Enola Rue
Dicen que estoy colgada, que vivo en el aire, pero no saben que en realidad estoy excavando en la tierra de mi corazón. No entienden que en la oscuridad de mi mundo de fantasía hay más luz que en toda su vigilia de trapos de piso y rutinas tibias; mi soledad es mi corona y lo que ellos llaman abandono, yo lo llamo la libertad de no pertenecerles.
En este living, donde el sol se retira antes de tiempo y el aire se vuelve pesado, habita una estática mansa, un zumbido que se alimenta de lo que no se dice. Es ahí donde aparece él. Porque el diablo está en los detalles, pero no llega con estruendo, ni olor a azufre; se sienta a tomar café en mi sillón, me mira de reojo mientras bostezo o me arreglo el pelo y se esconde en el dobladillo de mi camisón viejo. El diablo no es la maldad, es el detalle que nadie más quiere ver: la pelusa en el piso, la mancha de humedad que dibuja mapas imposibles, el deseo que no tiene nombre porque, si lo tuviera, quemaría la casa entera. Él es la sabiduría de lo invisible, el guardián de este brillo sucio de saber que, aunque me crean perdida, soy la única que sabe exactamente dónde está enterrado el tesoro.
Hay algo profundamente honesto en este silencio de metal, algo que gotea como una canilla mal cerrada y que, sin embargo, resplandece como una belleza enferma. Es lo que soy cuando nadie me exige ser útil: una mujer que habita su propia sombra y que encuentra un diamante negro que nadie más sabe pulir. Me pierdo en los detalles mínimos, el roce de una tela, el frío de una taza, mientras sostengo este peso doble, esta maternidad que me exige estar entera cuando por dentro estoy desarmada.
Miro a mis dos bebés dormir, sus respiraciones gemelas marcando el ritmo que no me pertenece y entiendo que mi ausencia es mi único refugio. Hay una santidad extraña en verlas ahí, tan ajenas a mi tormenta, mientras yo custodio el fuego de lo que no puedo decirles. Soy el muro que las separa del caos, pero también la mujer que se desintegra en el rincón donde la luz ya no se atreve a entrar. Prefiero habitar este cansancio crudo que me revela quién soy, antes que fingir esa plenitud de catálogo que el resto espera de una madre.
Al final, el diablo sabe mi nombre y me reconoce en este hambre clandestino que me mantiene despierta mientras el mundo duerme la siesta de los justos; él sabe que no estoy ida, sino custodiando el único rincón donde todavía puedo ser algo más que un cuerpo que alimenta y consuela. El diablo está en los detalles, él es simplemente la verdad que nadie más se atreve a mirar de frente. Y yo, por ahora, prefiero quedarme con él.
