente abiertos, observé cómo las olas continuaban moviéndose de manera feroz justo arriba de mí. La luz que llegaba desde lo alto tornaba la oscuridad de un leve y triste verde. Uno de mis pensamientos fue que al final, sí había bailado con ellas.

Lo último que recuerdo es cómo la voz de Elvis se fue apagando poco a poco, distorsionándose, fallando, para nunca más volver a cantarme.




Frida Lima Castañeda

1998, Coatzacoalcos, Veracruz, México. Estudiante en Lengua y Literatura Hispánica en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la Universidad Nacional Autónoma de México. Colaboradora en medios digitales como la Revista Literaria Monolito y publicada en la antología Hacia el abismo, de la editorial independiente Dioscuros en Monterrey, N. L., México. Participó en el Sexto Coloquio de Literatura Comparada y Cultura Asiática con la ponencia El gato que quería dominar el mundo en la FES Acatlán, UNAM y en una carpa temática en La Noche de las Estrellas 2019 con la lectura de “Pequeñas estrellas que caen del cielo”, un cuento de su autoría.

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El blues de los platos rotos

por Stephany Peña

Somos la diatriba maldita,
El Blues de los platos rotos,
el rencor que se sirve a diario
junto a una taza de frijoles fríos

Somos un sucio y terrestre rincón
que los ángeles no recuerdan,
ese que rezó sus plegarias
y llegaron a un dios equivocado

El país de las bestias infantes
de las cosas grises y gastadas
ese punto entre el silencio
y los incesantes gritos sofocados

Donde se quedó desamparada
hasta la Virgen de las manos tibias
y sus huérfanos buscan refugio
en la intersección de sus obtusos

¡Sí, el blues de los platos rotos,
y así bailamos moribundos!
siempre acariciando sin quererlo
nuestra resignación a la soledad.




Stephany Peña
«Nací el 9 de abril de 1998 en la Ciudad de México. Cursé la preparatoria en la Escuela Nacional Prepatatoria 3, tengo un grado técnico en Enseñanza de Inglés y actualmente estoy en sexto semestre de Comunicación y Periodismo en Fes Aragón. Entusiasta de la música fea, la poesía, lo oculto y casi toda clase de arte. Feminista. Actualmente escribo para Vía MX.»

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Rito somático

Marisabel Macías

El tiempo de este encuentro se escurrió mientras nos leíamos el cuerpo; sin duda se nos pasó leer los cuentos, quedaron pendientes como siempre los de Chéjov. La pasamos en un bar o en la cama, y no me parece mal, a su lado me gusta experimentar, me gusta amar.  Bailar y fumar yerba, hasta volar.

Esta visita se nos fue comiendo, cogiendo y bebiendo.  Hay gerundios que apasionan. Me encanta crear juntos el tiempo, aunque sea para luego separarnos. Lo nuestro es un rito somático, metafísico.

Todos los días fueron maravillosos, pero la última noche fue inusitada, fantástica. Pasaban de las doce y nosotros semidesnudos sobre la cama, con una charola de panecillos dulces, probando uno y otro y otro, haciendo muecas y sonriendo; extasiados con los sabores de nuestros deseos. Lamiéndonos los excesos de las mermeladas, lo betunes y los chocolates. Embarrándonos las miradas. Esa noche nos rodearon las tazas de café y el humo que parecía ascendente cascada.

Nos convertimos en seres de jalea, en el dulce de la madrugada. Las relamidas fueron la música de la fiesta de despedida. Me encanta que sea festivo. Me gusta habitar su recámara, danzar sobre su cama, ser su soberana.

Esa última vez quisimos actuar, en una noche, todas las rutinas de la vida. Fuimos cándidos, intensos y enamorados. Fuimos los rituales de los días fundidos en intentos de cercanía. Coleccionistas de “primeras veces”, encuentros y despedidas.

Recuerdo que a mitad del banquete se nos antojó escuchar música, él me dedicó “Only For You” de The Heartless Bastards; el rumbo de las horas persiguió a Eros de otra forma, comenzamos a trazarnos, a besarnos el cuello y los cabellos.

Terminamos conmigo encima; con él dentro. Acariciados por la semilla de los dos. Por el río que ambos somos. Esa última noche alimentamos todos los sentidos. Nos despedimos para volver a coincidir siempre, aunque no sea corporalmente.




Marisabel Macías Guerrero (Mar), Sinaloa (1986). Sudcaliforniana por convicción, y habitante apasionada de la Ciudad de México. Filósofa feminista, lectora entusiasta, escritora, tallerista y promotora de cultura independiente. Amante del café, los libros y, muchas veces, la soledad y el silencio.

Hermandades

Lucía Medina

Cuento para dormir
Desperté y encontré a mi hermanito al pie de mi cama, lo hace siempre que tiene miedo. Se siente solo, aún no comprende que no puedo visitar su tumba por las noches.


Estación de tren
El chuchú del tren me despierta, como cada madrugada desde la noche en que atropelló a mi hermano, yo no quería aventarlo, lo juro.


Canicas
Mi hermanito siempre quiere jugar, yo no, ya le dije que las pondré todas en la ofrenda,
como si las hubiera ganado.