Enola Rue
La pérdida no es un muro que se levanta de golpe, sino una habitación que, de pronto, se queda sin muebles. Al principio, entras y buscas instintivamente dónde sentarte, dónde apoyar la mirada, pero solo encuentras el espacio desnudo. Al final, lo que perdemos se convierte en una forma de arquitectura interna. Yo tuve un hermano cuando era niña, jamás lo conocí. Vivió un mes y murió. Siento su pérdida como algo lejano que me rodea sin tocarme. Mi hermano no es un recuerdo con bordes nítidos, sino una vibración en el aire de la casa. Es su nombre el que se pronuncia con un tono de voz distinto, el espacio vacío en las fotos familiares y la pregunta que quedó suspendida en el tiempo: ¿quiénes habríamos sido nosotros si él se hubiera quedado?
A veces, parece extraño llorar por un mes de vida. Nos han enseñado que el dolor debe ser proporcional a los años compartidos, pero el alma no sabe de calendarios. Se puede extrañar lo que nunca se tuvo porque la ausencia de un hermano es la ausencia de un testigo de nuestra historia. No lloro por un desconocido, lloro por el compañero de juegos que vive en mi imaginación, por el eco de una vida que, aunque pequeña, fue lo suficientemente grande para dejar una estela en nuestro linaje familiar.
Había un idioma en la casa que no se enseñaba con el abecedario. Lo aprendí la tarde en que el rostro de mi padre, siempre firme como una roca, se deshizo en lágrimas. Era tan niña para entender que el mundo podía romperse, pero vi sus ojos y entendí la muerte antes de que me la explicaran. Miré a mi madre y no vi a la mujer que me arrullaba, vi una fractura, un mapa de cristales rotos donde antes había certezas.
Trato de buscarlo en la neblina de mi imaginación. Intento dibujarle un llanto, una sonrisa, el color de sus ojos bajo los párpados cerrados, pero solo encuentro ese gris suave del misterio. Mi hermano no fue un niño que corrió por los pasillos, fue el silencio que nos obligó a caminar de puntillas. No fue una presencia ruidosa, sino la gravedad que nos mantuvo a todos un poco más cerca del suelo, un poco más serios, un poco más heridos.
Me dijeron que debía ser el bálsamo, la luz que apagara el incendio de aquel mes de ausencia. Pero yo no quería ser luz, quería ser fuego. Me puse zapatos que no me quedaban y busqué miradas que no supieran nada de mi hermano, ni de las lágrimas de mi padre, ni de la grieta en el cuerpo y alma de mi madre. No quería ser la hermana mayor perfecta, porque la perfección se parece demasiado al silencio de las estatuas y yo necesitaba ruido, piel y un presente que me quemara, para no congelarme en el invierno eterno de mi casa.
El mundo me miró y me llamó Lolita. Yo no buscaba a los hombres; ellos eran los buitres que detectaban de mi piel el olor a naufragio en mi casa. Pero aprendí rápido: en un hogar donde yo era invisible frente al fantasma de mi hermano, mi cuerpo era un idioma de poder. Manipulé sus deseos antes de entender mis propios miedos. Años después, la vida me devolvió al mismo abismo, pero con el corazón duplicado. Dos bebés, dos niñas gemelas. Y de nuevo, la amenaza blanca de la clínica.
El pasillo de maternidad era un purgatorio de baldosas brillantes que reflejaban mi propia derrota. Cada vez que me arrastraba hacia la Neo, el dolor de la cesárea era un cuchillo recordándome que mi cuerpo se había abierto solo para entregarle presas a la incertidumbre. El aire olía a una mezcla obscena de desinfectante y miedo primario. Era un corredor de ecos de llantos y risas de otras madres que se enredaban con el pitido incesante de las máquinas y el ajetreo de las enfermeras.
Nada te prepara para la transparencia de una incubadora. Mirarlas a través de un cristal era como tratar de tocar una estrella desde el fondo de un pozo. Mis manos, que ardían por sentirlas, se encontraban siempre con esa superficie fría y aséptica, el muro que me recordaba que, en ese mundo de miligramos y oxígeno, yo era una intrusa. Lo que más me dolía era la invasión. Ver sus cuerpos diminutos, apenas dibujos de carne, atravesados por agujas que parecían lanzas. Cada vía, cada cable, cada pinchazo, era un golpe directo a mi propio vientre.
Estar allí de pie, viendo como la ciencia intentaba reparar lo que la naturaleza había dejado a medias me hacía sentir pequeña. La niña desafiante, la Lolita poderosa que manipulaba el mundo se desvanecía y solo quedaba una mujer con los brazos vacíos y los ojos fijos en un cristal, contando sus latidos en una pantalla porque no podía sentirlos bajo mi pecho. Esa distancia es una herida que nunca se termina de cerrar.
Mis padres caminaron una sola vez por ese pasillo como fantasmas en una casa ajena. Mi padre se paró frente a la puerta de la Neo y no visualizaba a sus nietas, veía a su hijo naciendo de nuevo en su agonía. Mi madre celebró mi supervivencia física como un trofeo vacío, que fuerte que sos, qué valiente. Sus palabras eran los clavos que sellaban mi soledad. Me felicitaba por no haberme muerto en la plancha del quirófano, pero no se quedó a sostener el llanto que me ahogaba cada vez que una enfermera me daba el parte médico de mis bebés.
Tenía que habitar dos mundos. En uno, sostenía a la gemela que siempre fue luz, la que respiraba con fuerza, un recordatorio constante de que la vida puede ser fácil, de que el aire puede ser generoso. En el otro, veía a mi otra bebé invadida por la infección, con la amenaza de la muerte soplándole la nuca, era como caer de rodillas en la tumba de mi hermano. Mi mente se fragmentaba: ¿cómo se puede celebrar un latido mientras el otro luchaba por no apagarse? Me sentía desconsolada porque el destino parecía ensañarse con mi linaje de nuevo.
Era una disonancia insoportable. Sentía que si me permitía estar feliz por una, la otra moriría por mi descuido. Y si me hundía en la tristeza por la enferma, le robaba el derecho a la vida a la sana. Me sentía partida en dos, cosida solo por los puntos en mi vientre y por ese rosario marrón que apretaba como un arma blanca.
Aquel rosario pequeño, de cuentas marrones, era un juguete de madera frente a la catástrofe. Nunca fui a la Iglesia del hospital mientras estuve internada, mi templo fue esa cama donde tuve que aprender a moverme de nuevo sin morirme del dolor. No hubo rezos, hubo gritos mentales que desgarraron el cielo. Le grité a ese Dios de incienso y a esa Iglesia de reglas frías que esa bebé era mía. No era una ofrenda, ni una lección: era mi hija. Le prohibí a la Muerte tocar lo que mis entrañas habían fabricado. Mi fe se extendió en mi rabia y mi oración fue un reclamo de propiedad.
Cuando los doctores finalmente pronunciaron las palabras recuperación y fuera de peligro, cuando la infección se retiró derrotada por mi furia y por la ciencia, sentí un estallido que ninguna Iglesia podría brindar. No fue una alegría, fue una victoria de guerra que me quemaba la garganta. Al ver a mis dos hijas juntas, a salvo, sentí que le había arrancado la lengua a la Muerte. Fue mi venganza contra el pasado, miré al hospital, miré el rosario, miré al fantasma de mi hermano y por fin pude respirar. Sin embargo, la Muerte no es un monstruo que se retire fácilmente.
Recuerdo el momento exacto en el que el mundo se detuvo. Mi hija, que acababa de ganar una batalla, empezó a desaturar. Su piel fue un eclipse morado, un color que no debería pertenecerle a nada que estuviera vivo. En un parpadeo, tres enfermeras saltaron sobre ellas, sus manos moviéndose como máquinas de reanimación, mientras el sonido de la urgencia llenaba la habitación. Mi piernas, las mismas que habían caminado con tacones demasiado altos por lugares oscuros, las mismas que huyeron del peso de ser la hija mayor de una casa en ruinas, las que habían caminado por el borde del abismo sin flaquear, empezaron a temblar.
Frente a esa incubadora, entendí que nunca había tenido miedo de verdad. No era miedo porque algo me sucediera a mí, que me creía invencible porque ya estaba rota; el miedo era que mi mundo se quedara sin ella. Entendí que mi control era una ilusión. Pero, incluso con mis piernas fallando, mi mente seguía gritando ese lenguaje que solo Ella y yo entendíamos: ella es mía, mía, mía. No puede irse. Era una lucha de voluntades: la Muerte tiraba de un brazo y mi rabia tiraba del otro. Cuando el aire volvió, cuando el tono rosado volvió a sus mejillas, el temblor de mis piernas no cesó. Comprendí que le había visto la cara al color de la ausencia y había logrado que se marchara.
Hoy las miro y el llanto que brota mientras el tiempo corre, cuando solo estoy con ellas, no es de derrota. Ya no hay cristales empañados por mi aliento, ni monitores dictando sentencias en colores morados. El único sonido que importa es la de su respiración desordenada contra mi pecho, un ritmo que ninguna enfermera tiene que vigilar.
He dejado el rosario marrón colgado en la puerta de mi habitación, siempre mirando a la pared, porque todavía no hago las paces con Dios y sus muletas de madera. Mi fe y mi milagro son estos dos pesos que cargan mis brazos, un peso que es carne, que es vida y que es mío. A mis padres les dejo sus fantasmas y sus elogios de cartón, que sigan adorando el vacío de lo que nunca fue nuestra familia. Yo siempre he elegido el ruido, el caos y la presencia.
A veces, cuando el silencio de sus siestas se vuelve denso, todavía siento el temblor en mis piernas. Pero luego las miro dormir juntas, siento su piel tibia y en ese contacto recuerdo que gané. No porque el Destino, Dios, o la Muerte hayan sido buenos, sino porque me atreví a ser más feroz que todos ellos.
