Los árboles y las pantallas que me rodean | El cuerpo de la naturaleza

Por Mijal Montelongo Huberman

El año pasado, Carmen me invitó a una mesa de la MexiCona sobre el cuerpo como parte de la naturaleza en donde tuve la oportunidad de platicar con otras biólogas y escritoras. La mesa me dejó con reflexiones e ideas sobre cómo definimos el cuerpo. Compartiré algunas en esta ocasión.

En biología, hay niveles de organización que van de lo más pequeño, una célula, a lo más grande, un ecosistema. Estos niveles sirven para estudiar la naturaleza y se basan en su complejidad estructural, pero también en su funcionalidad y autonomía. El cuerpo de un ser vivo es considerado un nivel de organización. Sin embargo, existen organismos unicelulares que responden a estímulos internos y externos, que tienen un ciclo de vida y que realizan los mismos procesos que cualquier otro ser vivo multicelular. Su cuerpo es la célula que los conforma.

Los otros niveles de organización, aunque los diferenciamos en nombre, también se comportan como cuerpos. Un órgano cumple una función específica en respuesta a las señales que le manda su entorno y a los recursos que recibe. Una población puede crecer y extinguirse. Cada nivel interactúa con otros niveles, con otros cuerpos y con su entorno.

En la mesa en la que participé también compartí un fragmento de la novela El cielo de la selva de la escritora Elaine Vilar Madruga:

Aquí estoy y la selva lo sabe.
Me huele. Sé que me huele y me prueba porque conoce mi sudor. Cuando le paría hijos, su lengua entraba bajo mis sobacos y mi coño, carajo, y lamía cada pujo. No me daba tiempo a limpiar a los niños porque ella enseguida les pasaba su lengua de vapor por las barrigas, por las cabezas, por el cordón umbilical, por encima de la placenta. Ya de vieja, le gusto menos. No soporta la peste de lo que va a morir, a la muy cabrona solo le gusta la carnita fresca, el sudorcito de la primera vida. No se conforma con olerme, sabe que hay más, que hay carnita fresca de recién nacido cerca de mi pecho. 
Elaine Vilar Madruga, El cielo de la selva, Elefanta Editorial, 2022, p. 137. 

Este fragmento muestra de manera general de qué trata la obra y que la selva tiene atributos de un cuerpo (aunque estén antropomorfizados). Un cuerpo con deseo sexual como el de las mujeres y niñas de la novela. Un cuerpo que percibe a través de los sentidos lo que ocurre a su alrededor. Un cuerpo que libera cosas al exterior y que se introduce otras más.

La selva se alimenta de niños, niñas y otros seres vivos para sobrevivir. Esto genera un resentimiento en las personas hacia la selva. No se los lleva a todos. Elige únicamente a algunos, ya sea porque son los que más le apetecen, porque contienen más de los nutrientes que ella necesita o por razones aleatorias. Por otra parte, también provee diferentes beneficios a la familia protagonista: refugio, alimento, hogar, materia prima y seguridad; por lo que las personas dependen de ella y la respetan por eso. La selva mantiene de cierta manera un equilibrio entre las partes que la conforman y con las que interactúa.

Las personas pueden adentrarse a la selva o estar a su alrededor. De la misma manera, la selva puede permanecer en su espacio delimitado o extenderse hasta entrar en el hogar de las personas. Hay un flujo e intercambio constante entre los lugares que permite una interacción entre los diferentes cuerpos. Lo mismo ocurre en otros niveles: la membrana celular es permeable a ciertos gases y al agua y tiene una permeabilidad selectiva con otras sustancias, según lo que necesita en su interior para funcionar y lo que produce y que tiene que excretar; los riñones permiten el paso de agua y sales a su interior que después desecha; un pájaro se alimenta de semillas que después dispersa. En un cuerpo siempre hay algo que entra y algo más que sale.

Sin embargo, la percepción de la incursión de ambas partes en el libro y en la vida resulta diferente. Cuando una persona decide entrar a la selva, se ve como una aventura y una prueba de su valentía y destreza. Pero cuando es la selva, o cualquiera de sus componentes, la que se mete en el lugar donde habitan las personas, se ve como una invasión. Como si hubiera una barrera impenetrable entre lo humano y la naturaleza que únicamente nosotras podemos atravesar.

Vilar Madruga nos presenta a la selva como un monstruo, un cuerpo que puede hacer daño o devorar a otros cuerpos. Podemos imaginar a la selva, o a cualquier otro ecosistema, como tal por la falta de familiaridad que tenemos hacia ella. Pero la población humana también es un cuerpo que daña y devora otros cuerpos. Es posible que las especies silvestres nos perciban como un monstruo que toma lo que necesita de su entorno y dañe las partes del cuerpo que conforman un ecosistema.

El respeto hacia los cuerpos propios y los ajenos, de cualquier nivel de organización, es vital para nuestro bienestar. Como ya mencioné, podemos ver a la selva como un monstruo, pero también nos imaginamos algo similar para una bacteria nociva para las personas. Cuando nos enfermamos, esto puede ser porque alguno de nuestros órganos no se encuentra bien, porque las bacterias que habitan en nuestro interior se han visto alteradas, o porque el ecosistema donde vivimos está contaminado. Cualquiera de los niveles de organización puede ser considerado un monstruo de acuerdo con cómo nos afecta.

En cambio, nuestro cuerpo funciona correctamente porque el corazón bombea, porque un hongo habita en la piel y porque los alimentos que conseguimos están en buenas condiciones. La humanidad se olvida de la interacción y el intercambio constantes en que se encuentran todos los seres y niveles de organización. El cielo de la selva las muestra entre una selva y los integrantes de una familia. Aunque la selva se percibe como un ser vasto y mayormente perjuicioso, me hizo reflexionar sobre cómo también puede considerarse a la par de cualquier otro nivel de organización.

Un ecosistema es un cuerpo. Los ecosistemas diferentes son cuerpos diferentes. Ecosistemas similares en distintos lugares son otros cuerpos más. Cada uno está compuesto por diferentes seres vivos, ambientes y, por supuesto, otros cuerpos. Cada ecosistema tiene su singularidad, tal como lo tiene cada cuerpo.

Mijal Montelongo Huberman (México, 1996). Estudió la carrera de Biología y la maestría en Ciencias Biológicas en la UNAM. Es traductora, divulgadora y educadora científica. Ha publicado artículos de divulgación científica y de investigación, traducciones literarias, cuentos y minificciones. Siempre está acompañada de libros, perros y gatos.

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